31 de diciembre 2015    /   IDEAS
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Las mujeres de zapatos rojos

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La cosa es interesante. Una secretaria se pinta parsimoniosa las uñas con una laca 08 Pirate, de Chanel. Un diseñador, su jefe, entra en la oficina y, de pronto, tiene una idea reveladora que cambiará su vida y su empresa. Una idea que recuperará una simbología adorada por aquellos que quieran ser alguien: la simbología del poder, de las relaciones, de las pasiones, de la persuasión. La simbología de una vieja aristocracia, una clase ociosa que ya desapareció sin dejar rastro. El diseñador es Christian Louboutin; el color, el rojo, el rojo 08 chanel pirata. La idea: hacer sus zapatos con la suela roja.

Será Luis XIV, el pequeño Rey Sol, quien en un intento de crecer unos centímetros para la promoción y venta de su mismo personaje decida encaramarse a unos buenos tacones escarlata. Desde ese momento, allá por el lejano siglo XVII, la unión de una prenda de vestir, los zapatos, y un color, el rojo, ha vivido una larga historia con vaivenes varios. Primero fueron símbolo de distinción, cultura y alta alcurnia.

Luego el color, el rojo, cambió de lugar y de los pies se subió a la cabeza. El mundo se puso patas arriba. Lo que antes era majestuoso se tornó ridículo, y los que antes decidían que era ridículo perdieron su cabeza y ya no dijeron nada más. Por el efecto lógico de toda buena revolución, la recién nacida ciudadanía establecería los nuevos símbolos sartoriales.

Lo que antes era majestuoso se tornó ridículo, y los que antes decidían que era ridículo perdieron su cabeza y ya no dijeron nada más

Los zapatos rojos, como tantas otras prendas, pasarán a mejor vida. Durante un tiempo prudencial desaparecerán completamente del área de lo público. Si querías conservar tu cabeza sobre tus hombros, más te valía ponerte el rojo de gorro y evitarlo a toda costa en el calzado.

El regreso de este extraña pareja, el calzado y el color, será inquietante. La reentré de los lustrosos escarpines carmesí vendrán asociados a todo lo que la Iglesia condenaba en el comportamiento de una mujer. Así, los zapatos rojos tendrán una vuelta triunfal de la mano de Karen, la niña pobre y protagonista del cuento de Hans Christian Andersen Los zapatos rojos.

Primero serán zapatillas de remiendos y luego unos lustrosos y brillantes escarpines de charol, como aquellos en los que Baudelaire gustaba verse reflejado. La vanidad se paga y la pobre niña Karen será arrastrada a un frenético baile con sus piececitos adheridos al maléfico charol: «Tendrás que bailar con tus zapatos rojos hasta que estés pálida y fría, y la piel se te arrugue, y te conviertas en un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta, y allí donde encuentres niños orgullosos y vanidosos llamarás para que te vean y tiemblen. Sí, tendrás que bailar…».

Los zapatos rojos son un símbolo inquietante. Quizá apelan a una falta de libertad y a un inminente peligro

Karen tendrá una misión. Será el apóstol de las buenas costumbres y las correctas señoritas. Las gentes de Hollywood se sintieron inspiradas y en 1948 lanzaron el musical que cambió los charoles por la zapatillas de bailarina. Una espectacular pelirroja, bella pero tozuda, acabará con sus huesos desparramados en una escalera. Morirá por ser ambiciosa, por vanidosa y por obsesiva. En suma, por hacer lo que le daba la gana.

Los zapatos rojos son un símbolo inquietante. Quizá apelan a una falta de libertad y a un inminente peligro. Por eso el mes pasado la Puerta del Sol de Madrid estaba llena de zapatos rojos. No había tantos como en la puesta en escena original de la obra de Elina Chauvet, quien, entre 2009 y 2013, ha llevado a término la instalación Zapatos Rojos. Esta vez, pese a preservar esa idea, el colectivo Ve-la-Luz ha sido más discreto sin perder por ello la fuerza de una imagen.

El valor simbólico, testimonial que homenajea a las mujeres asesinadas por sus parejas no debería hacernos olvidar que, desde el XIX, portar zapatos rojos era un auténtico riesgo y que, paradójicamente, aquellos magnates de la moda, que se creen en el derecho de reivindicar la exclusividad del uso del color rojo en las suelas de sus productos para marcar a sangre a aquellas damas de glamour y satén, no dejan de ser, como indica el propio nombre del color rojo Chanel originario de esta historia, unos auténticos piratas que no se han enterado de nada.

