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3 de septiembre 2018    /   IDEAS
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El matrimonio perfecto lo protagonizaron dos mujeres irlandesas en el siglo XVIII

3 de septiembre 2018    /   IDEAS     por          
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Las irlandesas Eleanor Butler y Sarah Ponsonby se conocieron cuando la primera tenía 29 años y la segunda 13. Pese a la diferencia de edad, enseguida se hicieron amigas epistolares íntimas. En esas cartas planearon una vida ideal; vida que, diez años después de conocerse, pusieron en práctica viviendo juntas en un pueblecillo galés. La convivencia duró más de 50 años. ¿Lo más sorprendente de todo? La aventura empezó en 1778.

Como era de esperar, no fue fácil. Su primer intento de fuga juntas se frustró cuando tuvieron que retrasar un día el viaje en barco para cambiar de isla. Partieron vestidas de hombres, con una pistola y con Frisk, el perro de Sarah. Al no poder coger el ferry, pasaron la noche fría y húmeda en un granero, con sus respectivas familias ya en plena búsqueda de las forajidas. Los ladridos algo histéricos de Frisk delataron su escondite.

De ese primer intento Sarah volvió envuelta en fiebre. Su familia, no obstante, fue bastante comprensiva: los tranquilizó el hecho de que no hubiese ningún hombre involucrado en el intento de fuga y se volcaron en la salud de la joven. Huérfana de padres, vivía desde hacía años con sus tíos. Él, su tío político, tenía además grandes planes de futuro para ella: creía que su esposa no iba a vivir mucho más, por lo que planeaba casarse con Sarah, una perspectiva que a ella no le parecía muy atractiva (al final, por cierto, murió él antes que su mujer, enfermo de gota).

En casa de Eleanor, que en el momento de la fuga era una solterona de 39 años, decidieron que solo había una solución: meterla en un convento en Francia. Así, además, mataban dos pájaros de un tiro y compensaban ante la Iglesia la afrenta cometida por su hermano, que unos años antes se había hecho protestante.

Pero Eleanor nunca llegó al convento: fue acogida por la familia de Sarah (tras vivir unos días escondida en su habitación), que veía que su salud dependía mucho de estar con su amiga. Y como era imposible disuadirlas de la locura de fugarse juntas, acabaron poniéndoles un carruaje y organizándoles la partida para evitar más noches en graneros. Así, en mayo de 1778 acompañadas de Mary Carryll, una criada, partieron de nuevo. Nunca volverían a Irlanda.

El Sistema: leer, estudiar, pasear y cuidar el jardín

Tras unas semanas de turisteo rural, cambiaron sus planes iniciales de establecerse en Inglaterra y se instalaron en el valle de Llangollen, en Gales, en una casita de campo llamada Plas Newydd. Allí enseguida se entregaron a su ideal de vida, que consistía en una especie de retiro espiritual en el que dedicaban sus días a leer, estudiar, escribir, pasear e ir haciendo reformas en su nuevo hogar.

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Sus días seguían una rutina muy estricta, lo que ellas llamaban su Sistema, que tenía como objetivo lograr vivir dándole la espalda a la sociedad y siendo autosuficientes. En este «exquisito retiro», como lo llamaba Eleanor, buscaban también de forma constante la mejora personal.

La estructura de un día cualquiera, cuenta su biógrafa Elizabeth Mavor, podía ser algo así: se levantaban sobre las 8 (aunque en los «días irresistibles» de verano a las 6 ya estaban paseando por el jardín), desayunaban a las 9, de 9:30 a 3, según la temporada, se dedicaban a cosas como cuidar del jardín, pasear, leer, pintar, contestar cartas o aprender idiomas. Antes de acostarse se leían libros en voz alta la una a la otra (normalmente Eleanor a Sarah).

Casi nunca salían de casa y evitaban lo máximo posible el contacto con el mundo exterior. Vivían de las rentas que habían conseguido asegurar de sus familias y, finalmente, de una pensión, aunque el dinero fue siempre una preocupación, especialmente teniendo en cuenta que estaban ocupadas constantemente en obras y reformas para mejorar y hacer más bonitos la casa y el jardín.

¿Cuándo nos dejarán solas?

Aunque su objetivo era vivir tranquilas y sin mucho más contacto con el mundo exterior que el que mantendrían por carta, su extraño modo de vida no pasaba desapercibido. Pronto se hicieron famosas no solo en el valle, sino en todo el país y en Europa. Las visitas, no siempre esperadas y no siempre bien recibidas, se sucedían.

