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10 de diciembre 2018    /   BUSINESS
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Librerías clandestinas de Buenos Aires: comprar libros a puerta cerrada

10 de diciembre 2018    /   BUSINESS     por          
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Para entrar a algunas librerías de Buenos Aires hay que usar contraseña. El sistema es sencillo: llamar al portero automático, esperar respuesta y decir «hola, tenía una cita». Entonces, una voz contesta «ya le abro». Un minuto después, el portal se abre y el librero permite el paso al visitante.

Así es como comienza el misterioso ritual de las librerías clandestinas de la capital argentina.

 

Seamos exactos: llamarlas clandestinas –aunque, en cierta forma, lo sean– quizá suene demasiado novelesco. Nurit Kasztelan prefiere llamarlas librerías atípicas.

Así es como ella define Mi casa, la librería que gestiona en el living de su departamento en Villa Crespo, en el corazón de Buenos Aires. Nurit fue la primera de la ciudad –o, lo que es lo mismo, de toda Argentina– en convertir las paredes de su casa en una boutique literaria. Y lo hizo por una simple razón: quería leer más libros de los que podía comprar –y encontrar–.

«Soy caprichosa, quiero tener cosas concretas. Cuando uno desea algo, no tiene conciencia del límite –explica Nurit a Yorokobu–. Hay algo latinoamericano o argentino en esto de no ver las reglas. Los argentinos pasamos por encima de algunas de ellas».

Kasztelan decidió cambiar las reglas en 2009. Hasta ese momento, su historia era la de una licenciada en economía que trabajaba en el consejo federal de inversiones. «Lo odiaba: trabajar por horarios en lugar de por objetivos. Quería no tener jefe, decidir qué hacer con mi tiempo».

Nurit Kasztelan en su librería MiCasa

Como ella misma explica, no decidió ser librera desde el inicio, sino que el proceso se fue dando poco a poco. Durante su vida anterior hacía muchas cosas relacionadas con la literatura: escribía (actualmente tiene publicados tres poemarios), editaba una revista virtual (No retornable), realizaba ciclos de lectura de poesía (La manzana en el gusano). Durante esos ciclos, los poetas le daban libros para vender, pero no pedía ningún porcentaje por ello. Simplemente, los vendía.

«Soy buena haciendo brillar a otros, se me da bien recomendar, ayudar a la gente a cambiar a través de un libro, mostrar una obra que debe ser leída», explica Kasztelan. Fue entonces cuando los propios autores le sugirieron que se llevase un porcentaje por las ventas. Ese fue el chispazo que accionó todo. Kasztelan comenzó a ponerse en contacto con editoriales para vender sus libros con una comisión por cada venta. Aun así, en aquel momento, su fin principal no era vender, sino tener un nuevo (y ansiado) libro entre las manos.

Librería MiCasa

La conciencia de profesionalizarse llegó cuando surgió la duda de cómo sobrevivir a una crisis, una de las tantas que azotan el país de forma cíclica.

«Cuando renuncié a mi trabajo no sabía qué hacer. Simplemente lo dejé porque no me aportaba nada». Kasztelan comenzó entonces un viaje, un viaje muy similar al de esa mujer, GH, que vivió su propia pasión bajo la pluma de Clarice Lispector. Al igual que la protagonista de la novela, Kasztelan se adentró en una habitación casi vacía en la que se escondía una cucaracha. Penetrando en su interior más desconocido –sus miedos, sus angustias– Kasztelan, así como GH, agarró al insecto y lo llevó hasta su boca.

De la propia Lispector surgió la frase que Kasztelan usó como amuleto: «A la organización no se le opone la desorganización sino una nueva forma». Una nueva forma con luz de librería.

Cuando la vaca se convierte en mariposa

Adriana Morán se ríe mientras lo cuenta. De pie, junto a la estantería, explica que tuvo que empezar a quitar los libros de los estantes más bajos cuando descubrió que su hijo de dos años se los llevaba a su cesta de juguetes. «Un día, ordenando su habitación, me encontré un libro metido entre sus cosas. No podía parar de reír mientras se lo contaba a mi marido: el libro era Borges y la cábala».

Nacida en Maracaibo, Venezuela, llegó a la capital argentina en 2008 para hacer una maestría en comunicación y creación cultural. Desde entonces vive en Buenos Aires, aunque le falta el mar Caribe, o eso es, al menos, lo que se intuye cuando uno escucha alguna de sus recomendaciones literarias.

