31 de julio 2017    /   DIGITAL
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¿La literatura auténtica puede someterse a compromisos políticos?

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El escritor no debe ser un dios monoteísta, no puede juzgar ni condenar y, menos que nada, evangelizar. La autenticidad de la literatura, como sugirió en sus cartas el poeta John Keats, nace de abandonar los propios juicios sobre el mundo y de rechazar la búsqueda de una verdad estática y cerrada.

El autor romántico definió esta idea como Capacidad negativa. Esta se alcanza «cuando el hombre es capaz de estar en incertidumbres, misterios, dudas, sin la búsqueda irritable del hecho y la razón».

Observar, recibir el mundo con la mente abierta, sin sacar las uñas de la moral o de la ideología. Como recoge el ensayo De la Capacidad Negativa de Keats a la Capacidad Negativa del psicoanálisis, el escritor Friedrich Schiller expuso su idea de la creatividad: «En los cerebros creadores sospecho que la razón ha retirado su vigilancia de las puertas de entrada, deja que las ideas se precipiten en desorden al interior, y entonces es cuando advierte y examina el considerable montón que han formado». Es decir, se mantienen, en parte, niños: absorben sin simplificar, sin jerarquizar, no mutilan lo que perciben para darse la razón a sí mismos.

Estos razonamientos chocan de plano con el clima cultural actual en el que existe un imperativo de posicionamiento político y una tendencia a la interpretación y calibración del arte no ya en función de sus intenciones sino de las posibles consecuencias que cada uno pueda extraer a conveniencia y, por supuesto, a favor de sus propias creencias.

Ocurre, incluso, a través del uso del humor. Hace unos meses, un programa de La Sexta titulado ‘1992: cuando el machismo era algo normal’ incluyó un sketch de Gila entre sus ejemplos de machismo. En él aparecía el humorista con un mandil lleno de sangre y un cuchillo diciendo: «Acabo de matar a mi mujer, ya hace tiempo que tenía que haberlo hecho, pero lo vas dejando… lo que pasa es que ya no sé si he hecho bien». Después expone los motivos: «Yo creo que la he matado en defensa propia porque guisaba…», se quejaba.

La lectura encorsetada y dogmática impedía ver el fondo: se trataba de llevar al absurdo una realidad dramática para criticarla. En el humor, los códigos son más claros: además de un pacto con el espectador que sabe a qué género se enfrenta, está la gesticulación, la voz, la ironía. Incluso en estas condiciones, por el hecho de haber representado una tragedia, le estamparon el letrero de machista.

El humor quizás sea un mal ejemplo de la capacidad negativa, pero ayuda a visualizar la vigilancia dogmática que se ejerce hoy sobre la cultura. El humor, muchas veces, sí juzga, sí cuestiona y politiza, pero lo hace a través de un juego de contrarios. Aplicar la capacidad negativa va más allá: no trata de esclarecer ni ordenar la realidad en los cajones del bien y el mal.

Leer con las gafas moradas del feminismo puestas o con las marxistas o las católicas o las neoliberales; leer con unas gafas ideológicas o de principios cualesquiera deforma el contenido que se tiene delante. Podemos crear una imagen para explicar cuál podría ser el funcionamiento, por ejemplo, de la cabeza de los francotuiteadores: en sus cerebros hay una serie de lentes que, según ellos, traducen y desentrañan las diversas aristas de la realidad (les gusta pensar que se quitaron una venda, que salieron de una caverna y eso les aporta distinción). Cuando se enfrentan a una percepción, una sensación o una mirada la filtran a través de una de esas lentes y la alteran: automáticamente se dan la razón a sí mismos, ya sea por la vía del rechazo iracundo o del aplauso.

Si se escribe con el cerebro así construido podrán salir textos curiosos, entretenidos, graciosos, moralizantes, pero difícilmente habrá una literatura de matices, que mire el mundo desde perspectivas complejas y diversas a través de personajes humanos, con pulso.

