1 de noviembre 2011    /   IDEAS
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Librerías y Bookstores

1 de noviembre 2011    /   IDEAS     por          
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Recuerdo que hace muchos años un profesor nos dijo que toda cultura viaja sobre el lenguaje. Y ya por aquellos lejanos años ochenta ya nos advertía que la expansión del inglés cambiaría por completo la cultura del mundo entero.

Hace algunos días, pasé frente a la puerta de una conocida librería de Barcelona, y recordé mi profesor al leer el cartel que tenía a la entrada: Librería / Bookstore. Me llamó la atención que en castellano (y parece que en todas las lenguas romances) contamos con dos palabras para diferenciar una Biblioteca de una Librería, sin embargo, en ambos casos hablamos de sitios que están llenos de libros, sin mayor referencia comercial. En cambio, en inglés una Library es una Biblioteca, mientras que una Bookstore es eso, simplemente una tienda donde se venden libros. Y es ahí donde hemos caído en la trampa del lenguaje.

El desembarco de Amazon en España, acompañado de la publicidad gratuita que miles de personas realizaron a través de las redes sociales, ha abierto el debate sobre el futuro de las librerías, pues se da por sentado que las ventajas que ofrece la multinacional (un amplio catálogo, precios reducidos, envíos inmediatos, referencias hechas por el público e incluso próximamente ediciones propias) terminará por quebrar a los locales tradicionales.

Quizá podamos estar de acuerdo con esta previsión, e incluso las librerías de toda la vida lo piensan, si nos ceñimos al término anglosajón: Bookstore. Porque si algo sabe hacer Amazon es precisamente vender libros. Sin embargo, las librerías son mucho más que tiendas, son un concepto que con el paso de los años se ha ido perdiendo y que, curiosamente, la misma Amazon puede ofrecerles las ideas para volver a su origen.

Uno de los principales argumentos de Amazon (y de la legión que le hace eco por las redes sociales sin cobrar un céntimo) señala que la gente está deseosa de conocer a gente que esté interesada en los mismos gustos literarios, para recomendar y compartir experiencias de lectura. Lo curioso es que el concepto de lectura colectiva existe desde hace siglos, primero las tertulias literarias y posteriormente los clubes de lectura son ejemplo de ello. La única diferencia es que ahora lo haces desde tu casa y viendo una pantalla. Algo que, en lo personal, me parece bastante aburrido.

Si las librerías tradicionales empiezan a sacudirse ese halo de solemnidad (que hay que reconocer que muchas cadenas han empezado a hacerlo) y sobre todo comienzan a abrir sus espacios, pero no sólo a presentaciones de obras junto con sus autores u ofreciendo cursos de narrativa o de encuadernación artesanal, sino de verdad abriendo sus puertas con espacios para leer, donde la gente se pueda conocer y organizar de forma improvisada u organizada círculos de lectura, seguramente ya no tendrán nada que temer.

Porque es cierto, el gran logro de Amazon ha sido demostrar que los lectores están deseosos de compartir sus experiencias, por desgracia no han encontrado los espacios para hacerlo de forma personal. Al mismo tiempo, las librerías deberían volver a ser ese oasis para los lectores novatos o que buscan una guía. Donde el librero no sea sólo un chico que busque en una base de datos el libro que deseas y te lo traiga de la estantería, sino que vuelvan a ser esos consejeros de ojo ágil e intuitivo que saben qué recomendar a cualquier persona con tan sólo cruzar unas cuantas palabras.

De las librerías depende darse cuenta de que la tecnología es un gran medio, pero no el fin, apoyarse en ella será básico, pero deben comprender que su terreno no es el virtual, sino el real, y eso, de alguna manera, es una ventaja: el mundo sigue siendo mundo más allá de las pantallas. Las librerías pueden abrir espacios reales y no sólo virtuales, de poder aconsejar de viva voz y entregar, en ese mismo instante, el producto (qué terrible término para un libro) al cliente (qué terrible término para un lector) y evitarle así la espera de un mensajero. Las librerías tendrán que dar la vuelta al pasado para mirar al futuro, deberán dejar de ser una Bookstore y volver a ser una Librería.

Carlos López-Aguirre es escritor y autor del blog Expresiones Crónicas.

Este artículo fue publicado originalmente en Expresiones Crónicas y reproducido aquí con el consentimiento del autor.

