16 de mayo 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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El santanderino que intentó recrear un zoo en su casa

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Sara llegó con tres meses. La había criado el propietario de una tienda de lámparas de Santander, pero se dio cuenta de que tener a una leona era algo incómodo. Adolfo no pensó lo mismo y se la llevó a su casa, donde comenzó la insospechada tarea de criar a una carnívora de pelo dorado.

Pronto comprobó que a Sara se le desencajaban los pasos: la alimentación de los primeros meses de vida debilitaron su estructura. Adolfo Sánchez de Movellán, un funcionario de la Diputación, metió al animal en el maletero y arrancó al zoo de Madrid, donde —pensó—le darían algún remedio para devolver el rumbo de aquel caminar. En el Santander ensimismado de 1977, ¿quién iba a curar a un animal así?

Sin embargo, el remedio fue contrario: había que sacrificar a la leona. Adolfo se negó. Y la sólida convicción de aquel hombre debió de conmover en Madrid, donde le dieron por imposible y decidieron hacerle un regalo: otro león.

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Llegó a Santander con dos leones, Sara y Bruno, que guardó en el garaje, y una mujer —su esposa— que no daba crédito.

«Cuando rugían, temblaba todo el edificio», recuerda Luis, nieto de Adolfo, frente a la jaula del garaje del barrio santanderino de Ciudad Jardín. Ahora hay destornilladores, martillos y herramientas varias en este cubículo enrejado que ocupa una amplia esquina ahora seca. Durante muchos años, de estas rejas goteaba la saliva —y meadas como una manguera antiincendios— de las bestias.

Nadie sabe de dónde le cayó el amor por los animales a Adolfo. En aquel garaje donde hoy cuelga un arnés a medida con el que paseaban a Bruno, un par de látigos de cuero, los colmillos y garras de la mascota, alguna fotografía y varios cachivaches, también hay huellas de una actividad que practicaba desde décadas antes: la competición con palomas mensajeras. Fue presidente de Sociedad Colombófila de Santander y su nieto recuerda cómo llegó a soltar aves en Cádiz, que siguiendo la invisible alquimia del aire, se presentaron en sus casetas. Luis no tiene ni idea de cómo lo hacía.

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También tuvo cabras, perros y una mona, Lola, que el dueño del bar en el que estaba no hacía vida de ella. Su morro azul, como pintado por la suave caricia de un pincel, no hacía justicia a su hosco carácter: tras las rejas donde desgranaba la rutina, agarró por el pecho a un transeúnte y lo zarandeó con fuerza.

Adolfo se encargó de enfriar el temperamento del simio. Se encerró con ella en un habitáculo y ella, inexplicablemente, salió domesticada. «Tenía un don especial», dice Luis.

[A]lguna vez alguien quiso acabar con lo exótico y dio la voz de alarma: un hombre tenía dos bestias en el garaje. Adolfo comenzó a recibir visitas previendo que tendría problemas ante la denuncia pública. Pero quien alertó de aquella extraña afición no tuvo en cuenta todos los elementos, ni siquiera —quizás— el primero de ellos: el alcalde de Santander se llamaba Juan Hormaechea.

«Estábamos comiendo y sonó el timbre. Era Hormaechea, que venía a ver el león», recuerda Ricardo, uno de sus hijos.

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Hormaechea era un gobernante estrambótico que, en lugar de prohibir o arrebatar al funcionario a los animales, se encariñó con ellos. Hizo una buena amistad con Adolfo antes de que la ciudad entera conociera la historia, que se extendió el 26 de abril de 1981. «Un santanderino tiene dos leones en su casa», decía el diario Alerta en la portada.

De aquella amistad con el alcalde (dejó el cargo en 1987) nació un pacto: Adolfo cedería los leones a un pequeño zoo que se planeaba en las lumbares del Palacio de la Magdalena. A cambio, él seguiría siendo el propietario, quien les daría de comer, quien les seguiría acariciando el lomo.

