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9 de enero 2018    /   CINE/TV
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‘The Last Jedi’, un producto mainstream como manual de izquierdas para modernos

9 de enero 2018    /   CINE/TV     por          
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Aviso: Pocos seres en esta u otras galaxias quedarán todavía sin ver la octava entrega de la space opera por excelencia. Sin embargo, y sin saber bien qué significa eso de space opera, toca advertir acerca de que en el siguiente artículo hay spoilers grandes como el odio que sientes hacia Jar Jar Binks. Si no has visto la película y quieres leer el artículo, hazlo o no lo hagas, pero no intentes quejarte.

«El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro». Con la perspectiva de seis películas uno podía pensar que Yoda se refería en una de sus frases más míticas a Anakin Skywalker y su conversión en Darth Vader. Miedo a perder a su amada tras perder a su madre, ira por sentir que no le permitían protegerla, odio al verse derrotado y sufrimiento por, finalmente, perderlo todo. De ahí, a vestir el negro y convertirse en una inmisericorde máquina (literalmente) de matar.

Pero vistas dos películas más a uno le da que pensar que quizá Yoda estaba hablando de los fans de la saga. Muchos temían que la trilogía que sucedería a la original sería una decepción, especialmente después de que se criticara tanto a la trilogía-precuela que Lucas Arts se sacó de la manga a principios de este siglo. Siempre es difícil hacer cambios en productos con legiones de seguidores radicales, y si no que se lo digan a Apple.

Lo explicaban muy bien en este artículo de The Verge al respecto del estreno: «Los fans se opondrán al principio, como se oponen con frecuencia a cualquier variación de aquello que les hizo amar una franquicia en su día». Es cierto, todo sea dicho, que no se ha llegado al nivel de crítica que se alcanzó en la primera trilogía con personajes como Jar Jar Binks, o con actuaciones tan hieráticas e inexpresivas como la de Hayden Christensen dando vida al joven y atormentado Anakin. Pero sí, ha habido críticas: en opinión de muchos fans, esta segunda película de la nueva trilogía ha sido demasiado innovadora.

Y eso a pesar de que tanto esta cinta (el octavo episodio de la serie) como su predecesora (el séptimo) están llenas de autorreferencias a la trilogía original. Han Solo se inmola de forma casi inexorable para poner en marcha el combate contra su hijo igual que Ben Kenobi hiciera en el cuarto episodio ante Darth Vader. Un ermitaño Luke Skywalker aparece como aquel Obi-Wan Kenobi se esconde del mundo hasta que un mensaje guardado dentro de un robot hace que participe en la trama. Hasta hay una cueva ‘oscura’ en el refugio en el que se ha instalado Luke, igual que pasaba en el Dagobah de Yoda. Y eso solo por hablar de algunos de los personajes más clásicos.

También hay un Kylo Ren con dudas que lleva ante su maligno superior a una Rey que intenta hacerle cambiar, igual que pasara con Darth Vader y su hijo en el sexto capítulo. Y lo hace (también) en un ascensor que lleva (cómo no) a una sala del trono donde un malísimo que (tampoco) se mueve ni usa el sable laser, pero que (también) muestra a su enemigo cómo está destruyendo a la flota rebelde para (una vez más) acabar muriendo a manos de su supuesto discípulo. También hay ocasos con dos soles, titiriteros malvados que cuestionan la existencia de bondad en sus lacayos que les acaban asesinando y mandos militares que se tienen que doblegar al poder de la fuerza. La lista podría seguir hasta la eternidad.

Pero no todo son similitudes, ya que la nueva trilogía también introduce un héroe / antihéroe distinto. El primero fue un niño tierno que acaba siendo un adolescente atormentado. El segundo fue un joven soñador que acaba envuelto sin saber cómo en una guerra de la que ya era parte antes de nacer. El de ahora es, en toda su expresión, un adolescente ambicioso, incapaz de controlar sus emociones, que se cree mejor de lo que es y que, ante todo, siente un extraño amor-odio hacia sus antecesores: venera al abuelo al que no conoció, pero odia a su tío y padres que bajaron los brazos y le dieron por perdido. Adam Driver es, a diferencia de Hayden Christensen, un actor mucho más creíble, no porque sea más expresivo, sino porque es más verosímil. Más ‘emo’, más realista, menos sacado de un catálogo de modelos… más alguien con quien un nuevo espectador puede identificarse.

A fin de cuentas, de eso va la saga. De que mueran los mitos que ya no seducen a los jóvenes para que aparezcan otros surgidos de la nada y ocupen su lugar en la taquilla. No cabe Han Solo, no cabe Luke Skywalker, no caben los guapos inexpresivos: caben los enemigos deformados por la vida, los malos que son malos porque los buenos les fallaron y los buenos que vienen de la nada y que solo quieren entender su lugar en el mundo.

Por eso Star Wars se ha convertido en un producto para captar a nuevas generaciones de la mano de las antiguas. Y, a la vez, en un potente producto ideológico enmascarado en una superproducción comercial, algo que parece una tendencia establecida en los productos de Hollywood destinados a los jóvenes.

Adiós derechos de nacimiento, hola meritocracia 

Y es que la tercera trilogía de Star Wars, más allá de su argumento, calidad cinematográfica y opiniones de los fans, es una rápida guía posmoderna del pensamiento de izquierdas. Empezando justamente por lo ya dicho: la renovación de lo antiguo. Por decirlo de forma sencilla, la predestinación ya no es lo que era. Anakin era una especie Jesús, nacido sin padre conocido más allá de la fuerza, y que era parte de una profecía. Luke era hijo de su padre y claro, ya se sabe lo que le tocaba. Ahora bien, ¿quién es Rey?

Esa era una de las grandes dudas que dejaba la séptima entrega de la saga. Se daba por sentado que era la hija de Luke, y que era a él a quien esperaba desde el principio sin moverse de su planeta natal —a fin de cuentas Skywalker había huido para alejarse de todos, y encajaba—. Pero ser jedi, igual que pasaba en la primera trilogía, ha dejado de ser una suerte de monarquía hereditaria: en el octavo capítulo se ventila el tema de una forma cruel, diciendo que sus padres eran chatarreros que la vendieron a cambio de bebida y que yacen en alguna fosa común del planeta. «No eres nadie», le espeta su «alter ego» en la fuerza. Thug life.

Ser jedi, por tanto, ya no depende de que seas hijo o sobrino de un Skywalker, toda vez que el resto de jedis fueron eliminados. Ahora cualquiera puede serlo. De hecho, en la primera trilogía te entrenaban durante toda la vida (Anakin era niño y ya le veían demasiado mayor para ponerse a aprender), en la segunda Luke es adolescente cuando empieza… y ahora Rey sabe manejar la fuerza y la espada sin siquiera haber sido adiestrada para ello. En resumen: no importa cuál sea tu familia o si recibes formación elitista, si tienes talento alcanzarás la meta.

El segundo gran misterio que resuelve la cinta va en esa línea: el malo tampoco es nadie, al menos por lo que se sabe hasta ahora. Se especuló con que Snoke era el maestro de Palpatine, al que dio por muerto aunque sabía crear vida (y quizá, según los fans, se salvara a sí mismo). El poderosísimo nuevo villano llegó y se fue sin más, sin saberse más de él, sin ser nadie y sin dejar nada. Pocos argumentos antisistema más poderosos para una saga tan fiel a las jerarquías establecidas y las explicaciones atadas.

