15 de mayo 2014    /   IDEAS
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Las niñas robadas de Siria

15 de mayo 2014    /   IDEAS     por          
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En 1988, el alemán Killian Kleinschmidt se ganaba la vida levantando tejados en el sur de Francia hasta que un día se subió a su moto y no paró de darle gas hasta llegar al desierto del Sahara. Allí, en un poblado perdido de Mali, se topó con las obras de construcción de una escuela y se quedó a echar una mano con el tejado. Jamás emprendió el viaje de vuelta.
Aquel mismo año de 1988, una niña llamada Yusra nacía a las afueras de Daraa, un pueblo tribal en el sur de Siria. A los 14 años, fue obligada a casarse con un barbero doce años mayor que ella. Según su propio relato, sus primeros años de matrimonio fueron infernales. Y cuando por fin logró ser feliz con su marido obligatorio y sus tres hijos, en su propio pueblo nació la revolución contra la dictadura de Bashar al-Asad que acabó degenerando en una guerra civil en Siria que ya ha dejado 150.000 muertos.

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Niñas sirias juegan al fútbol en un campo rodeado de trozos de tiendas de campaña para evitar las miradas de los hombres, en Zaatari / Aoife McDonnell/Acnur

Los caminos de Kleinschmidt y de Yusra no deberían de haberse cruzado, pero ahora los dos viven, sin conocerse, en uno de los campos de refugiados más grandes del mundo: el de Zaatari, en Jordania. Kleinschmidt, que cambió su oficio de techador por el de tipo duro de Naciones Unidas en conflictos por todo el mundo, dirige el campo. Y Yusra llegó a él hace pocos meses huyendo de la guerra en su país.
Zaatari es un secarral rellenado por miles de tiendas de campaña y contenedores distribuidos de manera monótona, en los que viven 100.000 sirios que han conseguido escapar de los bombardeos. El campo, gestionado por la agencia de Naciones Unidas para los refugiados (Acnur) y el Gobierno jordano, está tan cerca de la frontera con Siria que, cuando allí cae una bomba, el suelo de Zaatari tiembla como un flan recién hecho.

Pájaros y videojuegos

Desde el aire, todos los contenedores parecen iguales. Pero dentro de cada uno de ellos hay un mundo inesperado y, a menudo, desconcertante. En uno de ellos se venden pájaros. En otro, hay una agencia de viajes. Y, en otro, un puñado de chavales juega al videojuego Call of Duty en una decena de ordenadores. En la avenida principal, bautizada con humor negro como Los Campos Elíseos, se puede encontrar de todo: desde pintalabios y caros perfumes franceses hasta televisores de plasma. Tras unos minutos paseando por Zaatari, el visitante deja de ver un campo de refugiados y contempla una urbe insólita, levantada de la noche a la mañana. «Nosotros les construimos un campo de refugiados y ellos han creado una ciudad», sentencia el director de Zaatari.

Más del 50% de las refugiadas sirias en Jordania ya están casadas a los 18 años, según una encuesta de Unicef

Yusra cuenta su historia dentro de uno de esos contenedores que parecen repetitivos desde afuera. Va vestida de negro absoluto, con una túnica y un doble velo que solo dejan ver su rostro angelical, sus manos decoradas con henna y, cuando el aire levanta unos centímetros su ropa, unos zapatos de tacón de color crema. Yusra no quiere mencionar su apellido. Sus hermanos, muyahidines, siguen en el frente. Y ella misma estuvo a punto de ser violada por militares del Ejército de Bashar al-Asad, pero se libró por el tiro al aire de un miliciano. Huyó de Daraa hace unos meses y no quiere represalias para su familia.
«Antes de cruzar la frontera, cogí un puñado de tierra de Siria. Cuando no puedo aguantar las ganas de sentir el olor de mi país, mojo la tierra con agua. Y cuando las bombas se sienten en Zaatari y mis hijos lloran, les doy a oler la tierra de Siria», recuerda entre lágrimas.
Vista aérea del campo de refugiados de Zaatari / Gobierno de EEUU
Vista aérea del campo de refugiados de Zaatari / Gobierno de EEUU

