13 de noviembre 2012    /   IDEAS
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La silla roja: un asiento vacío que denuncia la ausencia de educación pública

13 de noviembre 2012    /   IDEAS     por          
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Ir a la escuela es un derecho, una actividad que debería formar parte habitual de la rutina diaria de todos los niños del mundo. Así lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 26: “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria”. Sin embargo, el Instituto de Estadística de la UNESCO denuncia que en el mundo hay 61 millones de niños y niñas que no tienen acceso a la escolarización. Una cifra alarmante que ha incentivado la nueva campaña de Entreculturas, ONG jesuita para el desarrollo y la educación.

El pasado septiembre, en el colegio Menesiano de Madrid, Entreculturas presentó La silla roja, una campaña de sensibilización que propone a todos los colegios colocar una silla roja en cada una de sus aulas. Ante la NO vuelta al colegio de millones de niños que tienen fuera de su alcance una de las herramientas indispensables para afrontar la pobreza y acceder a una mejor calidad de vida, la organización hace un llamamiento a la reflexión de la sociedad y las autoridades gubernamentales.

Raquel Martín, coordinadora del área de sensibilización de Entreculturas, señala que los tres objetivos de la campaña son “concienciar sobre una grave injusticia, facilitar cauces de recaudación de apoyos con proyectos del sur e incidir y defender las políticas públicas”.

En los colegios, la llegada de este nuevo elemento despierta la curiosidad de los niños. Quieren saber por qué la silla es roja, por qué siempre está vacía y por qué hay niños que no van a la escuela. Para que los maestros puedan contar con un apoyo que les facilite trabajar en clase el mensaje de la campaña, Entreculturas les proporciona recursos didácticos con dinámicas y juegos adaptados a cada una de las etapas estudiantiles, y un cuento dirigido a los alumnos de educación primaria en el que los protagonistas, los pequeños Ari y Atawallpa, descubren una constelación de forma curiosa que hasta el momento desconocían.

Valeria Méndez, responsable del departamento de estudios e incidencia de Entreculturas, afirma que “el 53% de las personas no escolarizadas en el mundo son niñas. Los beneficios de la educación en las niñas están demostrados, dado que mejoran su calidad de vida, la de sus hijos e hijas y su familia, aprenden a crecer en entornos más saludables, se reduce la mortalidad infantil, previenen mejor el VIH, participan en mayor medida en los asuntos de sus comunidades y les permite tener el doble de ingresos que alguien que no haya ido a la escuela”.

Los países en conflicto y enmarcados en contextos de extrema pobreza son los que muestran mayor vulnerabilidad ante esta problemática. Sólo en África subsahariana hay 31 millones de niños que carecen de acceso a la educación.

Durante la década de los 90 el periodista del diario británico Mail on Sunday Nick Buckley realizó una investigación sobre trabajo infantil en la India y Bangladesh, y describía con estas palabras su experiencia: «Desde que estuve allí, para mí el trabajo infantil significa niños y niñas de 11, 12 o 13 años que trabajan desde las 8 de la mañana hasta la medianoche, en una fábrica, lejos de sus padres. Por la noche comparten con tres o cuatro niños una chabola hecha de bambú de 3×3 metros.

Reciben dos raciones de arroz cada día, una vez con algo de verdura, y quizá una vez a la semana lleve algo de carne. La mayoría de los niños que vimos no ganaban ni siquiera 50 peniques al día». Actualmente, en el sur y el oeste de Asia hay 13 millones de niños que no asisten a la escuela, pero desde muy temprana edad muchos de ellos se emplean en actividades laborales que, entre otras cosas, les impiden ejercer su derecho a recibir una educación digna.

Los 164 gobiernos que asistieron en abril del año 2000 al Foro Mundial sobre la Educación, en Dakar, determinaron seis objetivos para cumplir con el compromiso de Educación para todos. Estos objetivos se centran en proporcionar un nivel educativo básico y de calidad a niños, jóvenes y adultos, y el plazo fijado para su cumplimiento vence en el año 2015.

El objetivo número dos de la lista plantea “velar por que antes del año 2015 todos los niños, y sobre todo las niñas y los niños que se encuentran en situaciones difíciles, tengan acceso a una enseñanza primaria gratuita y obligatoria de buena calidad y la terminen.” Pero las expectativas de Valeria Méndez en este sentido son poco optimistas: “Si continúan las tendencias actuales no lo conseguiremos”.

