5 de noviembre 2012    /   ENTRETENIMIENTO
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Las noches tristes de Bogotá

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Él llega a casa después de tres días de trabajo en los que apenas ha dormido seis horas. Las ojeras son ya una mancha indeleble en su rostro. Para colmo, el proyecto que el jefe le ha asegurado que salvaría la empresa y que le ha costado la salud no ha servido de nada. Se ha quedado sin trabajo.

Fuera está lloviendo y ahora, en la sala de estar, el frío le cala los huesos. En octubre los termómetros de Bogotá marcan mínimos y la calefacción es solo un privilegio para las casas señoriales de las afueras, en una de las cuales quizás viva su ex jefe.

“Maldito”, piensa. Se acerca casi arrastrándose a la nevera en busca de alguna sobra que pueda echarse a la boca. Está vacía. Cuando cierra la puerta, sus cansados ojos perciben que hay una nota nueva entre la lista de la compra y los imanes. Adiós, me voy. Ya sabes con quién.

Si se siente identificado con esta escena, si alguna vez ha vivido uno de esos días en los que la Ley de Murphy se ha cebado con usted, en los que si le apuñalaran ni siquiera sentiría dolor, en la capital de Colombia existe un lugar perfecto para ahogar sus penas. Un miércoles al mes, El Barrio (calle 39 con carrera 21), un restaurante que combina comida gourmet y un ambiente refinado se acuerda de los desafortunados con la programación de Las Noches Tristes.

En esas veladas, la música suena, como rezaba el primer cartel promocional, para acompañarnos en los malos momentos, para enseñarnos a disfrutar de las vacas flacas y de los tragos amargos. La otra noche sonaron sin parar canciones de iconos gay que sobrevivían a la represión del conservadurismo moral. Hoy los galanes latinoamericanos le cantan al desamor rasgándose las vestiduras.

Iván, un joven colombiano, se mueve de mesa en mesa conversando con los clientes. En los peores momentos puede ser también un hombro en el que llorar. Después de estudiar psicología y cocina hace un año decidió montar un restaurante y acoger el concepto de Noches Tristes, que ya había sido inaugurado en otro local de Bogotá, que tristemente (valga la redundancia) cerró. “El concepto es crear una especie de catarsis para quien lo está pasando mal”, cuenta Iván.

Pero entre los parroquianos que llenan El Barrio no solo están los que intentan buscarle un nuevo sentido a su existencia en el fondo de un vaso. El editor de una importante revista colombiana se ha hecho asiduo a la cita. A él se le ve feliz. Toma tragos, cuenta anécdotas. Habla del amor, pero sin desesperanza. Solo acude por el simple gusto, quizás, de tener una porción de tragicomedia como la vida misma.

Porque como dice la canción, mañana será otro día. Y quién sabe, incluso ella puede volver.

Foto Skyline: Carlos Andrés Mesa Giraldo bajo lic. CC, Foto Luna: Thomas Bresson, Wikimedia Commons

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Él llega a casa después de tres días de trabajo en los que apenas ha dormido seis horas. Las ojeras son ya una mancha indeleble en su rostro. Para colmo, el proyecto que el jefe le ha asegurado que salvaría la empresa y que le ha costado la salud no ha servido de nada. Se ha quedado sin trabajo.

Fuera está lloviendo y ahora, en la sala de estar, el frío le cala los huesos. En octubre los termómetros de Bogotá marcan mínimos y la calefacción es solo un privilegio para las casas señoriales de las afueras, en una de las cuales quizás viva su ex jefe.

“Maldito”, piensa. Se acerca casi arrastrándose a la nevera en busca de alguna sobra que pueda echarse a la boca. Está vacía. Cuando cierra la puerta, sus cansados ojos perciben que hay una nota nueva entre la lista de la compra y los imanes. Adiós, me voy. Ya sabes con quién.

Si se siente identificado con esta escena, si alguna vez ha vivido uno de esos días en los que la Ley de Murphy se ha cebado con usted, en los que si le apuñalaran ni siquiera sentiría dolor, en la capital de Colombia existe un lugar perfecto para ahogar sus penas. Un miércoles al mes, El Barrio (calle 39 con carrera 21), un restaurante que combina comida gourmet y un ambiente refinado se acuerda de los desafortunados con la programación de Las Noches Tristes.

En esas veladas, la música suena, como rezaba el primer cartel promocional, para acompañarnos en los malos momentos, para enseñarnos a disfrutar de las vacas flacas y de los tragos amargos. La otra noche sonaron sin parar canciones de iconos gay que sobrevivían a la represión del conservadurismo moral. Hoy los galanes latinoamericanos le cantan al desamor rasgándose las vestiduras.

Iván, un joven colombiano, se mueve de mesa en mesa conversando con los clientes. En los peores momentos puede ser también un hombro en el que llorar. Después de estudiar psicología y cocina hace un año decidió montar un restaurante y acoger el concepto de Noches Tristes, que ya había sido inaugurado en otro local de Bogotá, que tristemente (valga la redundancia) cerró. “El concepto es crear una especie de catarsis para quien lo está pasando mal”, cuenta Iván.

Pero entre los parroquianos que llenan El Barrio no solo están los que intentan buscarle un nuevo sentido a su existencia en el fondo de un vaso. El editor de una importante revista colombiana se ha hecho asiduo a la cita. A él se le ve feliz. Toma tragos, cuenta anécdotas. Habla del amor, pero sin desesperanza. Solo acude por el simple gusto, quizás, de tener una porción de tragicomedia como la vida misma.

Porque como dice la canción, mañana será otro día. Y quién sabe, incluso ella puede volver.

Foto Skyline: Carlos Andrés Mesa Giraldo bajo lic. CC, Foto Luna: Thomas Bresson, Wikimedia Commons

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