Vendidas por 500 euros

Su historia, la de las niñas obligadas a casarse, es muy común en las zonas rurales de Siria. Y estas infancias robadas se han multiplicado ahora por las penurias del campo de refugiados, donde un padre puede entregar a su hija de 13 años por unos 500 dinares jordanos (poco más de 500 euros), confiando, además, en que su marido la protegerá de los violadores que aparecen a millares en todas la guerras.
Las estadísticas de Unicef aseguran que, antes de la guerra, un 2,5% de las niñas sirias ya estaban casadas a los 15 años. Al cumplir 18, el porcentaje de casadas superaba el 13%. Ahora, un reciente sondeo a refugiadas sirias en Jordania ha observado que más del 50% de las chicas de 18 años ya están casadas.
Omar Deriri, de 22 años, cree que esas cifras han aumentado en Zaatari. «Los matrimonios infantiles se están extendiendo mucho y ahora son el mayor problema del campo», opina. Deriri, como la mayoría en Zaatari, procede de Daraa, el pueblo sirio situado a apenas 30 kilómetros en línea recta. Estudiaba Magisterio hasta que estalló la guerra y escapó a Jordania. Ahora es un refugiado más y voluntario en War Child, una ONG británica que trabaja con niños en zonas de guerra.

Lágrimas en el teatro

Deriri es el guionista de una obra de teatro que acaba de congregar a 500 personas en un escenario improvisado en el Hospital Saudí, en el corazón del campo de refugiados. Su título es elocuente: Matrimonio infantil. En la obra, una chica de 14 años aprieta cada día los codos sobre los libros para cumplir algún día su sueño de ser médica. Hasta que un día llega un hombre de negocios y le dice a su padre que quiere casarse con ella. La niña se niega, pero el padre hace caso a un vecino, que le recomienda que acepte y coja el dinero que ofrece el hombre de negocios. Finalmente, tras escuchar un poema en contra de este robo de niñas, el padre reconoce su error, da marcha atrás y pide perdón a su propia familia.
«Tras ver la obra, muchas madres lloraban, porque era su misma historia», recuerda Imtinah, una chica de 18 años que hace el papel de madre de la niña. La joven actriz amateur tampoco quiere dar sus apellidos. Uno de sus hermanos está encerrado en algún calabozo de Siria. «Soy de Daraa. Allí no queda nada, han destruido todo», lamenta, con una chapa en la que se lee «Freedom Syria» (libertad para Siria) sobre su vestido de lunares.
El médico irlandés Brendan Dineen también lleva una chapa sobre su chaleco, con un smiley, el dibujo esquemático de una cara sonriente. Es el jefe médico del campo de refugiados de Zaatari: un doctor responsable de 100.000 personas, muchas de ellas mutiladas en la guerra. En perfecto español hablado con acento de México y El Salvador, donde trabajó en temas de salud pública, Dineen aporta datos para valorar la verdadera dimensión del problema de los matrimonios infantiles en Zaatari.

Tienda de campaña convertida en mezquita con un poco de aerosol, en Zaatari / M. A.
Tienda de campaña convertida en mezquita con un poco de aerosol, en Zaatari / M. A.

Una violación de los derechos humanos

«Aproximadamente tenemos 50 partos por semana. Muchas madres son jóvenes, ese es el riesgo principal que vemos. Hay muchas chicas de 15 o 17 años. Los matrimonios prematuros son una realidad. Una parte de la mortalidad infantil es por los partos de alto riesgo en jóvenes», explica Dineen. En el campo de refugiados, el 22% de los bebés nace por cesárea, cuando lo esperado sería entre un 5% y un 15%, según Acnur.
«Afortunadamente ninguna mujer ha muerto, pero sí el neonato. Es una de las principales preocupaciones para nosotros. Nacen con pocas semanas de gestación. Es un reto» detalla el médico, también investigador de la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical.
La mortalidad infantil no es la única consecuencia de los matrimonios prematuros. Unicef recuerda que es «una violación de los derechos humanos» que pone en peligro el desarrollo de las niñas y suele tener como consecuencia el aislamiento social. Las niñas desaparecen de la sociedad. Para evitarlo, la mejor herramienta es la educación, pero ese es otro problema en el ecosistema de tiendas de campaña de Zaatari.

Tocamientos

Sentado frente a su oficina de director del campo, otro contenedor más, pero esta vez protegido por una valla con concertinas, Killian Kleinschmidt echa cuentas. «De los 100.000 habitantes de Zaatari, 57.000 son niños. Unos 20.000 tienen menos de cinco años. Así que 37.000 niños deberían estar en el cole, aprendiendo. Pero solo 12.000 van a la escuela. O sea que 25.000 niños tendrían que ir al colegio y no lo hacen», reflexiona.
La jordana Leila Al-Zghoul, del Comité Internacional de Rescate (IRC), organiza dentro del campo grupos de mujeres que hablan de sus problemas comunes lejos de los oídos de los hombres. Allí se escucha una de las causas de la ausencia de muchas niñas en las escuelas. «Dentro del campo no hay métodos de transporte y es peligroso que las mujeres caminen solas. El campo es enorme. Hay muy pocos casos conocidos de violaciones, pero las mujeres solas sufren acoso verbal y tocamientos», relata Al-Zghoul.
Para una mujer sola, y la guerra ha hecho que haya muchas mujeres viudas o huérfanas en Zaatari, el mero hecho de ir a por su ración de agua a los tanques comunales supone una experiencia penosa.

