1 de mayo 2012    /   CINE/TV
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Lecciones del apocalipsis

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Mezcla algo de filosofía clásica con efectos especiales, estética neogótica, filosofía, música techno, música épica y artes marciales. Coge el resultado, dale un guión intrigante sobre la existencia real del ser y ambiéntalo en un contexto apocalíptico. El resultado, una de las películas que marcó la última década del siglo. Matrix, una producción que costó apenas 64 millones de euros y que acabó siendo una trilogía que recaudó más de 1.600 millones de dólares, además de cuatro Oscar y dos Bafta.

Menos gente conoció Animatrix, una serie de cortos de animación de estética japonesa que se estrenaron entre la primera y la segunda cinta de la trilogía y que narraba pequeñas historias que explicaban las películas. Dos de esos cortos explicaban cómo acabó el mundo de los humanos y se llegó al mundo apocalíptico de las máquinas: dieciocho minutos de narrativa llena de guiños históricos que recorren los peores errores de la humanidad… que quizá ya cometemos.

El mundo que vivimos no es real. Es sólo una ilusión colectiva, un enorme programa informático llamado Matrix. Los humanos no existimos como seres independientes, sino que somos únicamente combustible para máquinas, las auténticas dominadoras del mundo, que nos mantienen en estado de vida latente, aunque inconscientes, para nutrirse de nuestros impulsos bioquímicos. Dentro de esta vida ficticia existe un grupo de humanos que sí despertaron y fueron expulsados de sus prisiones, echados a un vertedero, que entran y salen a voluntad del programa y son capaces de controlarlo más o menos a su antojo. Y combaten a las máquinas. ¿Pero cómo se llegó a esa situación? El inicio de todo no se cuenta en la trilogía, sino en ‘The Second Renaissance’, el título de un corto de animación dividido en dos partes y contenido en Animatrix que explica, partiendo de un futuro factible, cómo acabó el hombre edificando su propia aniquilación.

«En el principio era el hombre, y por un tiempo eso fue bueno», arranca la historia, emulando el lenguaje del Génesis. El corto, lleno de lenguaje bíblico y guiños a la mitología apocalíptica, cuenta cómo la sociedad humana ha progresado hasta el punto de tener a una legión de máquinas realizando todos los trabajos que los humanos no quieren hacer. Máquinas construidas «a su imagen semenjanza». Arriba, en los rascacielos, los humanos; abajo, en las zonas de construcción, las máquinas. Las imágenes son similares a las que algunas ilustraciones egipcias mostraban de los esclavos arrastrando pesadas piedras para construir suntuosas pirámides a sus faraones.

Esa sociedad desigual se rompe cuando un robot de servicio asesina a los humanos para los que trabajaba, que iban a destruirle en un ataque de ira. El robot, que dice haber actuado así porque no quería morir, es juzgado y condenado a muerte. Las máquinas, acompañadas por humanos simpatizantes de los derechos humanos, cobran conciencia de su situación e inician manifestaciones en todo el mundo. Las protestas acaban siendo duramente reprimidas. Y empiezan las referencias históricas. Un hombre dispara a la cabeza a un robot en una instantánea que recuerda la demoledora fotografía de la ejecución de aquel sospechoso de pertenecer al Viet Cong. Un tanque aplasta a un robot en otra instantánea idéntica a la de la resistencia de Tiananmen. El hombre contra su obra y contra sí.

Pero la imagen más dura de todo el metraje llega después, cuando una chica con apariencia humana es zarandeada, desnudada, golpeada brutalmente. Es un robot. Grita «Soy real», mientras suplica por su vida. Finalmente le disparan por la espalda. Después llegan las fosas comunes, esas cicatrices en la tierra que inauguró el nazismo en nuestro continente y que tantas veces hemos visto repetidas. Un robot que no quiere morir, una legión de máquinas que toman conciencia de sí y una de ellas que clama por su existencia al ser asesinada.

Las máquinas huyen del ataque humano y se refugian en su propia Tierra Prometida. Su éxodo, en otro guiño a la Biblia, les conduce hasta Oriente Medio, donde fundan ’01’, su país con nombre de código binario y donde la propia humanidad tuvo su origen, según las escrituras. Allí forman su cultura, mejoran su inteligencia artificial y comienzan a producir. La consecuencia nos lleva a un escenario no tan alejado de la actualidad: sus exportaciones hunden la economía humana y el mundo entra en crisis. La reacción de los países de los hombres es otro guiño a la historia: un bloqueo naval para intentar frenar su progresión comercial en lo que califican «una agresión». En el mundo real Cuba sigue bloqueada 53 años después.

