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20 de agosto 2012    /   CINE/TV
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El legado de Bourne… de Pajares y de Esteso

20 de agosto 2012    /   CINE/TV     por          
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Series, franquicias, remakes, precuelas, secuelas, spin-off, sagas… A menudo se acusa al Hollywood actual de falta de ideas (envidia cochina) y de recurrir una y otra vez a fórmulas seguras. Pero esa tendencia ha existido siempre, y no solo en las películas de los estudios americanos. Los recientes estrenos de “Prometheus” (Ridley Scott) y “El legado de Bourne” (Tony Gilroy) abren un interesante debate acerca de los límites de la serialización o de la ficción por entregas.

Una de las primeras sagas de la historia del cine comercial la constituyen las dos películas de James Whale “Frankenstein” (1931) y “La novia de Frankenstein” (1935). Sobre el mecanismo íntimo de creación de una secuela nada mejor que la exquisita “Dioses y monstruos” (Bill Condon, 1998), donde Ian McKellen interpreta a un Whale crepuscular, homosexual y enamorado de su jardinero (un sorprendente Brendan Fraser) a quien confía sus recuerdos.

Del “Prometheus” de Scott ya hablamos aquí no hace mucho. Pero el visionado de “El legado de Bourne” me ha hecho plantearme varias cosas. La primera es que me cae mal Matt Damon, y por eso no he logrado terminar las tres pelis previas. Esta sí, porque no sale Damon.

La segunda es que Rachel Weisz es una actriz maravillosa a la que los guionistas (o su marido Daniel Craig) no le permiten acostarse con nadie en pantalla, y es una pena… (Amenábar la quiso pura y virgen en “Agora”, y ello provocó no pocas fricciones entre actriz y director… )

Pero volvamos al tema de fondo: “El legado de Bourne” da un paso más allá al perpetuar una franquicia sin sus ingredientes mediáticos principales. Es como si una película de James Bond en la que no apareciera James Bond fuera un éxito precisamente por esa ausencia.

Un muy elevado porcentaje de los blockbusters que nos llegan de Hollywood pertenecen a alguna saga, o han sido concebidas para iniciar su propia saga… si cuela. Una de las razones es que se ahorra bastante en costes de producción (vestuario, casting, localizaciones, partitura original, abogados… ). Todos los fans de Star Trek nos hemos fijado en que los uniformes de la Federación de los últimos capítulos tenían ya pelotillas en las mangas. Sí, amigos: la alta definición es un asco.

El Sherlock Holmes de Guy Ritchie ha sido un refrescante intruso en esta dinámica, rescatando un personaje decimonónico ya bastante polvoriento y convirtiéndolo en un yonqui genial y mal aseado, acompañado del impoluto Watson (Jude Law). Hay quien se apunta a una saga que no es suya, como José Luis Garci, que estrena estos días “Holmes & Watson: Madrid days”, con un cameo peculiar: el personaje de Isaac Albéniz lo interpreta ¡¡¡el exalcalde de Madrid!!!

En el caso del cine patrio, la primera saga oficial nació al albor de la Transición, con el sello del desaparecido Luis García Berlanga: “La escopeta nacional” (1977), “Patrimonio nacional” (1981) y “Nacional III” (1982). Nótese que en ese mismo año se estrenó “Blade Runner”… Pero el aroma americano de saga llega a nuestro país de la mano de Torrente (van cuatro entregas, pero nada indica que la cosa haya terminado).

Lo curioso es que Santiago Segura jamás pensó en una secuela mientras rodaba la primera. En medio hay varios intentos. “REC” es uno de ellos. La primera funcionó tan bien que decidieron darle una vuelta de tuerca e inyectar más dinero, pero las ventas internacionales bajaron y se perdió espontaneidad, y ahora “REC 3” intenta reconquistar el terreno y dinero perdidos. Parejo devenir está protagonizando “Fuga de cerebros”…

“El pisito” (1959) y “El cochecito” (1960) podrían enmarcarse en un tímido intento de crear una saga de neorrealismo español con carga ideológica. El gran Rafael Azcona escribió ambos guiones, que Marco Ferreri se encargó de dirigir magistralmente.

Ya en plena Transición encontramos “Los bingueros” (Mariano Ozores, 1979), obra maestra cuyo visionado me atrevo a recomendar a la luz de los nuevos tiempos (nótese que en ese mismo año se estrenó “Alien”). Le siguieron las muy prescindibles “Los chulos“, “Los liantes”, y “Los energéticos”, ya de mucho peor estofa, pero con indiscutible vocación de franquicia, con cartel encabezado por los sempiternos Andrés Pajares y Fernando Esteso.

En estos tiempos de sagas se revalorizan las películas que nacen con la genética de las joyas solitarias, sin descendencia argumental posible. Como usted y como yo, sin ir más lejos. En la vida real tampoco hay segundas partes… Pero a veces aparecen precuelas (sobre todo en Facebook).

