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9 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD
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Techno Rococó: el futuro distópico que ya está aquí

9 de mayo 2017    /   CREATIVIDAD     por          
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«Me encanta la tecnología. Adoro las redes sociales e internet en general». El discurso de Laurie Lipton desprende una ilusión adolescente que no acaba de encajar en su personalidad, un optimismo impostado que chirría vagamente teniendo en cuenta quién es ella, lo que hace. Pero entonces las palabras de esta artista afincada en Nueva York desembocan en otro lado y se vuelven quebradizas, dubitativas. Sí, sí, todo eso está muy bien, pero «¿quién controla todos esos datos?», pregunta a nadie en particular. «El acceso ilimitado a la información es algo maravilloso, pero ¿qué pasa si no sabemos si esa información es correcta?», plantea la artista.

Probablemente los dibujos de Lipton no ayuden a resolver esta duda, pero sí hacen que nos la replanteemos de una forma más gráfica y cruda. Techno Rococó se ha venido a llamar su última serie, que viene engordando desde 2011 a un ritmo bastante generoso, sobre todo teniendo en cuenta el nivel de detalle de estos dibujos y sus dimensiones mastodónticas. En ellos los cables se retuercen como culebras, los dientes se aprietan y chirrían en una sonrisa forzada: representan un futuro distópico que ya está aquí en forma de presente, una pesadilla tecnológica con cara amable y reverso oscuro. O en palabras de su autora: «una reflexión sobre cómo la tecnología ha irrumpido en nuestra vida y ha hecho que acabemos socializando a través de pantallas, emoticonos, y cables, cables y más cables».

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Laurie Lipton tiene perfil en Facebook. Tiene una cuenta en Instragram donde acumular corazoncitos y followers a buen ritmo. Son herramientas necesarias en la vida de un ilustrador, elementos prácticos que aportan, pero no condicionan su trabajo. A diferencia de la mayoría de nuevos ilustradores, Lipton ha optado por un estilo old school: dibujos enormes, detallistas, extremadamente realistas y realizados con un simple lápiz de grafito. Nada de tabletas gráficas, nada de Photoshop, nada de cables. No en sus dibujos.

«Cada vez que me siento ante un lienzo enorme y empiezo a dibujar estas líneas diminutas me pregunto a mí misma: ¿Por quéééé?», reconoce con sorna la autora. Sin embargo, poco puede hacer ella para cambiar una técnica que ha ido madurando casi como parte de su personalidad. «Empecé a dibujar a los cuatro años», explica, «este estilo y esta técnica se han desarrollado junto a mí, no lo he planeado. Si lo hubiera hecho de forma consciente, habría optado por dibujos coloristas, rápidos de hacer, de trazo ancho. Pero no lo hice ni lo haré».

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Los dibujos de Lipton son diferentes. «Es porque nadie dibuja como yo», explica la autora, «nadie está tan loco». Buscando otros motivos podríamos concluir que sus referentes son tan atávicos y sus temas tan distópicos que el ojo no acaba de ubicarlos, no termina de encajar su mensaje.

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Lipton se inspiró en los dibujos religiosos de los pintores flamencos. Intentó, de modo autodidacta, imitar a los maestros holandeses del siglo XVI. Falló, pero algo de esa técnica se le quedó. Pasó una temporada viajando por Europa, viviendo a caballo entre Holanda, Bélgica, Francia y Reino Unido, empapándose de las técnicas del arte más clásico, construyendo paralelamente un estilo propio. «Solía sentarme durante horas en la biblioteca copiando a Durero, Memling, Van Eyck, Goya y Rembrandt», recuerda. El tamiz del blanco y negro lo añadió pensando en las fotos antiguas y los programas familiares de televisión. Los ingredientes estaban ahí, ahora solo faltaba dotarlos de un contexto.

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Este ha ido variando con el paso del tiempo, pero parece haber sido el futuro distópico y ultratecnológico aquel en el que ha encajado mejor su particular estética. Lipton no parece especialmente optimista a la hora de plasmar la realidad, pero lo cierto es que solo habla de lo que ve. Durante las últimas semanas ha estado enfrascada en uno de esos proyectos laboriosos y largos: juntando garabatos, sumando diminutas líneas para componer, poco a poco, una esquina más de su particular universo. El título ya está decidido: Post Truth; el personaje principal también: Donald Trump. Puede que quizá por ello Lipton no se considere tanto una pintora futurista. Sus cuadros hablan del presente, aunque a veces este sea tan incierto como lo que esté por llegar.  

