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30 de septiembre 2016    /   DIGITAL
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¿De verdad has leído todos los términos y condiciones?

30 de septiembre 2016    /   DIGITAL     por          
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Quienes gustan de leer mientras están haciendo aguas mayores no dudan en agarrar un frasco de champú para analizar exhaustivamente todo el texto impreso en la botella, a falta de algún libro o revista.

Todos esos términos y condiciones que a menudo nos ponen delante antes de acceder a los servicios de Facebook, Google, LinkedIn y otras plataformas tienen un aspecto técnico, monocorde y aburrido muy similar al socorrido frasco de champú, pero en estos casos no solemos enfrascarnos en su lectura exhaustiva. Y tal vez todos nosotros estamos cometiendo un gravísimo error al no hacerlo.

 

Casi nadie lee nada

Por ejemplo, ¿sabías que al firmar que has leído todos los términos y condiciones de acuerdo con LinkedIn, otorgas un acceso irrevocable y perpetuo a cualquier información que hayas publicado alguna vez en su sitio web? Y tres meses después de que Facebook adquiriera Instagram, todas los nombres y fotografías de Instagram podrían ser vendidos a terceros, como, por ejemplo, imágenes de archivo para un diario o una revista.

Sin embargo, leer todos los términos y condiciones, a su vez, es una entelequia, porque supone demasiado tiempo: según un estudio de la Carnegie Mellon University, el estadounidense medio se topa con 1.462 políticas de privacidad al año, cada una de ellas con una longitud media de 2.518 palabras.

Lo que está ocurriendo, de algún modo, se parece a lo que ocurría en la novela distópica 1984, de George Orwell, pero mucho peor: si en la novela se describía un estado de vigilancia gubernamental omnipresente controlado por una élite privilegiada que perseguía el «crimen de pensamiento», en el alud de términos y condiciones de Google o Facebook no podemos acusar a un gobierno al estilo Gran Hermano por su control hacia nosotros: sencillamente se lo hemos cedido en el ámbito legal, como denuncia el experto en seguridad Marc Goodman en Los delitos del futuro:

Hemos permitido que nos pongan un precio y nos conviertan en una mercancía, y lo hemos hecho de manera gratuita, regalando miles de millones de dólares por nuestros datos personales a nuevas élites que atisbaron una oportunidad y la aprovecharon. Aceptamos todos sus términos de servicio unilaterales sin detenernos siquiera a leerlos y ellos maximizan sus beneficios, sin que ninguna regulación o supervisión les ponga trabas.

 

El precio de la estafa

No estamos ante una estafa en el sentido jurídico del término, pero finalmente deviene en ello porque ni tenemos tiempo suficiente ni conocimientos necesarios para comprender y rubricar todos los términos y condiciones y servicios. Hace unos años, este papeleo se limitaba al contrato del teléfono móvil o a la tarjeta de crédito, pero ahora proliferan en decenas y decenas de servicios, apps y plataformas online que usamos a todas horas.

Esta maraña de información incomprensible sobre los derechos que cedemos a las empresas se traduce en pérdidas económicas reales, digamos el monto de la estafa, como revela, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por el Wall Street Journal.

En él se estima que estos crípticos términos y condiciones que nos apresuramos a firmar cuestan a cada hogar estadounidense unos 2.000 dólares al año. Todo debido a una ininteligibilidad y una cantidad enorme de frases, a lo que se suman fuentes tipográficas cada vez más pequeñas.

Los términos y condiciones son cada vez más extensos, probablemente para desincentivar la lectura, además de que obviamente los acuerdos legales son más complejos. Por ejemplo, entre 2005 y 2015, la política de privacidad de Facebook ha pasado de tener unas 1.000 palabras a superar las 9.000.

Si Hamlet tiene una extensión de 30.000 palabras, ¿sabéis cuántas tiene la política de privacidad de PayPal? Más de 36.000 palabras.

Incluso si nos leemos el equivalente a la pieza más larga de Shakespeare para sortear el campo de minas que son los términos y condiciones del contrato, llega el apartado de la configuración de privacidad, y esta puede cambiar cada vez que se alteren los ajustes del sistema o se actualice la versión, tal y como abunda Goodman:

Facebook tiene cincuenta ajustes de privacidad distintos con 170 opciones […]. A menos que compruebes con frecuencia esos ajustes, cosa que deberías hacer, descubrirás que Facebook ha desatendido completamente los ajustes de privacidad explícitos que habías establecido previamente.

Incluso si huyes de las redes sociales, también puedes ser víctima de estos abusos sencillamente por la pereza de leer todos los términos y condiciones. Imagina que usas Google Drive para escribir un artículo o incluso una novela. Cada usuario cuenta con 15 gigabytes de espacio gratuito para almacenar sus archivos, ampliables mediante diferentes planes de pago. Es accesible a través del sitio web desde cualquier ordenador y dispone de aplicaciones para Android e iOS que permiten editar documentos y hojas de cálculo. Puedes crear textos colaborativos con otras personas, todo online. Una maravilla, ¿verdad?

Pero la letra pequeña de Google Drive ha llegado a ser tan abusiva que literalmente se podían apropiar de los derechos de explotación de todo lo que crearas. Obviamente, si eres un autor de éxito que ya ha firmado un contrato o dispone de buenos abogados, quizá las cosas no son tan fáciles. Pero es algo que estás firmando expresamente, al menos hasta que algunos usuarios avanzados empezaron a protestar. Google adujo que realmente era una mala interpretación del largo texto de términos y condiciones, así que hizo algunos cambios para que no pareciera tan draconiano.

