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3 de agosto 2015    /   CINE/TV
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Las Biblias de Tijuana: porno, alguna virgen y muchos «santos»

3 de agosto 2015    /   CINE/TV     por          
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Durante la época de la Gran Depresión, la población estadounidense precisaba de divertimentos que le permitieran evadirse de una realidad muy poco atractiva. Productos aspiracionales que mostraban situaciones totalmente inaccesibles pero que funcionaban como salvavidas para poder mantenerse a flote. Era la época de las comedias de «teléfono blanco», de las cintas con escenarios exóticos y de las primeras estrellas de Hollywood, lejanas, pero fácilmente accesibles gastando un poco dinero en la taquilla de un cine.
Aquellos a los que la corrección de la pantalla plateada no lograba saciar sus fantasías siempre podían recurrir a las «Biblias de Tijuana», tebeos pornográficos protagonizados por esos artistas del celuloide como Mae West, Jean Harlow, Clark Gable, o por personajes de cómic como Popeye, Annie la huerfanita, Mickey Mouse, Betty Boop, Dick Tracy y, como hay gente para todo, hasta por políticos como Hitler o Stalin.

Surgidas en la década de los 20, la «Biblias de Tijuana» ni procedían de México ni eran precisamente los materiales más adecuados para la catequesis. Sin embargo, durante la década de los años 30 contaron con millones de acólitos y fervientes seguidores.
Acostumbraban a tener ocho páginas –de ahí que también se las conociera como «eight pages»– y un formato apaisado, aunque también las había verticales. Su tamaño era de unos 10 por 7 centímetros para que resultaran fáciles de guardar en la cartera y para agilizar su producción, ya que en un mismo pliego se imprimían a una sola tinta hasta diez títulos, que posteriormente se plegaban, guillotinaban y grapaban.
Cada dos meses, plazo estimado en el que los artistas tardaban en tener listos otros diez títulos, el proceso volvía a ponerse en marcha.

Las historias no tenían una gran enjundia. No solo por la limitación de las ocho, o en ocasiones dieciséis páginas, sino porque tampoco pretendían ser un ejercicio de alta cultura. Tras un par de viñetas, los personajes solían ir al grano y desarrollar todo tipo de variantes sexuales, bestialismo incluido pues esas historias de evasión acostumbraban a desarrollarse en lugares exóticos o en otros no tan exóticos, como las zonas rurales de la Norteamérica más profunda, poblada por familias como la de Deliverance.

Cualquier excusa era buena para desatar la tensión sexual: la visita del fontanero, del bombero o del vendedor a domicilio a un ama de casa mientras su esposo estaba en el trabajo; el encuentro de una estrella de Hollywood con un admirador o admiradora, Popeye salvando (o algo así) a una dama en apuros, Annie la huerfanita sufriendo en el orfanato, Dick Tracy investigando los bajos fondos de una delincuente, Al Capone burlando las leyes del buen gusto… En definitiva, porno, roles patriarcales, machismo, falocracia, sal gorda y chistes gruesos, muchos de los cuales eran más viejos que mear en los portones, pero que, en la época de la Depresión, y así aderezados, seguían siendo muy bien acogidos por los lectores.

El precio rondaba el dólar o el medio dólar y el modo de distribución era clandestino, mediante la entrega en mano debido, entre otras cosas, a que el servicio postal de los Estados Unidos penaba con graves sanciones el envío de material considerado pornográfico.
Los lugares en los que se podían conseguir eran muy variados, pero acostumbraban a ser escenarios eminentemente masculinos: barberías, boleras, bares, talleres mecánicos, gasolineras, estancos… aunque nunca faltaba el viajante de comercio que llevaba algunas en su muestrario, ni el amigo que lo distribuía en el patio de colegio.

