11 de diciembre 2019    /   ENTRETENIMIENTO
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Y tú qué prefieres, ¿leer o escuchar?

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En sus orígenes, la relación de los humanos con la realidad era inmediata, natural, obvia. Usaba sus ojos para ver, los oídos para escuchar, el olfato para oler, el tacto para sentir, sin ningún elemento perturbador que se interpusiera entre ellos.

Pero la necesidad de transmitir los hallazgos o las experiencias a otros congéneres que no las hubieran vivido les obligó a incorporar el primer interface de la historia: el lenguaje hablado.

Fue un gran salto en la evolución humana. Sin embargo, seguía teniendo una limitación enorme a la hora de conseguir que lo transmitido permaneciera en el tiempo. Las palabras se las lleva el viento, seguimos diciendo hoy en día. Al igual que se las llevaba entonces, nada más ser pronunciadas, por algún miembro de la tribu.

De ahí nació la segunda gran interface: la palabra escrita.

En sus comienzos, la escritura no pretendía reproducir el sistema hablado. Por eso sus primeras formas fueron logográficas, basadas exclusivamente en elementos pictográficos e ideográficos. Pero enseguida nos dimos cuenta de que la forma más eficaz (aunque también más compleja) de transmitir la información de manera precisa era a través de la fonografía y la sintaxis del idioma hablado.

De esta forma, la escritura logosilábica adquirió un estatus tal que acabó relegando al lenguaje hablado a un segundo plano.

Esa fue la razón por la que escribanos, amanuenses y letrados comenzaron a mirar por encima del hombro al analfabeto, conscientes de que contaban con una herramienta inaccesible para él.

Una discriminación presuntuosa y excesiva, pues si bien resulta incuestionable el poder de la escritura, esta jamás ha conseguido desprenderse de sus limitaciones de origen.

La primera es que se trata de un lenguaje que requiere ser estudiado, y no como el habla, que se aprende por mera exposición durante la infancia.

La segunda es que, con todo, la escritura es tan solo un complemento de lo hablado. No existe en nuestra historia ningún lenguaje natural exclusivamente escrito.

La tercera, y muy importante, es la carencia emotiva de lo textual. El sistema ortográfico no puede expresar silencios, pausas, entonaciones. Y eso pese a la reciente incorporación de los emoticones en nuestros mensajes digitales.

Este desapego entre lo hablado y lo escrito ha sido especialmente manifiesto en el campo de las narraciones. Las historias, las fábulas, las leyendas han sido contadas simultáneamente por libros y juglares durante siglos tratando de atraerse, cada uno con sus medios, el favor del público.

Hasta que finalmente apareció un género literario que parecía haber conseguido el triunfo definitivo para uno de los dos bandos: la novela.

La novela, por su estructura y duración, encontró un territorio en el que el lenguaje hablado no podía competir. Eran historias largas en las que los personajes podían evolucionar con lentitud, mostrando así una ficción que conseguía fusionarse con la propia realidad del lector.

Ni la aparición de la radio, el cine y la televisión pudieron con ella. Las películas, las radionovelas, las telenovelas fueron tan solo sucedáneos incapaces de alcanzar la hondura y el sosiego de la prolongada narración escrita.

Pero los nuevos medios de comunicación de masas sí consiguieron una cosa: devolverle al lector el placer original de la realidad inmediata, vista y escuchada, sin tener que pasar por el esfuerzo intelectual que toda lectura conlleva.

Solo faltó la llegada de las plataformas digitales y la creación de las series que ellas mismas producen para lanzarle un torpedo a la línea de flotación de las novelas. Ahora, las series se muestran como el mejor de los dos mundos. Poseen las características de la novela (longitud, episodios, temporadas) y nos evitan tener que realizar ese esfuerzo de lectura que cualquier libro exige.

Esa es la razón por la que son cada vez más las personas que, puestos a elegir, ocupan su breve tiempo de ocio en ver series en lugar de leer novelas.

Para algunos esto es una tragedia, pues nos convierte en seres pasivos frente a una fórmula que no nos exige el menor esfuerzo intelectual, cercenando así nuestra capacidad imaginativa.

Para otros, es una gran aportación de las nuevas tecnologías, que nos permite disfrutar de las mejores narraciones de ficción a las que no accederíamos a través de la lectura tras un agotador día de trabajo.