Pese a la esclavitud, la brutal represión, los asesinatos en masa y el bloqueo, las máquinas piden ingresar en las Naciones Unidas y ofrecen un plan de convivencia política y económica con los países de los humanos. Los delegados son expulsados y la petición, rechazada. De la mano de uno de ellos cae una manzana, símbolo bíblico del pecado original y también figura mitológica clásica de la discordia.

 

La segunda parte del corto arranca con otro guiño al Génesis. «Que se haga la luz, y el hombre fue bendecido con la luz, calor, magnetismo, gravedad y todas las energías del universo». Porque de energía va la guerra. Como de recursos naturales van las nuevas guerras en verdad. Tras el bloqueo llegó el ataque, misiles nucleares contra ’01’ que no afectaron a las máquinas, inmunes a la temperatura o la radiación. Entonces, contraatacaron y empezó la última batalla. Las máquinas aniquilan una tras otra a las potencias humanas, contando con el sol como principal fuente de energía.

Los humanos urden su último plan, la operación ‘Tormenta oscura’. La idea es privar a sus enemigos de su principal foco de alimentación aunque para ello haya que destruir el cielo. Las Naciones Unidas aprueban la idea entre los aplausos de sus delegados. En la imagen, la visión radiográfica de unos esqueletos aplaudiendo su propia muerte. El plan empieza, aviones sobrevuelan el cielo en todo el planeta y lo cubren con bombas de humo. Los combates siguen a oscuras.

En las trincheras se ven los elementos de cualquier guerra. Miedo, drogas y oraciones. Clérigos de todas las religiones arengan a las tropas, enviadas a morir. Un jinete del apocalipsis cabalga sobre los combates, un hombre camina dentro de una rueca a su destino final. Cualquier plan de los humanos fracasa y son derrotados sin miramientos por las máquinas. En un último guiño a la historia, un grupo de soldados humanos agonizantes alza una bandera, como en Iwo Jima. Pero aquí está en llamas. Ya no hay países, ya no hay banderas, ya no hay nada más que oscuridad, cadáveres y un mundo destruido.

La siguiente escena devuelve a las Naciones Unidas, donde una máquina estampa su firma sobre un acuerdo impuesto a la humanidad. Un código de barras siniestro. «Vuestra carne es un vestigio de un tiempo pasado». En su mano una manzana, metálica, brillante, perfecta. Las máquinas reclaman el mundo e inician el combate contra los últimos focos de resistencia humana, confinados en una última ciudad bajo tierra. Sión, la madre de todos los pueblos, según el judaísmo. Privadas las máquinas de la energía solar, inician sus experimentos con los humanos y descubren que producimos energía bioeléctrica y calor, así que empiezan a cultivarnos como fuente de energía. El plan humano no sólo falló y propició la destrucción del planeta, sino también condenó a los supervivientes a ser esclavos inconscientes creados para alimentar al enemigo. La plaga humana, una enfermedad que ha acabado con el mundo, está prácticamente extinguida. Y ahí empieza Matrix.

 

Un pueblo dominante sobre otro dominado. Una rebelión sofocada con violencia. Un genocidio y un exilio. Una crisis económica respondida con un bloqueo. Una oferta de convivencia rechazada. Un ataque contra lo que se interpreta como una amenaza al dominio ejercido. Una guerra. Un paso definitivo a la destrucción del entorno para intentar sobrevivir a la amenaza. Tiananmen, Vietnam, Iwo Jima, fosas comunes, una raza perseguida. Una crisis económica como motivación de una guerra. Un debate sobre la existencia del propio ser, qué es existir, qué es ser real, qué es tener conciencia de sí mismo y merecer justicia y derechos.

Cambia a las máquinas por cualquier pueblo oprimido, por un continente o subcontinente, por un color de piel. Cambia la raza por una religión, por un partido político. Quizá no haga falta llegar tan lejos en el tiempo para imaginar un fin del mundo similar. No tan espectacular, ni tan narrativo. Quizá no tan exagerado, quizá no tan lejano. Quizá haya apocalipsis como ese cada día en algunos rincones de nuestro planeta humano.

