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13 de junio 2012    /   CINE/TV
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Las ventajas de la desmemoria

13 de junio 2012    /   CINE/TV     por          
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‘Black Mirror’, esa extraña y brillante miniserie de tres episodios emitida por el Channel 4 de la BBC, ha resultado ser, pese a su carácter distópico, una radiografía aterradoramente precisa de nuestra vida actual. El último de ellos, ‘The Entire History of You’, supone además una descarnada reflexión sobre la memoria, la obsesión, la vigilancia y las posibles perversiones de la cultura de la imagen.

En dicho episodio, situado en un futuro inmediato, los seres humanos llevamos instalado detrás de la oreja un chip que nos permite no sólo almacenar todo lo que vemos, sino también reordenarlo, copiarlo, borrarlo o emitirlo por pantalla, todo con la ayuda de un pequeño control remoto que nos acompaña a todas partes. El cerebro es un disco duro y nuestras memorias archivos de vídeo. Pura información, reproducible y estudiable hasta el cansancio. Esa será la pesadilla de Liam Foxwell, el héroe trágico de esta historia.

Tras una cena en casa de unos amigos, en la que su esposa Ffion se reencuentra con lo que parece ser un viejo ligue, Liam empieza a obsesionarse con los detalles de la noche. Todo lo visto por él, todo lo dicho por el otro tipo, cada gesto, risa y palabra de ella, se convierte de pronto en materia de interpretación y, una vez la pareja vuelve a casa, motivo de discusiones cada vez más agrias, de esas que sólo pueden llevar a callejones sin salida. Sin intención de “spoilear”, está claro que la cosa tiene que acabar como el rosario de la Aurora.

Más allá de la historia de celos y traición que narra el episodio (por mucha tecnología de vanguardia, hay cosas que siempre serán 1.0), lo interesante es la manera en la que la trama plantea dudas sobre nuestra actual obsesión por el registro de experiencias y la tendencia cada vez más acusada a la vigilancia mutua de nuestras identidades virtuales. De Instagram a Facebook, de la ubicuidad de las cámaras digitales al turismo masivo y mediado, en el que las ciudades existen para ser fotografiadas o grabadas, desde Youtube a las webcams que registran 24 horas de vidas ajenas, el retrato que pinta “The Entire History of You” no resulta tan alejado de nuestra realidad inmediata como podría parecer.

Y es que el hecho de que el mundo quede plasmado en dígitos binarios hace que nuestra capacidad individual de interpretar la realidad a nuestra manera particular se vea en cierta parte transformada, incluso mermada. El lenguaje, los actos, la percepción, los recuerdos, son per se volátiles, frágiles, desestructurados. En su imperfección reside también su encanto, así como la relación íntima que guardan con la imaginación, con los sueños. Si uno tiene acceso constante a cada palabra, a cada gesto, a cada matiz, la experiencia se convierte en algo objetivable, mesurable, y por tanto tendente a la homogeneización.

Como Borges decía en su relato ‘Funes el Memorioso’, sobre un personaje no sólo incapaz de olvidar, sino poseedor de una percepción hiperdesarrollada: “Pensar […] es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

Finalmente Funes, a fuerza de recordar absolutamente todo, se ve privado de la capacidad de pensar como ser autónomo, sólo existe en relación con el mundo exterior, supuestamente neutro. Y acaba por no ser nada.

En el episodio, durante la cena, descubrimos que una de las chicas invitadas se quitó el chip, y que por tanto tiene una memoria común e imperfecta, como la nuestra. El resto le miran extrañados. Otra de las comensales, horrorizada, no puede evitar reprocharle su irresponsabilidad, afirmando que “la mitad de nuestros recuerdos orgánicos son basura”.

Es la opinión de quien niega las sombras y las lagunas de la mente, de aquellos que quieren mantener nuestros pensamientos siempre a la luz, en el terreno de lo analizable, de la pura estadística y los tratados de psicología cognitiva, siempre bajo la estricta supervisión del Todo Social. La opinión de alguien que parece tener miedo de aquello que escapa a nuestro control.

La chica sin chip no sabe qué decir al respecto. Al final, tímidamente, lo único que acierta a responder es: “Desde entonces me siento más feliz”.

