12 de abril 2017    /   BUSINESS
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‘Lectores sensibles’, el filtro para que los autores no salgan de la senda de lo políticamente correcto  

12 de abril 2017    /   BUSINESS     por          
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Antes de que se publique, ellos se encargan de leer el libro para tratar de detectar posibles descripciones, giros o situaciones que puedan resultar ofensivos para un determinado colectivo. Son los denominados lectores de sensibilidad o lectores sensibles (sensitivite readers) y se han convertido en imprescindibles para varios autores y editoriales.

JK Rowling es una de ellas. La autora de la saga de Harry Potter trata así de evitar revivir lo acontecido tras la publicación de Historia de la magia en Norteamérica en 2016. Las duras críticas por miembros de la comunidad nativa de Estados Unidos, por «distorsionar» leyendas como la de los indios navajo, entre otros motivos, llevó a la escritora a contratar los servicios de esta nueva figura editorial.

Lo políticamente correcto se ha establecido como estándar y los escritores deben mostrarse, ahora más que nunca, especialmente escrupulosos con el tratamiento de personajes pertenecientes a ciertos colectivos o con la descripción de determinadas situaciones. Rigurosidad elevada a la máxima potencia para evitar que lo que se dice o cómo se dice no resulte ofensivo a quien pueda sentirse identificado. De no tenerlo en cuenta, el posible desliz contará con su correspondiente denuncia en redes sociales, un altavoz capaz de imponerse a cualquier campaña promocional por millonaria que esta sea.

Keira Drake lo experimentó en sus propias carnes tras el lanzamiento de The Continent. A algunos lectores afroamericanos no les sentó nada bien el tratamiento que la escritora hacía de este colectivo.

Autores y editoriales han tomado nota de este tipo de situación y por eso, en Estados Unidos, muchos de ellos han comenzado a recurrir a la nómina de sensitivity readers de Writring in the Margins. La escritora Susan Dennard utilizó los servicios de uno de estos lectores para su libro Truthtwitch con el fin de obtener feedback sobre un personaje transgénero. «Estaba nerviosa al escribir un personaje como este para empezar, porque ¿y si me equivoco? Podría hacer un daño importante. Por eso recurrí a la opinión de una persona transgénero», explica a The Independent.

Justine Ireland es la responsable de Writing in the Margins. La escritora decidió crear la base de datos el pasado año tras escuchar a muchos de sus colegas lamentarse por la dificultad que entraña encontrar personas de determinados colectivos minoritarios para contar con su opinión cuando se trata de temas que les conciernen.

«Esta retroalimentación es importante antes de que llegue a los lectores. La mayoría de los autores que recurren a mi lista escriben para niños y jóvenes», explica Ireland en The Independent, donde también asegura que aunque la metedura de pata del escritor no esconda ninguna mala intención, esto no impedirá el consecuente revuelo mediático.

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Por unos 250 dólares, los lectores sensibles escrutan los textos de libros aún sin publicar en busca de posibles descripciones o situaciones estereotipadas que puedan ser consideras racistas, sexistas u ofensivas en cualquier otro sentido. En los últimos meses, esta es una de las labores que desempeña Jennifer Baker. Lee los manuscritos que le pasan las editoriales para constatar que ninguna expresión pueda resultar ofensiva para lectores afroamericanos como ella.

Baker no cree que su labor pueda catalogarse como censora. «Simplemente se trata de ser más respetuoso y responsable a la hora de representar otras culturas», explicaba a QZ. Cuando el periodista de esta publicación le pregunta por las cosas «más atroces» que ha leído como sensitivity reader, Baker se lamenta irónicamente de haber firmado una claúsula de confidencialidad para después citar un par de ejemplos: «Uno de ellos era la historia de amor entre una esclava y su amo. El autor lo trataba como si fuera un romance contemporáneo interracial del tipo “mi padre te odia pero no te preocupes, es así”. ¡No! Se trata de esclavitud. No supo contextualizarlo ni de transmitir el drama que supuso esa lacra. Resultaba ridículo».

En otra ocasión, Baker se enfrentó a un texto en el que todos los personajes negros hablaban como Mummy de Lo que el viento se llevó. «Fue horrible. Fue mi primera experiencia en esta faceta y la peor».

Para ella, su labor es similar a la que realizan los correctores a la hora de pulir un texto desde el punto de vista gramatical. «Eliminamos material racista, islamófobo, homófobo, transfóbico, etc».

Aunque reconoce las connotaciones negativas que puede transmitir el término con el que se les conoce («cuando te sientes marginado te culpan de ser demasiado sensible») asegura que la figura del lector sensible no es tan novedosa como pueda parecer: «Lo que ocurre es que ahora se ha comenzado a estandarizar su presencia en el proceso de publicación de un libro».

Antes de que se publique, ellos se encargan de leer el libro para tratar de detectar posibles descripciones, giros o situaciones que puedan resultar ofensivos para un determinado colectivo. Son los denominados lectores de sensibilidad o lectores sensibles (sensitivite readers) y se han convertido en imprescindibles para varios autores y editoriales.

