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23 de octubre 2014    /   IDEAS
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¿Leer novelas te hace mejor persona?

23 de octubre 2014    /   IDEAS     por          
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Todos sospechamos que leer nos hace más sensibles, nos permite introducirnos mejor en otras vidas, lo cual incrementa nuestra capacidad de empatizar con el prójimo.
Sin embargo, no todo es tan bonito como parece. Existen diversas teorías contrapuestas sobre la lectura y el incremento de la empatía, y vale la pena echar un vistazo a las más representativas a fin de responder con más criterios a preguntas como:
¿Los que leen son más sensibles y buenas personas porque leen o leen porque son más sensibles y buenas personas? ¿También leer podría ser una manera de incrementar nuestra negatividad hacia ciertos colectivos o de disfrutar con sus desgracias? ¿Leer, en definitiva, nos hace mejores en lo tocante a la moral o solo es una ilusión cognitiva?
 
El bien
Los psicólogos Raymond Mar y Keith Oatley tienen claro que la lectura potencia la empatía y el progreso humanitario, como explican ampliamente en su estudio publicado en Journal of Research in Personality, ‘Bookworms versus nerds: Exposure to Fiction, versus non-fiction, divergent associations with social ability, and the simulation of fictional social worlds‘.
Libros como los de la historiadora Lynn Hunt o la filósofa Martha Nussbaum apoyan esta tesis. Hunt, por ejemplo, sostiene que a finales del siglo XVIII hubo un apogeo de humanismo que coincidió con la pujanza de la novela epistolar, un género en el que el relato se desarrolla a través de las propias palabras de un personaje. Más tarde, por ejemplo, encontramos ejemplos muy concretos.
El sentimiento abolicionista en Estados Unidos coincidió con la publicación de La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Y los malos tratos infantiles en orfanatos empezaron a combatirse justo después de la publicación de novelas como Oliver Twist (1838) y La leyenda de Nicholas Nickleby (1839), ambas de Charles Dickens. Tal y como lo explica el psicólogo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Cuando sabemos cómo piensa otra persona, observamos el mundo desde la posición estratégica de esa persona. No solo captamos visiones y sonidos que no podríamos experimentar directamente, sino que entramos en esa mente ajena y compartimos temporalmente sus actitudes y reacciones. (…) Es fácil suponer que el hábito de leer las palabras de otras personas nos puede habituar a entrar en su mente, con todos sus placeres y aflicciones. Introducirse siquiera por un instante en la perspectiva de alguien que se está poniendo negro en la picota, apartando desesperado leños ardientes o retorciéndose bajo doscientos latigazos podría hacer que la persona reflexionara sobre si alguien debe jamás sufrir tales crueldades.

De hecho, la ficción puede conmover más que la no ficción, hasta el punto de que podría ser un vehículo más eficaz para fabricar buenas personas. Un ejemplo lo encontramos en el experimento literario del que habla Jèmeljan Hakemulder en su libro The Moral Laboratory.
En él, se analizan dos obras que hablan de lo mismo: la situación de la mujer argelina. Las dos hablan desde el punto de vista de una mujer argelina. Pero la primera, The Displaced, de Malike Mokkeddem, es de ficción; la segunda, Price of Honor, de Jan Goodwin, es de no ficción. Los participantes que leyeron la novela se mostraron más solidarios con las mujeres argelinas que quienes leyeron el relato real.
 