Enemigos desconocidos

«Los problemas dentro del campo de refugiados son los mismos que en Siria, aunque más agudizados porque la gente tiene menos dinero. La prostitución y los matrimonios infantiles, por ejemplo, son cosas que ocurren en general, y aquí también», opina Kleinschmidt.
Este alemán de porte imponente dejó su oficio de techador hace 25 años para comenzar un periplo por diferentes ONG de ayuda humanitaria que le ha llevado a Naciones Unidas. Su anterior destino, hasta hace un año, fue coordinar la misión de la ONU en Somalia. «En Mogadiscio sabía quién era mi enemigo. Sabía quién quería matarme. Y tenía 21 tíos bien armados para protegerme. Aquí no tengo a nadie, voy solo. Unos chicos del campo de Zaatari me dijeron que habían pensado en secuestrarme, pero que cuando vieron que caminaba solo decidieron protegerme, porque entendían que yo no tenía nada que esconder. Son sociedades que funcionan mucho con el respeto. Tienes que parecer fuerte, si no, no te respetan», expone Kleinschmidt.

«En Zaatari tienes que parecer fuerte, si no, no te respetan”, afirma el director del campo de refugiados»

Yusra, la chica que guarda un puñado de tierra siria para olerla, no parece fuerte cuando abandona el contenedor del Comité Internacional de Rescate y se pone a caminar sola de nuevo entre las tiendas de campaña. A sus 26 años, se acaba de comportar como una líder, contando su historia por primera vez y animando a otro grupo de una decena de viudas y huérfanas de la guerra siria. Pero cuando sale del contenedor se convierte en una silueta negra más, escondida tras su túnica y sus dos velos. Es una víctima fácil para los acosadores de Zaatari. «Venir a esta caravana nos hace sentir esperanza, olvidar que vivimos en un campo de refugiados, sentir que tenemos una vida normal dentro de este contenedor», clama.


Foto de cabecera.- El irlandés Brendan Dineen, jefe médico de Zaatari / Manuel Ansede

En 1988, el alemán Killian Kleinschmidt se ganaba la vida levantando tejados en el sur de Francia hasta que un día se subió a su moto y no paró de darle gas hasta llegar al desierto del Sahara. Allí, en un poblado perdido de Mali, se topó con las obras de construcción de una escuela y se quedó a echar una mano con el tejado. Jamás emprendió el viaje de vuelta.
Aquel mismo año de 1988, una niña llamada Yusra nacía a las afueras de Daraa, un pueblo tribal en el sur de Siria. A los 14 años, fue obligada a casarse con un barbero doce años mayor que ella. Según su propio relato, sus primeros años de matrimonio fueron infernales. Y cuando por fin logró ser feliz con su marido obligatorio y sus tres hijos, en su propio pueblo nació la revolución contra la dictadura de Bashar al-Asad que acabó degenerando en una guerra civil en Siria que ya ha dejado 150.000 muertos.

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Niñas sirias juegan al fútbol en un campo rodeado de trozos de tiendas de campaña para evitar las miradas de los hombres, en Zaatari / Aoife McDonnell/Acnur

Los caminos de Kleinschmidt y de Yusra no deberían de haberse cruzado, pero ahora los dos viven, sin conocerse, en uno de los campos de refugiados más grandes del mundo: el de Zaatari, en Jordania. Kleinschmidt, que cambió su oficio de techador por el de tipo duro de Naciones Unidas en conflictos por todo el mundo, dirige el campo. Y Yusra llegó a él hace pocos meses huyendo de la guerra en su país.
Zaatari es un secarral rellenado por miles de tiendas de campaña y contenedores distribuidos de manera monótona, en los que viven 100.000 sirios que han conseguido escapar de los bombardeos. El campo, gestionado por la agencia de Naciones Unidas para los refugiados (Acnur) y el Gobierno jordano, está tan cerca de la frontera con Siria que, cuando allí cae una bomba, el suelo de Zaatari tiembla como un flan recién hecho.

