10 de abril 2013    /   CREATIVIDAD
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Las mecedoras no son para abuelas

10 de abril 2013    /   CREATIVIDAD     por          
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Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. La Mecedora es un objeto que retrotrae a otros tiempos. Una pieza de mobiliario que recuerda a tardes con los abuelos delante de la chimenea. A horas sentadas en el porche hablando sin prisa ni pausa dejándose llevar por la inercia de su movimiento. Mecedorama ha logrado inyectar vitalidad a un objeto relegado al pasado volviendo a situarlo en el presente.

Lys Villalba, María Mallo y Juanito Jones se volvieron a enamorar de ellas en un viaje a Colombia. Conocieron a Rogelio Palomino, un artesano que fabricaba mecedoras a mano con zuncho trenzado para los vecinos de su pueblo. Con él aprendieron a hacerlas y a su vuelta a España decidieron crear sus propias versiones.
La chispa para llevarlo a cabo surgió de la necesidad de sorprender. Lys quería hacerle un regalo especial a Juanito y involucró a María para poder hacerle una mecedora. “Tardamos tres meses en hacerlo. Tuvimos que aprender a soldar y a tejer pero al cabo de ese tiempo acabamos con un resultado que nos gustaba”, explica Mallo desde el stand que tienen esta semana en la sección de nuevos talentos del Salone del Mobile en Milán.
El boca oreja se activó. Les empezaron a llegar encargos de amigos de amigos y peticiones para hacer cosas más elaboradas. “Ninguna de las mecedoras es igual que la otra. Cada una las hacemos a mano y a medida de lo que nos pide cada persona que la compra. Lo único que sacamos fuera es el lacado, que es industrial y lo hacemos para que sea más resistente”, añade Jones.
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Las exigencias de sus compradores les han permitido experimentar con formas y tejidos más arriesgados. Hay mecedoras en las que dos personas se sientan frente a frente. Una en la que se pueden sentar uno a cada lado y la introducción de distintas combinaciones de colores. Los precios para hacerse con una empiezan en 300 y pico euros y superan los 700 euros “dependiendo de su complejidad”.
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Pero su ámbito de trabajo no se queda solo en la elaboración de un objeto. Pronto, sus creadores esperan que cualquier silla también tenga el privilegio de poder moverse. Ya tienen listo un prototipo llamado Rock-It-All que funciona como un anclaje que se añade a las patas de una silla para convertirla en una mecedora improvisada. “Es compatible con el 90% de las sillas que hay en el mercado. Todo el mundo que lo desee podrá hacerlo si quiere. Pronto lo colgaremos en Kickstarter para darle un buen impulso”, dice Jones.
Los tres no descartan fabricarlas a mayor escala. «Sería un gran reto pero quién sabe. Podría ser un proyecto social interesante. ¿Te imaginas un pueblo entero fabricando mecedoras?».

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Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. Adelante. Atrás. La Mecedora es un objeto que retrotrae a otros tiempos. Una pieza de mobiliario que recuerda a tardes con los abuelos delante de la chimenea. A horas sentadas en el porche hablando sin prisa ni pausa dejándose llevar por la inercia de su movimiento. Mecedorama ha logrado inyectar vitalidad a un objeto relegado al pasado volviendo a situarlo en el presente.

Lys Villalba, María Mallo y Juanito Jones se volvieron a enamorar de ellas en un viaje a Colombia. Conocieron a Rogelio Palomino, un artesano que fabricaba mecedoras a mano con zuncho trenzado para los vecinos de su pueblo. Con él aprendieron a hacerlas y a su vuelta a España decidieron crear sus propias versiones.
La chispa para llevarlo a cabo surgió de la necesidad de sorprender. Lys quería hacerle un regalo especial a Juanito y involucró a María para poder hacerle una mecedora. “Tardamos tres meses en hacerlo. Tuvimos que aprender a soldar y a tejer pero al cabo de ese tiempo acabamos con un resultado que nos gustaba”, explica Mallo desde el stand que tienen esta semana en la sección de nuevos talentos del Salone del Mobile en Milán.
El boca oreja se activó. Les empezaron a llegar encargos de amigos de amigos y peticiones para hacer cosas más elaboradas. “Ninguna de las mecedoras es igual que la otra. Cada una las hacemos a mano y a medida de lo que nos pide cada persona que la compra. Lo único que sacamos fuera es el lacado, que es industrial y lo hacemos para que sea más resistente”, añade Jones.
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Las exigencias de sus compradores les han permitido experimentar con formas y tejidos más arriesgados. Hay mecedoras en las que dos personas se sientan frente a frente. Una en la que se pueden sentar uno a cada lado y la introducción de distintas combinaciones de colores. Los precios para hacerse con una empiezan en 300 y pico euros y superan los 700 euros “dependiendo de su complejidad”.
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Pero su ámbito de trabajo no se queda solo en la elaboración de un objeto. Pronto, sus creadores esperan que cualquier silla también tenga el privilegio de poder moverse. Ya tienen listo un prototipo llamado Rock-It-All que funciona como un anclaje que se añade a las patas de una silla para convertirla en una mecedora improvisada. “Es compatible con el 90% de las sillas que hay en el mercado. Todo el mundo que lo desee podrá hacerlo si quiere. Pronto lo colgaremos en Kickstarter para darle un buen impulso”, dice Jones.
Los tres no descartan fabricarlas a mayor escala. «Sería un gran reto pero quién sabe. Podría ser un proyecto social interesante. ¿Te imaginas un pueblo entero fabricando mecedoras?».

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Opiniones 3
  • Las ví y supe inmediatamente su origen, teníamos en mi casa cuando era niña, ellas aún hacen parte de nuestra historia y nos traen mil recuerdos. Las mecedoras de «tubitos», como le decíamos, están presentes en cada hogar de la costa caribe colombiana.
    Siempre pensé que debían ser intervenidas de manera más estéticas y que sorpresa verlas así.

  • Comentarios cerrados.

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