El mal
La experta en cómo la literatura ha influido en el feminismo Suzanne Keen contradice la idea de que, en general, leer nos haga mejores personas. Esa idea, a su juicio, resulta demasiado bonita, y superficial, propia de un aforismo de Pablo Coelho. En su obra Empathy and the Novel, Keen señala que la ficción es capaz de cultivar la empatía, en efecto, pero también de todo lo contrario. Todo depende de la ficción que consumamos y de nuestra personalidad. A fin de cuentas, todos cultivamos nuestro sadismo al reírnos de Mr. Bean.
Disfrutar de la desgracia ajena es un sentimiento particularmente ubicuo, un sentimiento que en alemán tiene hasta su propia terminología: Schadenfreude. En un estudio publicado en Science que buscaba este efecto, se sometió a una serie de estudiantes japoneses varones a una máquina de resonancia magnética mientras se ponían en el lugar de un tipo sin suerte que busca trabajo en una multinacional. El tipo es verdaderamente mediocre en todas las parcelas de su vida.
Los estudiantes, una vez asumido el papel de perdedores, tienen que imaginar que se encuentran con dos compañeros de clase. Uno ha triunfado en la vida y el otro ha fracasado como él. Tras leer una serie de desgracias que le habrían sucedido presuntamente al triunfador (por ejemplo, que tenía problemas financieros o que debió cancelar sus últimas vacaciones a causa de un huracán), la máquina de RM revelaba cómo sus cerebros se regodeaban en el placer.
Lo relevante es que esta constelación cerebral no se activaba cuando los supuestos compañeros de clase que se encuentran eran mujeres (porque no son competidores directos; lo mismo sucedía si los participantes eran mujeres que se topaban con hombres, en vez de otras mujeres).
Imaginemos que un libro actúa de la misma forma. Leemos sobre alguien que nos cae antipático (quizá porque él ha triunfado y nosotros no), y entonces la historia empieza a narrar toda clase de desgracias. Sentiremos un placer malsano, muy alejado de la empatía, cada vez que leamos acerca de sus tribulaciones.
Leer ficción te hace puntuar más alto en pruebas de empatía y perspicacia social, pero no sabemos si esto es causa de ello, es decir, si los lectores se vuelven empáticos o son los empáticos los que se vuelven lectores. Además, leer de verdad, introduciéndonos en la trama, comprendiéndola y asimilándola, es una habilidad relativamente reciente. Hace apenas un siglo, leer no solo era cosa de unos pocos, sino que de esos pocos, solo unos poquísimos leían comprendiendo de verdad lo que leían. Como ha observado el investigador educativo Richard Rothstein:

Muchos reclutas de la Primera Guerra Mundial fallaban en un test escrito de inteligencia básica porque, aunque hubieran asistido a la escuela varios años y aprendido a leer en voz alta, el ejército les pedía que entendieran e interpretaran lo leído, destreza que para muchos era desconocida.

Tampoco hay que olvidar el ramillete gigantesco de escritores que fueron profundamente inmorales, egocéntricos, ciegos empáticos y fomentadores de la autodestrucción. Lancelot y otros relatos de la caballería medieval, ambientados en el siglo VI y escritos entre los siglos XI y XIII son obras tan gore que hoy en día nos resultan indigestas. Thomas de Quincey describe metódicamente los asesinatos cometidos por un tal John Williams en 1812. James A. Harden-Hickey, en 1894, incitó a la muerte a muchos lectores con Euthanasia: The Aesthetics of Suicide (Eutanasia: la estética del suicidio). Y, de hecho, el efecto Werther, empleado en sociología para explicar extrañas oleadas de suicidios debido a la influencia de los medios de comunicación, procede de la obra de Las penas del joven Werther, de Goethe, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista. Los propios autores, de hecho, tienen el doble de probabilidad de suicidarse según una estudio llevado a cabo por investigadores del Instituto Karolinska (Suecia), que establece que existe un vínculo entre enfermedades mentales y la llamada vocación artística. Recordemos a David Foster Wallace, Yukio Mishima, John Kennedy Toole, Sylvia Plath, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Emilio Salgari o Mariano José de Larra.
De modo que quién sabe. Quizás deberíamos seguir leyendo por otros motivos. Porque disfrutamos, porque nos permite vivir otras vidas, porque comprendemos otras emociones. No sabemos si eso nos hace mejores o peores personas, pero sin duda nos convierte en personas mucho más interesantes.

