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5 de febrero 2019    /   BRANDED CONTENT
fotografia  Gabriel Nunes

Cómo la lencería puede ser un arma de rebeldía femenina

5 de febrero 2019    /   BRANDED CONTENT            fotografia  Gabriel Nunes
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Madonna subió al escenario vestida por Jean Paul Gaultier. Corría el año 1990, la gira se llamó Ambición Rubia. Mejor dicho: Madonna irrumpió en el escenario vestida de sí misma. Llevaba un corsé de conos tan punzantes como sus letras y su música. El diseñador creó el conjunto; pero Madonna lo dotó de vida y de un significado único. Esa simbiosis entre la prenda y el cuerpo ocurre cuando una se conoce a sí misma y, además, sabe intuir qué encaja mejor con cada ocasión.

Aquella ocasión, la de Madonna sobre las tablas, servía para transmitir un mensaje. La reina del pop mostraba a la mujer que crea, inventa y vive; a la mujer capaz de liderar una forma de expresión y de convertirse en referente. El corsé se inspiraba en los años cuarenta y cincuenta, una época en que la mujer estaba relegada. Y Madonna, con su elección, lo dejó claro: el potencial femenino no era una cosa nueva, había existido siempre, pero era necesario tomar conciencia, atreverse. Todo un manifiesto en sola prenda.

La lencería existe desde hace siglos. Primero cumplió funciones meramente prácticas, para satisfacer necesidades climáticas e higiénicas. No había ninguna intención de lucimiento: el único destino de una gran parte del cuerpo femenino era ocultarse. Pero en las primeras décadas del siglo XX, la lencería fue construyendo una nueva idea de sensualidad: el corpiño en los 30, las medias de nailon en los 40…

En los 60 eclosionó la revolución sexual. Miles de mujeres quemaron sus sujetadores como forma de rebelarse contra la opresión. Décadas después, el modo de entender la lencería viró de nuevo. Las reinas de la cultura pop decidieron que había otra manera de incendiar la opresión: apropiarse de la prenda, liberar la sensualidad y conseguir que todas las personas y todos los tipos de cuerpos descubrieran el lenguaje propio de su belleza.

Hubo otra mujer en España que demostró en una sola frase que la independencia y el hecho de apoderarse de la belleza propia van de la mano. Se llamó Rocío Jurado, y rompió la copla. La hizo más nueva, más femenina y orgullosa; más fuerte. Zarandear así un género tan multitudinario y, a la vez, tan invadido por un oscurantismo de 40 años, suponía casi una revolución social.

En un programa de televisión, una entrevistadora le preguntó:

-¿Me puedes decir tu talla de sujetador?
– Yo qué te voy a decir- contestó ella-. El único sujetador que me importa es el mental, que es el que tú te tenías que poner para no hacerme esas preguntas.

La cantante introdujo escotes pronunciadísimos, vestidos silueteados y una melena leonina en un mundo reservado a la pomposidad de las batas de cola. Su voz fue el motivo principal de su éxito, pero la historia de Rocío tampoco se entiende sin esa rebelión estética.  Esto no significaba, sin embargo, que lo hiciera por otros, para recibir halagos o ser premiada; lo hacía por ella. Por eso contestó así a la pregunta, porque valoraba su cuerpo como un patrimonio absolutamente propio.

Quizá fueron pocas mujeres las que iniciaron esa actitud vital, pero se ha acabado convirtiendo en norma. Los antropólogos Anabella Low y Daniel Vidart publicaron Cuerpo vestido, cuerpo desvestido. Antropología de la ropa interior femenina. Según contaron a El Espectador, en las entrevistas, las mujeres plantearon con absoluta claridad cómo usaban la lencería, para qué y cómo se sentían, y lo más importante: admitieron que se la ponían, fundamentalmente, para el uso privado. La empleaban también como instrumento de seducción, pero entendían la lencería, ante todo, como una comunicación consigo mismas.

Conscientes de ello las marcas han emprendido una doble estrategia: diseño y comunicación. Modelos originales, nuevos materiales, texturas, colores, estampados… Ahora la ropa interior juega y se combina con las prendas externas: muchas mujeres dejan partes de la lencería a la vista en una concepción de elegancia disruptiva. La lencería pasó de ser funcional y básica a convertirse un producto creativo y de tendencia. Pero no a cualquier precio.

Firmas como Aerie, H&M, Nike, Modcloth, Lonely han lanzado campañas apostando por ensalzar la diversidad de los cuerpos, de las opciones estéticas y de las formas de vida. El mercado reúne hoy innumerables opciones para cada persona, y también lencería para cada ocasión, porque una no es la misma cada día, porque una, a veces, es varias distintas a lo largo del día: hay mañanas suaves de color pastel, noches intrépidas y sorprendentes como el encaje, y también tardes elásticas y prometedoras en las que una desea superar todas sus marcas.

Esta amplitud de estilos, modelos y colores ha permitido que sea más fácil para las mujeres conocerse a sí mismas y confeccionar su imagen de acuerdo a sus preferencias y su personalidad. Para la plataforma online de moda Lyst (que trabaja con más de 12.000 tiendas), escoger lencería «es un ritual de autoconocimiento y fortalecimiento del autoestima muy importante para la salud emocional».