Sin predestinación: no todo tiene un fin concreto

Ahondando en esta idea, por primera vez las cosas en la saga no tienen explicación… ni la esperan. Vale, que lo del padre ‘místico’ de Anakin, o fallos de guión como que Leia recordara a una madre que nunca conoció, fueron formas chuscas de cerrar tramas —por no hablar de quién demonios ordenó en realidad la creación del ejército clon en tiempos de la república—. Pero en esta nueva saga se rompe otro hilo argumental al aceptar cierto pensamiento Lost: hay cosas que son así, sin más.

Además de los orígenes poco prosaicos de Rey y Snoke, hay una cuestión sutil pero vital en el metraje: hay un plan que falla. Hasta ahora, todas las tramas dependían de maquinaciones que se iban cumpliendo paso a paso, inexorables como un reloj. Desde la estratagema política de Palpatine para acabar con la República y erigirse emperador (la primera trilogía es básicamente política y artes marciales, es inexplicable que a la gente de bien no le guste), al complicado plan de los rebeldes para enviar los planos de la Estrella de la muerte en Rogue One. Todo, siempre, pende de un hilo. Y todo, al final, sale bien. Hasta ahora.

De hecho, toda la trilogía ‘clásica’ se basaba también en eso, y la nueva lo hereda en parte. Siempre hay un plan secundario para un objetivo primario: Ben Kenobi bajando los escudos de la (primera) Estrella de la Muerte, el ataque de rebeldes y ewoks en Endor para bajar los escudos de la (segunda) Estrella de la Muerte mientras se escenifica un ataque con naves, y la incursión de un comando de tres en la base Starkiller para permitir que sea destruida.

Ahora, sin embargo, todo falla. Hay un plan secundario para lograr decodificar un rastrador… pero son apresados cuando están a punto de conseguirlo. Por primera vez el plan no sale adelante, y eso conlleva que la resistencia sea prácticamente aniquilada. En opinión de los fans, hace que toda esa subtrama sea prescindible y alargue la acción de forma innecesaria, pero en realidad introduce una enseñanza interesante, en la línea con la humanización de los protagonistas: en la vida real los planes fallan (de hecho, fallan casi siempre).

La rebelión necesita a pobres y obreros

Uno de los clichés más extendidos y falsos de la izquierda clásica es que la masa obrera y desfavorecida es el motor del cambio social. Eso es cierto en según qué circunstancias, pero también es cierto lo contrario: los movimientos de ultraderecha se nutren básicamente de masa obrera y de ciudadanos desfavorecidos que buscan un enemigo concreto a quien culpar de sus males. Sin embargo, sí es cierto que en cuanto ese corte social obrero abandona a la izquierda ésta se derrumba —el paso de ‘rojo’ a ‘naranja’ en los cinturones industriales urbanos de la España actual es buena prueba de ello—.

En la octava entrega de Star Wars, la rebelión languidece y está al borde de la extinción. Solo revive cuando los desfavorecidos y obreros ven con sus propios ojos que hay quien lucha por ellos y, al hacerlo, quieren participar. Es la idea de «ser la chispa que encienda la llama de la rebelión», que repiten de forma casi machacona. Así, sucede con los niños esclavos que limpian las cuadras en la ciudad-casino de los ricos, que cierran la película sugiriendo que ellos serán los siguientes rebeldes en alistarse.

Es más, la rebelión evita su muerte sólo cuando son los obreros los que toman el mando. Es un soldado —talentoso, pero soldado— el que siembra la disensión en el seno de la rebelión, y son dos trabajadores los que movilizan la trama. Es el caso de Rose Tico, una mecánica de la resistencia, y Finn, el soldado de asalto que cambia de bando y que cuenta que era el encargado muchas veces de limpiar las naves.

Sin su acción directa —por no mencionar a Rey, la chatarrera, o a la cohorte de timadores del halcón milenario— la rebelión fracasaría… pero no, al menos de momento.

La lucha sigue, aunque parezca ganada

Otro de los viejos mantras de la izquierda clásica es el de continuar la lucha incluso cuando se ha ganado. El paso del capítulo sexto al séptimo muestra cómo la celebrada caída del Imperio no trae consigo, como se esperaba, el resurgir de la República.

De hecho, todo lo contrario: en apenas dos décadas los rescoldos del régimen se han hecho con el poder militar nuevamente, y no sólo eliminan los vestigios de la Nueva República (capítulo séptimo) sino que casi eliminan toda resistencia, tanto por la vía militar como por la de la desmovilización política —nadie acude a la llamada de socorro de los rebeldes acorralados—.

La lucha, por tanto, no debe descuidarse, y eso implica dos frentes. Está el político —por aquello de que tu electorado no se desmovilice—, y también el de acción: mientras las amenazas sobrevivan —llámense Primera Orden, llámense racismo u homofobia— hay que seguir combatiéndolas. En el mundo real hay muchos casos de caos tras la caída de los regímenes opresores, siendo quizá la Libia post-Gadafi, o el Afganistán post-talibanes, los mejores ejemplos de ello. En general, casi cualquier país de la llamada ‘primavera  árabe’ valdría, y casi cualquier territorio fallidamente invadido por EEUU en las últimas décadas, también.

En cualquier caso, tanto en el mundo real como en el imaginario galáctico, la guerra es cosa de élites. El Emperador es un ambicioso senador que se rodea de burócratas. La madre de los Skywalker es reina de su planeta, con toda su pompa y oropel, y a la postre miembro del Senado galáctico. La general Organa es hija de un importante senador rebelde que tiene, además, rango de princesa. Hasta Yoda y Obi-Wan Kenobi eran altos consejeros del poder Ejecutivo antes de exiliarse en vidas mucho más humildes.

En esta nueva entrega la lógica continúa. Es cierto que rey es una chatarrera vendida como esclava —algo que la propia Leia cató en su día—, pero Kylo Ren es hijo de la susodicha princesa y general, descendiente por tanto de importantes jerarcas de la República galáctica.

El fin de (ciertas) supremacías

A su manera, Star Wars fue revolucionaria en su época por muchos motivos. Hay algunos evidentes, como el taquillazo que supuso, la corriente cultural que abrió o la creación de todo un mito que tiene hasta seguidores en forma de religión. Pero hubo otros más sutiles que han salido a la luz con el tiempo, y especialmente con el fallecimiento de Carrie Fisher: Leia fue una de las primeras heroínas feministas del cine ‘mainstream’.

Es cierto que, hija de Anakin como era, no fue la guerrera jedi que su hermano sí fue. Sin embargo, supuso, en su medida, un modelo: quizá la primera princesa que no necesitaba ser rescatada (aunque finalmente lo fuera). Nunca ha hecho gala de los poderes que se le suponen, más allá de ‘saber’ que Han Solo había muerto o ‘sentir’ que su hijo le estaba apuntando desde una nave (obviemos el momento ‘flying Leia’ del octavo capítulo), pero tampoco le ha hecho falta. El poder, a veces, basta con insinuarlo.

Pero más allá de Leia, Star Wars había sido como saga esencialmente masculina y blanca. La primera trilogía cambió algo eso con la aparición de Mace Windu (negro) como segundo jedi al mando, y Rogue One continuó con la aparición de asiáticos (Chirrut Imwe), latinos (Cassian Andor), más negros (Saw Gerrera) y, sobre todo, una mujer al frente de la trama (Jyn Erso).

