1 de junio 2011    /   CINE/TV
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Las viejas glorias de O'barquiño

1 de junio 2011    /   CINE/TV     por          
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«O’barquiño es un bar gallego que pasa inadvertido, camuflado entre las calles del barrio del Raval. En este lugar, Manolo Carrión reúne cada sábado a viejas glorias de la copla y vedettes retiradas. El público siempre es el mismo, los temas y los artistas también. Cada semana reivindican su dignidad sobre el escenario», cuenta Edgar Melo.
Melo, fotógrafo y periodista, llegó a este lugar por casualidad y le sorprendió encontrar esta oda al pasado que aún pervive entre la modernidad y el diseño que invade la Barcelona actual.
Junto a Celeste Arroquy y Nico Aguerre, empezaron a acercarse a presenciar sus espectáculos y ambiente de antaño. Una fascinación que se acabó traduciendo en un corto que cuenta la historia de sus protagonistas, gente que a pesar de haber tenido multiples profesiones, encuentran en O’barquiño un sitio donde pueden perseguir su verdadera pasión.

«Las paredes están repletas de carteles setenteros y de otras épocas con las caras de los mismos artistas que actúan en el local, pero con unos 30 años menos. Cantantes de segunda, de tercera categoría quizás, antiguas vedettes (como Antonio de Linares), protagonistas del destape y de las ferias y fiestas populares. Imitadores de imitadores, como el Colorines. Viejas glorias que se reivindican semana tras semana sobre ese tablao», cuenta Melo.

¿Cómo descubristeis el lugar?
Llegamos por casualidad. Deambulábamos por las calles del Raval esquivando moderneces y bullicios y optamos por el lugar aparentemente más cutre y tradicional, un gallego de toda la vida con sus tapas y sus abuelos viendo el fútbol y jugando al dominó. La idea era hablar y beber una cerveza.
Del piso superior bajaba una música estruendosa. A Celeste Arroquy  se le ocurrió asomarse a la escalera para ver qué pasaba. Y tras ella, el resto, Bernat Camps y yo. Vimos el tema al instante. Un tipo cantaba un bolero clásico -creo que debía ser el romántico- bajo esa ténue luz. El lugar era completamente insólito. Oculto. Lleno de un público que después descubrimos que era fiel, semana tras semana, siempre el mismo. Se ha de decir que algunos cuentas los mismos chistes de la misma forma, cada semana y reciben los mismos aplausos y las mismas risas de las mismas personas. Toda una proeza de ternura.
¿Qué fue lo que os fascinó del lugar?
A mí particularmente me fascina la dignidad de ellos. Serían fácilmente carne de cañón de muchos buscadores de frikis, pero es imposible no llenarte de ternura ante su fuerza y energía sobre el escenario. Intentamos sobre todo preservar su humanidad. No es fácil perfilar una persona en pocos minutos y menos en su faceta más caricaturizable. En parte, ese es el reto. Su calidad musical ni te la planteas.
¿Es un documental nostálgico?
Es un salto en el tiempo a otra España supuestamente desaparecida. Una descripción de un tiempo y un lugar en sus últimos estertores. Es maravilloso ver que esas pseudo-estrellas que de alguna manera alguna vez brillaron o lo intentaron vuelven en su vejez a subir a un escenario -algunos rescatados después de años de olvido- a disfrutar del espectáculo y a sentirse admirados y queridos por un público. Son algo así como un Buena Vista Social Club, salvando las distancias.
Un baúl de los recuerdos que rescata a gente que se siente identificada con esa época y esa música, con ese gusto. Es de alguna manera una válvula de escape necesaria para muchos de ellos que no encuentran un hueco en la ciudad del diseño. Que energía tienen esos ancianos! He de decir que creo que hay algún otro lugar que de tanto en tanto, mensualmente quizás, programa algún concierto con alguno de ellos, pero no es ni mucho menos comparable.
¿Cómo ha sido la experiencia de rodar el corto? ¿Os habéis hecho amigos de los participantes?
La experiencia de rodaje fue un campo de batalla. Cuando digo que nos ignoraban, lo cual es muy bueno, es que nos ignoraban, que pasaban por delante, que te echaban de un asiento si te sentabas, que te daban empujones directamente a la cámara… Es una proeza, aunque no lo parezca. Diría que sí que nos llevamos bien, sobre todo con alguno de los personajes que salen de refilón, aunque pasen inadvertidos todos son fieles asiduos y clásicos del lugar.