Hace ya casi 30 años que Madonna se plantó en el escenario con aquel corsé rompedor. La gira Ambición Rubia es ya historia de la música, y gracias a ella y a otras mujeres, ya sea desde el altavoz de la cultura o desde el anonimato, hoy la ambición es también morena, pelirroja, rizada, delgada, curvy…

Will Li

Madonna subió al escenario vestida por Jean Paul Gaultier. Corría el año 1990, la gira se llamó Ambición Rubia. Mejor dicho: Madonna irrumpió en el escenario vestida de sí misma. Llevaba un corsé de conos tan punzantes como sus letras y su música. El diseñador creó el conjunto; pero Madonna lo dotó de vida y de un significado único. Esa simbiosis entre la prenda y el cuerpo ocurre cuando una se conoce a sí misma y, además, sabe intuir qué encaja mejor con cada ocasión.

Aquella ocasión, la de Madonna sobre las tablas, servía para transmitir un mensaje. La reina del pop mostraba a la mujer que crea, inventa y vive; a la mujer capaz de liderar una forma de expresión y de convertirse en referente. El corsé se inspiraba en los años cuarenta y cincuenta, una época en que la mujer estaba relegada. Y Madonna, con su elección, lo dejó claro: el potencial femenino no era una cosa nueva, había existido siempre, pero era necesario tomar conciencia, atreverse. Todo un manifiesto en sola prenda.

La lencería existe desde hace siglos. Primero cumplió funciones meramente prácticas, para satisfacer necesidades climáticas e higiénicas. No había ninguna intención de lucimiento: el único destino de una gran parte del cuerpo femenino era ocultarse. Pero en las primeras décadas del siglo XX, la lencería fue construyendo una nueva idea de sensualidad: el corpiño en los 30, las medias de nailon en los 40…

En los 60 eclosionó la revolución sexual. Miles de mujeres quemaron sus sujetadores como forma de rebelarse contra la opresión. Décadas después, el modo de entender la lencería viró de nuevo. Las reinas de la cultura pop decidieron que había otra manera de incendiar la opresión: apropiarse de la prenda, liberar la sensualidad y conseguir que todas las personas y todos los tipos de cuerpos descubrieran el lenguaje propio de su belleza.

Hubo otra mujer en España que demostró en una sola frase que la independencia y el hecho de apoderarse de la belleza propia van de la mano. Se llamó Rocío Jurado, y rompió la copla. La hizo más nueva, más femenina y orgullosa; más fuerte. Zarandear así un género tan multitudinario y, a la vez, tan invadido por un oscurantismo de 40 años, suponía casi una revolución social.

En un programa de televisión, una entrevistadora le preguntó:

-¿Me puedes decir tu talla de sujetador?
– Yo qué te voy a decir- contestó ella-. El único sujetador que me importa es el mental, que es el que tú te tenías que poner para no hacerme esas preguntas.

La cantante introdujo escotes pronunciadísimos, vestidos silueteados y una melena leonina en un mundo reservado a la pomposidad de las batas de cola. Su voz fue el motivo principal de su éxito, pero la historia de Rocío tampoco se entiende sin esa rebelión estética.  Esto no significaba, sin embargo, que lo hiciera por otros, para recibir halagos o ser premiada; lo hacía por ella. Por eso contestó así a la pregunta, porque valoraba su cuerpo como un patrimonio absolutamente propio.

Quizá fueron pocas mujeres las que iniciaron esa actitud vital, pero se ha acabado convirtiendo en norma. Los antropólogos Anabella Low y Daniel Vidart publicaron Cuerpo vestido, cuerpo desvestido. Antropología de la ropa interior femenina. Según contaron a El Espectador, en las entrevistas, las mujeres plantearon con absoluta claridad cómo usaban la lencería, para qué y cómo se sentían, y lo más importante: admitieron que se la ponían, fundamentalmente, para el uso privado. La empleaban también como instrumento de seducción, pero entendían la lencería, ante todo, como una comunicación consigo mismas.

Conscientes de ello las marcas han emprendido una doble estrategia: diseño y comunicación. Modelos originales, nuevos materiales, texturas, colores, estampados… Ahora la ropa interior juega y se combina con las prendas externas: muchas mujeres dejan partes de la lencería a la vista en una concepción de elegancia disruptiva. La lencería pasó de ser funcional y básica a convertirse un producto creativo y de tendencia. Pero no a cualquier precio.

Firmas como Aerie, H&M, Nike, Modcloth, Lonely han lanzado campañas apostando por ensalzar la diversidad de los cuerpos, de las opciones estéticas y de las formas de vida. El mercado reúne hoy innumerables opciones para cada persona, y también lencería para cada ocasión, porque una no es la misma cada día, porque una, a veces, es varias distintas a lo largo del día: hay mañanas suaves de color pastel, noches intrépidas y sorprendentes como el encaje, y también tardes elásticas y prometedoras en las que una desea superar todas sus marcas.

Esta amplitud de estilos, modelos y colores ha permitido que sea más fácil para las mujeres conocerse a sí mismas y confeccionar su imagen de acuerdo a sus preferencias y su personalidad. Para la plataforma online de moda Lyst (que trabaja con más de 12.000 tiendas), escoger lencería «es un ritual de autoconocimiento y fortalecimiento del autoestima muy importante para la salud emocional».

Hace ya casi 30 años que Madonna se plantó en el escenario con aquel corsé rompedor. La gira Ambición Rubia es ya historia de la música, y gracias a ella y a otras mujeres, ya sea desde el altavoz de la cultura o desde el anonimato, hoy la ambición es también morena, pelirroja, rizada, delgada, curvy…

Will Li

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