La séptima y octava entrega de la serie ahonda aún más en eso mismo: es cierto que el bando oscuro sigue sin presencia femenina destacada, más allá de la errática y anecdótica Capitana Phasma (que sabemos que es mujer porque lo dicen, sin más), pero en el lado de los rebeldes la cosa se tiñe (y mucho) de femenino. Rey es mujer, igual que Rose Tico (que además es asiática) o Maz Kanata (la nueva Yoda de la trilogía). No son las únicas: también llevan el peso de la trama en el lado militar rebelde la ya citada Leia y la fugaz vicealmirante Amilyn Holdo.

En el lado racial se vuelve a ahondar en la diversidad, de nuevo con la presencia de Finn (negro), la ya citada Rose Tico y su hermana (asiáticas) y DJ, el remake supuestamente mezquino de Han Solo, que es latino. Lo que no aciertan a hacer en esta nueva trilogía, al menos de momento, es llevar esa pluralidad racial más allá: los buenos y malos de la primera trilogía eran humanos… pero no sólo humanos. Aquí, sin embargo, todos lo son. De momento, al menos.

Hay que empoderar al joven

Que la izquierda clásica seduce cada vez menos al votante joven no es ningún secreto. Hace unas décadas ser comunista podía ser cosa de jóvenes, pero hoy casi parece reservado a padres y abuelos de barbas tupidas, batallitas de tiempos pasados vestidos de pana y camisas de difícil combinación y países lejanos a los que la cosa no les fue demasiado bien. Empoderar al joven, empezar a hablarles en su idioma, sobre su realidad y a través de sus canales, es una herramienta que en Podemos, por poner el ejemplo español, han entendido mucho mejor de lo que IU jamás logró soñar.

En ese sentido la saga galáctica busca algo similar, si bien no en lo ideológico, sí en el gancho comercial. La nueva trilogía, y en particular el octavo capítulo, es un canto a ‘acabar con lo viejo para que surja lo nuevo’, algo así como lo que en Podemos sugerían cuando describían que en una España sin jubilados gobernarían ellos.

Así, ser un jedi ha pasado de ser algo que requiere experiencia… a algo que alguien talentoso puede conseguir aun sin formación específica. Porque sí, Luke acaba entrenando a Rey, pero ya antes de hacerlo ella hacía levitar piedras, manipulaba la voluntad de los stormtroopers y resistía los poderes de interrogación un aprendiz de sith. Lo mismo sucede con Kylo Ren, que sin apenas entrenamiento ya mostraba esa «fuerza pura», en palabras de Luke. Aprendices, por tanto, que superan a sus maestros, por muy mitos que sean.

Hay que matar a lo viejo

En la línea de lo anterior, a la vez que se ensalza lo nuevo, se busca condenar lo viejo. Un ‘Suresnes’ jedi. Es lo que hace Kylo Ren al matar a Snoke y al querer hacer lo propio con Luke. Vale que a ambos los odia, a uno por menospreciarle y al otro por darle por perdido, pero según él mismo dice, su odio trasciende a las personas: odia lo que representa, las estructuras fijas de ‘bien’ y ‘mal’, de jedis y siths.

Por eso, dice, también mató a su padre, y por eso destroza su propia máscara, que llevaba en homenaje a Darth Vader, después de que Snoke se burlara de él. Eliminar lo anterior, las estructuras de poder prefijadas, incluye acabar con los mitos, ajenos o propios.

En esa misma línea se mueve Rey, aunque resulte mucho más conservadora —por ejemplo, al esperar durante años a sus padres—: cuestiona a Luke Skywalker por su neutralidad y acaba encarándose a él para obligarle a intervenir. Al no conseguirlo, decepcionada, primero explora la cueva sobre la que Luke le advierte y, finalmente, se marcha. Siente que no le enseña lo que necesita aprender y, sin más, se va.

El propio Skywalker es, en cierto modo, la ejemplificación de la ruptura con lo viejo. «Los jedi deben morir», asegura, porque entiende que su existencia conlleva la pujanza en paralelo del mal. Hace extensivo su fracaso al de los jedi: por su ceguera cayó la República, por su ambición triunfaron los sith y por su propia culpa personal surgió la Primera Orden.

Será sin embargo Yoda, el más viejo, el que acabe con todo: él mismo, usando la fuerza, envía un rayo a calcinar el lugar más sagrado de los jedi, donde se albergan incunables que acaba despreciando como una lectura «no muy interesante». En sus propias palabras, esos volúmenes que Skywalker había estudiado y veneraba, no contenían nada que la joven Rey no supiera ya.

Ecologismo como constante

Una de las primeras cosas que sorprende a rey tras salir de su planeta natal es… la vegetación. Pilotando el halcón milenario mano a mano con Han Solo, queda fascinada porque no sabía que hubiera «tanto verde» en toda la galaxia cuando llegan al planeta donde está Maz Kanata. Es una mención que parece poco importante para alguien que sólo conoce el desierto, pero se vuelve menos casual cuando se empiezan a suceder guiños ecologistas. De hecho, en la nueva trilogía hasta los malos se nutren de energías renovables -vale, la base Starkiller ‘consume’ estrellas como forma de combustible, pero no deja de ser energía limpia-.

Hay otros casos en esta nueva entrega. Como cuando Chewbacca, después de haber cazado y cocinado a un molesto porg, decide no comérselo y se lo saca de la boca porque varios congéneres le observaban desconsolados. O como cuando una de las subtramas concluye con la liberación de lo que sería el equivalente a caballos o galgos de carreras en la ciudad-casino.

En paralelo, Luke Skywalker es una especie de hippie que vive en armonía con la naturaleza: bebe leche recién ordeñada de una extraña criatura y se alimenta pescando de forma casi natural (una larguísima lanza, nada de fuerza ni poderes).

A su modo, en la saga todo acto tiene su compensación —menos lo de los porgs—. Por ejemplo, los animales de carreras ayudan a Rose y Finn a escapar y los zorros de sal ayudan a los rebeldes a encontrar una vía de escape. El ciclo de la vida, pero con poderes.

El mal es el capital

No hay discurso de izquierda que se precie que no critique el capitalismo. Sin embargo, a pesar de ser un tema en el que Star Wars no se había metido hasta ahora —sí en otros ismos, como el colonialismo o el supremacismo—, en esta ocasión sí que lo aborda. De hecho, ha cambiado las tradicionales cantinas (episodios dos, cuatro y siete) por la ya mencionada ciudad-casino donde adinerados ricachones apuestan entre lujo y refinamiento.

La clave, sin embargo, la da DJ, el Han Solo malvado: son traficantes de armas. Se enriquecen, por tanto, con la guerra, el negocio más boyante que existe… y que en el universo de Star Wars ha sido una constante durante el casi siglo que va entre el primer y el octavo episodios. Primero fue la Federación de Comercio como instrumento de Palpatine, bloqueos de mercado incluidos, después la maquinaria de guerra imperial, y finalmente, la guerra como negocio para enriquecer a unos cuantos.