Si bien es cierto que para el cumplimiento de esta meta es fundamental la intervención de las instituciones estatales y privadas, también es muy importante la participación de la sociedad civil que, adquiriendo información sobre esta situación, puede alcanzar un nivel de conciencia y sensibilización que contribuirían al ejercicio de la presión necesaria para la ejecución de los objetivos en el tiempo establecido.

Entre 2008 y 2012, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) que España destinó a la educación básica fue del 3,4%, un porcentaje que no alcanza ni la mitad del 8% establecido en su compromiso de 2006. Considerando la importancia que tiene la participación ciudadana para defender el derecho a la educación de los niños y niñas más vulnerables, Entreculturas propone una petición de firmas “para que el gobierno español dé prioridad a la partida de educación en cooperación en los presupuestos generales del estado de 2013”.

61 millones de niños no es, ni mucho menos, una cantidad frívola e insignificante. El peso de la cifra resulta aún más abrumador cuando se cae en la cuenta de cada uno de estos niños es mucho más que un número. Harían falta muchas páginas para escribir las historias de 61 millones de renuncias involuntarias a uno de los derechos fundamentales para el desarrollo humano.

Cada ausencia estará representada en las sillas rojas de los colegios que se sumen a esta iniciativa, y en ellas no se sentará ningún niño durante todo el año escolar. Serán un símbolo de los espacios vacíos que esperan poder ocupar un lugar en escuelas, todavía, inexistentes.

Jean es uno de esos niños, víctima de los conflictos en la República Democrática del Congo. Su solicitud de asilo fue denegada y su situación es adversa pero, aún así, confía en que las cosas pueden cambiar: “Tengo esperanza para el futuro porque sé que las condiciones no van a ser las mismas. Mi situación cambiará en el futuro. Tendré ayuda para mi educación. Viviré una vida que le agradará al Señor. Así que no me preocupo por no saber qué traerá el mañana. Mientras haya vida, hay esperanza”.

Ir a la escuela es un derecho, una actividad que debería formar parte habitual de la rutina diaria de todos los niños del mundo. Así lo establece la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su artículo 26: “Toda persona tiene derecho a la educación. La educación debe ser gratuita, al menos en lo concerniente a la instrucción elemental y fundamental. La instrucción elemental será obligatoria”. Sin embargo, el Instituto de Estadística de la UNESCO denuncia que en el mundo hay 61 millones de niños y niñas que no tienen acceso a la escolarización. Una cifra alarmante que ha incentivado la nueva campaña de Entreculturas, ONG jesuita para el desarrollo y la educación.

El pasado septiembre, en el colegio Menesiano de Madrid, Entreculturas presentó La silla roja, una campaña de sensibilización que propone a todos los colegios colocar una silla roja en cada una de sus aulas. Ante la NO vuelta al colegio de millones de niños que tienen fuera de su alcance una de las herramientas indispensables para afrontar la pobreza y acceder a una mejor calidad de vida, la organización hace un llamamiento a la reflexión de la sociedad y las autoridades gubernamentales.

Raquel Martín, coordinadora del área de sensibilización de Entreculturas, señala que los tres objetivos de la campaña son “concienciar sobre una grave injusticia, facilitar cauces de recaudación de apoyos con proyectos del sur e incidir y defender las políticas públicas”.

En los colegios, la llegada de este nuevo elemento despierta la curiosidad de los niños. Quieren saber por qué la silla es roja, por qué siempre está vacía y por qué hay niños que no van a la escuela. Para que los maestros puedan contar con un apoyo que les facilite trabajar en clase el mensaje de la campaña, Entreculturas les proporciona recursos didácticos con dinámicas y juegos adaptados a cada una de las etapas estudiantiles, y un cuento dirigido a los alumnos de educación primaria en el que los protagonistas, los pequeños Ari y Atawallpa, descubren una constelación de forma curiosa que hasta el momento desconocían.