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Colocaba en su coche un cartel amarillo, ahora pegado en la pared del garaje —«Recinto de leones»— y atusaba a las criaturas. Su hijo recuerda el día que los llevaron a los fosos de la Magdalena una vez inaugurado el pequeño zoo, donde las olas revientan y llegan ya espolvoreadas: «¡Un hombre, un hombre!», exclamaba la gente al verlo allá abajo.

Los animales le dieron otros amigos a Adolfo, que en aquellos años se dejaba ver por los circos de la ciudad. Nadie se creía que aquel funcionario de pelo grisáceo tuviera dos leones en casa, pero él respondía: «Ven a mi casa». Así hizo migas con Ivanof y Kidu, domadores, que no creían lo que veían: verlo entrar en la jaula cuadrada, cuando ellos trabajaban entre armazones circulares para que no les arrinconaran. También les parecía inverosímil que los leones mantuvieran las garras afiladas; al contrario que ellos, que se las extirpaban por temor a las caricias que en un león sajan la piel.

Los domadores alucinaban.

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En el edificio de tres plantas del barrio santanderino Adolfo recreó un pequeño zoo. Trajo un inmenso tronco de madera para que Bruno y Sara ejercitaran sus instintos salvajes de afilarse las pezuñas; empotró un armatoste en la pared donde colgaba y descuartizaba los costillares de caballo que traía un camión frigorífico. Pero, a pesar de los cuidados, la naturaleza escacharrada de Sara no dio más de sí: ante su arquitectura defectuosa, tuvieron que sacrificarla.

«Fue el día que se casó Lady Di», dice Luis, que recuerda cómo mientras la pinchaban para adormecerle, la televisión bramaba con los aplausos del enlace. Era el29 de julio de 1981.

[E]n 1984, el Circo Mundial le regaló a Adolfo tres cachorros. Eran Rocío, Petra y Flora, que vivían en un lugar acondicionado en Santander al que ahora llevaba la comida: llenaba el Seiscientos de carne e iba todas las mañanas hasta el barrio de Tetuán, donde pasaron unos meses antes de trasladarse a la Magdalena. Allí, ya en el zoo, Flora tuvo descendencia. Pero esta madre nacida y crecida entre humanos rechazó a Carla y Ciro. Adolfo —claro— se los llevó a casa, donde hizo las veces de madre: les daba el biberón, emuló el calor de la piel materna en una mesa camilla mientras un haz de luz les proyectaba calor. Un reloj, con un sonoro tic-tac, imitaba los latidos del corazón de la leona.

Y los arañazos en los muebles, y los nietos jugueteando, y Adolfo aprendiendo.

«El zoo de Madrid le servía de referencia, pero mi abuelo fue un autodidacta: alimentación, carnicería y cómo tratar a un león», explica Luis.

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Y Hormaechea, entre tanto, elegido presidente de Cantabria.

Al estrambótico dirigente —su historial político está lleno de extravagancias— se le ocurrió inventar un gran parque donde soltar a los leones. Cabárceno se hizo realidad  en 1989 y Adolfo puso la misma condición: seguiría atendiendo a sus animales todos los días.

Petra, Flora, Rocío, Ciro, Carla. Bruno murió en la Magdalena a mitad de los años 90 —«350 kilos, cariñoso, le levantaban la mano para que se callara, y él cerraba los ojos»— y Cabárceno se convirtió en el refugio de estos leones de sangre cántabra, que en algún momento —enviaron dos ejemplares— salpicó alguna reserva africana.

Pronto Petra se escapó de su nuevo hogar. En esos días del mes de marzo de 1991, Adolfo tomaba pastillas para dormir porque la espera fue angustiosa. El parque montó un operativo compuesto por 60 personas que rastreaban los alrededores en busca de la leona. Mientras, Cantabria siguió el peculiar acontecimiento con curioso  interés en la prensa, que informó al detalle.