‘Black Mirror’, esa extraña y brillante miniserie de tres episodios emitida por el Channel 4 de la BBC, ha resultado ser, pese a su carácter distópico, una radiografía aterradoramente precisa de nuestra vida actual. El último de ellos, ‘The Entire History of You’, supone además una descarnada reflexión sobre la memoria, la obsesión, la vigilancia y las posibles perversiones de la cultura de la imagen.

En dicho episodio, situado en un futuro inmediato, los seres humanos llevamos instalado detrás de la oreja un chip que nos permite no sólo almacenar todo lo que vemos, sino también reordenarlo, copiarlo, borrarlo o emitirlo por pantalla, todo con la ayuda de un pequeño control remoto que nos acompaña a todas partes. El cerebro es un disco duro y nuestras memorias archivos de vídeo. Pura información, reproducible y estudiable hasta el cansancio. Esa será la pesadilla de Liam Foxwell, el héroe trágico de esta historia.

Tras una cena en casa de unos amigos, en la que su esposa Ffion se reencuentra con lo que parece ser un viejo ligue, Liam empieza a obsesionarse con los detalles de la noche. Todo lo visto por él, todo lo dicho por el otro tipo, cada gesto, risa y palabra de ella, se convierte de pronto en materia de interpretación y, una vez la pareja vuelve a casa, motivo de discusiones cada vez más agrias, de esas que sólo pueden llevar a callejones sin salida. Sin intención de “spoilear”, está claro que la cosa tiene que acabar como el rosario de la Aurora.

Más allá de la historia de celos y traición que narra el episodio (por mucha tecnología de vanguardia, hay cosas que siempre serán 1.0), lo interesante es la manera en la que la trama plantea dudas sobre nuestra actual obsesión por el registro de experiencias y la tendencia cada vez más acusada a la vigilancia mutua de nuestras identidades virtuales. De Instagram a Facebook, de la ubicuidad de las cámaras digitales al turismo masivo y mediado, en el que las ciudades existen para ser fotografiadas o grabadas, desde Youtube a las webcams que registran 24 horas de vidas ajenas, el retrato que pinta “The Entire History of You” no resulta tan alejado de nuestra realidad inmediata como podría parecer.

Y es que el hecho de que el mundo quede plasmado en dígitos binarios hace que nuestra capacidad individual de interpretar la realidad a nuestra manera particular se vea en cierta parte transformada, incluso mermada. El lenguaje, los actos, la percepción, los recuerdos, son per se volátiles, frágiles, desestructurados. En su imperfección reside también su encanto, así como la relación íntima que guardan con la imaginación, con los sueños. Si uno tiene acceso constante a cada palabra, a cada gesto, a cada matiz, la experiencia se convierte en algo objetivable, mesurable, y por tanto tendente a la homogeneización.

Como Borges decía en su relato ‘Funes el Memorioso’, sobre un personaje no sólo incapaz de olvidar, sino poseedor de una percepción hiperdesarrollada: “Pensar […] es generalizar, abstraer. En el abarrotado mundo de Funes no había sino detalles, casi inmediatos.”

Finalmente Funes, a fuerza de recordar absolutamente todo, se ve privado de la capacidad de pensar como ser autónomo, sólo existe en relación con el mundo exterior, supuestamente neutro. Y acaba por no ser nada.

En el episodio, durante la cena, descubrimos que una de las chicas invitadas se quitó el chip, y que por tanto tiene una memoria común e imperfecta, como la nuestra. El resto le miran extrañados. Otra de las comensales, horrorizada, no puede evitar reprocharle su irresponsabilidad, afirmando que “la mitad de nuestros recuerdos orgánicos son basura”.

Es la opinión de quien niega las sombras y las lagunas de la mente, de aquellos que quieren mantener nuestros pensamientos siempre a la luz, en el terreno de lo analizable, de la pura estadística y los tratados de psicología cognitiva, siempre bajo la estricta supervisión del Todo Social. La opinión de alguien que parece tener miedo de aquello que escapa a nuestro control.

La chica sin chip no sabe qué decir al respecto. Al final, tímidamente, lo único que acierta a responder es: “Desde entonces me siento más feliz”.

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