JK Rowling es una de ellas. La autora de la saga de Harry Potter trata así de evitar revivir lo acontecido tras la publicación de Historia de la magia en Norteamérica en 2016. Las duras críticas por miembros de la comunidad nativa de Estados Unidos, por «distorsionar» leyendas como la de los indios navajo, entre otros motivos, llevó a la escritora a contratar los servicios de esta nueva figura editorial.

Lo políticamente correcto se ha establecido como estándar y los escritores deben mostrarse, ahora más que nunca, especialmente escrupulosos con el tratamiento de personajes pertenecientes a ciertos colectivos o con la descripción de determinadas situaciones. Rigurosidad elevada a la máxima potencia para evitar que lo que se dice o cómo se dice no resulte ofensivo a quien pueda sentirse identificado. De no tenerlo en cuenta, el posible desliz contará con su correspondiente denuncia en redes sociales, un altavoz capaz de imponerse a cualquier campaña promocional por millonaria que esta sea.

Keira Drake lo experimentó en sus propias carnes tras el lanzamiento de The Continent. A algunos lectores afroamericanos no les sentó nada bien el tratamiento que la escritora hacía de este colectivo.

Autores y editoriales han tomado nota de este tipo de situación y por eso, en Estados Unidos, muchos de ellos han comenzado a recurrir a la nómina de sensitivity readers de Writring in the Margins. La escritora Susan Dennard utilizó los servicios de uno de estos lectores para su libro Truthtwitch con el fin de obtener feedback sobre un personaje transgénero. «Estaba nerviosa al escribir un personaje como este para empezar, porque ¿y si me equivoco? Podría hacer un daño importante. Por eso recurrí a la opinión de una persona transgénero», explica a The Independent.

Justine Ireland es la responsable de Writing in the Margins. La escritora decidió crear la base de datos el pasado año tras escuchar a muchos de sus colegas lamentarse por la dificultad que entraña encontrar personas de determinados colectivos minoritarios para contar con su opinión cuando se trata de temas que les conciernen.

«Esta retroalimentación es importante antes de que llegue a los lectores. La mayoría de los autores que recurren a mi lista escriben para niños y jóvenes», explica Ireland en The Independent, donde también asegura que aunque la metedura de pata del escritor no esconda ninguna mala intención, esto no impedirá el consecuente revuelo mediático.

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Por unos 250 dólares, los lectores sensibles escrutan los textos de libros aún sin publicar en busca de posibles descripciones o situaciones estereotipadas que puedan ser consideras racistas, sexistas u ofensivas en cualquier otro sentido. En los últimos meses, esta es una de las labores que desempeña Jennifer Baker. Lee los manuscritos que le pasan las editoriales para constatar que ninguna expresión pueda resultar ofensiva para lectores afroamericanos como ella.

Baker no cree que su labor pueda catalogarse como censora. «Simplemente se trata de ser más respetuoso y responsable a la hora de representar otras culturas», explicaba a QZ. Cuando el periodista de esta publicación le pregunta por las cosas «más atroces» que ha leído como sensitivity reader, Baker se lamenta irónicamente de haber firmado una claúsula de confidencialidad para después citar un par de ejemplos: «Uno de ellos era la historia de amor entre una esclava y su amo. El autor lo trataba como si fuera un romance contemporáneo interracial del tipo “mi padre te odia pero no te preocupes, es así”. ¡No! Se trata de esclavitud. No supo contextualizarlo ni de transmitir el drama que supuso esa lacra. Resultaba ridículo».

En otra ocasión, Baker se enfrentó a un texto en el que todos los personajes negros hablaban como Mummy de Lo que el viento se llevó. «Fue horrible. Fue mi primera experiencia en esta faceta y la peor».

Para ella, su labor es similar a la que realizan los correctores a la hora de pulir un texto desde el punto de vista gramatical. «Eliminamos material racista, islamófobo, homófobo, transfóbico, etc».

Aunque reconoce las connotaciones negativas que puede transmitir el término con el que se les conoce («cuando te sientes marginado te culpan de ser demasiado sensible») asegura que la figura del lector sensible no es tan novedosa como pueda parecer: «Lo que ocurre es que ahora se ha comenzado a estandarizar su presencia en el proceso de publicación de un libro».

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Opiniones 13
  • Es una figura muy interesante. Aunque sinceramente creo que solo debe preocuparle a la gente que lo único que pretende con sus historias es vender y no hacer contenido relevante para la literatura.
    De todas formas me ha parecido un artículo muy interesante. ¡Un saludo!

  • en narrtiva existen varias voces que cuentan, el narrdor y los personejes que con sus voces independientes cuentas sus vidas y mundos.¿las voces de los personajes deben ser politicamente correctos???

  • La linea entre lo riguroso y lo políticamente correcto es finísima. Desde tener que decir, escribir o comentar (por ejemplo) cualquier referencia a los afroamericanos en vez de negros, como si decir negro fuese racista ,personalmente me parece ridiculo. Hay un exceso de no querer ofender o molestar a cualquier colectivo, raza, personas o nacionalidades, que a base de distorsionar y cambiar el lenguaje o la palabra , rebuscando una que «no moleste» cae en lo ridiculo, cursi y muchas veces, estupido.

