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3 de octubre 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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Darle ‘flow’ a una lengua para evitar su extinción

3 de octubre 2017    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Aunque le dijeran que cantaba «como un borracho», Ricardo Flores no se amedrentó. Ni siquiera cuando tal apreciación vino de su abuela, mujer de la que había aprendido, entre muchas cosas, a hablar quechua, el idioma con el que iba a alcanzar cierta notoriedad.

Su estampa de persona ebria a la hora de coger el micrófono se debía, quizás, a que el estilo elegido era el rap, música de modulaciones punzantes y prosodia caprichosa. Con el nombre artístico de Liberato Kani, este joven limeño de 24 años le ha añadido al castellano esta lengua vernácula en forma de rimas. Versos intercalados que, como el Perú, demuestran el contraste patrio entre la importancia de la tradición y el ansia de futuro.

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«Luego soltó que iba a escuchar bien las letras y que, si cometía algún error, me las corregiría», cuenta ahora, al otro lado del teléfono, recordando aquel episodio con su abuela. «Se mataba de risa», continúa Flores, estudiante de Historia, de charla rápida e ideas fuertes. De ahí que su travesía por el hip hop haya sido algo oscilante. Que haya pasado de la afición al estrellato como su mentora pasó con él de la carcajada a la seriedad. «Conozco este estilo de música muy pronto. Entonces es cuando me da por recuperar el quechua», indica en un presente que abarca desde su adolescencia hasta hoy.

Dice «recuperar» porque en su día a día no utiliza este vocabulario. Su rutina en la capital, una urbe de ocho millones y medio de habitantes, está expresada en castellano. Aquí nació hasta que a los nueve años, por un motivo «bien fuerte», tuvo que salir: «A mi madre le quedaban pocos días de vida y quería pasar en su pueblo las últimas horas», lamenta. Regresaron a Umamarca, la pequeña aldea de donde procedía su familia materna. Situada en el sur, dentro de la provincia de Apurimac y en zona de sierra andina, se encontró con el arraigo de un vocabulario que solo había oído a sus progenitores cuando querían que no se enterase de lo que hablaban.

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Tres años de inmersión en este nuevo entorno rural le condicionaron en esa mentalidad del bilingüismo. «Lo aprendí muy rápido», remata. No solo el idioma. También aprendió a calzar las ojotas (unas sandalias andinas fabricadas con llanta) o a ir en poncho. «Cultivaba maíz como ellos, pisaba barro para hacer adobe o ejercía el trueque», enumera.

La cabeza se le llenó de fábulas, de ese simbolismo que acompaña a los elementos de la naturaleza, ordenados según designios de la Pachamama o Madre Tierra. Redactaba cuentos. Leía a José María Arguedas, célebre autor indigenista. Se inmiscuía en un entorno de literatura y ritmo sosegado. Incluso llegó a visitar Andahuaylas, lugar de nacimiento de su autor de referencia, gracias a un concurso de redacción escolar.

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Volvió a Lima y hasta 2013 no recuperó el quechua, como decía al principio: «De repente me brotó. Fue espontáneo. Estaba ensayando y, cuando vi la fuerza que desprendía, quise incorporarlo». Acostumbrado a rimar basándose en influencias latinas —como los mexicanos Control Machete o Molotov— o en ritmos más duros —caso del colectivo Saïan Supa Crew y su francés de suburbio—, escribió unas cuantas líneas en este idioma que se extiende por el continente desde poblados colombianos hasta el Cono Sur.

«Había hecho algunos ecos, pero la canción Hip hop rurachkani tuvo mucho impacto», sopesa. En esta línea, solo Uchpa, banda de rock inca, podía ser considerada como ‘popular’. El resto de cantantes que utilizaban el quechua no pasaba del folclore local.

Empezó a trasladar sus viajes y experiencias a este lenguaje afilado, que parece construido a machetazos. Enardecía Flores la identidad peruana, con su diversidad racial y geográfica, con sus disparidades entre las grandes y destartaladas metrópolis y el campo, plagado de ruinas milenarias y de una sabiduría natural a veces menospreciada.

«Acá hay un problema de discriminación. A los de la sierra o la selva se les llama cholo o indio de forma despectiva, para ofender», comenta quien asume su condición mestiza y acusa a otros cantantes de usar ese racismo en sus letras. «Tiran de eso, anulando las minorías. Y hay vergüenza en decir que eres indígena», protesta.

