12 abril, 2019    /   IDEAS
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Lítote o el miedo que nos da decir la verdad

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—¿Y este es el tipo con el que te enrollaste anoche? Muy guapo no es…

—¡Un pibón!, jajajaja. Pero sí, no te falta razón.

—Y de cerebro, ¿qué tal?

—A ver, mucha conversación no tuvimos, la verdad. Pero a la lengua sí que le dimos bien

—¡Venga ya!, de algo hablaríais, ¿no?, algún respiro os tendríais que tomar

—Psss, no sé. Del tiempo, creo. Digamos que estábamos más interesados en el lenguaje corporal que en la oratoria. Total, no le pienso volver a ver…

—No sé cómo tienes tanto estómago. Aunque, yo, la verdad, muy amante de los rollos de una noche no soy

—Ya, tú eres más de comedia romántica que de Pornhub.

—¿Ya estás metiéndote conmigo? Eso no está bien…

—No, mujer, solo destaco el lado menos libidinoso de tu personalidad

—¿A ti no te han llamado imbécil nunca?

—No con tanta claridad ni tan desde el cariño

Vivimos en un tiempo en el que nos cuesta llamar a las cosas por su nombre. Nos aterra la rudeza de ciertas expresiones y la rotundidad de su significado, así que preferimos darle una vueltecita y trabajarlo todo un poco más para no herir susceptibilidades, que las pieles andan muy delicadas últimamente y los rasguños no son aceptables.

A eso de suavizar ciertos comentarios y expresiones, de atenuarlos o de formar perífrasis que quieren decir lo contrario de lo que se dice, se le llama lítote o litote (también lítotes o litotes). Cosas como «muy guapo no es» (es feo), «no te falta razón» (tienes razón), «no soy muy amante de los rollos de una noche» (no me gustan nada) o «eso no está bien» (está mal).

La lítote (la esdrújula le da más empaque a la palabra, ¿no es cierto?) es una figura retórica que se engloba dentro de la atenuación. Dice la Wikilengua que «se trata de una estrategia comunicativa que se manifiesta a través de distintos mecanismos lingüísticos y que sirve para suavizar, por un lado, el mensaje de un hablante y, por otro, la intención con que se emite».

Así, continúa, lo que se consigue es mitigar el impacto que pueda tener nuestra opinión en el oyente y nos distancia del mensaje para que nuestro interlocutor acepte lo que le decimos.

Porque no es lo mismo llamar cerdo a alguien por no recoger las cacas de su perro que decirle un «no aplaudo tu actitud». Hay cosas que es mejor suavizar, sobre todo si el perrete en cuestión es un pitbull y su dueño ejercita todo el cuerpo excepto el cerebro. Ante todo, educación. Y mucho cuidadín.

 

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—Psss, no sé. Del tiempo, creo. Digamos que estábamos más interesados en el lenguaje corporal que en la oratoria. Total, no le pienso volver a ver…

—No sé cómo tienes tanto estómago. Aunque, yo, la verdad, muy amante de los rollos de una noche no soy

—Ya, tú eres más de comedia romántica que de Pornhub.

—¿Ya estás metiéndote conmigo? Eso no está bien…

—No, mujer, solo destaco el lado menos libidinoso de tu personalidad

—¿A ti no te han llamado imbécil nunca?

—No con tanta claridad ni tan desde el cariño

Vivimos en un tiempo en el que nos cuesta llamar a las cosas por su nombre. Nos aterra la rudeza de ciertas expresiones y la rotundidad de su significado, así que preferimos darle una vueltecita y trabajarlo todo un poco más para no herir susceptibilidades, que las pieles andan muy delicadas últimamente y los rasguños no son aceptables.

A eso de suavizar ciertos comentarios y expresiones, de atenuarlos o de formar perífrasis que quieren decir lo contrario de lo que se dice, se le llama lítote o litote (también lítotes o litotes). Cosas como «muy guapo no es» (es feo), «no te falta razón» (tienes razón), «no soy muy amante de los rollos de una noche» (no me gustan nada) o «eso no está bien» (está mal).

La lítote (la esdrújula le da más empaque a la palabra, ¿no es cierto?) es una figura retórica que se engloba dentro de la atenuación. Dice la Wikilengua que «se trata de una estrategia comunicativa que se manifiesta a través de distintos mecanismos lingüísticos y que sirve para suavizar, por un lado, el mensaje de un hablante y, por otro, la intención con que se emite».

Así, continúa, lo que se consigue es mitigar el impacto que pueda tener nuestra opinión en el oyente y nos distancia del mensaje para que nuestro interlocutor acepte lo que le decimos.

Porque no es lo mismo llamar cerdo a alguien por no recoger las cacas de su perro que decirle un «no aplaudo tu actitud». Hay cosas que es mejor suavizar, sobre todo si el perrete en cuestión es un pitbull y su dueño ejercita todo el cuerpo excepto el cerebro. Ante todo, educación. Y mucho cuidadín.

 

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