Foto: Andrew Jameson bajo lic. CC

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Recuerdo que hace muchos años un profesor nos dijo que toda cultura viaja sobre el lenguaje. Y ya por aquellos lejanos años ochenta ya nos advertía que la expansión del inglés cambiaría por completo la cultura del mundo entero.

Hace algunos días, pasé frente a la puerta de una conocida librería de Barcelona, y recordé mi profesor al leer el cartel que tenía a la entrada: Librería / Bookstore. Me llamó la atención que en castellano (y parece que en todas las lenguas romances) contamos con dos palabras para diferenciar una Biblioteca de una Librería, sin embargo, en ambos casos hablamos de sitios que están llenos de libros, sin mayor referencia comercial. En cambio, en inglés una Library es una Biblioteca, mientras que una Bookstore es eso, simplemente una tienda donde se venden libros. Y es ahí donde hemos caído en la trampa del lenguaje.

El desembarco de Amazon en España, acompañado de la publicidad gratuita que miles de personas realizaron a través de las redes sociales, ha abierto el debate sobre el futuro de las librerías, pues se da por sentado que las ventajas que ofrece la multinacional (un amplio catálogo, precios reducidos, envíos inmediatos, referencias hechas por el público e incluso próximamente ediciones propias) terminará por quebrar a los locales tradicionales.

Quizá podamos estar de acuerdo con esta previsión, e incluso las librerías de toda la vida lo piensan, si nos ceñimos al término anglosajón: Bookstore. Porque si algo sabe hacer Amazon es precisamente vender libros. Sin embargo, las librerías son mucho más que tiendas, son un concepto que con el paso de los años se ha ido perdiendo y que, curiosamente, la misma Amazon puede ofrecerles las ideas para volver a su origen.

Uno de los principales argumentos de Amazon (y de la legión que le hace eco por las redes sociales sin cobrar un céntimo) señala que la gente está deseosa de conocer a gente que esté interesada en los mismos gustos literarios, para recomendar y compartir experiencias de lectura. Lo curioso es que el concepto de lectura colectiva existe desde hace siglos, primero las tertulias literarias y posteriormente los clubes de lectura son ejemplo de ello. La única diferencia es que ahora lo haces desde tu casa y viendo una pantalla. Algo que, en lo personal, me parece bastante aburrido.

Si las librerías tradicionales empiezan a sacudirse ese halo de solemnidad (que hay que reconocer que muchas cadenas han empezado a hacerlo) y sobre todo comienzan a abrir sus espacios, pero no sólo a presentaciones de obras junto con sus autores u ofreciendo cursos de narrativa o de encuadernación artesanal, sino de verdad abriendo sus puertas con espacios para leer, donde la gente se pueda conocer y organizar de forma improvisada u organizada círculos de lectura, seguramente ya no tendrán nada que temer.

Porque es cierto, el gran logro de Amazon ha sido demostrar que los lectores están deseosos de compartir sus experiencias, por desgracia no han encontrado los espacios para hacerlo de forma personal. Al mismo tiempo, las librerías deberían volver a ser ese oasis para los lectores novatos o que buscan una guía. Donde el librero no sea sólo un chico que busque en una base de datos el libro que deseas y te lo traiga de la estantería, sino que vuelvan a ser esos consejeros de ojo ágil e intuitivo que saben qué recomendar a cualquier persona con tan sólo cruzar unas cuantas palabras.

De las librerías depende darse cuenta de que la tecnología es un gran medio, pero no el fin, apoyarse en ella será básico, pero deben comprender que su terreno no es el virtual, sino el real, y eso, de alguna manera, es una ventaja: el mundo sigue siendo mundo más allá de las pantallas. Las librerías pueden abrir espacios reales y no sólo virtuales, de poder aconsejar de viva voz y entregar, en ese mismo instante, el producto (qué terrible término para un libro) al cliente (qué terrible término para un lector) y evitarle así la espera de un mensajero. Las librerías tendrán que dar la vuelta al pasado para mirar al futuro, deberán dejar de ser una Bookstore y volver a ser una Librería.

Carlos López-Aguirre es escritor y autor del blog Expresiones Crónicas.

Este artículo fue publicado originalmente en Expresiones Crónicas y reproducido aquí con el consentimiento del autor.

Foto: Andrew Jameson bajo lic. CC

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