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Los gobernantes, apostilla, tampoco se preocupan por salvar esta exclusión. Incluye esta indiferencia entre sus temas fetiche, junto con la corrupción, la pérdida de recursos o «la mafia» instaurada en las instituciones. Perú, con casi 32 millones de habitantes, basa su fuerza productora en las zonas rurales y está compuesto por una mayoría mestiza, cruce de indígenas con europeos tras la colonización.

La Organización Internacional del Trabajo, tal como recogió el diario nacional El Comercio, estimó en un 56% la vulnerabilidad de estos campesinos en Sudamérica y el Caribe. En este caso, muchos ni siquiera llegan a los 229 euros que se calcula de salario medio en el país. «Pierden sus tierras, se les olvida», reitera, «el ministerio está recién poniéndose las pilas, pero apenas se siente».

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Flores ve en Bolivia un referente. Dejando de lado que existe una pugna entre el oriente y el occidente del país marcada, precisamente, por el color de piel, el rapero nota mayor «orgullo» indígena. «Evo Morales, el presidente, es de origen aymara. Las lenguas indígenas se han incluido en el currículo y es algo mágico», avisa quien iba a actuar en Sucre, al sur del país vecino, antes de pasarse por Berlín con sus estrofas en quechua.

«Representaba a Perú y volví recontra contento», evoca. Con su nuevo disco, que llamará Pawai (algo así como apúrate o rápido), pretende recorrer Ecuador, Guatemala o México.

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¿Gritarán allí «¡Qué bacano, qué chévere!», como le decían al principio? «Ni idea. Ojalá», resume. Ahora la gente corea poco a poco los temas. En la región donde lo aprendió se lo saben de memoria. «Me dan ganas de saltar, me dan ganas de rebeldía», exclama. Para Liberato Kani el hip hop es más que métrica o poesía. Es «salvar una lengua». En su caso, el quechua. Incluso pareciendo ebrio. No importa. Lo tuvo claro desde que se instruyó con su abuela, quien —por cierto— jamás le tocó una línea: «Se tiene que difundir. Sobre todo en los colegios, a los niños. Ellos son la esperanza».

Aunque le dijeran que cantaba «como un borracho», Ricardo Flores no se amedrentó. Ni siquiera cuando tal apreciación vino de su abuela, mujer de la que había aprendido, entre muchas cosas, a hablar quechua, el idioma con el que iba a alcanzar cierta notoriedad.

Su estampa de persona ebria a la hora de coger el micrófono se debía, quizás, a que el estilo elegido era el rap, música de modulaciones punzantes y prosodia caprichosa. Con el nombre artístico de Liberato Kani, este joven limeño de 24 años le ha añadido al castellano esta lengua vernácula en forma de rimas. Versos intercalados que, como el Perú, demuestran el contraste patrio entre la importancia de la tradición y el ansia de futuro.

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«Luego soltó que iba a escuchar bien las letras y que, si cometía algún error, me las corregiría», cuenta ahora, al otro lado del teléfono, recordando aquel episodio con su abuela. «Se mataba de risa», continúa Flores, estudiante de Historia, de charla rápida e ideas fuertes. De ahí que su travesía por el hip hop haya sido algo oscilante. Que haya pasado de la afición al estrellato como su mentora pasó con él de la carcajada a la seriedad. «Conozco este estilo de música muy pronto. Entonces es cuando me da por recuperar el quechua», indica en un presente que abarca desde su adolescencia hasta hoy.

Dice «recuperar» porque en su día a día no utiliza este vocabulario. Su rutina en la capital, una urbe de ocho millones y medio de habitantes, está expresada en castellano. Aquí nació hasta que a los nueve años, por un motivo «bien fuerte», tuvo que salir: «A mi madre le quedaban pocos días de vida y quería pasar en su pueblo las últimas horas», lamenta. Regresaron a Umamarca, la pequeña aldea de donde procedía su familia materna. Situada en el sur, dentro de la provincia de Apurimac y en zona de sierra andina, se encontró con el arraigo de un vocabulario que solo había oído a sus progenitores cuando querían que no se enterase de lo que hablaban.

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Tres años de inmersión en este nuevo entorno rural le condicionaron en esa mentalidad del bilingüismo. «Lo aprendí muy rápido», remata. No solo el idioma. También aprendió a calzar las ojotas (unas sandalias andinas fabricadas con llanta) o a ir en poncho. «Cultivaba maíz como ellos, pisaba barro para hacer adobe o ejercía el trueque», enumera.

La cabeza se le llenó de fábulas, de ese simbolismo que acompaña a los elementos de la naturaleza, ordenados según designios de la Pachamama o Madre Tierra. Redactaba cuentos. Leía a José María Arguedas, célebre autor indigenista. Se inmiscuía en un entorno de literatura y ritmo sosegado. Incluso llegó a visitar Andahuaylas, lugar de nacimiento de su autor de referencia, gracias a un concurso de redacción escolar.