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La cosa es interesante. Una secretaria se pinta parsimoniosa las uñas con una laca 08 Pirate, de Chanel. Un diseñador, su jefe, entra en la oficina y, de pronto, tiene una idea reveladora que cambiará su vida y su empresa. Una idea que recuperará una simbología adorada por aquellos que quieran ser alguien: la simbología del poder, de las relaciones, de las pasiones, de la persuasión. La simbología de una vieja aristocracia, una clase ociosa que ya desapareció sin dejar rastro. El diseñador es Christian Louboutin; el color, el rojo, el rojo 08 chanel pirata. La idea: hacer sus zapatos con la suela roja.

Será Luis XIV, el pequeño Rey Sol, quien en un intento de crecer unos centímetros para la promoción y venta de su mismo personaje decida encaramarse a unos buenos tacones escarlata. Desde ese momento, allá por el lejano siglo XVII, la unión de una prenda de vestir, los zapatos, y un color, el rojo, ha vivido una larga historia con vaivenes varios. Primero fueron símbolo de distinción, cultura y alta alcurnia.

Luego el color, el rojo, cambió de lugar y de los pies se subió a la cabeza. El mundo se puso patas arriba. Lo que antes era majestuoso se tornó ridículo, y los que antes decidían que era ridículo perdieron su cabeza y ya no dijeron nada más. Por el efecto lógico de toda buena revolución, la recién nacida ciudadanía establecería los nuevos símbolos sartoriales.

Lo que antes era majestuoso se tornó ridículo, y los que antes decidían que era ridículo perdieron su cabeza y ya no dijeron nada más

Los zapatos rojos, como tantas otras prendas, pasarán a mejor vida. Durante un tiempo prudencial desaparecerán completamente del área de lo público. Si querías conservar tu cabeza sobre tus hombros, más te valía ponerte el rojo de gorro y evitarlo a toda costa en el calzado.

El regreso de este extraña pareja, el calzado y el color, será inquietante. La reentré de los lustrosos escarpines carmesí vendrán asociados a todo lo que la Iglesia condenaba en el comportamiento de una mujer. Así, los zapatos rojos tendrán una vuelta triunfal de la mano de Karen, la niña pobre y protagonista del cuento de Hans Christian Andersen Los zapatos rojos.

Primero serán zapatillas de remiendos y luego unos lustrosos y brillantes escarpines de charol, como aquellos en los que Baudelaire gustaba verse reflejado. La vanidad se paga y la pobre niña Karen será arrastrada a un frenético baile con sus piececitos adheridos al maléfico charol: «Tendrás que bailar con tus zapatos rojos hasta que estés pálida y fría, y la piel se te arrugue, y te conviertas en un esqueleto. Bailarás de puerta en puerta, y allí donde encuentres niños orgullosos y vanidosos llamarás para que te vean y tiemblen. Sí, tendrás que bailar…».

Los zapatos rojos son un símbolo inquietante. Quizá apelan a una falta de libertad y a un inminente peligro

Karen tendrá una misión. Será el apóstol de las buenas costumbres y las correctas señoritas. Las gentes de Hollywood se sintieron inspiradas y en 1948 lanzaron el musical que cambió los charoles por la zapatillas de bailarina. Una espectacular pelirroja, bella pero tozuda, acabará con sus huesos desparramados en una escalera. Morirá por ser ambiciosa, por vanidosa y por obsesiva. En suma, por hacer lo que le daba la gana.

Los zapatos rojos son un símbolo inquietante. Quizá apelan a una falta de libertad y a un inminente peligro. Por eso el mes pasado la Puerta del Sol de Madrid estaba llena de zapatos rojos. No había tantos como en la puesta en escena original de la obra de Elina Chauvet, quien, entre 2009 y 2013, ha llevado a término la instalación Zapatos Rojos. Esta vez, pese a preservar esa idea, el colectivo Ve-la-Luz ha sido más discreto sin perder por ello la fuerza de una imagen.

El valor simbólico, testimonial que homenajea a las mujeres asesinadas por sus parejas no debería hacernos olvidar que, desde el XIX, portar zapatos rojos era un auténtico riesgo y que, paradójicamente, aquellos magnates de la moda, que se creen en el derecho de reivindicar la exclusividad del uso del color rojo en las suelas de sus productos para marcar a sangre a aquellas damas de glamour y satén, no dejan de ser, como indica el propio nombre del color rojo Chanel originario de esta historia, unos auténticos piratas que no se han enterado de nada.

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