 


«O’barquiño es un bar gallego que pasa inadvertido, camuflado entre las calles del barrio del Raval. En este lugar, Manolo Carrión reúne cada sábado a viejas glorias de la copla y vedettes retiradas. El público siempre es el mismo, los temas y los artistas también. Cada semana reivindican su dignidad sobre el escenario», cuenta Edgar Melo.
Melo, fotógrafo y periodista, llegó a este lugar por casualidad y le sorprendió encontrar esta oda al pasado que aún pervive entre la modernidad y el diseño que invade la Barcelona actual.
Junto a Celeste Arroquy y Nico Aguerre, empezaron a acercarse a presenciar sus espectáculos y ambiente de antaño. Una fascinación que se acabó traduciendo en un corto que cuenta la historia de sus protagonistas, gente que a pesar de haber tenido multiples profesiones, encuentran en O’barquiño un sitio donde pueden perseguir su verdadera pasión.

«Las paredes están repletas de carteles setenteros y de otras épocas con las caras de los mismos artistas que actúan en el local, pero con unos 30 años menos. Cantantes de segunda, de tercera categoría quizás, antiguas vedettes (como Antonio de Linares), protagonistas del destape y de las ferias y fiestas populares. Imitadores de imitadores, como el Colorines. Viejas glorias que se reivindican semana tras semana sobre ese tablao», cuenta Melo.

¿Cómo descubristeis el lugar?
Llegamos por casualidad. Deambulábamos por las calles del Raval esquivando moderneces y bullicios y optamos por el lugar aparentemente más cutre y tradicional, un gallego de toda la vida con sus tapas y sus abuelos viendo el fútbol y jugando al dominó. La idea era hablar y beber una cerveza.
Del piso superior bajaba una música estruendosa. A Celeste Arroquy  se le ocurrió asomarse a la escalera para ver qué pasaba. Y tras ella, el resto, Bernat Camps y yo. Vimos el tema al instante. Un tipo cantaba un bolero clásico -creo que debía ser el romántico- bajo esa ténue luz. El lugar era completamente insólito. Oculto. Lleno de un público que después descubrimos que era fiel, semana tras semana, siempre el mismo. Se ha de decir que algunos cuentas los mismos chistes de la misma forma, cada semana y reciben los mismos aplausos y las mismas risas de las mismas personas. Toda una proeza de ternura.
¿Qué fue lo que os fascinó del lugar?
A mí particularmente me fascina la dignidad de ellos. Serían fácilmente carne de cañón de muchos buscadores de frikis, pero es imposible no llenarte de ternura ante su fuerza y energía sobre el escenario. Intentamos sobre todo preservar su humanidad. No es fácil perfilar una persona en pocos minutos y menos en su faceta más caricaturizable. En parte, ese es el reto. Su calidad musical ni te la planteas.
¿Es un documental nostálgico?
Es un salto en el tiempo a otra España supuestamente desaparecida. Una descripción de un tiempo y un lugar en sus últimos estertores. Es maravilloso ver que esas pseudo-estrellas que de alguna manera alguna vez brillaron o lo intentaron vuelven en su vejez a subir a un escenario -algunos rescatados después de años de olvido- a disfrutar del espectáculo y a sentirse admirados y queridos por un público. Son algo así como un Buena Vista Social Club, salvando las distancias.
Un baúl de los recuerdos que rescata a gente que se siente identificada con esa época y esa música, con ese gusto. Es de alguna manera una válvula de escape necesaria para muchos de ellos que no encuentran un hueco en la ciudad del diseño. Que energía tienen esos ancianos! He de decir que creo que hay algún otro lugar que de tanto en tanto, mensualmente quizás, programa algún concierto con alguno de ellos, pero no es ni mucho menos comparable.
¿Cómo ha sido la experiencia de rodar el corto? ¿Os habéis hecho amigos de los participantes?
La experiencia de rodaje fue un campo de batalla. Cuando digo que nos ignoraban, lo cual es muy bueno, es que nos ignoraban, que pasaban por delante, que te echaban de un asiento si te sentabas, que te daban empujones directamente a la cámara… Es una proeza, aunque no lo parezca. Diría que sí que nos llevamos bien, sobre todo con alguno de los personajes que salen de refilón, aunque pasen inadvertidos todos son fieles asiduos y clásicos del lugar.


 

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