Además, y para introducir otro vértice rompedor en el esquema, los malísimos capitalistas que usan a animales para su diversión y esclavizan a niños como mano de obra se enriquecen vendiendo armas… a los rebeldes. La guerra es la guerra, y la frontera entre buenos y malos, al final, acaba desdibujada.

jj

Cuestionamiento de lo establecido

Otra de las constantes de la película es que lo bueno no es tan bueno, y que lo malo no es unívocamente malo. Algo de eso hubo con el «retorno» de Darth Vader desde el lado oscuro, aunque fuera solo para salvar a su hijo. Lo mismo se intuye, aunque más como trampa argumental que como realidad, con la evolución de Kylo Ren: finge redimirse para asesinar a su padre, y ayuda a Rey, pero solo para ofrecerle unirse a él. Ni siths ni jedis, ni izquierdas, ni derechas: la transversalidad de la nueva política en versión galáctica.

Ese cuestionamiento de lo aparente tiene muchas manifestaciones. Ahora hay un Han Solo aparentemente maligno que «vende» a los rebeldes a cambio de dinero, pero en contraprestación les hace ver que los capitalistas se lucran también vendiendo armas a los «buenos». Incluso Luke Skywalker, el mito a derribar, muestra sus sombras: tuvo, por un momento, el impulso de asesinar a su propio sobrino por ver crecer en él un poder sombrío y, en última instancia, le empujó con su acto a que se pasara al lado oscuro.

Los límites entre la luz y la sombra, lo bueno y lo malo, son permanentemente cuestionados. Hasta la octava cinta ese «transfuguismo» se limitaba a gente que pasaba de un lado —generalmente el bueno— a otro —el malo—, como el Conde Dooku o el propio Anakin. El primero en emprender el camino contrario aparece en Rogue One en forma de piloto espacial que hace de mensajero, y continúa —además de con el citado Anakin— con Finn, el primer soldado imperial en dar el salto.

Lo de Finn tiene, si cabe, más enjundia. Los soldados imperiales hasta ahora eran clones, gente sin identidad, todos iguales tras una máscara. El votante en la masa. Ahora ya no son clones, pero siguen sin identidad… al menos hasta que se quita Finn el casco. Pasa de ser un número (FN-2187) a un ser humanizado, con identidad y voluntad, capaz de cuestionar. Ni siquiera los robots de la serie, más humanos que muchos humanos, habían sido tan grises y lineales como los soldados de asalto.

El paso de un bando a otro alcanza su máxima manifestación con el paralelismo entre Rey y Kylo Ren, llegando la tensión a que uno intenta arrastrar al otro consigo —y al revés—. La acción culmina con uno rescatando a la otra, y con ambos luchando juntos contra la guardia pretoriana del caudillo caído. Los enemigos ahora son, en cierto modo, queridos.

El futuro, por escribir

Hasta aquí la lectura política de una saga algo menos política que la primera, pero concebida para enganchar con nuevos fans ávidos de respuestas épicas a una realidad política decepcionante. Falta por llegar la novena entrega, además de dos spin-offs —uno centrado en Han Solo y otro supuestamente en Obi Wan Kenobi—. Ahora es el tiempo de las lecturas paralelas a las cintas, y también de los rumores.

Algunos de ellos, por cierto, contravienen mucho de lo que se dice aquí. Que si Rey será en verdad hija de Obi Wan Kenobi y que eso se descubrirá en el último spin-off, con la trilogía ya cerrada. Que si Snoke volverá en la novena entrega porque en realidad no muere, sino que era una proyección del estilo de la de Luke Skywalker.

Hay quien se fija, incluso, en cosas inapreciables en la película. Que si un libro no oficial dice que Snoke no solo tenía a Kylo Ren como aprendiz, sino que había otro (u otros, quizá los otros jedi que se rebelaron contra Luke). Que si llevaba un anillo con un cristal kyber negro —por lo que tendría un sable láser negro— e inscripciones con los nombres de los cuatro sabios a los que veneran los sith —presentes, en forma de estatua, en los aposentos de Palpatine en el tercer episodio—.

Las películas de Star Wars, como las ideologías, tienen que renovarse para seguir enganchando. La saga, como los políticos, busca que hablen de ella. Si ahora existe el nacionalismo de izquierdas y el sionismo de derechas es que todo es posible. Incluso que la franquicia más estable de cuantas se han hecho cierre con sorpresas inesperadas

Aviso: Pocos seres en esta u otras galaxias quedarán todavía sin ver la octava entrega de la space opera por excelencia. Sin embargo, y sin saber bien qué significa eso de space opera, toca advertir acerca de que en el siguiente artículo hay spoilers grandes como el odio que sientes hacia Jar Jar Binks. Si no has visto la película y quieres leer el artículo, hazlo o no lo hagas, pero no intentes quejarte.

«El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento, el sufrimiento al lado oscuro». Con la perspectiva de seis películas uno podía pensar que Yoda se refería en una de sus frases más míticas a Anakin Skywalker y su conversión en Darth Vader. Miedo a perder a su amada tras perder a su madre, ira por sentir que no le permitían protegerla, odio al verse derrotado y sufrimiento por, finalmente, perderlo todo. De ahí, a vestir el negro y convertirse en una inmisericorde máquina (literalmente) de matar.

Pero vistas dos películas más a uno le da que pensar que quizá Yoda estaba hablando de los fans de la saga. Muchos temían que la trilogía que sucedería a la original sería una decepción, especialmente después de que se criticara tanto a la trilogía-precuela que Lucas Arts se sacó de la manga a principios de este siglo. Siempre es difícil hacer cambios en productos con legiones de seguidores radicales, y si no que se lo digan a Apple.

Lo explicaban muy bien en este artículo de The Verge al respecto del estreno: «Los fans se opondrán al principio, como se oponen con frecuencia a cualquier variación de aquello que les hizo amar una franquicia en su día». Es cierto, todo sea dicho, que no se ha llegado al nivel de crítica que se alcanzó en la primera trilogía con personajes como Jar Jar Binks, o con actuaciones tan hieráticas e inexpresivas como la de Hayden Christensen dando vida al joven y atormentado Anakin. Pero sí, ha habido críticas: en opinión de muchos fans, esta segunda película de la nueva trilogía ha sido demasiado innovadora.

Y eso a pesar de que tanto esta cinta (el octavo episodio de la serie) como su predecesora (el séptimo) están llenas de autorreferencias a la trilogía original. Han Solo se inmola de forma casi inexorable para poner en marcha el combate contra su hijo igual que Ben Kenobi hiciera en el cuarto episodio ante Darth Vader. Un ermitaño Luke Skywalker aparece como aquel Obi-Wan Kenobi se esconde del mundo hasta que un mensaje guardado dentro de un robot hace que participe en la trama. Hasta hay una cueva ‘oscura’ en el refugio en el que se ha instalado Luke, igual que pasaba en el Dagobah de Yoda. Y eso solo por hablar de algunos de los personajes más clásicos.

También hay un Kylo Ren con dudas que lleva ante su maligno superior a una Rey que intenta hacerle cambiar, igual que pasara con Darth Vader y su hijo en el sexto capítulo. Y lo hace (también) en un ascensor que lleva (cómo no) a una sala del trono donde un malísimo que (tampoco) se mueve ni usa el sable laser, pero que (también) muestra a su enemigo cómo está destruyendo a la flota rebelde para (una vez más) acabar muriendo a manos de su supuesto discípulo. También hay ocasos con dos soles, titiriteros malvados que cuestionan la existencia de bondad en sus lacayos que les acaban asesinando y mandos militares que se tienen que doblegar al poder de la fuerza. La lista podría seguir hasta la eternidad.