Relacionado:  ¿Puede ser legítimo el terrorismo?

Mezcla algo de filosofía clásica con efectos especiales, estética neogótica, filosofía, música techno, música épica y artes marciales. Coge el resultado, dale un guión intrigante sobre la existencia real del ser y ambiéntalo en un contexto apocalíptico. El resultado, una de las películas que marcó la última década del siglo. Matrix, una producción que costó apenas 64 millones de euros y que acabó siendo una trilogía que recaudó más de 1.600 millones de dólares, además de cuatro Oscar y dos Bafta.

Menos gente conoció Animatrix, una serie de cortos de animación de estética japonesa que se estrenaron entre la primera y la segunda cinta de la trilogía y que narraba pequeñas historias que explicaban las películas. Dos de esos cortos explicaban cómo acabó el mundo de los humanos y se llegó al mundo apocalíptico de las máquinas: dieciocho minutos de narrativa llena de guiños históricos que recorren los peores errores de la humanidad… que quizá ya cometemos.

El mundo que vivimos no es real. Es sólo una ilusión colectiva, un enorme programa informático llamado Matrix. Los humanos no existimos como seres independientes, sino que somos únicamente combustible para máquinas, las auténticas dominadoras del mundo, que nos mantienen en estado de vida latente, aunque inconscientes, para nutrirse de nuestros impulsos bioquímicos. Dentro de esta vida ficticia existe un grupo de humanos que sí despertaron y fueron expulsados de sus prisiones, echados a un vertedero, que entran y salen a voluntad del programa y son capaces de controlarlo más o menos a su antojo. Y combaten a las máquinas. ¿Pero cómo se llegó a esa situación? El inicio de todo no se cuenta en la trilogía, sino en ‘The Second Renaissance’, el título de un corto de animación dividido en dos partes y contenido en Animatrix que explica, partiendo de un futuro factible, cómo acabó el hombre edificando su propia aniquilación.

«En el principio era el hombre, y por un tiempo eso fue bueno», arranca la historia, emulando el lenguaje del Génesis. El corto, lleno de lenguaje bíblico y guiños a la mitología apocalíptica, cuenta cómo la sociedad humana ha progresado hasta el punto de tener a una legión de máquinas realizando todos los trabajos que los humanos no quieren hacer. Máquinas construidas «a su imagen semenjanza». Arriba, en los rascacielos, los humanos; abajo, en las zonas de construcción, las máquinas. Las imágenes son similares a las que algunas ilustraciones egipcias mostraban de los esclavos arrastrando pesadas piedras para construir suntuosas pirámides a sus faraones.

Esa sociedad desigual se rompe cuando un robot de servicio asesina a los humanos para los que trabajaba, que iban a destruirle en un ataque de ira. El robot, que dice haber actuado así porque no quería morir, es juzgado y condenado a muerte. Las máquinas, acompañadas por humanos simpatizantes de los derechos humanos, cobran conciencia de su situación e inician manifestaciones en todo el mundo. Las protestas acaban siendo duramente reprimidas. Y empiezan las referencias históricas. Un hombre dispara a la cabeza a un robot en una instantánea que recuerda la demoledora fotografía de la ejecución de aquel sospechoso de pertenecer al Viet Cong. Un tanque aplasta a un robot en otra instantánea idéntica a la de la resistencia de Tiananmen. El hombre contra su obra y contra sí.

Pero la imagen más dura de todo el metraje llega después, cuando una chica con apariencia humana es zarandeada, desnudada, golpeada brutalmente. Es un robot. Grita «Soy real», mientras suplica por su vida. Finalmente le disparan por la espalda. Después llegan las fosas comunes, esas cicatrices en la tierra que inauguró el nazismo en nuestro continente y que tantas veces hemos visto repetidas. Un robot que no quiere morir, una legión de máquinas que toman conciencia de sí y una de ellas que clama por su existencia al ser asesinada.

Las máquinas huyen del ataque humano y se refugian en su propia Tierra Prometida. Su éxodo, en otro guiño a la Biblia, les conduce hasta Oriente Medio, donde fundan ’01’, su país con nombre de código binario y donde la propia humanidad tuvo su origen, según las escrituras. Allí forman su cultura, mejoran su inteligencia artificial y comienzan a producir. La consecuencia nos lleva a un escenario no tan alejado de la actualidad: sus exportaciones hunden la economía humana y el mundo entra en crisis. La reacción de los países de los hombres es otro guiño a la historia: un bloqueo naval para intentar frenar su progresión comercial en lo que califican «una agresión». En el mundo real Cuba sigue bloqueada 53 años después.

