28 de febrero 2018    /   BUSINESS
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Leer un libro al día es una meta realizable (si te sacas de encima un puñado de prejuicios)

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Sir Francis Bacon dijo una vez: «Algunos libros deben probarse, otros deben tragarse y algunos deben masticarse y digerirse; es decir, algunos libros deben leerse solo en partes, otros deben leerse, pero no con curiosidad, y unos pocos son para ser leídos por completo, y con diligencia y atención».

El problema es que hemos sacralizado de tal modo el libro que arrastramos una serie de inconvenientes que nos impiden leer muchos libros en nuestra vida. Por ejemplo, que hemos de leer de principio a fin un libro aunque nos parezca un tostón. Que hemos de leer lo que los demás leen. Que hemos de leer aquello a lo que nos obligan en el colegio. Que un libro no es un artefacto distinto conceptualmente a un programa de televisión: que no está permitido hacer zapping, saltar una parte, echar un vistazo, leer dos párrafos y dejarlo para otro día.

Los libros pueden consumirse para obtener deleite estético, para ponerse en la piel de otro personaje y para vivir aventuras. Estas experiencias precisan de sosiego, concentración y lectura sin apremios. Pero también hay libros que sirven para que aprendamos algo, para mejorar nuestra carrera profesional, para plantearnos asuntos que nos habían pasado desapercibidos. En tales casos, la lectura podría ser mucho más ligera, más de ir al grano que de leer cada palabra deleitándose en su sonoridad.

Los que leen con frecuencia, en este punto, son capaces de realizar lecturas en diagonal que les permiten escanear una página en pocos segundos. Si lo que aparece en la página no interesa, ya se sabe, es redundante o es paja, puede saltarse a la siguiente página, hasta que encontremos un fragmento que sí requiere de la lectura completa y sostenida, incluso subrayando y tomando notas. Si abordamos así algunos libros, podemos asumir la lectura de uno en un par de horas, según la extensión.

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Aceleración

Una vez nos asomamos a un libro con la intención de asimilar el conocimiento que hay en él o simplemente de informarnos de lo que pone en su interior, entonces hay algunas reglas universales que podemos seguir.

Primera. Leer en internet es mucho menos eficiente. Nos podemos concentrar mejor con el libro tradicional. Si recurrimos a un ebook, debemos evitar que tenga conexión a la red y desactivar cualquier hipervínculo. Tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

Descifrar hipertextos es una actividad que incrementa sustancialmente la carga cognitiva de los lectores; de ahí que debilite su capacidad de comprender y retener lo que están leyendo. Un estudio de 1989 demostró que los lectores de hipertextos a menudo acababan vagando distraídamente «de una página a otra», en lugar de leerlas atentamente.

Segunda. A veces, es tan sencillo como sentarse cada día 20 minutos para leer, el tiempo que quizá gastamos tomando un café y enredando en Instagram.

Tercera. Como Patrick Allan ha explicado en Lifehacker, una buena forma de leer más libros es conseguir que hacerlo no suponga ninguna incomodidad extra.

Cuarta. Sacar tiempo de todo. Las esperas, el transporte, el lavabo, lo que sea. Hay que llevar siempre un libro encima, como si fuera nuestro DNI. Apaga tu smartphone durante un tiempo al día. Y habilita un espacio en casa donde sea más cómodo leer que hacer cualquier otra cosa. Pensemos que un ensayo típico tiene 50.000 palabras y que podemos leer entre 200 y 400 palabras por minuto. Eso significa que podemos leer 100 ensayos en poco más de 200 horas al año. Una cifra irrisoria si la comparamos con el tiempo que empleamos en redes sociales (600) o en televisión (2000).

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Sacralización

Todas estas estrategias orientadas a la productividad quizá resultarán un tanto irreconciliables con el acto de disfrutar de una buena lectura para muchos «letraheridos». Es posible. Pero también hay otra razón que nos induce a pensar en ello: la sacralización del propio objeto llamado libro.

Quizá uno de los inconvenientes por los que hemos sacralizado los libros, por encima incluso de las prescripciones académicas, el mantra de que hay que leer porque leer es bueno y punto, que los libros deben acabarse para no parecer tonto o vago, o que si todos disfrutan de un tostón, tú también debes conseguir hacerlo, por encima de todo, quizá se encuentre en que el libro es un producto de lujo.

