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15 de mayo 2013    /   IDEAS
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Las protestas cambian de plaza

15 de mayo 2013    /   IDEAS     por          
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En estos intensos años de crisis se han sucedido muchos acontecimientos, decisiones y revelaciones que han modificado profundamente la estructura de muchos mecanismos con los que funcionaba nuestra sociedad. En respuesta también ha variado la forma en la que los ciudadanos protestan. Es más, ha variado la forma, pero también el lugar y los protagonistas.
Cuando España empezó a eclosionar tras años de lisergia pese a la crisis muchos dijeron que ya era hora. Parecía sorprender que el ciudadano medio español hubiera aguantado durante varios años de forma estoica recorte tras recorte, despido tras despido, cómodamente agazapado en el sofá. Aquella eclosión de hace ahora dos años, la ocupación de la Puerta del Sol el 15 de mayo, fue el origen de muchas cosas, y también el fin de muchas otras.
Muchas protestas, pocos resultados
España ha sido un país muy de protestar, al contrario de lo que se cree. Otra cosa es que las protestas hayan sido efectivas. Sucedió con el Franquismo, por ejemplo, cuando durante años cuando el mundo del arte -cantautores, actores y viñetistas sobre todo- sorteaban la censura de un ya maltrecho sistema personalista enfermo como su propio líder estaba. Eran los años de ‘L’Estaca’, de ‘Al vent’, de los sibilinos movimientos políticos de quienes, desde el propio régimen, acabaron por facilitar su final. Claro que, pese a las protestas que se colaban por las grietas de la dictadura, el dictador murió plácidamente, enfermo y anciano.
La Transición fue mucho más movida. Carreras delante de los grises que padres (ya abuelos) recuerdan con nostalgia, la liberación cultural que acabaría por florecer con la democracia y los terribles enfrentamientos entre ultras de distinto signo. Fueron después los años más terribles de ETA, contra quienes miles de ciudadanos también han protestado durante décadas con poco éxito. Precisamente Gesto por la Paz, un símbolo de aquellas protestas que promovieron diálogo entre ambas partes e instauraron nuevos cauces de repulsa (lazos en memoria de los secuestrados, minutos de silencio…) abandonaron su actividad ahora que ETA ha hecho lo propio.
Luego llegaron otras protestas, las mayores de nuestra historia, que tampoco sirvieron de demasiado. Las manos blancas de Miguel Ángel Blanco, la marea negra por el Prestige y el ‘No a la guerra’ por la invasión de Irak. Los grandes hitos de la protesta callejera que, aunque en el primer caso sí removieron muchas cosas en el mundo abertzale, no supusieron un giro determinante a lo que sucedía.
Se podrían sumar a la lista las grandes manifestaciones por la entrada en la OTAN, las Huelgas Generales de los ’80 con la reconversión industrial y algunos otros ejemplos. Pero la visión es la misma: la fórmula de la protesta callejera parecía agotada ¿Por qué? Unos hablan de que, para temas laborales, los sindicatos han perdido representatividad. Otros de que ya se habían hecho muchas manifestaciones contra ETA y no hacía falta seguir insistiendo. Otros, en general, veían que las protestas no conseguían fines concretos.

El hastío como protesta
No es que llegara la crisis y cambiara radicalmente el panorama. Los españoles nos acostumbramos a protestar de otra forma: con indolencia. La abstención se dispara y los ciudadanos se alejan, cada vez más, de los políticos, lo que les da aún mayor manga ancha para actuar sin el aliento ciudadano en la nuca. La abstención es la fuerza de voto más poderosa en dos tercios de las autonomías y la más poderosa en España (11,1 millones de votos), más incluso que el partido que gobierna ahora con mayoría absoluta (10,8 millones).
Incluso antes ya habíamos empezado a protestar de otra forma, votando por oposición -no voto tanto porque me apasione el partido que elijo, sino porque no quiero bajo ningún concepto que salga el contrario-.
Pero ni el hastío ni el voto en contra sirvieron para cambiar nada tampoco. Es más, la gente empezó a darse cuenta que el origen de los problemas por los que protesta tienen más que ver con el sistema en sí que con el Gobierno (decisión, banda terrorista o catástrofe) contra el que protestan.
Si el primer cambio fue pasar de la calle al hastío y el voto en contra, el segundo fue la Red. Como recuerda Juanlu Sánchez en ElDiario.es, antes del 15M hubo ensayos previos de movilizaciones (con distintos fines y protagonistas) que no fraguaron: manifestaciones convocadas en foros online y redes sociales, recientemente aupadas como campañas por plataformas digitales de movilización y recolección de firmas, que no dieron el salto del mundo digital al real. No es lo mismo dar a un ‘reenviar’, a un ‘me gusta’ o a un ‘retuit’ que levantarse de la silla, apagar el ordenador y volver a salir a la calle. No era suficiente.