La próxima vez que os atreváis con esa clase de literatura, ya sabéis, habrá que hacer exégesis.

 

Quienes gustan de leer mientras están haciendo aguas mayores no dudan en agarrar un frasco de champú para analizar exhaustivamente todo el texto impreso en la botella, a falta de algún libro o revista.

Todos esos términos y condiciones que a menudo nos ponen delante antes de acceder a los servicios de Facebook, Google, LinkedIn y otras plataformas tienen un aspecto técnico, monocorde y aburrido muy similar al socorrido frasco de champú, pero en estos casos no solemos enfrascarnos en su lectura exhaustiva. Y tal vez todos nosotros estamos cometiendo un gravísimo error al no hacerlo.

 

Casi nadie lee nada

Por ejemplo, ¿sabías que al firmar que has leído todos los términos y condiciones de acuerdo con LinkedIn, otorgas un acceso irrevocable y perpetuo a cualquier información que hayas publicado alguna vez en su sitio web? Y tres meses después de que Facebook adquiriera Instagram, todas los nombres y fotografías de Instagram podrían ser vendidos a terceros, como, por ejemplo, imágenes de archivo para un diario o una revista.

Sin embargo, leer todos los términos y condiciones, a su vez, es una entelequia, porque supone demasiado tiempo: según un estudio de la Carnegie Mellon University, el estadounidense medio se topa con 1.462 políticas de privacidad al año, cada una de ellas con una longitud media de 2.518 palabras.

Lo que está ocurriendo, de algún modo, se parece a lo que ocurría en la novela distópica 1984, de George Orwell, pero mucho peor: si en la novela se describía un estado de vigilancia gubernamental omnipresente controlado por una élite privilegiada que perseguía el «crimen de pensamiento», en el alud de términos y condiciones de Google o Facebook no podemos acusar a un gobierno al estilo Gran Hermano por su control hacia nosotros: sencillamente se lo hemos cedido en el ámbito legal, como denuncia el experto en seguridad Marc Goodman en Los delitos del futuro:

Hemos permitido que nos pongan un precio y nos conviertan en una mercancía, y lo hemos hecho de manera gratuita, regalando miles de millones de dólares por nuestros datos personales a nuevas élites que atisbaron una oportunidad y la aprovecharon. Aceptamos todos sus términos de servicio unilaterales sin detenernos siquiera a leerlos y ellos maximizan sus beneficios, sin que ninguna regulación o supervisión les ponga trabas.

 

El precio de la estafa

No estamos ante una estafa en el sentido jurídico del término, pero finalmente deviene en ello porque ni tenemos tiempo suficiente ni conocimientos necesarios para comprender y rubricar todos los términos y condiciones y servicios. Hace unos años, este papeleo se limitaba al contrato del teléfono móvil o a la tarjeta de crédito, pero ahora proliferan en decenas y decenas de servicios, apps y plataformas online que usamos a todas horas.

Esta maraña de información incomprensible sobre los derechos que cedemos a las empresas se traduce en pérdidas económicas reales, digamos el monto de la estafa, como revela, por ejemplo, un estudio llevado a cabo por el Wall Street Journal.

En él se estima que estos crípticos términos y condiciones que nos apresuramos a firmar cuestan a cada hogar estadounidense unos 2.000 dólares al año. Todo debido a una ininteligibilidad y una cantidad enorme de frases, a lo que se suman fuentes tipográficas cada vez más pequeñas.

Los términos y condiciones son cada vez más extensos, probablemente para desincentivar la lectura, además de que obviamente los acuerdos legales son más complejos. Por ejemplo, entre 2005 y 2015, la política de privacidad de Facebook ha pasado de tener unas 1.000 palabras a superar las 9.000.

Si Hamlet tiene una extensión de 30.000 palabras, ¿sabéis cuántas tiene la política de privacidad de PayPal? Más de 36.000 palabras.

Incluso si nos leemos el equivalente a la pieza más larga de Shakespeare para sortear el campo de minas que son los términos y condiciones del contrato, llega el apartado de la configuración de privacidad, y esta puede cambiar cada vez que se alteren los ajustes del sistema o se actualice la versión, tal y como abunda Goodman:

Facebook tiene cincuenta ajustes de privacidad distintos con 170 opciones […]. A menos que compruebes con frecuencia esos ajustes, cosa que deberías hacer, descubrirás que Facebook ha desatendido completamente los ajustes de privacidad explícitos que habías establecido previamente.

Incluso si huyes de las redes sociales, también puedes ser víctima de estos abusos sencillamente por la pereza de leer todos los términos y condiciones. Imagina que usas Google Drive para escribir un artículo o incluso una novela. Cada usuario cuenta con 15 gigabytes de espacio gratuito para almacenar sus archivos, ampliables mediante diferentes planes de pago. Es accesible a través del sitio web desde cualquier ordenador y dispone de aplicaciones para Android e iOS que permiten editar documentos y hojas de cálculo. Puedes crear textos colaborativos con otras personas, todo online. Una maravilla, ¿verdad?

Pero la letra pequeña de Google Drive ha llegado a ser tan abusiva que literalmente se podían apropiar de los derechos de explotación de todo lo que crearas. Obviamente, si eres un autor de éxito que ya ha firmado un contrato o dispone de buenos abogados, quizá las cosas no son tan fáciles. Pero es algo que estás firmando expresamente, al menos hasta que algunos usuarios avanzados empezaron a protestar. Google adujo que realmente era una mala interpretación del largo texto de términos y condiciones, así que hizo algunos cambios para que no pareciera tan draconiano.

La próxima vez que os atreváis con esa clase de literatura, ya sabéis, habrá que hacer exégesis.

 

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