Por Plas Newydd pasó gente como William Wordsworth (que les dedicó un poema), Sir Walter Scott o el duque de Wellington, además de miembros de la realeza británica y europea. En 1828, tras una visita a las «señoritas de Llangollen», como se las conocía, el príncipe prusiano Puckler-Muskau se refirió a ellas como «las vírgenes más celebradas de Gran Bretaña».

V0007358 Sarah Ponsonby (left)and Lady Eleanor Butler, recluses known Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Sarah Ponsonby (left)and Lady Eleanor Butler, recluses known as the Ladies of Llangollen, seated in their library. Lithograph by R.J. Lane, ca. 1832, after Mary Parker (later Lady Leighton), 1828. 1832 By: Mary Leightonafter: Richard James LanePublished: [ca. 1832?] Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Sus días seguían una rutina muy estricta, lo que ellas llamaban su Sistema, que tenía como objetivo lograr vivir dándole la espalda a la sociedad y siendo autosuficientes

Los visitantes llegaban a Plas Newydd atraídos por las razones más diversas. Muchos estaban interesados en cómo se plasmaba ese ideal de vida —muy inspirado por Rousseau, de quien eran grandes admiradoras—; algunos querían disfrutar de la conversación de Eleanor, de quien se decía que era brillante y sarcástica; otros tenían un interés más arquitectónico y querían ver las reformas de la casa y el enorme jardín.

Eleanor y Sarah no llevaban este incesante goteo de visitas demasiado bien. A veces intentaban escaquearse escondiéndose y espiando a los curiosos ocultas tras los setos del jardín, otras eran (solo Eleanor, en realidad) directamente maleducadas.

Pero es que toda esa gente interfería con su soñado retiro. En una entrada en su diario (toda su vida quedó meticulosamente registrada en sus diarios), Eleanor Butler se preguntaba ya en 1785 cuándo las dejarían solas. Lo cierto es que su fama nunca hizo más que aumentar.

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Un matrimonio perfecto

Una de las grandes incógnitas e inspiración para ensayos, estudios y todo tipo de escritos es el tipo de relación que unía a Sarah y Eleanor. Desde una perspectiva del siglo XX y XXI, parece claro que eran lesbianas: dormían en la misma cama, se referían la una a la otra como «mi Amada» (my Beloved) o «mi mejor mitad»; llevaban, en definitiva, la vida de un matrimonio.

Tanto Colette como Simone de Beauvoir, por ejemplo, escribieron sobre las señoritas de Llangollen, dando por sentado que su relación no era solo platónica. Su biógrafa Elizabeth Mavor, por el contrario, tras leer todo lo que Sarah y Eleanor dejaron por escrito, mantiene que lo más probable es que se tratase de una de esas amistades románticas típicas de la época y que en esa cama que compartían no hubiese nada sexual.

La casa de Llangollen está todavía en pie y que se puede visitar. No todo el mundo recuerda la historia, pero los que sí, lo hacen con orgullo y admiración

Durante su vida, esa era también la opinión generalizada: ellas mismas hablaban de amistad romántica, así como sus vecinos y visitas. Por supuesto, había también rumores de que podría haber algo más, algo «impuro».

En 1790, un artículo en el General Evening Post insinuaba esa «impureza» de forma muy británica, insistiendo en la feminidad de Sarah y la masculinidad de Eleanor, contando que esta había rechazado ofertas de matrimonio y que sus familias habían querido separarlas. Eleanor se puso furiosa al leerlo, consultó con un abogado sobre posibles medidas legales y, finalmente, se limitó a cancelar su suscripción.

La primera en morir, en 1809, fue Mary Carryll, fiel criada de las señoritas, que trabajó para ellas desde el primer minuto, siempre sin sueldo. 20 años después, con 90 años, fue Eleanor. Sarah la sobrevivió solo dos años y murió en 1831, a los 76.

La casa de Llangollen está todavía en pie y que se puede visitar. No todo el mundo en la localidad de apenas 3.000 habitantes recuerda la historia, pero los que sí, cuenta Patricia Hampl en The Art of the Wasted Day, lo hacen con orgullo y admiración. Al fin y al cabo, platónica o no, fue una gran historia de amor e independencia, la historia de dos mujeres que en plenos siglos XVIII y XIX vivieron la vida que les dio la gana. No mucha gente puede decir eso. Ni siquiera ahora.