Los francotuiteadores ofrecen un ejemplo extremo para comprender el fenómeno, pero no hace falta ser un vándalo en 140 caracteres para caer en las simplificaciones que nacen de no poder abandonar la esquematización propia del mundo a la hora de crear. Dijo Keats: «El único medio de fortalecer nuestro intelecto es no decidirse por nada, dejar que la mente sea un camino abierto a todos los pensamientos, no una parte selecta».

En un artículo de Qz en que trataban la cuestión, resumen: «El artista ideal, al parecer, está igualmente cautivado para habitar la mente de un personaje que se alinea con sus creencias personales y que se opone a ellas». La literatura comprometida en el sentido político de la palabra difícilmente se desarrollará de esta forma.

En un análisis de Elisa Rodríguez en Revista de Letras se recopilan las opiniones de diversos autores en este punto. Para Vila-Matas, por ejemplo, «la condición existencial del hombre es superior a cualesquiera teoría o especulaciones sobre la vida». Y Robert Walser explicaba qué fe debe seguir el escritor: «Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo: refugiarse cual amante, con cuidado en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no todas».

¿Cómo debe ser un autor para alcanzar este punto? ¿Es el escepticismo un arma literaria? Especulamos: esa predisposición quizás se ampare en una personalidad enfermizamente empática y susceptible que se autocuestione, que dude, que sea insegura pero no tanto como para que tenga que ejercitar una labor de compensación abrazando algún fanatismo (al fanatismo se llega por la vía de la compensación o de la pereza). En definitiva, una actitud creativa humilde.

Muchos de quienes argumentan que el arte debe desempeñar ineludiblemente un papel de utilidad de transformación social piensan que no posicionarse supone asumir la postura fácil. Pero no lo es. Primar esa «condición existencial del hombre» es hoy, y quizás lo ha sido siempre, revolucionario. La representación con profundidad humana de un personaje o de pensamientos políticamente incorrectos se percibe como un enaltecimiento, y ocurre que si el escritor no ha matado la realidad al escribirla, cuando interpretan su texto, se la matan.

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El escritor no debe ser un dios monoteísta, no puede juzgar ni condenar y, menos que nada, evangelizar. La autenticidad de la literatura, como sugirió en sus cartas el poeta John Keats, nace de abandonar los propios juicios sobre el mundo y de rechazar la búsqueda de una verdad estática y cerrada.

El autor romántico definió esta idea como Capacidad negativa. Esta se alcanza «cuando el hombre es capaz de estar en incertidumbres, misterios, dudas, sin la búsqueda irritable del hecho y la razón».

Observar, recibir el mundo con la mente abierta, sin sacar las uñas de la moral o de la ideología. Como recoge el ensayo De la Capacidad Negativa de Keats a la Capacidad Negativa del psicoanálisis, el escritor Friedrich Schiller expuso su idea de la creatividad: «En los cerebros creadores sospecho que la razón ha retirado su vigilancia de las puertas de entrada, deja que las ideas se precipiten en desorden al interior, y entonces es cuando advierte y examina el considerable montón que han formado». Es decir, se mantienen, en parte, niños: absorben sin simplificar, sin jerarquizar, no mutilan lo que perciben para darse la razón a sí mismos.

Estos razonamientos chocan de plano con el clima cultural actual en el que existe un imperativo de posicionamiento político y una tendencia a la interpretación y calibración del arte no ya en función de sus intenciones sino de las posibles consecuencias que cada uno pueda extraer a conveniencia y, por supuesto, a favor de sus propias creencias.

Ocurre, incluso, a través del uso del humor. Hace unos meses, un programa de La Sexta titulado ‘1992: cuando el machismo era algo normal’ incluyó un sketch de Gila entre sus ejemplos de machismo. En él aparecía el humorista con un mandil lleno de sangre y un cuchillo diciendo: «Acabo de matar a mi mujer, ya hace tiempo que tenía que haberlo hecho, pero lo vas dejando… lo que pasa es que ya no sé si he hecho bien». Después expone los motivos: «Yo creo que la he matado en defensa propia porque guisaba…», se quejaba.