El nombre de los autores se mantenía en el anonimato y en la actualidad solo hay constancia de la identidad de dos de ellos: Wesley Morse –dibujante de Bazooka Joe, el personaje de las historietas que venían en el famoso chicle–, y Doc Rankin, que además de ser oficial de la Armada de Estados Unidos, publicó más de doscientos títulos de estas «Biblias» bajo el seudónimo de Mr. Prolific.
Ese anonimato también se extendía al lugar de impresión de las historietas. Para despistar a las autoridades, o para dotar al producto de un elemento exótico de cara al lector, algunas de las «Biblias» mencionaban que habían sido impresas en lugares remotos como París, Londres, La Habana, incluso Madrid, pero nunca México. La referencia al país norteamericano (sí, México es Norteamérica) era consecuencia de ese prejuicio que aún se mantiene, y no solo en Estados Unidos, de que todo lo pernicioso procede del Sur.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial, y más concretamente la entrada de Estados Unidos en el conflicto bélico, provocó que la industria de las «Biblias de Tijuana» entrase en crisis. Los autores y distribuidores fueron movilizados y enviados a combatir a Europa y los impresores tuvieron que enfrentar su particular batalla contra las restricciones de papel.
La solución que encontraron fue reimprimir muchas de las «Biblias» ya publicadas hasta destrozar las planchas y, cuando alguna de estas faltaba porque se había deteriorado antes que las demás, se había perdido o había sido requisada por las autoridades, contrataron dibujantes aficionados para rehacerlas, con el consiguiente choque de estilos entre los diferentes ilustradores.

Durante las décadas de los 50 y 60 las «Biblias de Tijuana» entraron en total decadencia hasta que prácticamente desaparecieron. Sin embargo, estas precursoras de los fanzines y el cómic independiente serían una clara inspiración para los dibujantes underground que comenzaban a crear sus propias revistas al margen de la industria del tebeo, así como para otros muchos productos surgidos posteriormente en el campo de la pornografía.
De hecho, el empleo de los personajes de dibujos animados con fines reproductivos fue un clásico de las cintas de Súper-8 para consumo doméstico y, en la actualidad, buena parte del catálogo de manga hentai tiene como protagonistas a Nobita, Doraemon (juntos o por separado), Bulma, Son Goku, Naruto, los muchachos de Scooby Doo o los Simpsons.

Como guiño y reconocimiento a su importancia en el mundo del tebeo y la cultura popular, Allan Moore, uno de los autores favoritos de la reina Letizia, homenajeó a las «Biblias de Tijuana» en su obra Watchmen cuando Silk Espectre visita a su madre, la antigua Silk Espectre, y descubre que de joven, había protagonizado uno de esos cuadernillos.

Durante la época de la Gran Depresión, la población estadounidense precisaba de divertimentos que le permitieran evadirse de una realidad muy poco atractiva. Productos aspiracionales que mostraban situaciones totalmente inaccesibles pero que funcionaban como salvavidas para poder mantenerse a flote. Era la época de las comedias de «teléfono blanco», de las cintas con escenarios exóticos y de las primeras estrellas de Hollywood, lejanas, pero fácilmente accesibles gastando un poco dinero en la taquilla de un cine.
Aquellos a los que la corrección de la pantalla plateada no lograba saciar sus fantasías siempre podían recurrir a las «Biblias de Tijuana», tebeos pornográficos protagonizados por esos artistas del celuloide como Mae West, Jean Harlow, Clark Gable, o por personajes de cómic como Popeye, Annie la huerfanita, Mickey Mouse, Betty Boop, Dick Tracy y, como hay gente para todo, hasta por políticos como Hitler o Stalin.

Surgidas en la década de los 20, la «Biblias de Tijuana» ni procedían de México ni eran precisamente los materiales más adecuados para la catequesis. Sin embargo, durante la década de los años 30 contaron con millones de acólitos y fervientes seguidores.
Acostumbraban a tener ocho páginas –de ahí que también se las conociera como «eight pages»– y un formato apaisado, aunque también las había verticales. Su tamaño era de unos 10 por 7 centímetros para que resultaran fáciles de guardar en la cartera y para agilizar su producción, ya que en un mismo pliego se imprimían a una sola tinta hasta diez títulos, que posteriormente se plegaban, guillotinaban y grapaban.
Cada dos meses, plazo estimado en el que los artistas tardaban en tener listos otros diez títulos, el proceso volvía a ponerse en marcha.

Las historias no tenían una gran enjundia. No solo por la limitación de las ocho, o en ocasiones dieciséis páginas, sino porque tampoco pretendían ser un ejercicio de alta cultura. Tras un par de viñetas, los personajes solían ir al grano y desarrollar todo tipo de variantes sexuales, bestialismo incluido pues esas historias de evasión acostumbraban a desarrollarse en lugares exóticos o en otros no tan exóticos, como las zonas rurales de la Norteamérica más profunda, poblada por familias como la de Deliverance.