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«Me encanta la tecnología. Adoro las redes sociales e internet en general». El discurso de Laurie Lipton desprende una ilusión adolescente que no acaba de encajar en su personalidad, un optimismo impostado que chirría vagamente teniendo en cuenta quién es ella, lo que hace. Pero entonces las palabras de esta artista afincada en Nueva York desembocan en otro lado y se vuelven quebradizas, dubitativas. Sí, sí, todo eso está muy bien, pero «¿quién controla todos esos datos?», pregunta a nadie en particular. «El acceso ilimitado a la información es algo maravilloso, pero ¿qué pasa si no sabemos si esa información es correcta?», plantea la artista.

Probablemente los dibujos de Lipton no ayuden a resolver esta duda, pero sí hacen que nos la replanteemos de una forma más gráfica y cruda. Techno Rococó se ha venido a llamar su última serie, que viene engordando desde 2011 a un ritmo bastante generoso, sobre todo teniendo en cuenta el nivel de detalle de estos dibujos y sus dimensiones mastodónticas. En ellos los cables se retuercen como culebras, los dientes se aprietan y chirrían en una sonrisa forzada: representan un futuro distópico que ya está aquí en forma de presente, una pesadilla tecnológica con cara amable y reverso oscuro. O en palabras de su autora: «una reflexión sobre cómo la tecnología ha irrumpido en nuestra vida y ha hecho que acabemos socializando a través de pantallas, emoticonos, y cables, cables y más cables».

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Laurie Lipton tiene perfil en Facebook. Tiene una cuenta en Instragram donde acumular corazoncitos y followers a buen ritmo. Son herramientas necesarias en la vida de un ilustrador, elementos prácticos que aportan, pero no condicionan su trabajo. A diferencia de la mayoría de nuevos ilustradores, Lipton ha optado por un estilo old school: dibujos enormes, detallistas, extremadamente realistas y realizados con un simple lápiz de grafito. Nada de tabletas gráficas, nada de Photoshop, nada de cables. No en sus dibujos.

«Cada vez que me siento ante un lienzo enorme y empiezo a dibujar estas líneas diminutas me pregunto a mí misma: ¿Por quéééé?», reconoce con sorna la autora. Sin embargo, poco puede hacer ella para cambiar una técnica que ha ido madurando casi como parte de su personalidad. «Empecé a dibujar a los cuatro años», explica, «este estilo y esta técnica se han desarrollado junto a mí, no lo he planeado. Si lo hubiera hecho de forma consciente, habría optado por dibujos coloristas, rápidos de hacer, de trazo ancho. Pero no lo hice ni lo haré».

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Los dibujos de Lipton son diferentes. «Es porque nadie dibuja como yo», explica la autora, «nadie está tan loco». Buscando otros motivos podríamos concluir que sus referentes son tan atávicos y sus temas tan distópicos que el ojo no acaba de ubicarlos, no termina de encajar su mensaje.

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Lipton se inspiró en los dibujos religiosos de los pintores flamencos. Intentó, de modo autodidacta, imitar a los maestros holandeses del siglo XVI. Falló, pero algo de esa técnica se le quedó. Pasó una temporada viajando por Europa, viviendo a caballo entre Holanda, Bélgica, Francia y Reino Unido, empapándose de las técnicas del arte más clásico, construyendo paralelamente un estilo propio. «Solía sentarme durante horas en la biblioteca copiando a Durero, Memling, Van Eyck, Goya y Rembrandt», recuerda. El tamiz del blanco y negro lo añadió pensando en las fotos antiguas y los programas familiares de televisión. Los ingredientes estaban ahí, ahora solo faltaba dotarlos de un contexto.

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Este ha ido variando con el paso del tiempo, pero parece haber sido el futuro distópico y ultratecnológico aquel en el que ha encajado mejor su particular estética. Lipton no parece especialmente optimista a la hora de plasmar la realidad, pero lo cierto es que solo habla de lo que ve. Durante las últimas semanas ha estado enfrascada en uno de esos proyectos laboriosos y largos: juntando garabatos, sumando diminutas líneas para componer, poco a poco, una esquina más de su particular universo. El título ya está decidido: Post Truth; el personaje principal también: Donald Trump. Puede que quizá por ello Lipton no se considere tanto una pintora futurista. Sus cuadros hablan del presente, aunque a veces este sea tan incierto como lo que esté por llegar.  

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