Pero no todo son similitudes, ya que la nueva trilogía también introduce un héroe / antihéroe distinto. El primero fue un niño tierno que acaba siendo un adolescente atormentado. El segundo fue un joven soñador que acaba envuelto sin saber cómo en una guerra de la que ya era parte antes de nacer. El de ahora es, en toda su expresión, un adolescente ambicioso, incapaz de controlar sus emociones, que se cree mejor de lo que es y que, ante todo, siente un extraño amor-odio hacia sus antecesores: venera al abuelo al que no conoció, pero odia a su tío y padres que bajaron los brazos y le dieron por perdido. Adam Driver es, a diferencia de Hayden Christensen, un actor mucho más creíble, no porque sea más expresivo, sino porque es más verosímil. Más ‘emo’, más realista, menos sacado de un catálogo de modelos… más alguien con quien un nuevo espectador puede identificarse.

A fin de cuentas, de eso va la saga. De que mueran los mitos que ya no seducen a los jóvenes para que aparezcan otros surgidos de la nada y ocupen su lugar en la taquilla. No cabe Han Solo, no cabe Luke Skywalker, no caben los guapos inexpresivos: caben los enemigos deformados por la vida, los malos que son malos porque los buenos les fallaron y los buenos que vienen de la nada y que solo quieren entender su lugar en el mundo.

Por eso Star Wars se ha convertido en un producto para captar a nuevas generaciones de la mano de las antiguas. Y, a la vez, en un potente producto ideológico enmascarado en una superproducción comercial, algo que parece una tendencia establecida en los productos de Hollywood destinados a los jóvenes.

Adiós derechos de nacimiento, hola meritocracia 

Y es que la tercera trilogía de Star Wars, más allá de su argumento, calidad cinematográfica y opiniones de los fans, es una rápida guía posmoderna del pensamiento de izquierdas. Empezando justamente por lo ya dicho: la renovación de lo antiguo. Por decirlo de forma sencilla, la predestinación ya no es lo que era. Anakin era una especie Jesús, nacido sin padre conocido más allá de la fuerza, y que era parte de una profecía. Luke era hijo de su padre y claro, ya se sabe lo que le tocaba. Ahora bien, ¿quién es Rey?

Esa era una de las grandes dudas que dejaba la séptima entrega de la saga. Se daba por sentado que era la hija de Luke, y que era a él a quien esperaba desde el principio sin moverse de su planeta natal —a fin de cuentas Skywalker había huido para alejarse de todos, y encajaba—. Pero ser jedi, igual que pasaba en la primera trilogía, ha dejado de ser una suerte de monarquía hereditaria: en el octavo capítulo se ventila el tema de una forma cruel, diciendo que sus padres eran chatarreros que la vendieron a cambio de bebida y que yacen en alguna fosa común del planeta. «No eres nadie», le espeta su «alter ego» en la fuerza. Thug life.

Ser jedi, por tanto, ya no depende de que seas hijo o sobrino de un Skywalker, toda vez que el resto de jedis fueron eliminados. Ahora cualquiera puede serlo. De hecho, en la primera trilogía te entrenaban durante toda la vida (Anakin era niño y ya le veían demasiado mayor para ponerse a aprender), en la segunda Luke es adolescente cuando empieza… y ahora Rey sabe manejar la fuerza y la espada sin siquiera haber sido adiestrada para ello. En resumen: no importa cuál sea tu familia o si recibes formación elitista, si tienes talento alcanzarás la meta.

El segundo gran misterio que resuelve la cinta va en esa línea: el malo tampoco es nadie, al menos por lo que se sabe hasta ahora. Se especuló con que Snoke era el maestro de Palpatine, al que dio por muerto aunque sabía crear vida (y quizá, según los fans, se salvara a sí mismo). El poderosísimo nuevo villano llegó y se fue sin más, sin saberse más de él, sin ser nadie y sin dejar nada. Pocos argumentos antisistema más poderosos para una saga tan fiel a las jerarquías establecidas y las explicaciones atadas.

Sin predestinación: no todo tiene un fin concreto

Ahondando en esta idea, por primera vez las cosas en la saga no tienen explicación… ni la esperan. Vale, que lo del padre ‘místico’ de Anakin, o fallos de guión como que Leia recordara a una madre que nunca conoció, fueron formas chuscas de cerrar tramas —por no hablar de quién demonios ordenó en realidad la creación del ejército clon en tiempos de la república—. Pero en esta nueva saga se rompe otro hilo argumental al aceptar cierto pensamiento Lost: hay cosas que son así, sin más.

Además de los orígenes poco prosaicos de Rey y Snoke, hay una cuestión sutil pero vital en el metraje: hay un plan que falla. Hasta ahora, todas las tramas dependían de maquinaciones que se iban cumpliendo paso a paso, inexorables como un reloj. Desde la estratagema política de Palpatine para acabar con la República y erigirse emperador (la primera trilogía es básicamente política y artes marciales, es inexplicable que a la gente de bien no le guste), al complicado plan de los rebeldes para enviar los planos de la Estrella de la muerte en Rogue One. Todo, siempre, pende de un hilo. Y todo, al final, sale bien. Hasta ahora.

De hecho, toda la trilogía ‘clásica’ se basaba también en eso, y la nueva lo hereda en parte. Siempre hay un plan secundario para un objetivo primario: Ben Kenobi bajando los escudos de la (primera) Estrella de la Muerte, el ataque de rebeldes y ewoks en Endor para bajar los escudos de la (segunda) Estrella de la Muerte mientras se escenifica un ataque con naves, y la incursión de un comando de tres en la base Starkiller para permitir que sea destruida.

Ahora, sin embargo, todo falla. Hay un plan secundario para lograr decodificar un rastrador… pero son apresados cuando están a punto de conseguirlo. Por primera vez el plan no sale adelante, y eso conlleva que la resistencia sea prácticamente aniquilada. En opinión de los fans, hace que toda esa subtrama sea prescindible y alargue la acción de forma innecesaria, pero en realidad introduce una enseñanza interesante, en la línea con la humanización de los protagonistas: en la vida real los planes fallan (de hecho, fallan casi siempre).

La rebelión necesita a pobres y obreros

Uno de los clichés más extendidos y falsos de la izquierda clásica es que la masa obrera y desfavorecida es el motor del cambio social. Eso es cierto en según qué circunstancias, pero también es cierto lo contrario: los movimientos de ultraderecha se nutren básicamente de masa obrera y de ciudadanos desfavorecidos que buscan un enemigo concreto a quien culpar de sus males. Sin embargo, sí es cierto que en cuanto ese corte social obrero abandona a la izquierda ésta se derrumba —el paso de ‘rojo’ a ‘naranja’ en los cinturones industriales urbanos de la España actual es buena prueba de ello—.

En la octava entrega de Star Wars, la rebelión languidece y está al borde de la extinción. Solo revive cuando los desfavorecidos y obreros ven con sus propios ojos que hay quien lucha por ellos y, al hacerlo, quieren participar. Es la idea de «ser la chispa que encienda la llama de la rebelión», que repiten de forma casi machacona. Así, sucede con los niños esclavos que limpian las cuadras en la ciudad-casino de los ricos, que cierran la película sugiriendo que ellos serán los siguientes rebeldes en alistarse.

Es más, la rebelión evita su muerte sólo cuando son los obreros los que toman el mando. Es un soldado —talentoso, pero soldado— el que siembra la disensión en el seno de la rebelión, y son dos trabajadores los que movilizan la trama. Es el caso de Rose Tico, una mecánica de la resistencia, y Finn, el soldado de asalto que cambia de bando y que cuenta que era el encargado muchas veces de limpiar las naves.

