10 de mayo 2022    /   CINE/TV
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Siete ‘sinfonías’ de Barcelona compuestas por mujeres

El proyecto 'Simfonies de ciutat' pretende actualizar esta antigua forma de documental y crear un gran mosaico global que retrate la realidad íntima de sus creadores y de todos nosotros.

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A principios del siglo pasado y especialmente en los años 20, comenzaron a surgir las primeras city symphonies, un tipo de documental con un marcado tono poético y experimental que pretendía retratar la vida cotidiana de una ciudad, a la vez que intentaba captar su esencia más pura.

El nombre escogido para referirse a estas películas se debe a que su estructura y la manera en la que sus imágenes desfilan ante nuestros ojos se asemejan bastante a cómo lo hacen los temas musicales en una sinfonía clásica. En realidad, esta denominación no es más que un vano intento de acotar un cierto tipo de relato cinematográfico que siempre ha destacado por disfrutar de una gran libertad y variedad debido al carácter personal que cada autor le imprimía a su particular sinfonía visual.

Entre los ejemplos más relevantes de sus inicios podemos citar obras como Manhatta, de Charles Sheeler y Paul Strand (1921), Berlín, sinfonía de una ciudad, de Walter Ruttmann (1927), o El hombre de la cámara, de Dziga Vertov (1929). Durante las décadas siguientes, otros artistas como Jack Smith, Ken Jacobs o Jem Cohen comenzaron a crear sus propias piezas. Aunque otras películas más mainstream y conocidas por todos, también podrían englobarse dentro de esta tradición. No hay duda de que Roma, de Federico Fellini, es una extraña y compleja city symphony.

Las city symphonies originales surgieron en un momento de cambio tecnológico. Un mundo quedaba atrás para recibir a otro que aún se estaba inventando. Los años 20 del siglo XX fueron una época marcada por la esperanza en el progreso y la alegría tras la Primera Guerra Mundial, pero en los que también estaba muy presente la angustia de lo dura que sería la resaca. Los malos presagios se confirmaron en la década siguiente con el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial.

Ninguna de estas sensaciones nos resultan ajenas a los que estamos vivos cien años después, en este incierto 2022. Por un lado, la tecnología avanza a una velocidad tal que las últimas novedades sustituyen a otras antes de que las hayamos conocido. Los discos que marcan una época y los acontecimientos literarios son olvidados en apenas dos semanas, y recibimos tanta información por segundo que a veces nos olvidamos de quiénes somos nosotros mismos.

Por otro lado, la reciente guerra en Ucrania y la amenaza de que afecte a otros territorios han hecho que se haya desvanecido de golpe la fantasía de que las bombas solo podían caer sobre las casas de otros. Y muchos se han despertado últimamente sudando en medio de la noche tras ver en sueños un misil viajando a toda velocidad hacia su barrio.

Es en este contexto tan similar al de la década de 1920 es en el que surge el proyecto Simfonies de ciutat (Sinfonías de ciudad). Una iniciativa del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona que ha recogido la esencia de aquellas obras del pasado y la ha aplicado a nuestro presente, proponiendo a creadores de hoy en día que realizaran ese tipo de retratos personales de su entorno de una forma absolutamente libre.

El resultado son siete películas que reinterpretan el género de la city symphony, pero que resultan bastante diferentes en su formato. Todos los filmes funcionan a modo de diario íntimo y personal y a la vez como retrato de la ciudad de Barcelona y sus alrededores; y están dirigidos por por mujeres cineastas seleccionadas en colaboración con el colectivo profesional cinematográfico Dones Visuals.

Entre ellas, podemos encontrar, por ejemplo, La ciutat a la vora (La ciudad en la orilla), el retrato de una caminata a pie desde el barrio de Torre Baró hasta el de Vallvidrera, recorriendo la frontera imaginaria que separa la ciudad de Barcelona de la sierra de Collserola. Una pieza llena de detalles y de personajes que aparecen tal y como fueron surgiendo frente al objetivo de su directora, Meritxell Colell.

Otro ejemplo es Pineda’92, una reflexión de Raquel Barrera sobre las glorias olvidadas de la Barcelona de los Juegos Olímpicos, su decadencia material y el recuerdo nostálgico de aquella época desde un presente mucho menos esperanzador.

Por su parte, Satélites / Satèl·lits, se trata de un diario visual de Felisa, una chica de 18 años del barrio de Sant Ildefons de Cornellá de Llobregat, también conocido como Ciudad Satélite. Lo filmó Eva Murgui, que fue productora asociada del largometraje Chavalas, y ha sido galardonado con la Biznaga de Plata en el Festival de Málaga y nominado a los premios Goya y Gaudí.

Disonar, de La Selva. Ecosistema Creatiu (teaser) from CCCB on Vimeo.

Además de estos tres ejemplos, el proyecto incluye los trabajos de Beatriz Pérez (Amalgama), Carolina Astudillo (Esa fugaz esencia que dejaron los sucesos), Carme Puche (Minshara) o el Colectivo La Selva (Disonar), que, en conjunto, forman un fresco barcelonés que con suerte se irá ampliando durante los próximos años.

En definitiva, estas nuevas sinfonías de ciudad hacen justicia a sus antecesoras del siglo XX, pero actualizando su mensaje, haciéndonos reflexionar sobre la sociedad actual, pero también sobre cuestiones universales como el tiempo, la cotidianidad, la destrucción o la construcción de los espacios y los no lugares.

Tras esta primera ronda de creadoras, está previsto que el proyecto amplíe su campo de acción en los próximos años: primero al resto de Cataluña, luego al resto de España y, finalmente, que atraviese nuestras fronteras, contando con realizadores de todo el mundo, para componer así en el plazo de unos años un gran mosaico global.