Una novedad editorial ronda los 20 euros. Si queremos acceder al préstamo de un libro se nos requiere que acudamos a una biblioteca, lo busquemos, tengamos la suerte de que esté disponible y no cargue sobre él ninguna reserva, y finalmente tomarlo para devolverlo a los pocos días. Es decir, gasto de tiempo y energía. En definitiva, el modelo de negocio editorial se basa en concebir el libro como un producto escaso, caro y de difícil acceso. Eso ha convertido al libro en un acontecimiento especial y los acontecimientos especiales no pueden consumirse a razón de uno por día.

Sin embargo, la digitalización de los libros permite por primera vez que el producto llamado libro pase de la escasez a la abundancia, que el coste marginal se reduzca casi a cero (nos cuesta casi lo mismo copiarnos un libro que mil) y que las leyes del espacio y el tiempo resulten irrelevantes.

Por primera vez, podríamos acceder a todos los libros escritos a un precio tan asequible como una cuenta de correo Gmail. El problema es que el modelo de negocio editorial no quiere adaptarse a esta nueva realidad de abundancia propiciada por la transformación de átomos y bits. Para resistirse, propicia algunos escenarios. Por ejemplo, impidiendo que las bibliotecas presten ebooks o comercializando los libros electrónicos a precios de escasez, no de abundancia.

En segundo lugar, la tecnología para la lectura de libros electrónicos todavía es fallida y no logra capturar todas las ventajas del libro tradicional (algo que, de hecho, pronto dejará de ser cuando se comercialicen libros de papel indistinguibles de los libros tradicionales en los que, por ejemplo, la tinta electroforética inyectada en la celulosa permitirá que se escriba instantáneamente el libro que escojamos… una y otra vez).

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Sacralización, precio, escasez, burocracia, modelos de negocio, sistemas educativos decimonónicos y otro buen puñado de ideas erróneas y lastres culturales, sociales y tecnológicos han convertido al libro en algo alejado de nuestra experiencia diaria.

Por eso la mayoría de las personas leen menos de lo que podrían leer. Por eso hay personas que pueden leer 100 libros al año, incluso los hay que leen un libro al día. Y, rizando el rizo, hay académicos que se vanaglorian de no leer ya libros, sino los fragmentos escogidos para fines concretos u objetivos puntuales mediante la hiperbúsqueda en todas las páginas de todos los libros digitalizados.

Sin irnos a posturas tan extremas, hay muchos lectores analógicos, como Peter Bregman, que explica cómo lo hace él para leer un ensayo por semana teniendo una vida ajetreada:

Lea el título y cualquier lugar desde los primeros párrafos hasta las primeras páginas del capítulo para descubrir cómo el autor está usando este capítulo y dónde encaja en el argumento del libro. Luego revise los encabezados y subtítulos (si los hay) para tener una idea del flujo. Lea la primera oración de cada párrafo y la última. Si entiende el significado, siga adelante. De lo contrario, es posible que desee leer todo el párrafo. Una vez que haya comprendido el capítulo, tal vez pueda hojear páginas enteras, ya que el argumento puede ser claro para usted y también puede repetirse.

Todo ello en aras de la productividad, naturalmente. Lo que no quiere decir que evitemos los libros por simple deleite. Ni que dejemos de sacralizar algunos volúmenes. Ni que no amemos cada una de las palabras escritas, paladeándolas como un buen vino. Pero ni todos los libros son iguales, ni todas las veces que leemos deberían estar orientadas a los mismos objetivos.

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Sir Francis Bacon dijo una vez: «Algunos libros deben probarse, otros deben tragarse y algunos deben masticarse y digerirse; es decir, algunos libros deben leerse solo en partes, otros deben leerse, pero no con curiosidad, y unos pocos son para ser leídos por completo, y con diligencia y atención».

El problema es que hemos sacralizado de tal modo el libro que arrastramos una serie de inconvenientes que nos impiden leer muchos libros en nuestra vida. Por ejemplo, que hemos de leer de principio a fin un libro aunque nos parezca un tostón. Que hemos de leer lo que los demás leen. Que hemos de leer aquello a lo que nos obligan en el colegio. Que un libro no es un artefacto distinto conceptualmente a un programa de televisión: que no está permitido hacer zapping, saltar una parte, echar un vistazo, leer dos párrafos y dejarlo para otro día.

Los libros pueden consumirse para obtener deleite estético, para ponerse en la piel de otro personaje y para vivir aventuras. Estas experiencias precisan de sosiego, concentración y lectura sin apremios. Pero también hay libros que sirven para que aprendamos algo, para mejorar nuestra carrera profesional, para plantearnos asuntos que nos habían pasado desapercibidos. En tales casos, la lectura podría ser mucho más ligera, más de ir al grano que de leer cada palabra deleitándose en su sonoridad.