Pájaros y videojuegos

Desde el aire, todos los contenedores parecen iguales. Pero dentro de cada uno de ellos hay un mundo inesperado y, a menudo, desconcertante. En uno de ellos se venden pájaros. En otro, hay una agencia de viajes. Y, en otro, un puñado de chavales juega al videojuego Call of Duty en una decena de ordenadores. En la avenida principal, bautizada con humor negro como Los Campos Elíseos, se puede encontrar de todo: desde pintalabios y caros perfumes franceses hasta televisores de plasma. Tras unos minutos paseando por Zaatari, el visitante deja de ver un campo de refugiados y contempla una urbe insólita, levantada de la noche a la mañana. «Nosotros les construimos un campo de refugiados y ellos han creado una ciudad», sentencia el director de Zaatari.

Más del 50% de las refugiadas sirias en Jordania ya están casadas a los 18 años, según una encuesta de Unicef

Yusra cuenta su historia dentro de uno de esos contenedores que parecen repetitivos desde afuera. Va vestida de negro absoluto, con una túnica y un doble velo que solo dejan ver su rostro angelical, sus manos decoradas con henna y, cuando el aire levanta unos centímetros su ropa, unos zapatos de tacón de color crema. Yusra no quiere mencionar su apellido. Sus hermanos, muyahidines, siguen en el frente. Y ella misma estuvo a punto de ser violada por militares del Ejército de Bashar al-Asad, pero se libró por el tiro al aire de un miliciano. Huyó de Daraa hace unos meses y no quiere represalias para su familia.
«Antes de cruzar la frontera, cogí un puñado de tierra de Siria. Cuando no puedo aguantar las ganas de sentir el olor de mi país, mojo la tierra con agua. Y cuando las bombas se sienten en Zaatari y mis hijos lloran, les doy a oler la tierra de Siria», recuerda entre lágrimas.
Vista aérea del campo de refugiados de Zaatari / Gobierno de EEUU
Vista aérea del campo de refugiados de Zaatari / Gobierno de EEUU

Vendidas por 500 euros

Su historia, la de las niñas obligadas a casarse, es muy común en las zonas rurales de Siria. Y estas infancias robadas se han multiplicado ahora por las penurias del campo de refugiados, donde un padre puede entregar a su hija de 13 años por unos 500 dinares jordanos (poco más de 500 euros), confiando, además, en que su marido la protegerá de los violadores que aparecen a millares en todas la guerras.
Las estadísticas de Unicef aseguran que, antes de la guerra, un 2,5% de las niñas sirias ya estaban casadas a los 15 años. Al cumplir 18, el porcentaje de casadas superaba el 13%. Ahora, un reciente sondeo a refugiadas sirias en Jordania ha observado que más del 50% de las chicas de 18 años ya están casadas.
Omar Deriri, de 22 años, cree que esas cifras han aumentado en Zaatari. «Los matrimonios infantiles se están extendiendo mucho y ahora son el mayor problema del campo», opina. Deriri, como la mayoría en Zaatari, procede de Daraa, el pueblo sirio situado a apenas 30 kilómetros en línea recta. Estudiaba Magisterio hasta que estalló la guerra y escapó a Jordania. Ahora es un refugiado más y voluntario en War Child, una ONG británica que trabaja con niños en zonas de guerra.

Lágrimas en el teatro

Deriri es el guionista de una obra de teatro que acaba de congregar a 500 personas en un escenario improvisado en el Hospital Saudí, en el corazón del campo de refugiados. Su título es elocuente: Matrimonio infantil. En la obra, una chica de 14 años aprieta cada día los codos sobre los libros para cumplir algún día su sueño de ser médica. Hasta que un día llega un hombre de negocios y le dice a su padre que quiere casarse con ella. La niña se niega, pero el padre hace caso a un vecino, que le recomienda que acepte y coja el dinero que ofrece el hombre de negocios. Finalmente, tras escuchar un poema en contra de este robo de niñas, el padre reconoce su error, da marcha atrás y pide perdón a su propia familia.
«Tras ver la obra, muchas madres lloraban, porque era su misma historia», recuerda Imtinah, una chica de 18 años que hace el papel de madre de la niña. La joven actriz amateur tampoco quiere dar sus apellidos. Uno de sus hermanos está encerrado en algún calabozo de Siria. «Soy de Daraa. Allí no queda nada, han destruido todo», lamenta, con una chapa en la que se lee «Freedom Syria» (libertad para Siria) sobre su vestido de lunares.
El médico irlandés Brendan Dineen también lleva una chapa sobre su chaleco, con un smiley, el dibujo esquemático de una cara sonriente. Es el jefe médico del campo de refugiados de Zaatari: un doctor responsable de 100.000 personas, muchas de ellas mutiladas en la guerra. En perfecto español hablado con acento de México y El Salvador, donde trabajó en temas de salud pública, Dineen aporta datos para valorar la verdadera dimensión del problema de los matrimonios infantiles en Zaatari.

