20 de mayo 2020    /   IDEAS
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Cuando la ‘coronaplaga’ nos obligó a ser ‘covihumildes’

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Las plagas son cosa del pasado, de cuando la gente no se lavaba y la ciencia no existía.

Las plagas son cosa del tercer mundo, donde no es posible mantener unos mínimos de higiene y los recursos sanitarios son escasos.

Las plagas son cosa de los chinos, que son muchos y comen animales salvajes sin pasar ningún control.

Las plagas son cosa de los italianos, que tienen una sanidad venida a menos por la crisis y, además, son muy de tocarse.

Las plagas son cosa de los viejos y los enfermos, a los que en realidad ya se los iba a llevar por delante la más mínima corriente de aire.

El cerco se fue cerrando. Estuvimos estancados en las dos primeras fases durante décadas, pero las siguientes se sucedieron en cuestión de semanas. De pronto, sin apenas tiempo a darnos cuenta de lo que pasaba, estábamos encerrados en casa, instalados aún durante unos días en la primera etapa del duelo, la de negación. Una pandemia no iba a cambiar nuestra forma y, mucho menos, nuestro ritmo– de vida. 

Trasladamos sin mucho problema nuestra obsesión con producir, producir, producir al interior de los hogares. Todo ese tiempo extra que se suponía que de pronto teníamos debía ser aprovechado. Ponte en forma, lee más, aprende un idioma, conviértete en chef. Sé mejor cuando salgas al otro lado. Todo menos pararse un momento a respirar y arriesgarse a encontrarse con el abismo desde borde del sofá.

Aferrados a intentar mantener las viejas costumbres (¡vermú en Zoom!), poco a poco tuvimos que ir entendiendo que esto es temporal, pero no tanto. Que volveremos a la normalidad, pero que será una nueva y desconocida normalidad. Y, sobre todo, que en realidad no hay nada seguro, que nadie sabe nada. A mediados de abril, la ilustradora y escritora Mari Andrew decía en un artículo en Forge (Medium) que echaba de menos una sensación que nunca iba a recuperar: la sensación de estabilidad. Que era consciente de que esa sensación había sido siempre no solo un privilegio, sino también una mera ilusión, pero que ahora no se imaginaba ya recuperándola nunca.

PRIMERA LECCIÓN: NO ÉRAMOS INMORTALES

El siglo XXI estaba instalado en una velocidad cada vez más pronunciada. La palabra sostenibilidad se puso de moda, pero eran cada vez más las voces que alertaban de que la forma de vida que llevábamos no era sostenible. El cielo lleno de aviones, lugares bellos y frágiles llenos de gente, las calles llenas de riders, las redes llenas de quejas cuando una tortilla de patatas se retrasa. Veíamos venir el desastre, pero como era ecológico y era a largo plazo, no era suficiente para cambiar conductas. 

Ni siquiera la serie Years and Years, que en 2019 pintó una distopía que empezaba en 2020 y que, de tan plausible, era terrorífica, vio venir la pandemia. Introducirla en la trama nos habría parecido demasiado inverosímil, como nos lo pareció la muy científica película de 2011 Contagio. Como nos lo está pareciendo esta trama que estamos viviendo. A finales de abril, un tuit de @BigDabi bromeaba: «A ver, la segunda temporada de Pandemia ha estado bastante bien, pero creo que colar la subtrama de Kim Jong-un en el último episodio ha sido un pelín forzado, un intento demasiado obvio de sorprender a la audiencia con un cliffhanger inesperado».

Las semanas de confinamiento tienen un segundo efecto: además de frenar la curva de contagio, permiten hacerse a la idea de que todo, de verdad, va a cambiar. Y de que, por primera vez en la vida de muchos (de casi todos), las predicciones no son más que elucubraciones. En la misma serie Years and Years, uno de sus personajes reflexionaba: «Tuvimos suerte los que nacimos en los 80; durante unos 30 años lo pasamos bien. Resulta que estábamos en una pausa». Una pausa en una historia de grandes desastres.

Y poco a poco, mientras atravesamos las etapas del duelo encerrados en casa, mientras nos enfadamos, negociamos y nos deprimimos, en la última etapa, la de la aceptación, llega la gran cura de humildad. Nos damos cuenta de que no somos inmortales –y de que tampoco lo es ningún ser querido–; vamos comprendiendo que, si bien la única esperanza son los científicos, ellos son precisamente los primeros que admiten que aún no tienen respuesta ni tratamiento infalible ni vacuna, y nos invade esa sensación de pérdida de un suelo bajo los pies. Un suelo que, en realidad, nunca habíamos tenido. 