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El parque natural, incrustado en viejas minas de hierro, llevaba apenas dos años en funcionamiento y ya se había escapado un león, algo que no daba demasiada esperanza para este ambicioso proyecto concebido como el parque de animales en semilibertad más grande de Europa. Llovían las críticas: el veterinario del zoológico de Madrid dijo que «cuando un animal se escapa, es que algo falla». Era la respuesta a lo que había afirmado el director de Cabárceno que, para suavizar la fuga, llegó a afirmar: «También se escapan los presos de las cárceles».

Tras cuatro días de exploración, un mono de Gibraltar comenzó a aullar y allí, escondida, hallaron a Petra. «Me reconoció nada más verme y se pudo muy contenta cuando vio que me acerqué a ella», dijo Adolfo tras el feliz final. «No me dijo papá porque no sabe hablar».

El parque había utilizado a tres cabras vivas para llamar la atención de la leona, una técnica que Adolfo ya había utilizado con su fox terrier. Y con algún nieto: asomarle como reclamo y guardar a los leones en la jaula.

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Nada grave.

Adolfo se siguió poniendo el chándal para dar de comer a las criaturas, para cuidarlas; entraba en el recinto y los animales bailaban a su compás: una sintonía mágica que nunca falló, aunque una tarde sus nietos llegaran a temblar. Aquella tarde el campo estaba enfangado y el todoterreno con el que circulaban dentro del recinto se quedó varado. No se veía nada y los leones, parapetados en la oscuridad, eran invisibles. Adolfo salió del vehículo y se puso delante del coche. Allí, erguido, abrió los brazos a modo de protección mientras sus nietos corrían para salir del recinto. El hombre que amaba a los leones sabía que aquello era un juego.

«Nunca dimos importancia a tener un león en el garaje», dice ahora Luis, porque cuando nací, ya estaban aquí». Adolfo acabó cediendo todos sus animales y la nostalgia se fue al tiempo que las generaciones —y la sangre— se alejaban de aquel primer animal que llegó a casa, desde Madrid, en el maletero del coche.

Sara llegó con tres meses. La había criado el propietario de una tienda de lámparas de Santander, pero se dio cuenta de que tener a una leona era algo incómodo. Adolfo no pensó lo mismo y se la llevó a su casa, donde comenzó la insospechada tarea de criar a una carnívora de pelo dorado.

Pronto comprobó que a Sara se le desencajaban los pasos: la alimentación de los primeros meses de vida debilitaron su estructura. Adolfo Sánchez de Movellán, un funcionario de la Diputación, metió al animal en el maletero y arrancó al zoo de Madrid, donde —pensó—le darían algún remedio para devolver el rumbo de aquel caminar. En el Santander ensimismado de 1977, ¿quién iba a curar a un animal así?

Sin embargo, el remedio fue contrario: había que sacrificar a la leona. Adolfo se negó. Y la sólida convicción de aquel hombre debió de conmover en Madrid, donde le dieron por imposible y decidieron hacerle un regalo: otro león.

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Llegó a Santander con dos leones, Sara y Bruno, que guardó en el garaje, y una mujer —su esposa— que no daba crédito.

«Cuando rugían, temblaba todo el edificio», recuerda Luis, nieto de Adolfo, frente a la jaula del garaje del barrio santanderino de Ciudad Jardín. Ahora hay destornilladores, martillos y herramientas varias en este cubículo enrejado que ocupa una amplia esquina ahora seca. Durante muchos años, de estas rejas goteaba la saliva —y meadas como una manguera antiincendios— de las bestias.

Nadie sabe de dónde le cayó el amor por los animales a Adolfo. En aquel garaje donde hoy cuelga un arnés a medida con el que paseaban a Bruno, un par de látigos de cuero, los colmillos y garras de la mascota, alguna fotografía y varios cachivaches, también hay huellas de una actividad que practicaba desde décadas antes: la competición con palomas mensajeras. Fue presidente de Sociedad Colombófila de Santander y su nieto recuerda cómo llegó a soltar aves en Cádiz, que siguiendo la invisible alquimia del aire, se presentaron en sus casetas. Luis no tiene ni idea de cómo lo hacía.