Tienda de campaña convertida en mezquita con un poco de aerosol, en Zaatari / M. A.
Tienda de campaña convertida en mezquita con un poco de aerosol, en Zaatari / M. A.

Una violación de los derechos humanos

«Aproximadamente tenemos 50 partos por semana. Muchas madres son jóvenes, ese es el riesgo principal que vemos. Hay muchas chicas de 15 o 17 años. Los matrimonios prematuros son una realidad. Una parte de la mortalidad infantil es por los partos de alto riesgo en jóvenes», explica Dineen. En el campo de refugiados, el 22% de los bebés nace por cesárea, cuando lo esperado sería entre un 5% y un 15%, según Acnur.
«Afortunadamente ninguna mujer ha muerto, pero sí el neonato. Es una de las principales preocupaciones para nosotros. Nacen con pocas semanas de gestación. Es un reto» detalla el médico, también investigador de la Escuela de Londres de Higiene y Medicina Tropical.
La mortalidad infantil no es la única consecuencia de los matrimonios prematuros. Unicef recuerda que es «una violación de los derechos humanos» que pone en peligro el desarrollo de las niñas y suele tener como consecuencia el aislamiento social. Las niñas desaparecen de la sociedad. Para evitarlo, la mejor herramienta es la educación, pero ese es otro problema en el ecosistema de tiendas de campaña de Zaatari.

Tocamientos

Sentado frente a su oficina de director del campo, otro contenedor más, pero esta vez protegido por una valla con concertinas, Killian Kleinschmidt echa cuentas. «De los 100.000 habitantes de Zaatari, 57.000 son niños. Unos 20.000 tienen menos de cinco años. Así que 37.000 niños deberían estar en el cole, aprendiendo. Pero solo 12.000 van a la escuela. O sea que 25.000 niños tendrían que ir al colegio y no lo hacen», reflexiona.
La jordana Leila Al-Zghoul, del Comité Internacional de Rescate (IRC), organiza dentro del campo grupos de mujeres que hablan de sus problemas comunes lejos de los oídos de los hombres. Allí se escucha una de las causas de la ausencia de muchas niñas en las escuelas. «Dentro del campo no hay métodos de transporte y es peligroso que las mujeres caminen solas. El campo es enorme. Hay muy pocos casos conocidos de violaciones, pero las mujeres solas sufren acoso verbal y tocamientos», relata Al-Zghoul.
Para una mujer sola, y la guerra ha hecho que haya muchas mujeres viudas o huérfanas en Zaatari, el mero hecho de ir a por su ración de agua a los tanques comunales supone una experiencia penosa.

Enemigos desconocidos

«Los problemas dentro del campo de refugiados son los mismos que en Siria, aunque más agudizados porque la gente tiene menos dinero. La prostitución y los matrimonios infantiles, por ejemplo, son cosas que ocurren en general, y aquí también», opina Kleinschmidt.
Este alemán de porte imponente dejó su oficio de techador hace 25 años para comenzar un periplo por diferentes ONG de ayuda humanitaria que le ha llevado a Naciones Unidas. Su anterior destino, hasta hace un año, fue coordinar la misión de la ONU en Somalia. «En Mogadiscio sabía quién era mi enemigo. Sabía quién quería matarme. Y tenía 21 tíos bien armados para protegerme. Aquí no tengo a nadie, voy solo. Unos chicos del campo de Zaatari me dijeron que habían pensado en secuestrarme, pero que cuando vieron que caminaba solo decidieron protegerme, porque entendían que yo no tenía nada que esconder. Son sociedades que funcionan mucho con el respeto. Tienes que parecer fuerte, si no, no te respetan», expone Kleinschmidt.

«En Zaatari tienes que parecer fuerte, si no, no te respetan”, afirma el director del campo de refugiados»

Yusra, la chica que guarda un puñado de tierra siria para olerla, no parece fuerte cuando abandona el contenedor del Comité Internacional de Rescate y se pone a caminar sola de nuevo entre las tiendas de campaña. A sus 26 años, se acaba de comportar como una líder, contando su historia por primera vez y animando a otro grupo de una decena de viudas y huérfanas de la guerra siria. Pero cuando sale del contenedor se convierte en una silueta negra más, escondida tras su túnica y sus dos velos. Es una víctima fácil para los acosadores de Zaatari. «Venir a esta caravana nos hace sentir esperanza, olvidar que vivimos en un campo de refugiados, sentir que tenemos una vida normal dentro de este contenedor», clama.


Foto de cabecera.- El irlandés Brendan Dineen, jefe médico de Zaatari / Manuel Ansede

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