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Volvió a Lima y hasta 2013 no recuperó el quechua, como decía al principio: «De repente me brotó. Fue espontáneo. Estaba ensayando y, cuando vi la fuerza que desprendía, quise incorporarlo». Acostumbrado a rimar basándose en influencias latinas —como los mexicanos Control Machete o Molotov— o en ritmos más duros —caso del colectivo Saïan Supa Crew y su francés de suburbio—, escribió unas cuantas líneas en este idioma que se extiende por el continente desde poblados colombianos hasta el Cono Sur.

«Había hecho algunos ecos, pero la canción Hip hop rurachkani tuvo mucho impacto», sopesa. En esta línea, solo Uchpa, banda de rock inca, podía ser considerada como ‘popular’. El resto de cantantes que utilizaban el quechua no pasaba del folclore local.

Empezó a trasladar sus viajes y experiencias a este lenguaje afilado, que parece construido a machetazos. Enardecía Flores la identidad peruana, con su diversidad racial y geográfica, con sus disparidades entre las grandes y destartaladas metrópolis y el campo, plagado de ruinas milenarias y de una sabiduría natural a veces menospreciada.

«Acá hay un problema de discriminación. A los de la sierra o la selva se les llama cholo o indio de forma despectiva, para ofender», comenta quien asume su condición mestiza y acusa a otros cantantes de usar ese racismo en sus letras. «Tiran de eso, anulando las minorías. Y hay vergüenza en decir que eres indígena», protesta.

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Los gobernantes, apostilla, tampoco se preocupan por salvar esta exclusión. Incluye esta indiferencia entre sus temas fetiche, junto con la corrupción, la pérdida de recursos o «la mafia» instaurada en las instituciones. Perú, con casi 32 millones de habitantes, basa su fuerza productora en las zonas rurales y está compuesto por una mayoría mestiza, cruce de indígenas con europeos tras la colonización.

La Organización Internacional del Trabajo, tal como recogió el diario nacional El Comercio, estimó en un 56% la vulnerabilidad de estos campesinos en Sudamérica y el Caribe. En este caso, muchos ni siquiera llegan a los 229 euros que se calcula de salario medio en el país. «Pierden sus tierras, se les olvida», reitera, «el ministerio está recién poniéndose las pilas, pero apenas se siente».

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Flores ve en Bolivia un referente. Dejando de lado que existe una pugna entre el oriente y el occidente del país marcada, precisamente, por el color de piel, el rapero nota mayor «orgullo» indígena. «Evo Morales, el presidente, es de origen aymara. Las lenguas indígenas se han incluido en el currículo y es algo mágico», avisa quien iba a actuar en Sucre, al sur del país vecino, antes de pasarse por Berlín con sus estrofas en quechua.

«Representaba a Perú y volví recontra contento», evoca. Con su nuevo disco, que llamará Pawai (algo así como apúrate o rápido), pretende recorrer Ecuador, Guatemala o México.

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¿Gritarán allí «¡Qué bacano, qué chévere!», como le decían al principio? «Ni idea. Ojalá», resume. Ahora la gente corea poco a poco los temas. En la región donde lo aprendió se lo saben de memoria. «Me dan ganas de saltar, me dan ganas de rebeldía», exclama. Para Liberato Kani el hip hop es más que métrica o poesía. Es «salvar una lengua». En su caso, el quechua. Incluso pareciendo ebrio. No importa. Lo tuvo claro desde que se instruyó con su abuela, quien —por cierto— jamás le tocó una línea: «Se tiene que difundir. Sobre todo en los colegios, a los niños. Ellos son la esperanza».

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Opiniones 1
  • Es lo que pienso. Siempre digo del mapudungun (el idioma de los mapuches, el pueblo indígena más numeroso de Chile) que «le falta pop». No soy amante del pop, pero es el estilo de música preferido por muchísimas personas y sin duda escucharlo en el idioma materno puede tener un gran efecto en el uso de la lengua, cada día en mayor peligro.

    El quechua no es un solo idioma, es una familia de idiomas, con mayor diversidad que las lenguas romances. Si hacemos un símil entre quechua sureño (el mayoritario y seguramente el idioma de este cantante) y el castellano, el quichua ecuatoriano sería el italiano (no el portugués) y las lenguas quechua del centro de Perú estarían más lejos que el rumano, especialmente por sus grandes diferencias de gramática. Saludos.

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