Todos sospechamos que leer nos hace más sensibles, nos permite introducirnos mejor en otras vidas, lo cual incrementa nuestra capacidad de empatizar con el prójimo.
Sin embargo, no todo es tan bonito como parece. Existen diversas teorías contrapuestas sobre la lectura y el incremento de la empatía, y vale la pena echar un vistazo a las más representativas a fin de responder con más criterios a preguntas como:
¿Los que leen son más sensibles y buenas personas porque leen o leen porque son más sensibles y buenas personas? ¿También leer podría ser una manera de incrementar nuestra negatividad hacia ciertos colectivos o de disfrutar con sus desgracias? ¿Leer, en definitiva, nos hace mejores en lo tocante a la moral o solo es una ilusión cognitiva?
 
El bien
Los psicólogos Raymond Mar y Keith Oatley tienen claro que la lectura potencia la empatía y el progreso humanitario, como explican ampliamente en su estudio publicado en Journal of Research in Personality, ‘Bookworms versus nerds: Exposure to Fiction, versus non-fiction, divergent associations with social ability, and the simulation of fictional social worlds‘.
Libros como los de la historiadora Lynn Hunt o la filósofa Martha Nussbaum apoyan esta tesis. Hunt, por ejemplo, sostiene que a finales del siglo XVIII hubo un apogeo de humanismo que coincidió con la pujanza de la novela epistolar, un género en el que el relato se desarrolla a través de las propias palabras de un personaje. Más tarde, por ejemplo, encontramos ejemplos muy concretos.
El sentimiento abolicionista en Estados Unidos coincidió con la publicación de La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stowe. Y los malos tratos infantiles en orfanatos empezaron a combatirse justo después de la publicación de novelas como Oliver Twist (1838) y La leyenda de Nicholas Nickleby (1839), ambas de Charles Dickens. Tal y como lo explica el psicólogo Steven Pinker en su libro Los ángeles que llevamos dentro:

Cuando sabemos cómo piensa otra persona, observamos el mundo desde la posición estratégica de esa persona. No solo captamos visiones y sonidos que no podríamos experimentar directamente, sino que entramos en esa mente ajena y compartimos temporalmente sus actitudes y reacciones. (…) Es fácil suponer que el hábito de leer las palabras de otras personas nos puede habituar a entrar en su mente, con todos sus placeres y aflicciones. Introducirse siquiera por un instante en la perspectiva de alguien que se está poniendo negro en la picota, apartando desesperado leños ardientes o retorciéndose bajo doscientos latigazos podría hacer que la persona reflexionara sobre si alguien debe jamás sufrir tales crueldades.

De hecho, la ficción puede conmover más que la no ficción, hasta el punto de que podría ser un vehículo más eficaz para fabricar buenas personas. Un ejemplo lo encontramos en el experimento literario del que habla Jèmeljan Hakemulder en su libro The Moral Laboratory.
En él, se analizan dos obras que hablan de lo mismo: la situación de la mujer argelina. Las dos hablan desde el punto de vista de una mujer argelina. Pero la primera, The Displaced, de Malike Mokkeddem, es de ficción; la segunda, Price of Honor, de Jan Goodwin, es de no ficción. Los participantes que leyeron la novela se mostraron más solidarios con las mujeres argelinas que quienes leyeron el relato real.
 