Sin su acción directa —por no mencionar a Rey, la chatarrera, o a la cohorte de timadores del halcón milenario— la rebelión fracasaría… pero no, al menos de momento.

La lucha sigue, aunque parezca ganada

Otro de los viejos mantras de la izquierda clásica es el de continuar la lucha incluso cuando se ha ganado. El paso del capítulo sexto al séptimo muestra cómo la celebrada caída del Imperio no trae consigo, como se esperaba, el resurgir de la República.

De hecho, todo lo contrario: en apenas dos décadas los rescoldos del régimen se han hecho con el poder militar nuevamente, y no sólo eliminan los vestigios de la Nueva República (capítulo séptimo) sino que casi eliminan toda resistencia, tanto por la vía militar como por la de la desmovilización política —nadie acude a la llamada de socorro de los rebeldes acorralados—.

La lucha, por tanto, no debe descuidarse, y eso implica dos frentes. Está el político —por aquello de que tu electorado no se desmovilice—, y también el de acción: mientras las amenazas sobrevivan —llámense Primera Orden, llámense racismo u homofobia— hay que seguir combatiéndolas. En el mundo real hay muchos casos de caos tras la caída de los regímenes opresores, siendo quizá la Libia post-Gadafi, o el Afganistán post-talibanes, los mejores ejemplos de ello. En general, casi cualquier país de la llamada ‘primavera  árabe’ valdría, y casi cualquier territorio fallidamente invadido por EEUU en las últimas décadas, también.

En cualquier caso, tanto en el mundo real como en el imaginario galáctico, la guerra es cosa de élites. El Emperador es un ambicioso senador que se rodea de burócratas. La madre de los Skywalker es reina de su planeta, con toda su pompa y oropel, y a la postre miembro del Senado galáctico. La general Organa es hija de un importante senador rebelde que tiene, además, rango de princesa. Hasta Yoda y Obi-Wan Kenobi eran altos consejeros del poder Ejecutivo antes de exiliarse en vidas mucho más humildes.

En esta nueva entrega la lógica continúa. Es cierto que rey es una chatarrera vendida como esclava —algo que la propia Leia cató en su día—, pero Kylo Ren es hijo de la susodicha princesa y general, descendiente por tanto de importantes jerarcas de la República galáctica.

El fin de (ciertas) supremacías

A su manera, Star Wars fue revolucionaria en su época por muchos motivos. Hay algunos evidentes, como el taquillazo que supuso, la corriente cultural que abrió o la creación de todo un mito que tiene hasta seguidores en forma de religión. Pero hubo otros más sutiles que han salido a la luz con el tiempo, y especialmente con el fallecimiento de Carrie Fisher: Leia fue una de las primeras heroínas feministas del cine ‘mainstream’.

Es cierto que, hija de Anakin como era, no fue la guerrera jedi que su hermano sí fue. Sin embargo, supuso, en su medida, un modelo: quizá la primera princesa que no necesitaba ser rescatada (aunque finalmente lo fuera). Nunca ha hecho gala de los poderes que se le suponen, más allá de ‘saber’ que Han Solo había muerto o ‘sentir’ que su hijo le estaba apuntando desde una nave (obviemos el momento ‘flying Leia’ del octavo capítulo), pero tampoco le ha hecho falta. El poder, a veces, basta con insinuarlo.

Pero más allá de Leia, Star Wars había sido como saga esencialmente masculina y blanca. La primera trilogía cambió algo eso con la aparición de Mace Windu (negro) como segundo jedi al mando, y Rogue One continuó con la aparición de asiáticos (Chirrut Imwe), latinos (Cassian Andor), más negros (Saw Gerrera) y, sobre todo, una mujer al frente de la trama (Jyn Erso).

La séptima y octava entrega de la serie ahonda aún más en eso mismo: es cierto que el bando oscuro sigue sin presencia femenina destacada, más allá de la errática y anecdótica Capitana Phasma (que sabemos que es mujer porque lo dicen, sin más), pero en el lado de los rebeldes la cosa se tiñe (y mucho) de femenino. Rey es mujer, igual que Rose Tico (que además es asiática) o Maz Kanata (la nueva Yoda de la trilogía). No son las únicas: también llevan el peso de la trama en el lado militar rebelde la ya citada Leia y la fugaz vicealmirante Amilyn Holdo.

En el lado racial se vuelve a ahondar en la diversidad, de nuevo con la presencia de Finn (negro), la ya citada Rose Tico y su hermana (asiáticas) y DJ, el remake supuestamente mezquino de Han Solo, que es latino. Lo que no aciertan a hacer en esta nueva trilogía, al menos de momento, es llevar esa pluralidad racial más allá: los buenos y malos de la primera trilogía eran humanos… pero no sólo humanos. Aquí, sin embargo, todos lo son. De momento, al menos.

Hay que empoderar al joven

Que la izquierda clásica seduce cada vez menos al votante joven no es ningún secreto. Hace unas décadas ser comunista podía ser cosa de jóvenes, pero hoy casi parece reservado a padres y abuelos de barbas tupidas, batallitas de tiempos pasados vestidos de pana y camisas de difícil combinación y países lejanos a los que la cosa no les fue demasiado bien. Empoderar al joven, empezar a hablarles en su idioma, sobre su realidad y a través de sus canales, es una herramienta que en Podemos, por poner el ejemplo español, han entendido mucho mejor de lo que IU jamás logró soñar.

En ese sentido la saga galáctica busca algo similar, si bien no en lo ideológico, sí en el gancho comercial. La nueva trilogía, y en particular el octavo capítulo, es un canto a ‘acabar con lo viejo para que surja lo nuevo’, algo así como lo que en Podemos sugerían cuando describían que en una España sin jubilados gobernarían ellos.

Así, ser un jedi ha pasado de ser algo que requiere experiencia… a algo que alguien talentoso puede conseguir aun sin formación específica. Porque sí, Luke acaba entrenando a Rey, pero ya antes de hacerlo ella hacía levitar piedras, manipulaba la voluntad de los stormtroopers y resistía los poderes de interrogación un aprendiz de sith. Lo mismo sucede con Kylo Ren, que sin apenas entrenamiento ya mostraba esa «fuerza pura», en palabras de Luke. Aprendices, por tanto, que superan a sus maestros, por muy mitos que sean.

Hay que matar a lo viejo

En la línea de lo anterior, a la vez que se ensalza lo nuevo, se busca condenar lo viejo. Un ‘Suresnes’ jedi. Es lo que hace Kylo Ren al matar a Snoke y al querer hacer lo propio con Luke. Vale que a ambos los odia, a uno por menospreciarle y al otro por darle por perdido, pero según él mismo dice, su odio trasciende a las personas: odia lo que representa, las estructuras fijas de ‘bien’ y ‘mal’, de jedis y siths.

Por eso, dice, también mató a su padre, y por eso destroza su propia máscara, que llevaba en homenaje a Darth Vader, después de que Snoke se burlara de él. Eliminar lo anterior, las estructuras de poder prefijadas, incluye acabar con los mitos, ajenos o propios.