Los libros rondaban su vida desde hace años: como editora de una revista literaria, a cargo de una librería universitaria, fundadora de una editorial cartonera (La Vaca mariposa). Su sueño latente –como el de todo fanático de los libros– era tener su propia librería, pero esto no comenzó a fraguarse hasta el final de su maestría, momento en el que sucedió algo que lo cambió todo: visitó la librería de Kasztelan.

«En aquel momento ya había movida literaria en bares y casas –explica Morán–, pero fue al visitar Mi casa cuando dije “esto es lo que yo quiero hacer”».

La vaca mariposa nació como librería a puerta cerrada en el barrio de Palermo en el año 2013. «La idea era darle un extra al concepto de librería. Comenzamos a programar actividades como cenas con escritores, club de lectura, catas literarias maridando vinos con libros de distintos géneros…».

Adriana Morán en su librería

Cuando se le pregunta a Morán si tuvo algún miedo al dejar entrar a desconocidos dentro de su casa en una ciudad como Buenos Aires, su respuesta es clara: «Vengo de Venezuela. Allí todo es peor, más inseguro. Aun así, el círculo literario de este tipo de librerías es muy pequeño y, además, casi nunca estaba sola, sobre todo al hacer actividades».

Sin embargo, todo cambió cuando nació su hijo. «A partir de ese momento cesamos muchas de las actividades. Sigo recibiendo gente, a los clientes fijos y de confianza, pero no tantos como antes. Un hijo cambia la vida incluso teniendo el trabajo en tu propia casa».

La extraña atracción de lo clandestino

Lo clandestino seduce. Es pensar en los speakeasy de la época de la Prohibición y un escalofrío de emoción corretea por la espalda del amante de lo prohibido. Ese elemento es, precisamente, el primero que atrae de las librerías a puerta cerrada: no saber dónde se encuentran. Ocultas, escondidas, como tramando algo entre las sombras.

Sin embargo, esta clandestinidad no es más que un filtro de protección que ponen personas como Kasztelan y Morán para que sus casas no se conviertan en una parte más de la vía pública. Para poder visitarlas hay que pasar un sencillo trámite: el contacto vía email. Una vez establecido, la librera desvela la dirección de su guarida y ultima una cita con el cliente interesado.

Entonces, entra en juego el siguiente punto de atracción: lo que es capaz de aportar una librería a puerta cerrada.

Librería MiCasa

Cuando Kasztelan se cambió de casa, en 2010, lo hizo pensando en su trabajo y también en su vida. Por ello escogió una casa grande, con luz, con patio interior, que pudiese ejercer de hogar y librería al mismo tiempo. Que tuviese belleza tanto para ella como para el visitante.

Aun así, para Kasztelan la clave es otra: «No es tanto la casa como el nicho. Tienes que buscar tu huella personal, si no, ¿por qué la gente va a ir a una casa y no a una librería convencional, con todo lo incómodo que es el sistema de citas? Algo le tienes que dar, la razón por la que irán y repetirán la experiencia: tu conocimiento, tu catálogo, tu acceso a libros que, de otra forma, no podrían encontrar».

Sin embargo, sí que hay algo que intenta dejar claro: las librerías a puerta cerrada son experiencias distintas a las de las librerías convencionales. «No me gustan los malentendidos y sí que suelo requerir una mínima compra obligatoria –explica Kasztelan–. En una librería a pie de calle y ciertos showrooms se acostumbra a entrar y salir, sin más. Pero yo no puedo quedar solo para charlar con la gente. Todo el catálogo está online, por lo que se puede investigar y venir con una idea definida. Cuando recibo a alguien es, como máximo, dos o tres personas por turno. Puedo recomendar y pasar horas, pero ese es mi tiempo y mi conocimiento, los cuales pongo a disposición del visitante y no puedo hacerlo de forma gratuita».

Y remata: «Me quedo algo rara cuando alguien va solo a mirar, porque es mi casa, mi living. Entonces prefiero marcar ese límite».

La evolución después de la clandestinidad

Morán toma una fotografía de la estantería y se queda un rato mirándola. En ella se la ve acompañada de un grupo de personas. «Es de 2001, la primera vez que vine a Buenos Aires. Asistí a un curso de periodismo cultural impartido por Tomás Eloy Martínez. En esta foto hay gente muy, muy buena: Patricia Kolesnicov, Héctor Abad Faciolince, Jaime Abelo Banfi, Emilio Fernández Cicco… Todos ellos periodistas y escritores ya consagrados».

