29 de junio 2016    /   DIGITAL
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La ley Gordon: cuando Instagram puede arruinarte la vida

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«Esa otra chica o las otras mujeres, no importa: creo que sólo son fantasías… Siempre parecen ideales porque nunca hay problemas». Así empieza una de las peticiones de mano más absurdas de la historia del cine en color que, spoiler mediante, termina con ella dándole las gracias a él. El guión de Alta Fidelidad omitió el desenlace de la escena, como si no tuviera ninguna trascendencia: ¡lo que importa es el camino, idiotas! Hoy, dieciséis años después de la adaptación cinematográfica de la novela de Nick Hornby, lo único que libraría a Rob Gordon de volver a perderlo todo víctima de Instagram sería su condición de inmigrante digital.

En 2016, el personaje de John Cusack viviría bajo un eterno síndrome de Stendhal sentimental. Instagram es hoy una herramienta perfeccionada para vivir en la belleza; ahí dentro hay hasta comida, no vas a necesitar nada más si estás dispuesto a ello. Lo que no hay es antilencería, «esa de algodón que has lavado miles de veces y que cuelgas en la ducha». Bueno, sí la hay, pero no tiene sitio en la fantasía de Cusack. Su irrealidad es hoy la nuestra, la de Instagram, una construida con mucho cuidado y gusto por la exactitud: el filtro adecuado, la proporción áurea de esa luz que sólo dura 15 segundos, ese instante preciso en el que la composición es perfecta. El arco iris lumínico de la vida.

Instagram es hoy una herramienta perfeccionada para vivir en la belleza; ahí dentro hay hasta comida, no vas a necesitar nada más si estás dispuesto a ello

Queremos vivir dentro de la VSCO Cam porque no podemos sobrevivir con la escasa satisfacción que obtenemos de la realidad, ya lo decía Freud. Más o menos. Su colega, Aaron Ben-Zeév, flamante autor de In the Name of Love: Romantic Ideology and its Victims, pone el dedo en la llaga de la ley Gordon al explicar que, «bastante a menudo, conocernos más reduce el amor». Sin quererlo, el gentil profesor israelí ofrece uno de los claims más apropiados para Instagram: no siempre se da el caso de conocerlo es quererlo. ¿A quién le importa? La ceguera instantánea e integral de la que habla Ben-Zeév es el pilar sobre el que se construyen los caprichos de Instagram; y uno está dispuesto a aceptar cualquiera de esas cosas que no se plantearía en la vida real. La luz adecuada, el pliegue perfecto, la simetría ideal y uno acepta sin ambages ser el padrastro de los tres hijos de Tinymomof3.

Muy pronto, Instagram ocupará el lugar que ya ocupa Facebook en todos esos estudios sobre los estados protodepresivos en los que la red social sumerge a muchos de sus usuarios. El espectro de la depresión autoinfligida en Instagram alcanza mayores cotas; no sólo puedes admirar las vacaciones de una australiana que posa frente a unas casas coloniales a las afueras de Bogotá mientras tú juegas al parchís con tu abuela en el porche a 37 grados. También puedes arruinar cualquier tipo de relación que intentes sostener en la realidad en base a las expectativas generadas por el perfil de esa pareja que vive con su gato en Madrid, pero que podría estar empadronada directamente en el cielo a juzgar por el blanco nuclear y la iluminación de sus fotos.

Los poseedores de expectativas irreales pueden convertirse en intolerantes al conflicto, rutinas y otros aspectos de la convivencia cercana que a menudo caracterizan la vida en pareja

Instagram ya ocupa de facto el lugar que siempre ha ocupado Hollywood. La cuenta de esa chica que acaba de subir una foto de su novio durmiendo con su perro, en blanco y negro, donde no existen los ronquidos ni los pedos perrunos… en tu cerebro, esa imagen ya es como una película entera de Jennifer Aniston. Y, si la has visto y te has puesto en cualquiera de los dos lugares (incluso de los tres), ya no hay esperanza para ti. «Los poseedores de expectativas irreales pueden convertirse en intolerantes al conflicto, rutinas y otros aspectos de la convivencia cercana que a menudo caracterizan la vida en pareja». Así habla Lauren F.E. Galloway, de la Universidad de Nevada, en Does Movie Viewing Cultivate Unrealistic Expectations about Love and Marriage?, y encaja como un guante con Instagram.

«Estoy harto de fantasías porque no existen. Y nunca hay sorpresas de verdad». Y, además, nunca te llenan, le responde Laura a Rob Gordon. Sin embargo, con toda la cobardía que desprende el personaje de Cusack durante la película, hay algo valiente en él que no suele suceder en la realidad: querer abandonar la fantasía de Instagram. La adicción a la irrealidad es poderosa. No en vano Kevin Systrom, fundador del universo ideal, se graduó en sistemas simbólicos por la Universidad de Stanford; un programa enfocado principalmente en la relación entre el ordenador y la mente humana. Systrom es el camello de la belleza y no te dejará salir de ahí. O, quién sabe, quizá un día te veas a ti mismo en una mesa de bar pidiéndole matrimonio a alguien, con el palpitar sordo de Instagram en tu bolsillo.