El cambio de chip de aquel 15M
Lo que tal día como hoy pasó hace dos años fue, más allá de opiniones acerca de fondo y forma (de entonces y de hace un año), un cambio de chip. Un grupo no tan numeroso al principio volvió a sacar la protesta a la calle, pero de otra forma. Suficiente como para movilizar a tanto militante de sofá que hasta ese momento no se había movido, ese enorme colectivo (al principio sobre todo jóvenes) de afectados que dieron el paso: parados, mayores y jóvenes, incluso jubilados, hartos del bipartidismo y sociológicamente más afines a la izquierda. Era una muestra de hastío que se reencontraba con la calle.
La mayor crítica al sistema fue ocupar el espacio público y darle un uso asambleario, simbólico y potente, visible y notorio. Sin cabezas visibles a las que decapitar, adoleciendo quizá de falta de toma de decisiones, pero que puso en jaque muchas de las reglas mantenidas hasta entonces en el juego político.
Cierto es que con el paso de esos dos años el movimiento ha cambiado. Mucho se ha escrito sobre su división entre quienes quieren formar fuerzas más o menos políticas y quienes quieren mantener su esencia, sobre si se ha diluido al perder visibilidad al pasar al trabajo en barrios y asambleas locales, sobre si se ha radicalizado y eso ha terminado por destrozar ese aura que asombró a la sociedad aquellas semanas. Pero la semilla de la ocupación del espacio público ha calado.

Parlamento, desahucios, escrache y bancos
Ahora, conforme la crisis se ha endurecido, la apuesta de la protesta también. El objetivo ya no es la simbólica Puerta del Sol, sino que el escenario de las nuevas manifestaciones ha sido de un tiempo ha esta parte el propio Congreso de los diputados. Lo ha sido de formas más y menos pacíficas, a veces convocados por colectivos cercanos a aquel 15M original, a veces promovidos con prácticas más de choque, como la última convocatoria de ‘Asalta el Congreso’. La respuesta siempre ha sido la misma: nadie ha podido acercarse a la Plaza de las Cortes porque se abrió un perímetro de seguridad para blindar el área y las protestas, violentas o no, tuvieron lugar lejos, en la Plaza de Neptuno.
Pero ese es el símbolo: llevar la protesta a la sede de la soberanía popular en lugar de votar a otros ocupantes, porque lo que se cuestiona es el sistema en sí. Y la respuesta es también simbólica: las vallas de protección no se han retirado totalmente del perímetro del Congreso en más de un año. El órgano legislativo del país es una jaula que se monta y se desmonta según si hay protesta o no.
Las protestas también han llegado al interior del Parlamento. Allí hay diputados que escenifican su desacuerdo de formas diversas: sobres, chapas, camisetas, banderas y gestos, incluso objetos de lo más diversos para animar los debates. Cierto es que en este caso sólo se logra visibilidad porque los grupos que promueven estas acciones tienen representaciones minoritarias comparadas con las grandes formaciones.
De la calle al hastío, del hastío a la Red, de la Red al espacio público y de ahí al Parlamento. Pero la ecuación del cambio de plaza de la protesta ciudadana sigue girando, acelerada. En los últimos meses los colectivos sociales han pasado a actuar directamente en los lugares donde identifican no ya los problemas del sistema, sino directamente las consecuencias de lo que promueve sus protestas. Por eso se han generalizado los escraches en las puertas de las casas de los políticos, por eso se llevan a cabo acciones en oficinas del paro y entidades financieras, por eso se organiza y convoca a que los ciudadanos impidan los desahucios rodeando los domicilios de los afectados.
En este más reciente paso de las protestas ciudadanas sí se empiezan a lograr algunos casos de éxito. Responsables de preferentes se sientan ante el juez, desahucios se paralizan y bancos e instituciones públicas renegocian términos de ejecuciones hipotecarias.
¿Triunfarán estas nuevas formas de protesta donde fracasaron auténticas demostraciones de poder ciudadano años atrás? Por el momento, el desgaste del bipartidismo se evidencia encuesta a encuesta, aunque ni siquiera el surgimiento de terceras fuerzas haga que estas cuajen como alternativas. El problema para quienes protestan es más que las consecuencias de la crisis, más que los políticos, más que la crisis misma. El problema para ellos es el sistema.