Los que leen con frecuencia, en este punto, son capaces de realizar lecturas en diagonal que les permiten escanear una página en pocos segundos. Si lo que aparece en la página no interesa, ya se sabe, es redundante o es paja, puede saltarse a la siguiente página, hasta que encontremos un fragmento que sí requiere de la lectura completa y sostenida, incluso subrayando y tomando notas. Si abordamos así algunos libros, podemos asumir la lectura de uno en un par de horas, según la extensión.

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Aceleración

Una vez nos asomamos a un libro con la intención de asimilar el conocimiento que hay en él o simplemente de informarnos de lo que pone en su interior, entonces hay algunas reglas universales que podemos seguir.

Primera. Leer en internet es mucho menos eficiente. Nos podemos concentrar mejor con el libro tradicional. Si recurrimos a un ebook, debemos evitar que tenga conexión a la red y desactivar cualquier hipervínculo. Tal y como señala Nicholas Carr en Superficiales:

Descifrar hipertextos es una actividad que incrementa sustancialmente la carga cognitiva de los lectores; de ahí que debilite su capacidad de comprender y retener lo que están leyendo. Un estudio de 1989 demostró que los lectores de hipertextos a menudo acababan vagando distraídamente «de una página a otra», en lugar de leerlas atentamente.

Segunda. A veces, es tan sencillo como sentarse cada día 20 minutos para leer, el tiempo que quizá gastamos tomando un café y enredando en Instagram.

Tercera. Como Patrick Allan ha explicado en Lifehacker, una buena forma de leer más libros es conseguir que hacerlo no suponga ninguna incomodidad extra.

Cuarta. Sacar tiempo de todo. Las esperas, el transporte, el lavabo, lo que sea. Hay que llevar siempre un libro encima, como si fuera nuestro DNI. Apaga tu smartphone durante un tiempo al día. Y habilita un espacio en casa donde sea más cómodo leer que hacer cualquier otra cosa. Pensemos que un ensayo típico tiene 50.000 palabras y que podemos leer entre 200 y 400 palabras por minuto. Eso significa que podemos leer 100 ensayos en poco más de 200 horas al año. Una cifra irrisoria si la comparamos con el tiempo que empleamos en redes sociales (600) o en televisión (2000).

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Sacralización

Todas estas estrategias orientadas a la productividad quizá resultarán un tanto irreconciliables con el acto de disfrutar de una buena lectura para muchos «letraheridos». Es posible. Pero también hay otra razón que nos induce a pensar en ello: la sacralización del propio objeto llamado libro.

Quizá uno de los inconvenientes por los que hemos sacralizado los libros, por encima incluso de las prescripciones académicas, el mantra de que hay que leer porque leer es bueno y punto, que los libros deben acabarse para no parecer tonto o vago, o que si todos disfrutan de un tostón, tú también debes conseguir hacerlo, por encima de todo, quizá se encuentre en que el libro es un producto de lujo.

Una novedad editorial ronda los 20 euros. Si queremos acceder al préstamo de un libro se nos requiere que acudamos a una biblioteca, lo busquemos, tengamos la suerte de que esté disponible y no cargue sobre él ninguna reserva, y finalmente tomarlo para devolverlo a los pocos días. Es decir, gasto de tiempo y energía. En definitiva, el modelo de negocio editorial se basa en concebir el libro como un producto escaso, caro y de difícil acceso. Eso ha convertido al libro en un acontecimiento especial y los acontecimientos especiales no pueden consumirse a razón de uno por día.

Sin embargo, la digitalización de los libros permite por primera vez que el producto llamado libro pase de la escasez a la abundancia, que el coste marginal se reduzca casi a cero (nos cuesta casi lo mismo copiarnos un libro que mil) y que las leyes del espacio y el tiempo resulten irrelevantes.

Por primera vez, podríamos acceder a todos los libros escritos a un precio tan asequible como una cuenta de correo Gmail. El problema es que el modelo de negocio editorial no quiere adaptarse a esta nueva realidad de abundancia propiciada por la transformación de átomos y bits. Para resistirse, propicia algunos escenarios. Por ejemplo, impidiendo que las bibliotecas presten ebooks o comercializando los libros electrónicos a precios de escasez, no de abundancia.