En esa misma línea se mueve Rey, aunque resulte mucho más conservadora —por ejemplo, al esperar durante años a sus padres—: cuestiona a Luke Skywalker por su neutralidad y acaba encarándose a él para obligarle a intervenir. Al no conseguirlo, decepcionada, primero explora la cueva sobre la que Luke le advierte y, finalmente, se marcha. Siente que no le enseña lo que necesita aprender y, sin más, se va.

El propio Skywalker es, en cierto modo, la ejemplificación de la ruptura con lo viejo. «Los jedi deben morir», asegura, porque entiende que su existencia conlleva la pujanza en paralelo del mal. Hace extensivo su fracaso al de los jedi: por su ceguera cayó la República, por su ambición triunfaron los sith y por su propia culpa personal surgió la Primera Orden.

Será sin embargo Yoda, el más viejo, el que acabe con todo: él mismo, usando la fuerza, envía un rayo a calcinar el lugar más sagrado de los jedi, donde se albergan incunables que acaba despreciando como una lectura «no muy interesante». En sus propias palabras, esos volúmenes que Skywalker había estudiado y veneraba, no contenían nada que la joven Rey no supiera ya.

Ecologismo como constante

Una de las primeras cosas que sorprende a rey tras salir de su planeta natal es… la vegetación. Pilotando el halcón milenario mano a mano con Han Solo, queda fascinada porque no sabía que hubiera «tanto verde» en toda la galaxia cuando llegan al planeta donde está Maz Kanata. Es una mención que parece poco importante para alguien que sólo conoce el desierto, pero se vuelve menos casual cuando se empiezan a suceder guiños ecologistas. De hecho, en la nueva trilogía hasta los malos se nutren de energías renovables -vale, la base Starkiller ‘consume’ estrellas como forma de combustible, pero no deja de ser energía limpia-.

Hay otros casos en esta nueva entrega. Como cuando Chewbacca, después de haber cazado y cocinado a un molesto porg, decide no comérselo y se lo saca de la boca porque varios congéneres le observaban desconsolados. O como cuando una de las subtramas concluye con la liberación de lo que sería el equivalente a caballos o galgos de carreras en la ciudad-casino.

En paralelo, Luke Skywalker es una especie de hippie que vive en armonía con la naturaleza: bebe leche recién ordeñada de una extraña criatura y se alimenta pescando de forma casi natural (una larguísima lanza, nada de fuerza ni poderes).

A su modo, en la saga todo acto tiene su compensación —menos lo de los porgs—. Por ejemplo, los animales de carreras ayudan a Rose y Finn a escapar y los zorros de sal ayudan a los rebeldes a encontrar una vía de escape. El ciclo de la vida, pero con poderes.

El mal es el capital

No hay discurso de izquierda que se precie que no critique el capitalismo. Sin embargo, a pesar de ser un tema en el que Star Wars no se había metido hasta ahora —sí en otros ismos, como el colonialismo o el supremacismo—, en esta ocasión sí que lo aborda. De hecho, ha cambiado las tradicionales cantinas (episodios dos, cuatro y siete) por la ya mencionada ciudad-casino donde adinerados ricachones apuestan entre lujo y refinamiento.

La clave, sin embargo, la da DJ, el Han Solo malvado: son traficantes de armas. Se enriquecen, por tanto, con la guerra, el negocio más boyante que existe… y que en el universo de Star Wars ha sido una constante durante el casi siglo que va entre el primer y el octavo episodios. Primero fue la Federación de Comercio como instrumento de Palpatine, bloqueos de mercado incluidos, después la maquinaria de guerra imperial, y finalmente, la guerra como negocio para enriquecer a unos cuantos.

Además, y para introducir otro vértice rompedor en el esquema, los malísimos capitalistas que usan a animales para su diversión y esclavizan a niños como mano de obra se enriquecen vendiendo armas… a los rebeldes. La guerra es la guerra, y la frontera entre buenos y malos, al final, acaba desdibujada.

jj

Cuestionamiento de lo establecido

Otra de las constantes de la película es que lo bueno no es tan bueno, y que lo malo no es unívocamente malo. Algo de eso hubo con el «retorno» de Darth Vader desde el lado oscuro, aunque fuera solo para salvar a su hijo. Lo mismo se intuye, aunque más como trampa argumental que como realidad, con la evolución de Kylo Ren: finge redimirse para asesinar a su padre, y ayuda a Rey, pero solo para ofrecerle unirse a él. Ni siths ni jedis, ni izquierdas, ni derechas: la transversalidad de la nueva política en versión galáctica.

Ese cuestionamiento de lo aparente tiene muchas manifestaciones. Ahora hay un Han Solo aparentemente maligno que «vende» a los rebeldes a cambio de dinero, pero en contraprestación les hace ver que los capitalistas se lucran también vendiendo armas a los «buenos». Incluso Luke Skywalker, el mito a derribar, muestra sus sombras: tuvo, por un momento, el impulso de asesinar a su propio sobrino por ver crecer en él un poder sombrío y, en última instancia, le empujó con su acto a que se pasara al lado oscuro.

Los límites entre la luz y la sombra, lo bueno y lo malo, son permanentemente cuestionados. Hasta la octava cinta ese «transfuguismo» se limitaba a gente que pasaba de un lado —generalmente el bueno— a otro —el malo—, como el Conde Dooku o el propio Anakin. El primero en emprender el camino contrario aparece en Rogue One en forma de piloto espacial que hace de mensajero, y continúa —además de con el citado Anakin— con Finn, el primer soldado imperial en dar el salto.

Lo de Finn tiene, si cabe, más enjundia. Los soldados imperiales hasta ahora eran clones, gente sin identidad, todos iguales tras una máscara. El votante en la masa. Ahora ya no son clones, pero siguen sin identidad… al menos hasta que se quita Finn el casco. Pasa de ser un número (FN-2187) a un ser humanizado, con identidad y voluntad, capaz de cuestionar. Ni siquiera los robots de la serie, más humanos que muchos humanos, habían sido tan grises y lineales como los soldados de asalto.

El paso de un bando a otro alcanza su máxima manifestación con el paralelismo entre Rey y Kylo Ren, llegando la tensión a que uno intenta arrastrar al otro consigo —y al revés—. La acción culmina con uno rescatando a la otra, y con ambos luchando juntos contra la guardia pretoriana del caudillo caído. Los enemigos ahora son, en cierto modo, queridos.

El futuro, por escribir

Hasta aquí la lectura política de una saga algo menos política que la primera, pero concebida para enganchar con nuevos fans ávidos de respuestas épicas a una realidad política decepcionante. Falta por llegar la novena entrega, además de dos spin-offs —uno centrado en Han Solo y otro supuestamente en Obi Wan Kenobi—. Ahora es el tiempo de las lecturas paralelas a las cintas, y también de los rumores.

Algunos de ellos, por cierto, contravienen mucho de lo que se dice aquí. Que si Rey será en verdad hija de Obi Wan Kenobi y que eso se descubrirá en el último spin-off, con la trilogía ya cerrada. Que si Snoke volverá en la novena entrega porque en realidad no muere, sino que era una proyección del estilo de la de Luke Skywalker.

Hay quien se fija, incluso, en cosas inapreciables en la película. Que si un libro no oficial dice que Snoke no solo tenía a Kylo Ren como aprendiz, sino que había otro (u otros, quizá los otros jedi que se rebelaron contra Luke). Que si llevaba un anillo con un cristal kyber negro —por lo que tendría un sable láser negro— e inscripciones con los nombres de los cuatro sabios a los que veneran los sith —presentes, en forma de estatua, en los aposentos de Palpatine en el tercer episodio—.