Librería La vaca mariposa

Morán publicó un libro al final de su maestría, pero no se considera escritora. A ella le gusta ser periodista y, sobre todo, ser librera. «Esta librería fue la que me permitió comenzar a hacer lo que me gustaba, pero mi sueño es tener una librería convencional. Me gusta lo que mi casa da de íntimo, el trato personalizado con quien va a comprar y también con el escritor y la editorial, pero desearía estar más de frente a la gente, estar más visible».

Kasztelan es más rotunda: «Me gusta tener mi tiempo, mi librería, pero por momentos siento que me cansé de ser librera. Ahora viajaría por el mundo a contar la experiencia y ayudar a que lo repliquen por otros lugares». Esto es, de hecho, algo que ya ha realizado con anterioridad. «Recibí mails de personas que querían llevar a cabo un proyecto similar y comencé a asesorarles. Aún así, es algo por lo que aún me cuesta cobrar».

A diferencia de Morán, ella sí se define como escritora. Cuando se le pregunta en qué lugar se encuentra más cómoda, su repuesta es simple: «Me siento más feliz escribiendo». Y continúa: «Compuse mis primeros poemas a los 11 años –poemas rebobos, como ella misma los define–, pero hasta mucho después no supe que se podía escribir como mujer. Por un lado, en mí hubo un deseo de ser escritora con el objetivo de pertenecer a algo, a un sistema. A los 23 años me quité la ansiedad y, a partir del segundo, ya pude empezar a decir que había aprendido a escribir».

Kasztelan se debate entre el movimiento y el estatismo. Entre los viajes literarios y los viajes soñados (quizá, también imaginados). No sabe qué será de su librería y de sus próximos objetivos en el futuro, pero de lo que sí está segura es del inmenso poder de una palabra que ya ha repetido varias veces durante la entrevista. «Creo mucho en el deseo y que, si uno va cambiando en base a él, va alcanzando nuevos objetivos».

Quizá haya también algo de latinoamericano (o argentino) en todo esto del deseo.

Para entrar a algunas librerías de Buenos Aires hay que usar contraseña. El sistema es sencillo: llamar al portero automático, esperar respuesta y decir «hola, tenía una cita». Entonces, una voz contesta «ya le abro». Un minuto después, el portal se abre y el librero permite el paso al visitante.

Así es como comienza el misterioso ritual de las librerías clandestinas de la capital argentina.

 

Seamos exactos: llamarlas clandestinas –aunque, en cierta forma, lo sean– quizá suene demasiado novelesco. Nurit Kasztelan prefiere llamarlas librerías atípicas.

Así es como ella define Mi casa, la librería que gestiona en el living de su departamento en Villa Crespo, en el corazón de Buenos Aires. Nurit fue la primera de la ciudad –o, lo que es lo mismo, de toda Argentina– en convertir las paredes de su casa en una boutique literaria. Y lo hizo por una simple razón: quería leer más libros de los que podía comprar –y encontrar–.

«Soy caprichosa, quiero tener cosas concretas. Cuando uno desea algo, no tiene conciencia del límite –explica Nurit a Yorokobu–. Hay algo latinoamericano o argentino en esto de no ver las reglas. Los argentinos pasamos por encima de algunas de ellas».

Kasztelan decidió cambiar las reglas en 2009. Hasta ese momento, su historia era la de una licenciada en economía que trabajaba en el consejo federal de inversiones. «Lo odiaba: trabajar por horarios en lugar de por objetivos. Quería no tener jefe, decidir qué hacer con mi tiempo».

Nurit Kasztelan en su librería MiCasa

Como ella misma explica, no decidió ser librera desde el inicio, sino que el proceso se fue dando poco a poco. Durante su vida anterior hacía muchas cosas relacionadas con la literatura: escribía (actualmente tiene publicados tres poemarios), editaba una revista virtual (No retornable), realizaba ciclos de lectura de poesía (La manzana en el gusano). Durante esos ciclos, los poetas le daban libros para vender, pero no pedía ningún porcentaje por ello. Simplemente, los vendía.