Cualquier excusa era buena para desatar la tensión sexual: la visita del fontanero, del bombero o del vendedor a domicilio a un ama de casa mientras su esposo estaba en el trabajo; el encuentro de una estrella de Hollywood con un admirador o admiradora, Popeye salvando (o algo así) a una dama en apuros, Annie la huerfanita sufriendo en el orfanato, Dick Tracy investigando los bajos fondos de una delincuente, Al Capone burlando las leyes del buen gusto… En definitiva, porno, roles patriarcales, machismo, falocracia, sal gorda y chistes gruesos, muchos de los cuales eran más viejos que mear en los portones, pero que, en la época de la Depresión, y así aderezados, seguían siendo muy bien acogidos por los lectores.

El precio rondaba el dólar o el medio dólar y el modo de distribución era clandestino, mediante la entrega en mano debido, entre otras cosas, a que el servicio postal de los Estados Unidos penaba con graves sanciones el envío de material considerado pornográfico.
Los lugares en los que se podían conseguir eran muy variados, pero acostumbraban a ser escenarios eminentemente masculinos: barberías, boleras, bares, talleres mecánicos, gasolineras, estancos… aunque nunca faltaba el viajante de comercio que llevaba algunas en su muestrario, ni el amigo que lo distribuía en el patio de colegio.

El nombre de los autores se mantenía en el anonimato y en la actualidad solo hay constancia de la identidad de dos de ellos: Wesley Morse –dibujante de Bazooka Joe, el personaje de las historietas que venían en el famoso chicle–, y Doc Rankin, que además de ser oficial de la Armada de Estados Unidos, publicó más de doscientos títulos de estas «Biblias» bajo el seudónimo de Mr. Prolific.
Ese anonimato también se extendía al lugar de impresión de las historietas. Para despistar a las autoridades, o para dotar al producto de un elemento exótico de cara al lector, algunas de las «Biblias» mencionaban que habían sido impresas en lugares remotos como París, Londres, La Habana, incluso Madrid, pero nunca México. La referencia al país norteamericano (sí, México es Norteamérica) era consecuencia de ese prejuicio que aún se mantiene, y no solo en Estados Unidos, de que todo lo pernicioso procede del Sur.

El estallido de la Segunda Guerra Mundial, y más concretamente la entrada de Estados Unidos en el conflicto bélico, provocó que la industria de las «Biblias de Tijuana» entrase en crisis. Los autores y distribuidores fueron movilizados y enviados a combatir a Europa y los impresores tuvieron que enfrentar su particular batalla contra las restricciones de papel.
La solución que encontraron fue reimprimir muchas de las «Biblias» ya publicadas hasta destrozar las planchas y, cuando alguna de estas faltaba porque se había deteriorado antes que las demás, se había perdido o había sido requisada por las autoridades, contrataron dibujantes aficionados para rehacerlas, con el consiguiente choque de estilos entre los diferentes ilustradores.

Durante las décadas de los 50 y 60 las «Biblias de Tijuana» entraron en total decadencia hasta que prácticamente desaparecieron. Sin embargo, estas precursoras de los fanzines y el cómic independiente serían una clara inspiración para los dibujantes underground que comenzaban a crear sus propias revistas al margen de la industria del tebeo, así como para otros muchos productos surgidos posteriormente en el campo de la pornografía.
De hecho, el empleo de los personajes de dibujos animados con fines reproductivos fue un clásico de las cintas de Súper-8 para consumo doméstico y, en la actualidad, buena parte del catálogo de manga hentai tiene como protagonistas a Nobita, Doraemon (juntos o por separado), Bulma, Son Goku, Naruto, los muchachos de Scooby Doo o los Simpsons.

Como guiño y reconocimiento a su importancia en el mundo del tebeo y la cultura popular, Allan Moore, uno de los autores favoritos de la reina Letizia, homenajeó a las «Biblias de Tijuana» en su obra Watchmen cuando Silk Espectre visita a su madre, la antigua Silk Espectre, y descubre que de joven, había protagonizado uno de esos cuadernillos.

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