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En 2016, el personaje de John Cusack viviría bajo un eterno síndrome de Stendhal sentimental. Instagram es hoy una herramienta perfeccionada para vivir en la belleza; ahí dentro hay hasta comida, no vas a necesitar nada más si estás dispuesto a ello. Lo que no hay es antilencería, «esa de algodón que has lavado miles de veces y que cuelgas en la ducha». Bueno, sí la hay, pero no tiene sitio en la fantasía de Cusack. Su irrealidad es hoy la nuestra, la de Instagram, una construida con mucho cuidado y gusto por la exactitud: el filtro adecuado, la proporción áurea de esa luz que sólo dura 15 segundos, ese instante preciso en el que la composición es perfecta. El arco iris lumínico de la vida.

Instagram es hoy una herramienta perfeccionada para vivir en la belleza; ahí dentro hay hasta comida, no vas a necesitar nada más si estás dispuesto a ello

Queremos vivir dentro de la VSCO Cam porque no podemos sobrevivir con la escasa satisfacción que obtenemos de la realidad, ya lo decía Freud. Más o menos. Su colega, Aaron Ben-Zeév, flamante autor de In the Name of Love: Romantic Ideology and its Victims, pone el dedo en la llaga de la ley Gordon al explicar que, «bastante a menudo, conocernos más reduce el amor». Sin quererlo, el gentil profesor israelí ofrece uno de los claims más apropiados para Instagram: no siempre se da el caso de conocerlo es quererlo. ¿A quién le importa? La ceguera instantánea e integral de la que habla Ben-Zeév es el pilar sobre el que se construyen los caprichos de Instagram; y uno está dispuesto a aceptar cualquiera de esas cosas que no se plantearía en la vida real. La luz adecuada, el pliegue perfecto, la simetría ideal y uno acepta sin ambages ser el padrastro de los tres hijos de Tinymomof3.

Muy pronto, Instagram ocupará el lugar que ya ocupa Facebook en todos esos estudios sobre los estados protodepresivos en los que la red social sumerge a muchos de sus usuarios. El espectro de la depresión autoinfligida en Instagram alcanza mayores cotas; no sólo puedes admirar las vacaciones de una australiana que posa frente a unas casas coloniales a las afueras de Bogotá mientras tú juegas al parchís con tu abuela en el porche a 37 grados. También puedes arruinar cualquier tipo de relación que intentes sostener en la realidad en base a las expectativas generadas por el perfil de esa pareja que vive con su gato en Madrid, pero que podría estar empadronada directamente en el cielo a juzgar por el blanco nuclear y la iluminación de sus fotos.

Los poseedores de expectativas irreales pueden convertirse en intolerantes al conflicto, rutinas y otros aspectos de la convivencia cercana que a menudo caracterizan la vida en pareja

Instagram ya ocupa de facto el lugar que siempre ha ocupado Hollywood. La cuenta de esa chica que acaba de subir una foto de su novio durmiendo con su perro, en blanco y negro, donde no existen los ronquidos ni los pedos perrunos… en tu cerebro, esa imagen ya es como una película entera de Jennifer Aniston. Y, si la has visto y te has puesto en cualquiera de los dos lugares (incluso de los tres), ya no hay esperanza para ti. «Los poseedores de expectativas irreales pueden convertirse en intolerantes al conflicto, rutinas y otros aspectos de la convivencia cercana que a menudo caracterizan la vida en pareja». Así habla Lauren F.E. Galloway, de la Universidad de Nevada, en Does Movie Viewing Cultivate Unrealistic Expectations about Love and Marriage?, y encaja como un guante con Instagram.

«Estoy harto de fantasías porque no existen. Y nunca hay sorpresas de verdad». Y, además, nunca te llenan, le responde Laura a Rob Gordon. Sin embargo, con toda la cobardía que desprende el personaje de Cusack durante la película, hay algo valiente en él que no suele suceder en la realidad: querer abandonar la fantasía de Instagram. La adicción a la irrealidad es poderosa. No en vano Kevin Systrom, fundador del universo ideal, se graduó en sistemas simbólicos por la Universidad de Stanford; un programa enfocado principalmente en la relación entre el ordenador y la mente humana. Systrom es el camello de la belleza y no te dejará salir de ahí. O, quién sabe, quizá un día te veas a ti mismo en una mesa de bar pidiéndole matrimonio a alguien, con el palpitar sordo de Instagram en tu bolsillo.

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Opiniones 3
  • Precisamente ese párrafo de esta novela me ayudó a decidirme a casarme.
    Así de fácil, todo es muy bonito cuando cada uno vive con sus padres … pero la realidad es otra y hay que asumirla.

  • Las redes sociales son como un enorme géiser por el que lanzamos nuestras mierdas al mundo, como si el mundo las necesitara. Hay mucho de inquietante en todas estas formas que estamos inventando para esconder la realidad que nos acecha al otro lado de la camarita del móvil. Me ha gustado mucho el artículo, Jorge Salas.

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