«Soy buena haciendo brillar a otros, se me da bien recomendar, ayudar a la gente a cambiar a través de un libro, mostrar una obra que debe ser leída», explica Kasztelan. Fue entonces cuando los propios autores le sugirieron que se llevase un porcentaje por las ventas. Ese fue el chispazo que accionó todo. Kasztelan comenzó a ponerse en contacto con editoriales para vender sus libros con una comisión por cada venta. Aun así, en aquel momento, su fin principal no era vender, sino tener un nuevo (y ansiado) libro entre las manos.

Librería MiCasa

La conciencia de profesionalizarse llegó cuando surgió la duda de cómo sobrevivir a una crisis, una de las tantas que azotan el país de forma cíclica.

«Cuando renuncié a mi trabajo no sabía qué hacer. Simplemente lo dejé porque no me aportaba nada». Kasztelan comenzó entonces un viaje, un viaje muy similar al de esa mujer, GH, que vivió su propia pasión bajo la pluma de Clarice Lispector. Al igual que la protagonista de la novela, Kasztelan se adentró en una habitación casi vacía en la que se escondía una cucaracha. Penetrando en su interior más desconocido –sus miedos, sus angustias– Kasztelan, así como GH, agarró al insecto y lo llevó hasta su boca.

De la propia Lispector surgió la frase que Kasztelan usó como amuleto: «A la organización no se le opone la desorganización sino una nueva forma». Una nueva forma con luz de librería.

Cuando la vaca se convierte en mariposa

Adriana Morán se ríe mientras lo cuenta. De pie, junto a la estantería, explica que tuvo que empezar a quitar los libros de los estantes más bajos cuando descubrió que su hijo de dos años se los llevaba a su cesta de juguetes. «Un día, ordenando su habitación, me encontré un libro metido entre sus cosas. No podía parar de reír mientras se lo contaba a mi marido: el libro era Borges y la cábala».

Nacida en Maracaibo, Venezuela, llegó a la capital argentina en 2008 para hacer una maestría en comunicación y creación cultural. Desde entonces vive en Buenos Aires, aunque le falta el mar Caribe, o eso es, al menos, lo que se intuye cuando uno escucha alguna de sus recomendaciones literarias.

Los libros rondaban su vida desde hace años: como editora de una revista literaria, a cargo de una librería universitaria, fundadora de una editorial cartonera (La Vaca mariposa). Su sueño latente –como el de todo fanático de los libros– era tener su propia librería, pero esto no comenzó a fraguarse hasta el final de su maestría, momento en el que sucedió algo que lo cambió todo: visitó la librería de Kasztelan.

«En aquel momento ya había movida literaria en bares y casas –explica Morán–, pero fue al visitar Mi casa cuando dije “esto es lo que yo quiero hacer”».

La vaca mariposa nació como librería a puerta cerrada en el barrio de Palermo en el año 2013. «La idea era darle un extra al concepto de librería. Comenzamos a programar actividades como cenas con escritores, club de lectura, catas literarias maridando vinos con libros de distintos géneros…».

Adriana Morán en su librería

Cuando se le pregunta a Morán si tuvo algún miedo al dejar entrar a desconocidos dentro de su casa en una ciudad como Buenos Aires, su respuesta es clara: «Vengo de Venezuela. Allí todo es peor, más inseguro. Aun así, el círculo literario de este tipo de librerías es muy pequeño y, además, casi nunca estaba sola, sobre todo al hacer actividades».

Sin embargo, todo cambió cuando nació su hijo. «A partir de ese momento cesamos muchas de las actividades. Sigo recibiendo gente, a los clientes fijos y de confianza, pero no tantos como antes. Un hijo cambia la vida incluso teniendo el trabajo en tu propia casa».

La extraña atracción de lo clandestino

Lo clandestino seduce. Es pensar en los speakeasy de la época de la Prohibición y un escalofrío de emoción corretea por la espalda del amante de lo prohibido. Ese elemento es, precisamente, el primero que atrae de las librerías a puerta cerrada: no saber dónde se encuentran. Ocultas, escondidas, como tramando algo entre las sombras.

Sin embargo, esta clandestinidad no es más que un filtro de protección que ponen personas como Kasztelan y Morán para que sus casas no se conviertan en una parte más de la vía pública. Para poder visitarlas hay que pasar un sencillo trámite: el contacto vía email. Una vez establecido, la librera desvela la dirección de su guarida y ultima una cita con el cliente interesado.

Entonces, entra en juego el siguiente punto de atracción: lo que es capaz de aportar una librería a puerta cerrada.