El mal
La experta en cómo la literatura ha influido en el feminismo Suzanne Keen contradice la idea de que, en general, leer nos haga mejores personas. Esa idea, a su juicio, resulta demasiado bonita, y superficial, propia de un aforismo de Pablo Coelho. En su obra Empathy and the Novel, Keen señala que la ficción es capaz de cultivar la empatía, en efecto, pero también de todo lo contrario. Todo depende de la ficción que consumamos y de nuestra personalidad. A fin de cuentas, todos cultivamos nuestro sadismo al reírnos de Mr. Bean.
Disfrutar de la desgracia ajena es un sentimiento particularmente ubicuo, un sentimiento que en alemán tiene hasta su propia terminología: Schadenfreude. En un estudio publicado en Science que buscaba este efecto, se sometió a una serie de estudiantes japoneses varones a una máquina de resonancia magnética mientras se ponían en el lugar de un tipo sin suerte que busca trabajo en una multinacional. El tipo es verdaderamente mediocre en todas las parcelas de su vida.
Los estudiantes, una vez asumido el papel de perdedores, tienen que imaginar que se encuentran con dos compañeros de clase. Uno ha triunfado en la vida y el otro ha fracasado como él. Tras leer una serie de desgracias que le habrían sucedido presuntamente al triunfador (por ejemplo, que tenía problemas financieros o que debió cancelar sus últimas vacaciones a causa de un huracán), la máquina de RM revelaba cómo sus cerebros se regodeaban en el placer.
Lo relevante es que esta constelación cerebral no se activaba cuando los supuestos compañeros de clase que se encuentran eran mujeres (porque no son competidores directos; lo mismo sucedía si los participantes eran mujeres que se topaban con hombres, en vez de otras mujeres).
Imaginemos que un libro actúa de la misma forma. Leemos sobre alguien que nos cae antipático (quizá porque él ha triunfado y nosotros no), y entonces la historia empieza a narrar toda clase de desgracias. Sentiremos un placer malsano, muy alejado de la empatía, cada vez que leamos acerca de sus tribulaciones.
Leer ficción te hace puntuar más alto en pruebas de empatía y perspicacia social, pero no sabemos si esto es causa de ello, es decir, si los lectores se vuelven empáticos o son los empáticos los que se vuelven lectores. Además, leer de verdad, introduciéndonos en la trama, comprendiéndola y asimilándola, es una habilidad relativamente reciente. Hace apenas un siglo, leer no solo era cosa de unos pocos, sino que de esos pocos, solo unos poquísimos leían comprendiendo de verdad lo que leían. Como ha observado el investigador educativo Richard Rothstein:

Muchos reclutas de la Primera Guerra Mundial fallaban en un test escrito de inteligencia básica porque, aunque hubieran asistido a la escuela varios años y aprendido a leer en voz alta, el ejército les pedía que entendieran e interpretaran lo leído, destreza que para muchos era desconocida.

Tampoco hay que olvidar el ramillete gigantesco de escritores que fueron profundamente inmorales, egocéntricos, ciegos empáticos y fomentadores de la autodestrucción. Lancelot y otros relatos de la caballería medieval, ambientados en el siglo VI y escritos entre los siglos XI y XIII son obras tan gore que hoy en día nos resultan indigestas. Thomas de Quincey describe metódicamente los asesinatos cometidos por un tal John Williams en 1812. James A. Harden-Hickey, en 1894, incitó a la muerte a muchos lectores con Euthanasia: The Aesthetics of Suicide (Eutanasia: la estética del suicidio). Y, de hecho, el efecto Werther, empleado en sociología para explicar extrañas oleadas de suicidios debido a la influencia de los medios de comunicación, procede de la obra de Las penas del joven Werther, de Goethe, una novela muy leída en su día por la juventud, que empezó a suicidarse de formas que parecían imitar la del protagonista. Los propios autores, de hecho, tienen el doble de probabilidad de suicidarse según una estudio llevado a cabo por investigadores del Instituto Karolinska (Suecia), que establece que existe un vínculo entre enfermedades mentales y la llamada vocación artística. Recordemos a David Foster Wallace, Yukio Mishima, John Kennedy Toole, Sylvia Plath, Ernest Hemingway, Virginia Woolf, Emilio Salgari o Mariano José de Larra.
De modo que quién sabe. Quizás deberíamos seguir leyendo por otros motivos. Porque disfrutamos, porque nos permite vivir otras vidas, porque comprendemos otras emociones. No sabemos si eso nos hace mejores o peores personas, pero sin duda nos convierte en personas mucho más interesantes.

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