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En estos intensos años de crisis se han sucedido muchos acontecimientos, decisiones y revelaciones que han modificado profundamente la estructura de muchos mecanismos con los que funcionaba nuestra sociedad. En respuesta también ha variado la forma en la que los ciudadanos protestan. Es más, ha variado la forma, pero también el lugar y los protagonistas.
Cuando España empezó a eclosionar tras años de lisergia pese a la crisis muchos dijeron que ya era hora. Parecía sorprender que el ciudadano medio español hubiera aguantado durante varios años de forma estoica recorte tras recorte, despido tras despido, cómodamente agazapado en el sofá. Aquella eclosión de hace ahora dos años, la ocupación de la Puerta del Sol el 15 de mayo, fue el origen de muchas cosas, y también el fin de muchas otras.
Muchas protestas, pocos resultados
España ha sido un país muy de protestar, al contrario de lo que se cree. Otra cosa es que las protestas hayan sido efectivas. Sucedió con el Franquismo, por ejemplo, cuando durante años cuando el mundo del arte -cantautores, actores y viñetistas sobre todo- sorteaban la censura de un ya maltrecho sistema personalista enfermo como su propio líder estaba. Eran los años de ‘L’Estaca’, de ‘Al vent’, de los sibilinos movimientos políticos de quienes, desde el propio régimen, acabaron por facilitar su final. Claro que, pese a las protestas que se colaban por las grietas de la dictadura, el dictador murió plácidamente, enfermo y anciano.
La Transición fue mucho más movida. Carreras delante de los grises que padres (ya abuelos) recuerdan con nostalgia, la liberación cultural que acabaría por florecer con la democracia y los terribles enfrentamientos entre ultras de distinto signo. Fueron después los años más terribles de ETA, contra quienes miles de ciudadanos también han protestado durante décadas con poco éxito. Precisamente Gesto por la Paz, un símbolo de aquellas protestas que promovieron diálogo entre ambas partes e instauraron nuevos cauces de repulsa (lazos en memoria de los secuestrados, minutos de silencio…) abandonaron su actividad ahora que ETA ha hecho lo propio.
Luego llegaron otras protestas, las mayores de nuestra historia, que tampoco sirvieron de demasiado. Las manos blancas de Miguel Ángel Blanco, la marea negra por el Prestige y el ‘No a la guerra’ por la invasión de Irak. Los grandes hitos de la protesta callejera que, aunque en el primer caso sí removieron muchas cosas en el mundo abertzale, no supusieron un giro determinante a lo que sucedía.
Se podrían sumar a la lista las grandes manifestaciones por la entrada en la OTAN, las Huelgas Generales de los ’80 con la reconversión industrial y algunos otros ejemplos. Pero la visión es la misma: la fórmula de la protesta callejera parecía agotada ¿Por qué? Unos hablan de que, para temas laborales, los sindicatos han perdido representatividad. Otros de que ya se habían hecho muchas manifestaciones contra ETA y no hacía falta seguir insistiendo. Otros, en general, veían que las protestas no conseguían fines concretos.

El hastío como protesta
No es que llegara la crisis y cambiara radicalmente el panorama. Los españoles nos acostumbramos a protestar de otra forma: con indolencia. La abstención se dispara y los ciudadanos se alejan, cada vez más, de los políticos, lo que les da aún mayor manga ancha para actuar sin el aliento ciudadano en la nuca. La abstención es la fuerza de voto más poderosa en dos tercios de las autonomías y la más poderosa en España (11,1 millones de votos), más incluso que el partido que gobierna ahora con mayoría absoluta (10,8 millones).
Incluso antes ya habíamos empezado a protestar de otra forma, votando por oposición -no voto tanto porque me apasione el partido que elijo, sino porque no quiero bajo ningún concepto que salga el contrario-.
Pero ni el hastío ni el voto en contra sirvieron para cambiar nada tampoco. Es más, la gente empezó a darse cuenta que el origen de los problemas por los que protesta tienen más que ver con el sistema en sí que con el Gobierno (decisión, banda terrorista o catástrofe) contra el que protestan.
Si el primer cambio fue pasar de la calle al hastío y el voto en contra, el segundo fue la Red. Como recuerda Juanlu Sánchez en ElDiario.es, antes del 15M hubo ensayos previos de movilizaciones (con distintos fines y protagonistas) que no fraguaron: manifestaciones convocadas en foros online y redes sociales, recientemente aupadas como campañas por plataformas digitales de movilización y recolección de firmas, que no dieron el salto del mundo digital al real. No es lo mismo dar a un ‘reenviar’, a un ‘me gusta’ o a un ‘retuit’ que levantarse de la silla, apagar el ordenador y volver a salir a la calle. No era suficiente.

