23 de junio 2017    /   CINE/TV
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‘Las crónicas de Lizzie Borden’: las mujeres asesinas rompen «la condición femenina»

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Lizzie Borden cogió un hacha y dio a su madre cuarenta hachazos. Y viendo lo que había hecho, con el corazón en un puño, a su padre dio cuarenta y uno…». Así comienza una cancioncilla popular de Los Estados Unidos. La hemos escuchado en boca de los niños en algunas películas. El personaje mencionado existió y ha fascinado al cine y a la televisión. Lo que la canción no cuenta es que el jurado popular declaró inocente a Lizzie por falta de pruebas. La recogida de huellas dactilares era una práctica experimental. Justo el año de los crímenes (1892), en Buenos Aires fue atrapada una mujer por las huellas en el arma empleada para matar a sus hijos. (¿No hay aquí una coincidencia que podría generar un relato borgiano?).

La canción tampoco cuenta qué fue de la supuesta asesina tras el juicio. Esto sirve a los guionistas de Las crónicas de Lizzie Borden para fabular con las andanzas del personaje. El tema no es nuevo. Ha sido tratado, por ejemplo, en uno de los episodios de Alfred Hitchcock Presenta.

La diferencia entre el Hitchcock presenta y la serie de LifeTime, que emite Netflix, está en las intenciones. El viejo episodio de televisión no pretende seducir al público y tiene una intención moralizante. El sentido moral está ausente en Las crónicas de Lizzie Borden. Con esta serie se ha alcanzado un pico: ha creado una asesina a la que no justifica. Es una propuesta atrevida.

Lizzie no habla al público como Dexter Morgan ni expone su fragilidad a la proyección de un fantasma. No revela su oscuridad de manera indirecta como el Lecter de Mads Mikkelsen. Estos y otros asesinos que muestran su vulnerabilidad nos llevan a decir: es un monstruo, pero también una persona. En televisión, una herencia de Los Soprano.

A Lizzie se le ha negado la justificación de sus actos. Podría pensarse que debido a que el equipo de guion tiene a cuatro hombres y una mujer y no importa lo que piense Lizzie. Veremos si es así o una decisión de guion a propósito. (Aquí conviene recordar que  Christina Ricci, Lizzie Borden, es productora ejecutiva de la serie). En cualquier caso, el guion insinúa que el padre y la madrastra, que no la madre, maltrataban a las hermanas. Explicaría la sobreprotección de Emma (Clea Duvall) hacia Lizzie.

A estas crónicas se añade otro riesgo: la música fuera de época que añade incomodidad al relato. Está tanto por encima de las escenas como formando parte de ellas. De esta manera parece crearse un universo alternativo violento y estúpido.

Para provocar la simpatía por Lizzie, los guionistas eligen como primeras víctimas a tres hombres que ejercen violencia contra la mujer. El banquero sin piedad, el hermanastro parásito y el dramaturgo violador. Para hacer más odioso al banquero, la serie lo muestra acosando a sus criadas. No nos extraña que acepte sexo de Lizzie como medio de pago. Por todo esto, la muerte del banquero no molesta. Creemos que la saña de Lizzie con la bolsa llena de herraduras es una combinación de debilidad física y catarsis. Ignoramos que a Lizzie le gusta matar.

Con estos asesinatos, parece que Lizzie recurre a la violencia tras agotar el diálogo o por urgencia y necesita una solución definitiva. Sus métodos no son distintos a los de Tony Soprano o Walter White para salvarse a sí mismos o a sus negocios. El rescate de Adele, la prostituta, convierten a Lizzie en una heroína a los ojos del público.

La simpatía por Lizzie se incrementa ante su principal antagonista: el detective Pinkerton. La agencia de detectives reventaba huelgas con violencia y llegaba al asesinato, dato histórico que apunta la serie. Ante todo esto, el público acepta que la huérfana sea violenta en un mundo de hombres.

Una vez pintado el personaje de Lizzie, el guion pone contra las cuerdas al público. Tras matar con saña al hombre que pretende violar a Adele, encierra a la joven en un ataúd. La simpatía hacia Lizzie se desmorona y desaparece por completo cuando asesina a la prostituta y a Isabel, la maltratada esposa del dueño del hotel.

El asesinato de Isabel se antoja gratuito, pero está planificado en el guion. Previamente, Isabel tenía esperanzas de escapar del maltratador con el detective Pinkerton. Es un recurso de guion viejo que funciona: un personaje muere poco después de conseguir lo que quería o cuando cree que lo conseguirá.

Tras los asesinatos de dos mujeres inocentes, el público está incómodo, pero cuesta bajarse del espectáculo. ¿Por qué un personaje que apenas tiene matices como Lizzie Borden fascina? El guion, la realización y la edición acelerada influyen en tanto que no deja lugar para la reflexión. Nos coloca junto a la criminal, que no dentro, gracias a un uso de la cámara por momentos documental.

Al margen de la técnica, hay razones profundas. La criminóloga Lizzie Seal expone que las mujeres asesinas fascinan porque «violan supuestos culturales sobre la condición de mujer». Según Seal, «la sociedad tiene como estándar femenino el cuidado de los demás y la conformidad. Cuando las mujeres matan se desvían de esto».

La Lizzie Borden de Las Crónicas no se ajusta al canon de mujercita frágil del siglo XIX. Parece que el equipo de guionistas de cuatro hombres y una mujer ha escogido mostrar la desviación sin justificación con voz en off o un confidente. Al no escuchar los pensamientos de Lizzie, su comportamiento crea mayor desasosiego porque tenemos arraigado que las mujeres no son así.