Librería MiCasa

Cuando Kasztelan se cambió de casa, en 2010, lo hizo pensando en su trabajo y también en su vida. Por ello escogió una casa grande, con luz, con patio interior, que pudiese ejercer de hogar y librería al mismo tiempo. Que tuviese belleza tanto para ella como para el visitante.

Aun así, para Kasztelan la clave es otra: «No es tanto la casa como el nicho. Tienes que buscar tu huella personal, si no, ¿por qué la gente va a ir a una casa y no a una librería convencional, con todo lo incómodo que es el sistema de citas? Algo le tienes que dar, la razón por la que irán y repetirán la experiencia: tu conocimiento, tu catálogo, tu acceso a libros que, de otra forma, no podrían encontrar».

Sin embargo, sí que hay algo que intenta dejar claro: las librerías a puerta cerrada son experiencias distintas a las de las librerías convencionales. «No me gustan los malentendidos y sí que suelo requerir una mínima compra obligatoria –explica Kasztelan–. En una librería a pie de calle y ciertos showrooms se acostumbra a entrar y salir, sin más. Pero yo no puedo quedar solo para charlar con la gente. Todo el catálogo está online, por lo que se puede investigar y venir con una idea definida. Cuando recibo a alguien es, como máximo, dos o tres personas por turno. Puedo recomendar y pasar horas, pero ese es mi tiempo y mi conocimiento, los cuales pongo a disposición del visitante y no puedo hacerlo de forma gratuita».

Y remata: «Me quedo algo rara cuando alguien va solo a mirar, porque es mi casa, mi living. Entonces prefiero marcar ese límite».

La evolución después de la clandestinidad

Morán toma una fotografía de la estantería y se queda un rato mirándola. En ella se la ve acompañada de un grupo de personas. «Es de 2001, la primera vez que vine a Buenos Aires. Asistí a un curso de periodismo cultural impartido por Tomás Eloy Martínez. En esta foto hay gente muy, muy buena: Patricia Kolesnicov, Héctor Abad Faciolince, Jaime Abelo Banfi, Emilio Fernández Cicco… Todos ellos periodistas y escritores ya consagrados».

Librería La vaca mariposa

Morán publicó un libro al final de su maestría, pero no se considera escritora. A ella le gusta ser periodista y, sobre todo, ser librera. «Esta librería fue la que me permitió comenzar a hacer lo que me gustaba, pero mi sueño es tener una librería convencional. Me gusta lo que mi casa da de íntimo, el trato personalizado con quien va a comprar y también con el escritor y la editorial, pero desearía estar más de frente a la gente, estar más visible».

Kasztelan es más rotunda: «Me gusta tener mi tiempo, mi librería, pero por momentos siento que me cansé de ser librera. Ahora viajaría por el mundo a contar la experiencia y ayudar a que lo repliquen por otros lugares». Esto es, de hecho, algo que ya ha realizado con anterioridad. «Recibí mails de personas que querían llevar a cabo un proyecto similar y comencé a asesorarles. Aún así, es algo por lo que aún me cuesta cobrar».

A diferencia de Morán, ella sí se define como escritora. Cuando se le pregunta en qué lugar se encuentra más cómoda, su repuesta es simple: «Me siento más feliz escribiendo». Y continúa: «Compuse mis primeros poemas a los 11 años –poemas rebobos, como ella misma los define–, pero hasta mucho después no supe que se podía escribir como mujer. Por un lado, en mí hubo un deseo de ser escritora con el objetivo de pertenecer a algo, a un sistema. A los 23 años me quité la ansiedad y, a partir del segundo, ya pude empezar a decir que había aprendido a escribir».

Kasztelan se debate entre el movimiento y el estatismo. Entre los viajes literarios y los viajes soñados (quizá, también imaginados). No sabe qué será de su librería y de sus próximos objetivos en el futuro, pero de lo que sí está segura es del inmenso poder de una palabra que ya ha repetido varias veces durante la entrevista. «Creo mucho en el deseo y que, si uno va cambiando en base a él, va alcanzando nuevos objetivos».

Quizá haya también algo de latinoamericano (o argentino) en todo esto del deseo.

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Opiniones 1
  • Con respecto la nota las Librerías clandestinas de Buenos Aires: comprar libros a puerta cerrada ,muy bueno el contenido lo único que tengo para decir que Villa Crespo no esta en el corazón de Palermo son dos barrios que esta uno al lado del otro y que cada de ellos es muy distinto .

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