Las irlandesas Eleanor Butler y Sarah Ponsonby se conocieron cuando la primera tenía 29 años y la segunda 13. Pese a la diferencia de edad, enseguida se hicieron amigas epistolares íntimas. En esas cartas planearon una vida ideal; vida que, diez años después de conocerse, pusieron en práctica viviendo juntas en un pueblecillo galés. La convivencia duró más de 50 años. ¿Lo más sorprendente de todo? La aventura empezó en 1778.

Como era de esperar, no fue fácil. Su primer intento de fuga juntas se frustró cuando tuvieron que retrasar un día el viaje en barco para cambiar de isla. Partieron vestidas de hombres, con una pistola y con Frisk, el perro de Sarah. Al no poder coger el ferry, pasaron la noche fría y húmeda en un granero, con sus respectivas familias ya en plena búsqueda de las forajidas. Los ladridos algo histéricos de Frisk delataron su escondite.

De ese primer intento Sarah volvió envuelta en fiebre. Su familia, no obstante, fue bastante comprensiva: los tranquilizó el hecho de que no hubiese ningún hombre involucrado en el intento de fuga y se volcaron en la salud de la joven. Huérfana de padres, vivía desde hacía años con sus tíos. Él, su tío político, tenía además grandes planes de futuro para ella: creía que su esposa no iba a vivir mucho más, por lo que planeaba casarse con Sarah, una perspectiva que a ella no le parecía muy atractiva (al final, por cierto, murió él antes que su mujer, enfermo de gota).

En casa de Eleanor, que en el momento de la fuga era una solterona de 39 años, decidieron que solo había una solución: meterla en un convento en Francia. Así, además, mataban dos pájaros de un tiro y compensaban ante la Iglesia la afrenta cometida por su hermano, que unos años antes se había hecho protestante.

Pero Eleanor nunca llegó al convento: fue acogida por la familia de Sarah (tras vivir unos días escondida en su habitación), que veía que su salud dependía mucho de estar con su amiga. Y como era imposible disuadirlas de la locura de fugarse juntas, acabaron poniéndoles un carruaje y organizándoles la partida para evitar más noches en graneros. Así, en mayo de 1778 acompañadas de Mary Carryll, una criada, partieron de nuevo. Nunca volverían a Irlanda.

El Sistema: leer, estudiar, pasear y cuidar el jardín

Tras unas semanas de turisteo rural, cambiaron sus planes iniciales de establecerse en Inglaterra y se instalaron en el valle de Llangollen, en Gales, en una casita de campo llamada Plas Newydd. Allí enseguida se entregaron a su ideal de vida, que consistía en una especie de retiro espiritual en el que dedicaban sus días a leer, estudiar, escribir, pasear e ir haciendo reformas en su nuevo hogar.

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Sus días seguían una rutina muy estricta, lo que ellas llamaban su Sistema, que tenía como objetivo lograr vivir dándole la espalda a la sociedad y siendo autosuficientes. En este «exquisito retiro», como lo llamaba Eleanor, buscaban también de forma constante la mejora personal.

La estructura de un día cualquiera, cuenta su biógrafa Elizabeth Mavor, podía ser algo así: se levantaban sobre las 8 (aunque en los «días irresistibles» de verano a las 6 ya estaban paseando por el jardín), desayunaban a las 9, de 9:30 a 3, según la temporada, se dedicaban a cosas como cuidar del jardín, pasear, leer, pintar, contestar cartas o aprender idiomas. Antes de acostarse se leían libros en voz alta la una a la otra (normalmente Eleanor a Sarah).

Casi nunca salían de casa y evitaban lo máximo posible el contacto con el mundo exterior. Vivían de las rentas que habían conseguido asegurar de sus familias y, finalmente, de una pensión, aunque el dinero fue siempre una preocupación, especialmente teniendo en cuenta que estaban ocupadas constantemente en obras y reformas para mejorar y hacer más bonitos la casa y el jardín.

¿Cuándo nos dejarán solas?

Aunque su objetivo era vivir tranquilas y sin mucho más contacto con el mundo exterior que el que mantendrían por carta, su extraño modo de vida no pasaba desapercibido. Pronto se hicieron famosas no solo en el valle, sino en todo el país y en Europa. Las visitas, no siempre esperadas y no siempre bien recibidas, se sucedían.