Lizzie Borden cogió un hacha y dio a su madre cuarenta hachazos. Y viendo lo que había hecho, con el corazón en un puño, a su padre dio cuarenta y uno…». Así comienza una cancioncilla popular de Los Estados Unidos. La hemos escuchado en boca de los niños en algunas películas. El personaje mencionado existió y ha fascinado al cine y a la televisión. Lo que la canción no cuenta es que el jurado popular declaró inocente a Lizzie por falta de pruebas. La recogida de huellas dactilares era una práctica experimental. Justo el año de los crímenes (1892), en Buenos Aires fue atrapada una mujer por las huellas en el arma empleada para matar a sus hijos. (¿No hay aquí una coincidencia que podría generar un relato borgiano?).

La canción tampoco cuenta qué fue de la supuesta asesina tras el juicio. Esto sirve a los guionistas de Las crónicas de Lizzie Borden para fabular con las andanzas del personaje. El tema no es nuevo. Ha sido tratado, por ejemplo, en uno de los episodios de Alfred Hitchcock Presenta.

La diferencia entre el Hitchcock presenta y la serie de LifeTime, que emite Netflix, está en las intenciones. El viejo episodio de televisión no pretende seducir al público y tiene una intención moralizante. El sentido moral está ausente en Las crónicas de Lizzie Borden. Con esta serie se ha alcanzado un pico: ha creado una asesina a la que no justifica. Es una propuesta atrevida.

Lizzie no habla al público como Dexter Morgan ni expone su fragilidad a la proyección de un fantasma. No revela su oscuridad de manera indirecta como el Lecter de Mads Mikkelsen. Estos y otros asesinos que muestran su vulnerabilidad nos llevan a decir: es un monstruo, pero también una persona. En televisión, una herencia de Los Soprano.

A Lizzie se le ha negado la justificación de sus actos. Podría pensarse que debido a que el equipo de guion tiene a cuatro hombres y una mujer y no importa lo que piense Lizzie. Veremos si es así o una decisión de guion a propósito. (Aquí conviene recordar que  Christina Ricci, Lizzie Borden, es productora ejecutiva de la serie). En cualquier caso, el guion insinúa que el padre y la madrastra, que no la madre, maltrataban a las hermanas. Explicaría la sobreprotección de Emma (Clea Duvall) hacia Lizzie.

A estas crónicas se añade otro riesgo: la música fuera de época que añade incomodidad al relato. Está tanto por encima de las escenas como formando parte de ellas. De esta manera parece crearse un universo alternativo violento y estúpido.

Para provocar la simpatía por Lizzie, los guionistas eligen como primeras víctimas a tres hombres que ejercen violencia contra la mujer. El banquero sin piedad, el hermanastro parásito y el dramaturgo violador. Para hacer más odioso al banquero, la serie lo muestra acosando a sus criadas. No nos extraña que acepte sexo de Lizzie como medio de pago. Por todo esto, la muerte del banquero no molesta. Creemos que la saña de Lizzie con la bolsa llena de herraduras es una combinación de debilidad física y catarsis. Ignoramos que a Lizzie le gusta matar.

Con estos asesinatos, parece que Lizzie recurre a la violencia tras agotar el diálogo o por urgencia y necesita una solución definitiva. Sus métodos no son distintos a los de Tony Soprano o Walter White para salvarse a sí mismos o a sus negocios. El rescate de Adele, la prostituta, convierten a Lizzie en una heroína a los ojos del público.

La simpatía por Lizzie se incrementa ante su principal antagonista: el detective Pinkerton. La agencia de detectives reventaba huelgas con violencia y llegaba al asesinato, dato histórico que apunta la serie. Ante todo esto, el público acepta que la huérfana sea violenta en un mundo de hombres.

Una vez pintado el personaje de Lizzie, el guion pone contra las cuerdas al público. Tras matar con saña al hombre que pretende violar a Adele, encierra a la joven en un ataúd. La simpatía hacia Lizzie se desmorona y desaparece por completo cuando asesina a la prostituta y a Isabel, la maltratada esposa del dueño del hotel.

El asesinato de Isabel se antoja gratuito, pero está planificado en el guion. Previamente, Isabel tenía esperanzas de escapar del maltratador con el detective Pinkerton. Es un recurso de guion viejo que funciona: un personaje muere poco después de conseguir lo que quería o cuando cree que lo conseguirá.

Tras los asesinatos de dos mujeres inocentes, el público está incómodo, pero cuesta bajarse del espectáculo. ¿Por qué un personaje que apenas tiene matices como Lizzie Borden fascina? El guion, la realización y la edición acelerada influyen en tanto que no deja lugar para la reflexión. Nos coloca junto a la criminal, que no dentro, gracias a un uso de la cámara por momentos documental.

Al margen de la técnica, hay razones profundas. La criminóloga Lizzie Seal expone que las mujeres asesinas fascinan porque «violan supuestos culturales sobre la condición de mujer». Según Seal, «la sociedad tiene como estándar femenino el cuidado de los demás y la conformidad. Cuando las mujeres matan se desvían de esto».

La Lizzie Borden de Las Crónicas no se ajusta al canon de mujercita frágil del siglo XIX. Parece que el equipo de guionistas de cuatro hombres y una mujer ha escogido mostrar la desviación sin justificación con voz en off o un confidente. Al no escuchar los pensamientos de Lizzie, su comportamiento crea mayor desasosiego porque tenemos arraigado que las mujeres no son así.

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