La lectura encorsetada y dogmática impedía ver el fondo: se trataba de llevar al absurdo una realidad dramática para criticarla. En el humor, los códigos son más claros: además de un pacto con el espectador que sabe a qué género se enfrenta, está la gesticulación, la voz, la ironía. Incluso en estas condiciones, por el hecho de haber representado una tragedia, le estamparon el letrero de machista.

El humor quizás sea un mal ejemplo de la capacidad negativa, pero ayuda a visualizar la vigilancia dogmática que se ejerce hoy sobre la cultura. El humor, muchas veces, sí juzga, sí cuestiona y politiza, pero lo hace a través de un juego de contrarios. Aplicar la capacidad negativa va más allá: no trata de esclarecer ni ordenar la realidad en los cajones del bien y el mal.

Leer con las gafas moradas del feminismo puestas o con las marxistas o las católicas o las neoliberales; leer con unas gafas ideológicas o de principios cualesquiera deforma el contenido que se tiene delante. Podemos crear una imagen para explicar cuál podría ser el funcionamiento, por ejemplo, de la cabeza de los francotuiteadores: en sus cerebros hay una serie de lentes que, según ellos, traducen y desentrañan las diversas aristas de la realidad (les gusta pensar que se quitaron una venda, que salieron de una caverna y eso les aporta distinción). Cuando se enfrentan a una percepción, una sensación o una mirada la filtran a través de una de esas lentes y la alteran: automáticamente se dan la razón a sí mismos, ya sea por la vía del rechazo iracundo o del aplauso.

Si se escribe con el cerebro así construido podrán salir textos curiosos, entretenidos, graciosos, moralizantes, pero difícilmente habrá una literatura de matices, que mire el mundo desde perspectivas complejas y diversas a través de personajes humanos, con pulso.

Los francotuiteadores ofrecen un ejemplo extremo para comprender el fenómeno, pero no hace falta ser un vándalo en 140 caracteres para caer en las simplificaciones que nacen de no poder abandonar la esquematización propia del mundo a la hora de crear. Dijo Keats: «El único medio de fortalecer nuestro intelecto es no decidirse por nada, dejar que la mente sea un camino abierto a todos los pensamientos, no una parte selecta».

En un artículo de Qz en que trataban la cuestión, resumen: «El artista ideal, al parecer, está igualmente cautivado para habitar la mente de un personaje que se alinea con sus creencias personales y que se opone a ellas». La literatura comprometida en el sentido político de la palabra difícilmente se desarrollará de esta forma.

En un análisis de Elisa Rodríguez en Revista de Letras se recopilan las opiniones de diversos autores en este punto. Para Vila-Matas, por ejemplo, «la condición existencial del hombre es superior a cualesquiera teoría o especulaciones sobre la vida». Y Robert Walser explicaba qué fe debe seguir el escritor: «Para él existe una sola religión, un solo sentimiento, una sola manera de concebir el mundo: refugiarse cual amante, con cuidado en la forma de pensar, en los sentimientos y en la religión de otras personas, si no todas».

¿Cómo debe ser un autor para alcanzar este punto? ¿Es el escepticismo un arma literaria? Especulamos: esa predisposición quizás se ampare en una personalidad enfermizamente empática y susceptible que se autocuestione, que dude, que sea insegura pero no tanto como para que tenga que ejercitar una labor de compensación abrazando algún fanatismo (al fanatismo se llega por la vía de la compensación o de la pereza). En definitiva, una actitud creativa humilde.

Muchos de quienes argumentan que el arte debe desempeñar ineludiblemente un papel de utilidad de transformación social piensan que no posicionarse supone asumir la postura fácil. Pero no lo es. Primar esa «condición existencial del hombre» es hoy, y quizás lo ha sido siempre, revolucionario. La representación con profundidad humana de un personaje o de pensamientos políticamente incorrectos se percibe como un enaltecimiento, y ocurre que si el escritor no ha matado la realidad al escribirla, cuando interpretan su texto, se la matan.

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