Por Plas Newydd pasó gente como William Wordsworth (que les dedicó un poema), Sir Walter Scott o el duque de Wellington, además de miembros de la realeza británica y europea. En 1828, tras una visita a las «señoritas de Llangollen», como se las conocía, el príncipe prusiano Puckler-Muskau se refirió a ellas como «las vírgenes más celebradas de Gran Bretaña».

V0007358 Sarah Ponsonby (left)and Lady Eleanor Butler, recluses known Credit: Wellcome Library, London. Wellcome Images images@wellcome.ac.uk http://wellcomeimages.org Sarah Ponsonby (left)and Lady Eleanor Butler, recluses known as the Ladies of Llangollen, seated in their library. Lithograph by R.J. Lane, ca. 1832, after Mary Parker (later Lady Leighton), 1828. 1832 By: Mary Leightonafter: Richard James LanePublished: [ca. 1832?] Copyrighted work available under Creative Commons Attribution only licence CC BY 4.0 http://creativecommons.org/licenses/by/4.0/

Sus días seguían una rutina muy estricta, lo que ellas llamaban su Sistema, que tenía como objetivo lograr vivir dándole la espalda a la sociedad y siendo autosuficientes

Los visitantes llegaban a Plas Newydd atraídos por las razones más diversas. Muchos estaban interesados en cómo se plasmaba ese ideal de vida —muy inspirado por Rousseau, de quien eran grandes admiradoras—; algunos querían disfrutar de la conversación de Eleanor, de quien se decía que era brillante y sarcástica; otros tenían un interés más arquitectónico y querían ver las reformas de la casa y el enorme jardín.

Eleanor y Sarah no llevaban este incesante goteo de visitas demasiado bien. A veces intentaban escaquearse escondiéndose y espiando a los curiosos ocultas tras los setos del jardín, otras eran (solo Eleanor, en realidad) directamente maleducadas.

Pero es que toda esa gente interfería con su soñado retiro. En una entrada en su diario (toda su vida quedó meticulosamente registrada en sus diarios), Eleanor Butler se preguntaba ya en 1785 cuándo las dejarían solas. Lo cierto es que su fama nunca hizo más que aumentar.

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Un matrimonio perfecto

Una de las grandes incógnitas e inspiración para ensayos, estudios y todo tipo de escritos es el tipo de relación que unía a Sarah y Eleanor. Desde una perspectiva del siglo XX y XXI, parece claro que eran lesbianas: dormían en la misma cama, se referían la una a la otra como «mi Amada» (my Beloved) o «mi mejor mitad»; llevaban, en definitiva, la vida de un matrimonio.

Tanto Colette como Simone de Beauvoir, por ejemplo, escribieron sobre las señoritas de Llangollen, dando por sentado que su relación no era solo platónica. Su biógrafa Elizabeth Mavor, por el contrario, tras leer todo lo que Sarah y Eleanor dejaron por escrito, mantiene que lo más probable es que se tratase de una de esas amistades románticas típicas de la época y que en esa cama que compartían no hubiese nada sexual.

La casa de Llangollen está todavía en pie y que se puede visitar. No todo el mundo recuerda la historia, pero los que sí, lo hacen con orgullo y admiración

Durante su vida, esa era también la opinión generalizada: ellas mismas hablaban de amistad romántica, así como sus vecinos y visitas. Por supuesto, había también rumores de que podría haber algo más, algo «impuro».

En 1790, un artículo en el General Evening Post insinuaba esa «impureza» de forma muy británica, insistiendo en la feminidad de Sarah y la masculinidad de Eleanor, contando que esta había rechazado ofertas de matrimonio y que sus familias habían querido separarlas. Eleanor se puso furiosa al leerlo, consultó con un abogado sobre posibles medidas legales y, finalmente, se limitó a cancelar su suscripción.

La primera en morir, en 1809, fue Mary Carryll, fiel criada de las señoritas, que trabajó para ellas desde el primer minuto, siempre sin sueldo. 20 años después, con 90 años, fue Eleanor. Sarah la sobrevivió solo dos años y murió en 1831, a los 76.

La casa de Llangollen está todavía en pie y que se puede visitar. No todo el mundo en la localidad de apenas 3.000 habitantes recuerda la historia, pero los que sí, cuenta Patricia Hampl en The Art of the Wasted Day, lo hacen con orgullo y admiración. Al fin y al cabo, platónica o no, fue una gran historia de amor e independencia, la historia de dos mujeres que en plenos siglos XVIII y XIX vivieron la vida que les dio la gana. No mucha gente puede decir eso. Ni siquiera ahora.

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