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También tuvo cabras, perros y una mona, Lola, que el dueño del bar en el que estaba no hacía vida de ella. Su morro azul, como pintado por la suave caricia de un pincel, no hacía justicia a su hosco carácter: tras las rejas donde desgranaba la rutina, agarró por el pecho a un transeúnte y lo zarandeó con fuerza.

Adolfo se encargó de enfriar el temperamento del simio. Se encerró con ella en un habitáculo y ella, inexplicablemente, salió domesticada. «Tenía un don especial», dice Luis.

[A]lguna vez alguien quiso acabar con lo exótico y dio la voz de alarma: un hombre tenía dos bestias en el garaje. Adolfo comenzó a recibir visitas previendo que tendría problemas ante la denuncia pública. Pero quien alertó de aquella extraña afición no tuvo en cuenta todos los elementos, ni siquiera —quizás— el primero de ellos: el alcalde de Santander se llamaba Juan Hormaechea.

«Estábamos comiendo y sonó el timbre. Era Hormaechea, que venía a ver el león», recuerda Ricardo, uno de sus hijos.

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Hormaechea era un gobernante estrambótico que, en lugar de prohibir o arrebatar al funcionario a los animales, se encariñó con ellos. Hizo una buena amistad con Adolfo antes de que la ciudad entera conociera la historia, que se extendió el 26 de abril de 1981. «Un santanderino tiene dos leones en su casa», decía el diario Alerta en la portada.

De aquella amistad con el alcalde (dejó el cargo en 1987) nació un pacto: Adolfo cedería los leones a un pequeño zoo que se planeaba en las lumbares del Palacio de la Magdalena. A cambio, él seguiría siendo el propietario, quien les daría de comer, quien les seguiría acariciando el lomo.

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Colocaba en su coche un cartel amarillo, ahora pegado en la pared del garaje —«Recinto de leones»— y atusaba a las criaturas. Su hijo recuerda el día que los llevaron a los fosos de la Magdalena una vez inaugurado el pequeño zoo, donde las olas revientan y llegan ya espolvoreadas: «¡Un hombre, un hombre!», exclamaba la gente al verlo allá abajo.

Los animales le dieron otros amigos a Adolfo, que en aquellos años se dejaba ver por los circos de la ciudad. Nadie se creía que aquel funcionario de pelo grisáceo tuviera dos leones en casa, pero él respondía: «Ven a mi casa». Así hizo migas con Ivanof y Kidu, domadores, que no creían lo que veían: verlo entrar en la jaula cuadrada, cuando ellos trabajaban entre armazones circulares para que no les arrinconaran. También les parecía inverosímil que los leones mantuvieran las garras afiladas; al contrario que ellos, que se las extirpaban por temor a las caricias que en un león sajan la piel.

Los domadores alucinaban.

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En el edificio de tres plantas del barrio santanderino Adolfo recreó un pequeño zoo. Trajo un inmenso tronco de madera para que Bruno y Sara ejercitaran sus instintos salvajes de afilarse las pezuñas; empotró un armatoste en la pared donde colgaba y descuartizaba los costillares de caballo que traía un camión frigorífico. Pero, a pesar de los cuidados, la naturaleza escacharrada de Sara no dio más de sí: ante su arquitectura defectuosa, tuvieron que sacrificarla.

«Fue el día que se casó Lady Di», dice Luis, que recuerda cómo mientras la pinchaban para adormecerle, la televisión bramaba con los aplausos del enlace. Era el29 de julio de 1981.