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A principios del siglo pasado y especialmente en los años 20, comenzaron a surgir las primeras city symphonies, un tipo de documental con un marcado tono poético y experimental que pretendía retratar la vida cotidiana de una ciudad, a la vez que intentaba captar su esencia más pura.

El nombre escogido para referirse a estas películas se debe a que su estructura y la manera en la que sus imágenes desfilan ante nuestros ojos se asemejan bastante a cómo lo hacen los temas musicales en una sinfonía clásica. En realidad, esta denominación no es más que un vano intento de acotar un cierto tipo de relato cinematográfico que siempre ha destacado por disfrutar de una gran libertad y variedad debido al carácter personal que cada autor le imprimía a su particular sinfonía visual.

Entre los ejemplos más relevantes de sus inicios podemos citar obras como Manhatta, de Charles Sheeler y Paul Strand (1921), Berlín, sinfonía de una ciudad, de Walter Ruttmann (1927), o El hombre de la cámara, de Dziga Vertov (1929). Durante las décadas siguientes, otros artistas como Jack Smith, Ken Jacobs o Jem Cohen comenzaron a crear sus propias piezas. Aunque otras películas más mainstream y conocidas por todos, también podrían englobarse dentro de esta tradición. No hay duda de que Roma, de Federico Fellini, es una extraña y compleja city symphony.

Las city symphonies originales surgieron en un momento de cambio tecnológico. Un mundo quedaba atrás para recibir a otro que aún se estaba inventando. Los años 20 del siglo XX fueron una época marcada por la esperanza en el progreso y la alegría tras la Primera Guerra Mundial, pero en los que también estaba muy presente la angustia de lo dura que sería la resaca. Los malos presagios se confirmaron en la década siguiente con el ascenso del fascismo y la Segunda Guerra Mundial.

Ninguna de estas sensaciones nos resultan ajenas a los que estamos vivos cien años después, en este incierto 2022. Por un lado, la tecnología avanza a una velocidad tal que las últimas novedades sustituyen a otras antes de que las hayamos conocido. Los discos que marcan una época y los acontecimientos literarios son olvidados en apenas dos semanas, y recibimos tanta información por segundo que a veces nos olvidamos de quiénes somos nosotros mismos.

Por otro lado, la reciente guerra en Ucrania y la amenaza de que afecte a otros territorios han hecho que se haya desvanecido de golpe la fantasía de que las bombas solo podían caer sobre las casas de otros. Y muchos se han despertado últimamente sudando en medio de la noche tras ver en sueños un misil viajando a toda velocidad hacia su barrio.

Es en este contexto tan similar al de la década de 1920 es en el que surge el proyecto Simfonies de ciutat (Sinfonías de ciudad). Una iniciativa del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona que ha recogido la esencia de aquellas obras del pasado y la ha aplicado a nuestro presente, proponiendo a creadores de hoy en día que realizaran ese tipo de retratos personales de su entorno de una forma absolutamente libre.

El resultado son siete películas que reinterpretan el género de la city symphony, pero que resultan bastante diferentes en su formato. Todos los filmes funcionan a modo de diario íntimo y personal y a la vez como retrato de la ciudad de Barcelona y sus alrededores; y están dirigidos por por mujeres cineastas seleccionadas en colaboración con el colectivo profesional cinematográfico Dones Visuals.

Entre ellas, podemos encontrar, por ejemplo, La ciutat a la vora (La ciudad en la orilla), el retrato de una caminata a pie desde el barrio de Torre Baró hasta el de Vallvidrera, recorriendo la frontera imaginaria que separa la ciudad de Barcelona de la sierra de Collserola. Una pieza llena de detalles y de personajes que aparecen tal y como fueron surgiendo frente al objetivo de su directora, Meritxell Colell.

Otro ejemplo es Pineda’92, una reflexión de Raquel Barrera sobre las glorias olvidadas de la Barcelona de los Juegos Olímpicos, su decadencia material y el recuerdo nostálgico de aquella época desde un presente mucho menos esperanzador.

Por su parte, Satélites / Satèl·lits, se trata de un diario visual de Felisa, una chica de 18 años del barrio de Sant Ildefons de Cornellá de Llobregat, también conocido como Ciudad Satélite. Lo filmó Eva Murgui, que fue productora asociada del largometraje Chavalas, y ha sido galardonado con la Biznaga de Plata en el Festival de Málaga y nominado a los premios Goya y Gaudí.

Disonar, de La Selva. Ecosistema Creatiu (teaser) from CCCB on Vimeo.

Además de estos tres ejemplos, el proyecto incluye los trabajos de Beatriz Pérez (Amalgama), Carolina Astudillo (Esa fugaz esencia que dejaron los sucesos), Carme Puche (Minshara) o el Colectivo La Selva (Disonar), que, en conjunto, forman un fresco barcelonés que con suerte se irá ampliando durante los próximos años.

En definitiva, estas nuevas sinfonías de ciudad hacen justicia a sus antecesoras del siglo XX, pero actualizando su mensaje, haciéndonos reflexionar sobre la sociedad actual, pero también sobre cuestiones universales como el tiempo, la cotidianidad, la destrucción o la construcción de los espacios y los no lugares.

Tras esta primera ronda de creadoras, está previsto que el proyecto amplíe su campo de acción en los próximos años: primero al resto de Cataluña, luego al resto de España y, finalmente, que atraviese nuestras fronteras, contando con realizadores de todo el mundo, para componer así en el plazo de unos años un gran mosaico global.

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