Buscamos consuelo, empatía y respuestas precisamente en todos esos lugares que antes despreciamos: el pasado, el mal llamado tercer mundo, China, Italia, los mayores y los enfermos.

SEGUNDA LECCIÓN: NO SOMOS ESENCIALES

Es paradójico que, en este comienzo de la tercera década del siglo XXI, tan seguros como estábamos de la ciencia y la tecnología para salvarnos de cualquier cosa (y, sí, serán ellas quienes lo hagan), haya habido que recurrir a los mismos métodos con los que ya se combatían las epidemias hace siglos: el aislamiento de los enfermos y el confinamiento. 

Posiblemente haya algún Shakespeare que estas semanas esté escribiendo su Rey Lear, pero la mayoría hemos parado. Nos limitamos a intentar sobrevivir y mantenernos cuerdos, sanos y a salvo (ese stay safe y stay healthy que repiten estos días los angloparlantes). Nos sacamos de en medio y le damos al pause a nuestras vidas para dar tiempo a los científicos e investigadores –ellos a una velocidad similar al fast forward– a dar con la solución a las covincógnitas: por qué a algunos pacientes los mata, cuánto dura la inmunidad, qué tratamiento es más efectivo. Y, por supuesto, la vacuna. Seguramente se convierta en la vacuna más rápida de la historia, pero, acostumbrados a exigir y obtener lo instantáneo, la espera se nos hace eterna.

Desde casa, teletrabajando o no, llega otro aprendizaje: los esenciales son otros. Y, más allá de los médicos, que aunque llevan mucho tiempo precarizados todavía contaban con cierto estatus social, los esenciales son los trabajadores a los que en épocas prepandémicas mucha gente miraba un poco por encima del hombro. Acabar de cajera de supermercado, de limpiadora o cuidadora (todo en femenino, porque son la mayoría), de personal sanitario que no lleva el prefijo doctor delante, era de todo menos prestigioso. Los sueldos reflejaban (reflejan) ese lugar en la base de la pirámide social, obviando que sin base no hay pirámide.

Por otro lado, el éxodo que se vio en los primeros días de gente de la ciudad que se fue a sus segundas residencias en la costa o en el campo dio otra de las bofetadas de la pandemia. Quizá la vida urbanita no era, después de todo, la mejor. Son las personas que eligieron vivir en el campo, las que durante años escucharon a otros decirles que cómo pueden vivir ahí si no hay nada, las que son la envidia del resto. Resulta, descubren ahora muchos habitantes de ciudad por elección, que es en el campo donde está lo esencial: el aire libre, la naturaleza, el espacio.

TERCERA LECCIÓN: CAMBIAREMOS, PERO NO SABEMOS CÓMO

La gripe de 1918, que se calcula que mató a entre el 2% y el 5% de la población mundial (más que las dos guerras mundiales juntas), fue olvidada durante muchos años. La periodista Laura Spinney, en su libro Pale Rider: The Spanish Flu of 1918 and How It Changed The World, dice que la pandemia durante décadas fue recordada de forma personal y no colectiva, «no como un desastre histórico, sino como millones de tragedias privadas y discretas». 

Tuvo, eso sí, muchos efectos (y no todos positivos), entre ellos el de impulsar las políticas de sanidad pública en muchos países, ayudar a poner fin a la Primera Guerra Mundial, encender la mecha del movimiento de independencia en la India o poner las bases para el apartheid en Sudáfrica.

Intentar adivinar qué sacaremos de todo esto, que sí se recordará como algo histórico y no simplemente personal, es algo precipitado. ¿Servirá para acabar para siempre con los recortes en sanidad? ¿Para que los trabajadores esenciales cobren de acuerdo con su esencialidad? ¿Para que dejemos de creer que nuestras acciones no tienen consecuencias que pueden ser globales? ¿Para tomarnos de una vez en serio la crisis climática? ¿Para creer a los científicos cuando coinciden en algo?