[E]n 1984, el Circo Mundial le regaló a Adolfo tres cachorros. Eran Rocío, Petra y Flora, que vivían en un lugar acondicionado en Santander al que ahora llevaba la comida: llenaba el Seiscientos de carne e iba todas las mañanas hasta el barrio de Tetuán, donde pasaron unos meses antes de trasladarse a la Magdalena. Allí, ya en el zoo, Flora tuvo descendencia. Pero esta madre nacida y crecida entre humanos rechazó a Carla y Ciro. Adolfo —claro— se los llevó a casa, donde hizo las veces de madre: les daba el biberón, emuló el calor de la piel materna en una mesa camilla mientras un haz de luz les proyectaba calor. Un reloj, con un sonoro tic-tac, imitaba los latidos del corazón de la leona.

Y los arañazos en los muebles, y los nietos jugueteando, y Adolfo aprendiendo.

«El zoo de Madrid le servía de referencia, pero mi abuelo fue un autodidacta: alimentación, carnicería y cómo tratar a un león», explica Luis.

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Y Hormaechea, entre tanto, elegido presidente de Cantabria.

Al estrambótico dirigente —su historial político está lleno de extravagancias— se le ocurrió inventar un gran parque donde soltar a los leones. Cabárceno se hizo realidad  en 1989 y Adolfo puso la misma condición: seguiría atendiendo a sus animales todos los días.

Petra, Flora, Rocío, Ciro, Carla. Bruno murió en la Magdalena a mitad de los años 90 —«350 kilos, cariñoso, le levantaban la mano para que se callara, y él cerraba los ojos»— y Cabárceno se convirtió en el refugio de estos leones de sangre cántabra, que en algún momento —enviaron dos ejemplares— salpicó alguna reserva africana.

Pronto Petra se escapó de su nuevo hogar. En esos días del mes de marzo de 1991, Adolfo tomaba pastillas para dormir porque la espera fue angustiosa. El parque montó un operativo compuesto por 60 personas que rastreaban los alrededores en busca de la leona. Mientras, Cantabria siguió el peculiar acontecimiento con curioso  interés en la prensa, que informó al detalle.

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El parque natural, incrustado en viejas minas de hierro, llevaba apenas dos años en funcionamiento y ya se había escapado un león, algo que no daba demasiada esperanza para este ambicioso proyecto concebido como el parque de animales en semilibertad más grande de Europa. Llovían las críticas: el veterinario del zoológico de Madrid dijo que «cuando un animal se escapa, es que algo falla». Era la respuesta a lo que había afirmado el director de Cabárceno que, para suavizar la fuga, llegó a afirmar: «También se escapan los presos de las cárceles».

Tras cuatro días de exploración, un mono de Gibraltar comenzó a aullar y allí, escondida, hallaron a Petra. «Me reconoció nada más verme y se pudo muy contenta cuando vio que me acerqué a ella», dijo Adolfo tras el feliz final. «No me dijo papá porque no sabe hablar».

El parque había utilizado a tres cabras vivas para llamar la atención de la leona, una técnica que Adolfo ya había utilizado con su fox terrier. Y con algún nieto: asomarle como reclamo y guardar a los leones en la jaula.

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Nada grave.

Adolfo se siguió poniendo el chándal para dar de comer a las criaturas, para cuidarlas; entraba en el recinto y los animales bailaban a su compás: una sintonía mágica que nunca falló, aunque una tarde sus nietos llegaran a temblar. Aquella tarde el campo estaba enfangado y el todoterreno con el que circulaban dentro del recinto se quedó varado. No se veía nada y los leones, parapetados en la oscuridad, eran invisibles. Adolfo salió del vehículo y se puso delante del coche. Allí, erguido, abrió los brazos a modo de protección mientras sus nietos corrían para salir del recinto. El hombre que amaba a los leones sabía que aquello era un juego.

«Nunca dimos importancia a tener un león en el garaje», dice ahora Luis, porque cuando nací, ya estaban aquí». Adolfo acabó cediendo todos sus animales y la nostalgia se fue al tiempo que las generaciones —y la sangre— se alejaban de aquel primer animal que llegó a casa, desde Madrid, en el maletero del coche.

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