Pese a la esclavitud, la brutal represión, los asesinatos en masa y el bloqueo, las máquinas piden ingresar en las Naciones Unidas y ofrecen un plan de convivencia política y económica con los países de los humanos. Los delegados son expulsados y la petición, rechazada. De la mano de uno de ellos cae una manzana, símbolo bíblico del pecado original y también figura mitológica clásica de la discordia.

 

La segunda parte del corto arranca con otro guiño al Génesis. «Que se haga la luz, y el hombre fue bendecido con la luz, calor, magnetismo, gravedad y todas las energías del universo». Porque de energía va la guerra. Como de recursos naturales van las nuevas guerras en verdad. Tras el bloqueo llegó el ataque, misiles nucleares contra ’01’ que no afectaron a las máquinas, inmunes a la temperatura o la radiación. Entonces, contraatacaron y empezó la última batalla. Las máquinas aniquilan una tras otra a las potencias humanas, contando con el sol como principal fuente de energía.

Los humanos urden su último plan, la operación ‘Tormenta oscura’. La idea es privar a sus enemigos de su principal foco de alimentación aunque para ello haya que destruir el cielo. Las Naciones Unidas aprueban la idea entre los aplausos de sus delegados. En la imagen, la visión radiográfica de unos esqueletos aplaudiendo su propia muerte. El plan empieza, aviones sobrevuelan el cielo en todo el planeta y lo cubren con bombas de humo. Los combates siguen a oscuras.

En las trincheras se ven los elementos de cualquier guerra. Miedo, drogas y oraciones. Clérigos de todas las religiones arengan a las tropas, enviadas a morir. Un jinete del apocalipsis cabalga sobre los combates, un hombre camina dentro de una rueca a su destino final. Cualquier plan de los humanos fracasa y son derrotados sin miramientos por las máquinas. En un último guiño a la historia, un grupo de soldados humanos agonizantes alza una bandera, como en Iwo Jima. Pero aquí está en llamas. Ya no hay países, ya no hay banderas, ya no hay nada más que oscuridad, cadáveres y un mundo destruido.

La siguiente escena devuelve a las Naciones Unidas, donde una máquina estampa su firma sobre un acuerdo impuesto a la humanidad. Un código de barras siniestro. «Vuestra carne es un vestigio de un tiempo pasado». En su mano una manzana, metálica, brillante, perfecta. Las máquinas reclaman el mundo e inician el combate contra los últimos focos de resistencia humana, confinados en una última ciudad bajo tierra. Sión, la madre de todos los pueblos, según el judaísmo. Privadas las máquinas de la energía solar, inician sus experimentos con los humanos y descubren que producimos energía bioeléctrica y calor, así que empiezan a cultivarnos como fuente de energía. El plan humano no sólo falló y propició la destrucción del planeta, sino también condenó a los supervivientes a ser esclavos inconscientes creados para alimentar al enemigo. La plaga humana, una enfermedad que ha acabado con el mundo, está prácticamente extinguida. Y ahí empieza Matrix.

 

Un pueblo dominante sobre otro dominado. Una rebelión sofocada con violencia. Un genocidio y un exilio. Una crisis económica respondida con un bloqueo. Una oferta de convivencia rechazada. Un ataque contra lo que se interpreta como una amenaza al dominio ejercido. Una guerra. Un paso definitivo a la destrucción del entorno para intentar sobrevivir a la amenaza. Tiananmen, Vietnam, Iwo Jima, fosas comunes, una raza perseguida. Una crisis económica como motivación de una guerra. Un debate sobre la existencia del propio ser, qué es existir, qué es ser real, qué es tener conciencia de sí mismo y merecer justicia y derechos.

Cambia a las máquinas por cualquier pueblo oprimido, por un continente o subcontinente, por un color de piel. Cambia la raza por una religión, por un partido político. Quizá no haga falta llegar tan lejos en el tiempo para imaginar un fin del mundo similar. No tan espectacular, ni tan narrativo. Quizá no tan exagerado, quizá no tan lejano. Quizá haya apocalipsis como ese cada día en algunos rincones de nuestro planeta humano.

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