Valeria Méndez, responsable del departamento de estudios e incidencia de Entreculturas, afirma que “el 53% de las personas no escolarizadas en el mundo son niñas. Los beneficios de la educación en las niñas están demostrados, dado que mejoran su calidad de vida, la de sus hijos e hijas y su familia, aprenden a crecer en entornos más saludables, se reduce la mortalidad infantil, previenen mejor el VIH, participan en mayor medida en los asuntos de sus comunidades y les permite tener el doble de ingresos que alguien que no haya ido a la escuela”.

Los países en conflicto y enmarcados en contextos de extrema pobreza son los que muestran mayor vulnerabilidad ante esta problemática. Sólo en África subsahariana hay 31 millones de niños que carecen de acceso a la educación.

Durante la década de los 90 el periodista del diario británico Mail on Sunday Nick Buckley realizó una investigación sobre trabajo infantil en la India y Bangladesh, y describía con estas palabras su experiencia: «Desde que estuve allí, para mí el trabajo infantil significa niños y niñas de 11, 12 o 13 años que trabajan desde las 8 de la mañana hasta la medianoche, en una fábrica, lejos de sus padres. Por la noche comparten con tres o cuatro niños una chabola hecha de bambú de 3×3 metros.

Reciben dos raciones de arroz cada día, una vez con algo de verdura, y quizá una vez a la semana lleve algo de carne. La mayoría de los niños que vimos no ganaban ni siquiera 50 peniques al día». Actualmente, en el sur y el oeste de Asia hay 13 millones de niños que no asisten a la escuela, pero desde muy temprana edad muchos de ellos se emplean en actividades laborales que, entre otras cosas, les impiden ejercer su derecho a recibir una educación digna.

Los 164 gobiernos que asistieron en abril del año 2000 al Foro Mundial sobre la Educación, en Dakar, determinaron seis objetivos para cumplir con el compromiso de Educación para todos. Estos objetivos se centran en proporcionar un nivel educativo básico y de calidad a niños, jóvenes y adultos, y el plazo fijado para su cumplimiento vence en el año 2015.

El objetivo número dos de la lista plantea “velar por que antes del año 2015 todos los niños, y sobre todo las niñas y los niños que se encuentran en situaciones difíciles, tengan acceso a una enseñanza primaria gratuita y obligatoria de buena calidad y la terminen.” Pero las expectativas de Valeria Méndez en este sentido son poco optimistas: “Si continúan las tendencias actuales no lo conseguiremos”.

Si bien es cierto que para el cumplimiento de esta meta es fundamental la intervención de las instituciones estatales y privadas, también es muy importante la participación de la sociedad civil que, adquiriendo información sobre esta situación, puede alcanzar un nivel de conciencia y sensibilización que contribuirían al ejercicio de la presión necesaria para la ejecución de los objetivos en el tiempo establecido.

Entre 2008 y 2012, la Ayuda Oficial al Desarrollo (AOD) que España destinó a la educación básica fue del 3,4%, un porcentaje que no alcanza ni la mitad del 8% establecido en su compromiso de 2006. Considerando la importancia que tiene la participación ciudadana para defender el derecho a la educación de los niños y niñas más vulnerables, Entreculturas propone una petición de firmas “para que el gobierno español dé prioridad a la partida de educación en cooperación en los presupuestos generales del estado de 2013”.

61 millones de niños no es, ni mucho menos, una cantidad frívola e insignificante. El peso de la cifra resulta aún más abrumador cuando se cae en la cuenta de cada uno de estos niños es mucho más que un número. Harían falta muchas páginas para escribir las historias de 61 millones de renuncias involuntarias a uno de los derechos fundamentales para el desarrollo humano.

Cada ausencia estará representada en las sillas rojas de los colegios que se sumen a esta iniciativa, y en ellas no se sentará ningún niño durante todo el año escolar. Serán un símbolo de los espacios vacíos que esperan poder ocupar un lugar en escuelas, todavía, inexistentes.

Jean es uno de esos niños, víctima de los conflictos en la República Democrática del Congo. Su solicitud de asilo fue denegada y su situación es adversa pero, aún así, confía en que las cosas pueden cambiar: “Tengo esperanza para el futuro porque sé que las condiciones no van a ser las mismas. Mi situación cambiará en el futuro. Tendré ayuda para mi educación. Viviré una vida que le agradará al Señor. Así que no me preocupo por no saber qué traerá el mañana. Mientras haya vida, hay esperanza”.

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