Las películas de Star Wars, como las ideologías, tienen que renovarse para seguir enganchando. La saga, como los políticos, busca que hablen de ella. Si ahora existe el nacionalismo de izquierdas y el sionismo de derechas es que todo es posible. Incluso que la franquicia más estable de cuantas se han hecho cierre con sorpresas inesperadas

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Opiniones 6
  • Qué buen rato de lectura me has dado. Gracias.
    Una pregunta. El chico que está en las calderas al final de la película y sale a barrer… ¿Coge la escoba a distancia?

  • ¡Menudo manual de izquierdas! En realidad, una caricatura de un manual de una caricatura de izquierda.

    ¡Qué afición curiosa se ha apoderado de ciertos «intelectuales» a la violeta! ¡Seguir películas y series para mentalidades adolescentes e intentar sacarles jugo intelectual! Con lo bien que se pasa viendo películas y leyendo novelas simplemente por el placer de ver o leer historias bien contadas, sin preocupaciones «ideológicas». Y si se quieren encontrar enseñanzas para la vida, lo suyo es ver y leer a los clásicos, no esa papilla intelectual para adolescentes.

    • buen comentario, aunque algo despreciativo del genero, el cual tiene un gran valor, aunque lamentablemente Disney este acabando con la saga sumergiendola en la fantasia en la creencia de que un Space Opera es mera fantasia

      Un space opera sigue siendo ciencia ficcion y como tal la ciencia ficcion es uno de los generos mas respetables de la literatura, el unico que tiene un fin util que es el promover la ciencias y la educacion, cosa que no tienen ningun otro genero de los considerados respetables

      Okey el space opera puede ser considerado como el subgenero mas subestimado por ese parentesis que hace con las explicaciones cientificas, pero para el lector de Space Operas sabe que incluso en ese parentesis el autor se preocupa por ofrecer alguna explicacion razonable, porque el Space Opera sigue siendo Ciencia ficcion apesar de sus licencias

      Incluso Lucas se preocupaba por hacer sentir que su pelicula sequia siendo ciencia ficcion, vemos a Han Solo haciendo explicaciones del viaje interestellas y a Lucas explicando el origen de la fuerza con los midiclorianos y vemos tambien parte de la educacion de un guerrero jedi, algo que no se ve en las pelis de star wars de disney que se sumergen en la fantasia sin explicacion

      Tambien vemos explicaciones politicas , en las precuelas entendemos porque el Imperio tiene dinero, en las de disney hay tanto dinero en la nueva orden , tanto dinero salido de quien sabe donde, tanto que pueden usar un planeta entero como una estrella de la muerte y pueden reclutar todo un ejercito

      En las precuelas entendemos que el imperio salio de la republica, que la republica se convirtio en el imperio, algo muy odiado de las precuelas es esa sensacion de racionalizar el universo de star wars, algo que no debio sorprender porque Star Wars para Lucas seguia siendo Ciencia Ficcion

      En Disney nada es explicado , no se entiende que pasa, no se entiende de donde salio esa nueva orden ni porque leia en lugar de dirigir la republica y estar con Han esta aun bregando como rebelde, la Star Wars de Disney es como un Deja Vu

      Aunque tampoco quiero menospreciar el genero de fantasia, al que tambien se carga Disney al hacerlo cumplir una agenda de genero y de cuota racial, ademas de meter sus extraños mensajes evidentemente politicos

      Para un autor de fantasia como Tolkien, el que los criticos vieran analogias de su historia con la alemania nazi o con los sucesos de la epoca le fastidiaba y decia que los criticos se engañaban ya que el no intentaba adrede meter ideas politicas o hacer una historia que sugiriera eventos politicos, en pocas palabras el señor de los anillos no se sujetaba a una agenda politica, esa es una regla de la fantasia , incluso borges que tambien se consideraba un autor fantastico (aunque no del tipo de caballeria) sugeria algo semejante sobre el genero fantastico (iba mas lejos que la fantasia no debia parecerse a algo que existiera en la realidad)

      El Star Wars de Disney incumple en ambos generos de forma muy notoria, yo no pienso que los cambios en la saga gusten a las nuevas generacioes, ya que se ven muy forzados , no son tan tontos y muchos son capaces de apreciar lo autentico, lo original, era mejor llevarles un producto nuevo que reempacar uno antiguo, que a las nuevas generacioes tampoco les gusta lo usado, okey se gano mucho dinero pero tambien se gasto mucho dinero en la compra de la franquicia en la creacion de las peliculas en el mercadeo, tanto se gasto que para la tercera peli apenas podria verse alguna ganancia, lo malo es que ya para la ultima ya muchos habran abandonado el barco

      Y a las nuevas generaciones, ya no ven tanto cine, son mas de series de television o de internet, los que van prefieren ir a ver rapido y furioso, no los juzgo que rapido y furioso a pesar de sus fallas «es autentica» y no obedece ninguna agenda ya que ellos son la agenda misma sobre integracion racial, con un vin disel y un dwaine que es dificil encasquetarlos en un grupo racial, con una latina de fuego y no una mary jane como Daisy, y llena de actores actuales que son muy populares, podemos ver los primeros lances de Gal Gadot, la ya consolidada charlize theron, podemos verlos en una pelicula divertida sin tratar de la pelicula rompedora de esquemas, pero bien que lo hace, porque rapido y furioso era ya el escuadron suicida

  • No se porque tanta ignorancia al describir las peliculas originales y comparar la inmolacion de Kenobi, con la de Han Solo, y eso que no me considero un fan especializado (no tengo idea de que significan los colores de los sables de luz ademas de ser bonitos je je), Han Solo NO SE INMOLA simplemente lo mata el hijo a traicion, no se sacrifica, se arriesga tal vez, pero no se entrega con la seguridad de su muerte

    Ben Kenobi no se inmola tampoco, en el sentido de dejarse matar, la escena que se ve en la nueva esperanza muestra a un jedi que simplemente se deja ir, VADER NO LO MATO, se puede observar eso al ver que vader mueve la tunida de Kenobi QUE ESTA VACIA, algo asi como el ascenso de cristo, desde la saga original a Lucas le flipaba las referencias cristianas, de hecho los JEDIS mas que ninjas o samurai eran frailes , eran sacerdotes, eran muy parecidos a los templarios, esa onda china con la que quieren ahora forzar a la orden jedi es ridicula, los samurai no hacian abandono total de sus familias ni tampoco un absurdo celibato (loa jedis no podian casarse), los samurai tampoco eran sabios guerreros, los templarios eran sacerdotes y tenian educacion, eran una orden de alto rango que no servia a un señor feudal (como los samurai) sino a una cosa tan intangible como dios

    Las precuelas tan odiadas estan resultando ahora mejor que las echas por Disney , peliculas diseñadas por expertos mercadologos y no por gente dedicada al cine y las letras

    Y si toda la peli parece de muy mal gusto, eso de chewbaca asando un porg se ve mal, si lucas estuviera en el sillon del director jamas habria sucedido, quien querria ver a un ewook siendo asado y comido por chewbaca, horrible horrible, Lucas cuidaba mucho de que la pelicula tuviera cierto sentido infantil (tambien tolkein con el señor d elos anillos), no queria hacer de Star Wars una pelicula para chavos ya peludos, era preferible perder fans que sacrificar la inocencia

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