Foto: Casa de América

Series, franquicias, remakes, precuelas, secuelas, spin-off, sagas… A menudo se acusa al Hollywood actual de falta de ideas (envidia cochina) y de recurrir una y otra vez a fórmulas seguras. Pero esa tendencia ha existido siempre, y no solo en las películas de los estudios americanos. Los recientes estrenos de “Prometheus” (Ridley Scott) y “El legado de Bourne” (Tony Gilroy) abren un interesante debate acerca de los límites de la serialización o de la ficción por entregas.

Una de las primeras sagas de la historia del cine comercial la constituyen las dos películas de James Whale “Frankenstein” (1931) y “La novia de Frankenstein” (1935). Sobre el mecanismo íntimo de creación de una secuela nada mejor que la exquisita “Dioses y monstruos” (Bill Condon, 1998), donde Ian McKellen interpreta a un Whale crepuscular, homosexual y enamorado de su jardinero (un sorprendente Brendan Fraser) a quien confía sus recuerdos.

Del “Prometheus” de Scott ya hablamos aquí no hace mucho. Pero el visionado de “El legado de Bourne” me ha hecho plantearme varias cosas. La primera es que me cae mal Matt Damon, y por eso no he logrado terminar las tres pelis previas. Esta sí, porque no sale Damon.

La segunda es que Rachel Weisz es una actriz maravillosa a la que los guionistas (o su marido Daniel Craig) no le permiten acostarse con nadie en pantalla, y es una pena… (Amenábar la quiso pura y virgen en “Agora”, y ello provocó no pocas fricciones entre actriz y director… )

Pero volvamos al tema de fondo: “El legado de Bourne” da un paso más allá al perpetuar una franquicia sin sus ingredientes mediáticos principales. Es como si una película de James Bond en la que no apareciera James Bond fuera un éxito precisamente por esa ausencia.

Un muy elevado porcentaje de los blockbusters que nos llegan de Hollywood pertenecen a alguna saga, o han sido concebidas para iniciar su propia saga… si cuela. Una de las razones es que se ahorra bastante en costes de producción (vestuario, casting, localizaciones, partitura original, abogados… ). Todos los fans de Star Trek nos hemos fijado en que los uniformes de la Federación de los últimos capítulos tenían ya pelotillas en las mangas. Sí, amigos: la alta definición es un asco.

El Sherlock Holmes de Guy Ritchie ha sido un refrescante intruso en esta dinámica, rescatando un personaje decimonónico ya bastante polvoriento y convirtiéndolo en un yonqui genial y mal aseado, acompañado del impoluto Watson (Jude Law). Hay quien se apunta a una saga que no es suya, como José Luis Garci, que estrena estos días “Holmes & Watson: Madrid days”, con un cameo peculiar: el personaje de Isaac Albéniz lo interpreta ¡¡¡el exalcalde de Madrid!!!

En el caso del cine patrio, la primera saga oficial nació al albor de la Transición, con el sello del desaparecido Luis García Berlanga: “La escopeta nacional” (1977), “Patrimonio nacional” (1981) y “Nacional III” (1982). Nótese que en ese mismo año se estrenó “Blade Runner”… Pero el aroma americano de saga llega a nuestro país de la mano de Torrente (van cuatro entregas, pero nada indica que la cosa haya terminado).

Lo curioso es que Santiago Segura jamás pensó en una secuela mientras rodaba la primera. En medio hay varios intentos. “REC” es uno de ellos. La primera funcionó tan bien que decidieron darle una vuelta de tuerca e inyectar más dinero, pero las ventas internacionales bajaron y se perdió espontaneidad, y ahora “REC 3” intenta reconquistar el terreno y dinero perdidos. Parejo devenir está protagonizando “Fuga de cerebros”…

“El pisito” (1959) y “El cochecito” (1960) podrían enmarcarse en un tímido intento de crear una saga de neorrealismo español con carga ideológica. El gran Rafael Azcona escribió ambos guiones, que Marco Ferreri se encargó de dirigir magistralmente.

Ya en plena Transición encontramos “Los bingueros” (Mariano Ozores, 1979), obra maestra cuyo visionado me atrevo a recomendar a la luz de los nuevos tiempos (nótese que en ese mismo año se estrenó “Alien”). Le siguieron las muy prescindibles “Los chulos“, “Los liantes”, y “Los energéticos”, ya de mucho peor estofa, pero con indiscutible vocación de franquicia, con cartel encabezado por los sempiternos Andrés Pajares y Fernando Esteso.

En estos tiempos de sagas se revalorizan las películas que nacen con la genética de las joyas solitarias, sin descendencia argumental posible. Como usted y como yo, sin ir más lejos. En la vida real tampoco hay segundas partes… Pero a veces aparecen precuelas (sobre todo en Facebook).

Foto: Casa de América

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