Al final, la discusión es la de siempre: leer o escuchar. Una disputa que jamás tendrá un ganador definitivo, porque la realidad es que ambos mundos se necesitan. No se puede leer sin primero escribir. Y no se puede escribir sin primero escuchar.

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Pero la necesidad de transmitir los hallazgos o las experiencias a otros congéneres que no las hubieran vivido les obligó a incorporar el primer interface de la historia: el lenguaje hablado.

Fue un gran salto en la evolución humana. Sin embargo, seguía teniendo una limitación enorme a la hora de conseguir que lo transmitido permaneciera en el tiempo. Las palabras se las lleva el viento, seguimos diciendo hoy en día. Al igual que se las llevaba entonces, nada más ser pronunciadas, por algún miembro de la tribu.

De ahí nació la segunda gran interface: la palabra escrita.

En sus comienzos, la escritura no pretendía reproducir el sistema hablado. Por eso sus primeras formas fueron logográficas, basadas exclusivamente en elementos pictográficos e ideográficos. Pero enseguida nos dimos cuenta de que la forma más eficaz (aunque también más compleja) de transmitir la información de manera precisa era a través de la fonografía y la sintaxis del idioma hablado.

De esta forma, la escritura logosilábica adquirió un estatus tal que acabó relegando al lenguaje hablado a un segundo plano.

Esa fue la razón por la que escribanos, amanuenses y letrados comenzaron a mirar por encima del hombro al analfabeto, conscientes de que contaban con una herramienta inaccesible para él.

Una discriminación presuntuosa y excesiva, pues si bien resulta incuestionable el poder de la escritura, esta jamás ha conseguido desprenderse de sus limitaciones de origen.

La primera es que se trata de un lenguaje que requiere ser estudiado, y no como el habla, que se aprende por mera exposición durante la infancia.

La segunda es que, con todo, la escritura es tan solo un complemento de lo hablado. No existe en nuestra historia ningún lenguaje natural exclusivamente escrito.

La tercera, y muy importante, es la carencia emotiva de lo textual. El sistema ortográfico no puede expresar silencios, pausas, entonaciones. Y eso pese a la reciente incorporación de los emoticones en nuestros mensajes digitales.

Este desapego entre lo hablado y lo escrito ha sido especialmente manifiesto en el campo de las narraciones. Las historias, las fábulas, las leyendas han sido contadas simultáneamente por libros y juglares durante siglos tratando de atraerse, cada uno con sus medios, el favor del público.

Hasta que finalmente apareció un género literario que parecía haber conseguido el triunfo definitivo para uno de los dos bandos: la novela.

La novela, por su estructura y duración, encontró un territorio en el que el lenguaje hablado no podía competir. Eran historias largas en las que los personajes podían evolucionar con lentitud, mostrando así una ficción que conseguía fusionarse con la propia realidad del lector.

Ni la aparición de la radio, el cine y la televisión pudieron con ella. Las películas, las radionovelas, las telenovelas fueron tan solo sucedáneos incapaces de alcanzar la hondura y el sosiego de la prolongada narración escrita.

Pero los nuevos medios de comunicación de masas sí consiguieron una cosa: devolverle al lector el placer original de la realidad inmediata, vista y escuchada, sin tener que pasar por el esfuerzo intelectual que toda lectura conlleva.

Solo faltó la llegada de las plataformas digitales y la creación de las series que ellas mismas producen para lanzarle un torpedo a la línea de flotación de las novelas. Ahora, las series se muestran como el mejor de los dos mundos. Poseen las características de la novela (longitud, episodios, temporadas) y nos evitan tener que realizar ese esfuerzo de lectura que cualquier libro exige.

Esa es la razón por la que son cada vez más las personas que, puestos a elegir, ocupan su breve tiempo de ocio en ver series en lugar de leer novelas.

Para algunos esto es una tragedia, pues nos convierte en seres pasivos frente a una fórmula que no nos exige el menor esfuerzo intelectual, cercenando así nuestra capacidad imaginativa.

Para otros, es una gran aportación de las nuevas tecnologías, que nos permite disfrutar de las mejores narraciones de ficción a las que no accederíamos a través de la lectura tras un agotador día de trabajo.

Al final, la discusión es la de siempre: leer o escuchar. Una disputa que jamás tendrá un ganador definitivo, porque la realidad es que ambos mundos se necesitan. No se puede leer sin primero escribir. Y no se puede escribir sin primero escuchar.

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