En segundo lugar, la tecnología para la lectura de libros electrónicos todavía es fallida y no logra capturar todas las ventajas del libro tradicional (algo que, de hecho, pronto dejará de ser cuando se comercialicen libros de papel indistinguibles de los libros tradicionales en los que, por ejemplo, la tinta electroforética inyectada en la celulosa permitirá que se escriba instantáneamente el libro que escojamos… una y otra vez).

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Sacralización, precio, escasez, burocracia, modelos de negocio, sistemas educativos decimonónicos y otro buen puñado de ideas erróneas y lastres culturales, sociales y tecnológicos han convertido al libro en algo alejado de nuestra experiencia diaria.

Por eso la mayoría de las personas leen menos de lo que podrían leer. Por eso hay personas que pueden leer 100 libros al año, incluso los hay que leen un libro al día. Y, rizando el rizo, hay académicos que se vanaglorian de no leer ya libros, sino los fragmentos escogidos para fines concretos u objetivos puntuales mediante la hiperbúsqueda en todas las páginas de todos los libros digitalizados.

Sin irnos a posturas tan extremas, hay muchos lectores analógicos, como Peter Bregman, que explica cómo lo hace él para leer un ensayo por semana teniendo una vida ajetreada:

Lea el título y cualquier lugar desde los primeros párrafos hasta las primeras páginas del capítulo para descubrir cómo el autor está usando este capítulo y dónde encaja en el argumento del libro. Luego revise los encabezados y subtítulos (si los hay) para tener una idea del flujo. Lea la primera oración de cada párrafo y la última. Si entiende el significado, siga adelante. De lo contrario, es posible que desee leer todo el párrafo. Una vez que haya comprendido el capítulo, tal vez pueda hojear páginas enteras, ya que el argumento puede ser claro para usted y también puede repetirse.

Todo ello en aras de la productividad, naturalmente. Lo que no quiere decir que evitemos los libros por simple deleite. Ni que dejemos de sacralizar algunos volúmenes. Ni que no amemos cada una de las palabras escritas, paladeándolas como un buen vino. Pero ni todos los libros son iguales, ni todas las veces que leemos deberían estar orientadas a los mismos objetivos.

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'Amanece, que no es poco' vuelve en un libro de José Luis Cuerda
El monumento de Moneo al jamón
La resurrección de la carne (el pollo, las verduras y el mercado en general)
No crean que perforarse el prepucio clitoriano es lo mismo que las orejas
 
Especiales
 
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Opiniones 4
  • Aun recuerdo mis primeros viajes en el metro de Madrid (no soy madrileño) y como alucinaba al ver a la gente leyendo en tan desfavorable entorno. Algunos con un mamotreto de tropecientas páginas sujetado con una mano, mientras la otra se agarraban a la barra más cercana. Para mí era un sacrilegio leer en esas condiciones. Ahora con una hora de ida y otra de vuelta al trabajo es una placer disponer de esas dos horas diarias de lectura que antes no tenía y que ha descartado el coche-atasco como una opción para desplazarme. Gracias a leer en el metro ya no veo ese tiempo como tiempo perdido…

  • LOS DERECHOS DEL LECTOR
    (El decálogo de Pennac)
    1) El derecho a no leer.
    2) El derecho a saltarnos páginas.
    3) El derecho a no terminar un libro.
    4) El derecho a releer.
    5) El derecho a leer cualquier cosa.
    6) El derecho al bovarismo.
    1
    7) El derecho a leer en cualquier sitio.
    8) El derecho a hojear.
    9) El derecho a leer en voz alta.
    10) El derecho a callarnos.
    1
    Enfermedad de transmisión textual. (Término alusivo a Madame Bovary, la protagonista de
    la novela homónima de Flaubert, lectora compulsiva y apasionada de novelas románticas.)
    Daniel Pennac, Como una novela (1992).
    Buen día.

  • Siempre leí en la parada del micro, espiando si venía, en él parada o sentada, en colas de bancos o de lo que fuera desde tan jovencita. Debo dejar ahora un tiempo al día el celular dejar facebook y demás espacios allí y VOLVER A LEER LIBROS QUE ME ENCUENTREN DE OTRA FORMA CONMIGO!!

  • Lo del precio de los ebooks es cierto. Las novedades son prohibitivas, y eso fomenta la piratería. No es de recibo que un libro en papel cueste 20 euros y el mismo libro en formato digital cueste 12 o 13 euros. De acuerdo, hay ebooks baratos o incluso gratuitos, pero son de autores poco o nada conocidos o libros que ya son de dominio público y que puedes encontrar fácilmente en Internet.

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