La cura de humildad definitiva se dará si no olvidamos que los expertos eran los que admitían su ignorancia, mientras el rey de las certezas, Donald Trump, proponía investigar como cura para el coronavirus la inyección de desinfectante.

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Las plagas son cosa del tercer mundo, donde no es posible mantener unos mínimos de higiene y los recursos sanitarios son escasos.

Las plagas son cosa de los chinos, que son muchos y comen animales salvajes sin pasar ningún control.

Las plagas son cosa de los italianos, que tienen una sanidad venida a menos por la crisis y, además, son muy de tocarse.

Las plagas son cosa de los viejos y los enfermos, a los que en realidad ya se los iba a llevar por delante la más mínima corriente de aire.

El cerco se fue cerrando. Estuvimos estancados en las dos primeras fases durante décadas, pero las siguientes se sucedieron en cuestión de semanas. De pronto, sin apenas tiempo a darnos cuenta de lo que pasaba, estábamos encerrados en casa, instalados aún durante unos días en la primera etapa del duelo, la de negación. Una pandemia no iba a cambiar nuestra forma y, mucho menos, nuestro ritmo– de vida. 

Trasladamos sin mucho problema nuestra obsesión con producir, producir, producir al interior de los hogares. Todo ese tiempo extra que se suponía que de pronto teníamos debía ser aprovechado. Ponte en forma, lee más, aprende un idioma, conviértete en chef. Sé mejor cuando salgas al otro lado. Todo menos pararse un momento a respirar y arriesgarse a encontrarse con el abismo desde borde del sofá.

Aferrados a intentar mantener las viejas costumbres (¡vermú en Zoom!), poco a poco tuvimos que ir entendiendo que esto es temporal, pero no tanto. Que volveremos a la normalidad, pero que será una nueva y desconocida normalidad. Y, sobre todo, que en realidad no hay nada seguro, que nadie sabe nada. A mediados de abril, la ilustradora y escritora Mari Andrew decía en un artículo en Forge (Medium) que echaba de menos una sensación que nunca iba a recuperar: la sensación de estabilidad. Que era consciente de que esa sensación había sido siempre no solo un privilegio, sino también una mera ilusión, pero que ahora no se imaginaba ya recuperándola nunca.

PRIMERA LECCIÓN: NO ÉRAMOS INMORTALES

El siglo XXI estaba instalado en una velocidad cada vez más pronunciada. La palabra sostenibilidad se puso de moda, pero eran cada vez más las voces que alertaban de que la forma de vida que llevábamos no era sostenible. El cielo lleno de aviones, lugares bellos y frágiles llenos de gente, las calles llenas de riders, las redes llenas de quejas cuando una tortilla de patatas se retrasa. Veíamos venir el desastre, pero como era ecológico y era a largo plazo, no era suficiente para cambiar conductas. 

Ni siquiera la serie Years and Years, que en 2019 pintó una distopía que empezaba en 2020 y que, de tan plausible, era terrorífica, vio venir la pandemia. Introducirla en la trama nos habría parecido demasiado inverosímil, como nos lo pareció la muy científica película de 2011 Contagio. Como nos lo está pareciendo esta trama que estamos viviendo. A finales de abril, un tuit de @BigDabi bromeaba: «A ver, la segunda temporada de Pandemia ha estado bastante bien, pero creo que colar la subtrama de Kim Jong-un en el último episodio ha sido un pelín forzado, un intento demasiado obvio de sorprender a la audiencia con un cliffhanger inesperado».

Las semanas de confinamiento tienen un segundo efecto: además de frenar la curva de contagio, permiten hacerse a la idea de que todo, de verdad, va a cambiar. Y de que, por primera vez en la vida de muchos (de casi todos), las predicciones no son más que elucubraciones. En la misma serie Years and Years, uno de sus personajes reflexionaba: «Tuvimos suerte los que nacimos en los 80; durante unos 30 años lo pasamos bien. Resulta que estábamos en una pausa». Una pausa en una historia de grandes desastres.

Y poco a poco, mientras atravesamos las etapas del duelo encerrados en casa, mientras nos enfadamos, negociamos y nos deprimimos, en la última etapa, la de la aceptación, llega la gran cura de humildad. Nos damos cuenta de que no somos inmortales –y de que tampoco lo es ningún ser querido–; vamos comprendiendo que, si bien la única esperanza son los científicos, ellos son precisamente los primeros que admiten que aún no tienen respuesta ni tratamiento infalible ni vacuna, y nos invade esa sensación de pérdida de un suelo bajo los pies. Un suelo que, en realidad, nunca habíamos tenido. 