  • Me sorprenden cada vez más los nichos laborales que se abren con la globalización y todo lo que ella trae consigo. No sé si me gusta la figura del «lector sensible» como censor (en definitiva lo es). Voy a ser positiva y lo voy a pensar desde el punto de vista de la rigurosidad para tratar un colectivo, un contexto, una realidad a los que el escritor no pertenece, pero de los que quiere hablar.
    Interesante artículo.

  • Gran artículo. Me parece bien en el sentido de corregir las deficiencias causadas por una mala investigación o desconocimiento (como que el lenguaje de algún personaje no coincida o sus comportamientos y actitudes) o en el aspecto de presentar de forma realista una situación.
    Sin embargo sí podría ser considerado un ejercicio de censura. Un texto o contenido no puede simplemente censurarse porque un colectivo lo considera ofensivo. Seguro acá en México con la onda de los feminicidios la gente se volvería loca con Breton Ellis y su American Psycho ¿pero sería loable censurarlo? De ninguna forma porque al final el libro tiene otra intención, porque va algo en contra de la libre expresión y porque al final el arte siempre debe buscar generar una emoción, no importa si es la risa o el asco o el odio.
    Y esa maña posmoderna de ser políticamente correcto e hiperestésico no es más que una limitante y un ejercicio de censura. Ahora más que nunca debería de escribirse lo políticamente incorrecto, lo irónico, lo sarcástico y lo cínico.

  • Interesante, aún así, que bueno que no existían estos «lectores» en el siglo XIX. No imagino un cuento de Poe siendo tratado de esa manera. Sería considerado «racista». Muchos de los grandes clásicos no hubiesen pasado el filtro. Al parecer lo políticamente correcto varía con los años y lo seguirá haciendo. Y en cuanto a la mala fama, comparto una frase que escuché en la película The Wolf of Wallstreet «no hay tal cosa como la mala publicidad». Hay libros que de plano son malos y no porque sean políticamente incorrectos, pero ese morbo les da fama. Así que todo depende del autor y lo que quiera lograr. Si sabe que su trabajo no es ofensivo sino puro, no se interesará por tales filtros, sus personajes serán íntegros, pulcros. Aún así qué buena manera de ganar dinero, 250 dólares por leer.

  • Muy interesante. Actualmente incluso los textos técnicos adolecen de libertad en ciertas ocasiones; no se permite que muestren realidades científicas, físicas o matemáticas por temor a la reacción que podrían suponer en ciertos círculos. Hasta los números hay que escribirlos con precaución…

  • Vaya forma de maquillar lo que viene siendo una censura como un casa.
    A ver si hablamos claro y lo contamos todo.
    Los “lectores de sensibilidad” se dan en dos casos:
    1) El autor los contrata para asegurarse de estar reflejando bien una realidad que no conoce del todo.
    2) La editorial los contrata para asegurarse de que el texto no sea ofensivo, cumpla una cuota de representatividad de minorías o cuente con cierta aprobación ideológica.

    ¿Ustedes se dan cuenta de la sutil (y grave) diferencia que hay, verdad? Una cosa es que yo como escritora quiera asegurarme de contextualizar bien una realidad concreta. Ese es el primer caso, y es perfectamente respetable. Pero otra cosa es que exista un hegemonía ideológica con todas las de la ley. Los libros de G.G.Martin, fuera. Ya no valen. Hay machismo, hay violaciones, hay brutalidad, la mayoría de los personajes son caucásicos… Los libros de Julio Verne; fuera también: no hay minorías o están mal representadas. Los libros de H.P.Lovecraft, a la hoguera sin más; hay obvios cortes racistas.
    ¿De verdad no se dan cuenta que una obra literaria no es un panfleto?, ¿que una obra hay que juzgarla por su calidad como obra?
    ¿No ven que esto es tres cuartos de la misma tendencia que trata de retirar de los museos todos los cuadros en los que «se cosifica» a la mujer, o hay desnudos integrales, o se ven escenas de violenta brutalidad o perversión? ¿Qué clase de cabeza hueca, alma vacía, incompetente intelectual y ausente de capacidad crítica hay que ser como editor y como público para no entender que una novela no es un mítin político, que por sobre todas las cosas debe estar libre de cualquier adecuación a lo que se considera correcto aquí, allá, ahora o ayer?
    Hay, hay censura. Hay censura y de la peor: de la orweliana. De la que está maquillada y con un nombre bonito pero sigue siendo lo que es: censura pura y dura. Para evitar el boicot o para prevenir los linchamientos mediáticos de las masas consentidas y acomodadas del primer mundo que hacen la vergüenza ajena de los barrios obreros, los desheredados y los verdaderamente oprimidos que -ni se les ocurra dudarlo- no iban a perder un segundo de su tiempo en escrutar escrupulosamente los libros en busca de algo que los pueda microofender.
    Esto es grave; desapercibido y maquillado pero grave (como suelen ocurrir estas cosas).

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