El cambio de chip de aquel 15M
Lo que tal día como hoy pasó hace dos años fue, más allá de opiniones acerca de fondo y forma (de entonces y de hace un año), un cambio de chip. Un grupo no tan numeroso al principio volvió a sacar la protesta a la calle, pero de otra forma. Suficiente como para movilizar a tanto militante de sofá que hasta ese momento no se había movido, ese enorme colectivo (al principio sobre todo jóvenes) de afectados que dieron el paso: parados, mayores y jóvenes, incluso jubilados, hartos del bipartidismo y sociológicamente más afines a la izquierda. Era una muestra de hastío que se reencontraba con la calle.
La mayor crítica al sistema fue ocupar el espacio público y darle un uso asambleario, simbólico y potente, visible y notorio. Sin cabezas visibles a las que decapitar, adoleciendo quizá de falta de toma de decisiones, pero que puso en jaque muchas de las reglas mantenidas hasta entonces en el juego político.
Cierto es que con el paso de esos dos años el movimiento ha cambiado. Mucho se ha escrito sobre su división entre quienes quieren formar fuerzas más o menos políticas y quienes quieren mantener su esencia, sobre si se ha diluido al perder visibilidad al pasar al trabajo en barrios y asambleas locales, sobre si se ha radicalizado y eso ha terminado por destrozar ese aura que asombró a la sociedad aquellas semanas. Pero la semilla de la ocupación del espacio público ha calado.

Parlamento, desahucios, escrache y bancos
Ahora, conforme la crisis se ha endurecido, la apuesta de la protesta también. El objetivo ya no es la simbólica Puerta del Sol, sino que el escenario de las nuevas manifestaciones ha sido de un tiempo ha esta parte el propio Congreso de los diputados. Lo ha sido de formas más y menos pacíficas, a veces convocados por colectivos cercanos a aquel 15M original, a veces promovidos con prácticas más de choque, como la última convocatoria de ‘Asalta el Congreso’. La respuesta siempre ha sido la misma: nadie ha podido acercarse a la Plaza de las Cortes porque se abrió un perímetro de seguridad para blindar el área y las protestas, violentas o no, tuvieron lugar lejos, en la Plaza de Neptuno.
Pero ese es el símbolo: llevar la protesta a la sede de la soberanía popular en lugar de votar a otros ocupantes, porque lo que se cuestiona es el sistema en sí. Y la respuesta es también simbólica: las vallas de protección no se han retirado totalmente del perímetro del Congreso en más de un año. El órgano legislativo del país es una jaula que se monta y se desmonta según si hay protesta o no.
Las protestas también han llegado al interior del Parlamento. Allí hay diputados que escenifican su desacuerdo de formas diversas: sobres, chapas, camisetas, banderas y gestos, incluso objetos de lo más diversos para animar los debates. Cierto es que en este caso sólo se logra visibilidad porque los grupos que promueven estas acciones tienen representaciones minoritarias comparadas con las grandes formaciones.
De la calle al hastío, del hastío a la Red, de la Red al espacio público y de ahí al Parlamento. Pero la ecuación del cambio de plaza de la protesta ciudadana sigue girando, acelerada. En los últimos meses los colectivos sociales han pasado a actuar directamente en los lugares donde identifican no ya los problemas del sistema, sino directamente las consecuencias de lo que promueve sus protestas. Por eso se han generalizado los escraches en las puertas de las casas de los políticos, por eso se llevan a cabo acciones en oficinas del paro y entidades financieras, por eso se organiza y convoca a que los ciudadanos impidan los desahucios rodeando los domicilios de los afectados.
En este más reciente paso de las protestas ciudadanas sí se empiezan a lograr algunos casos de éxito. Responsables de preferentes se sientan ante el juez, desahucios se paralizan y bancos e instituciones públicas renegocian términos de ejecuciones hipotecarias.
¿Triunfarán estas nuevas formas de protesta donde fracasaron auténticas demostraciones de poder ciudadano años atrás? Por el momento, el desgaste del bipartidismo se evidencia encuesta a encuesta, aunque ni siquiera el surgimiento de terceras fuerzas haga que estas cuajen como alternativas. El problema para quienes protestan es más que las consecuencias de la crisis, más que los políticos, más que la crisis misma. El problema para ellos es el sistema.

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