Buscamos consuelo, empatía y respuestas precisamente en todos esos lugares que antes despreciamos: el pasado, el mal llamado tercer mundo, China, Italia, los mayores y los enfermos.

SEGUNDA LECCIÓN: NO SOMOS ESENCIALES

Es paradójico que, en este comienzo de la tercera década del siglo XXI, tan seguros como estábamos de la ciencia y la tecnología para salvarnos de cualquier cosa (y, sí, serán ellas quienes lo hagan), haya habido que recurrir a los mismos métodos con los que ya se combatían las epidemias hace siglos: el aislamiento de los enfermos y el confinamiento. 

Posiblemente haya algún Shakespeare que estas semanas esté escribiendo su Rey Lear, pero la mayoría hemos parado. Nos limitamos a intentar sobrevivir y mantenernos cuerdos, sanos y a salvo (ese stay safe y stay healthy que repiten estos días los angloparlantes). Nos sacamos de en medio y le damos al pause a nuestras vidas para dar tiempo a los científicos e investigadores –ellos a una velocidad similar al fast forward– a dar con la solución a las covincógnitas: por qué a algunos pacientes los mata, cuánto dura la inmunidad, qué tratamiento es más efectivo. Y, por supuesto, la vacuna. Seguramente se convierta en la vacuna más rápida de la historia, pero, acostumbrados a exigir y obtener lo instantáneo, la espera se nos hace eterna.

Desde casa, teletrabajando o no, llega otro aprendizaje: los esenciales son otros. Y, más allá de los médicos, que aunque llevan mucho tiempo precarizados todavía contaban con cierto estatus social, los esenciales son los trabajadores a los que en épocas prepandémicas mucha gente miraba un poco por encima del hombro. Acabar de cajera de supermercado, de limpiadora o cuidadora (todo en femenino, porque son la mayoría), de personal sanitario que no lleva el prefijo doctor delante, era de todo menos prestigioso. Los sueldos reflejaban (reflejan) ese lugar en la base de la pirámide social, obviando que sin base no hay pirámide.

Por otro lado, el éxodo que se vio en los primeros días de gente de la ciudad que se fue a sus segundas residencias en la costa o en el campo dio otra de las bofetadas de la pandemia. Quizá la vida urbanita no era, después de todo, la mejor. Son las personas que eligieron vivir en el campo, las que durante años escucharon a otros decirles que cómo pueden vivir ahí si no hay nada, las que son la envidia del resto. Resulta, descubren ahora muchos habitantes de ciudad por elección, que es en el campo donde está lo esencial: el aire libre, la naturaleza, el espacio.

TERCERA LECCIÓN: CAMBIAREMOS, PERO NO SABEMOS CÓMO

La gripe de 1918, que se calcula que mató a entre el 2% y el 5% de la población mundial (más que las dos guerras mundiales juntas), fue olvidada durante muchos años. La periodista Laura Spinney, en su libro Pale Rider: The Spanish Flu of 1918 and How It Changed The World, dice que la pandemia durante décadas fue recordada de forma personal y no colectiva, «no como un desastre histórico, sino como millones de tragedias privadas y discretas». 

Tuvo, eso sí, muchos efectos (y no todos positivos), entre ellos el de impulsar las políticas de sanidad pública en muchos países, ayudar a poner fin a la Primera Guerra Mundial, encender la mecha del movimiento de independencia en la India o poner las bases para el apartheid en Sudáfrica.

Intentar adivinar qué sacaremos de todo esto, que sí se recordará como algo histórico y no simplemente personal, es algo precipitado. ¿Servirá para acabar para siempre con los recortes en sanidad? ¿Para que los trabajadores esenciales cobren de acuerdo con su esencialidad? ¿Para que dejemos de creer que nuestras acciones no tienen consecuencias que pueden ser globales? ¿Para tomarnos de una vez en serio la crisis climática? ¿Para creer a los científicos cuando coinciden en algo?

La cura de humildad definitiva se dará si no olvidamos que los expertos eran los que admitían su ignorancia, mientras el rey de las certezas, Donald Trump, proponía investigar como cura para el coronavirus la inyección de desinfectante.

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