28 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO
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Llorar mola

28 de septiembre 2015    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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Advertencia: este es un artículo de opinión escrito para hombres. Osos, hipsters, vigoréxicos, gais, contables, ministros, padres de familia o todo lo anterior junto. Por supuesto, las lectoras que tengan curiosidad acerca de cómo funciona un cerebro (o un corazón) masculino son bienvenidas.
Lo cierto es que ninguna mujer necesita directriz alguna acerca de cómo administrar y manejar sus lágrimas. Pero a nosotros nos falta ese entrenamiento y desconocemos los efectos del llanto, sus ventajas y sus increíbles propiedades terapéuticas.
Llorar abre muchas más puertas de las que cierra.
Cuando Peter Ustinov decía en la tele aquello de «Hola, vamos hacia el año 2000», en mi memoria perduraba el momento mágico en el que en Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951) decía esta memorable línea de diálogo, mientras Roma ardía más allá del amplio balcón;
—Tigelino, acércame el vaso de las lágrimas.
Y el diligente ayuda de cámara ofrecía a Nerón una pequeña vasija de vidrio con la que Ustinov se enjugaba lo que parecía fruto del remordimiento mientras la ciudad eterna ardía ante sus ojos.
Seguimos con Roma, aunque este momento se sitúa justo cuando nace Nerón, casi veinte años antes de ese famoso incendio. En la película Calígula (Tinto Brass, 1979) aparece el sanguinario césar obligado a pronunciar un improvisado discurso por la muerte de Tiberio, en la que ha tenido participación directa, y debe mostrarse compungido ante la élite de senadores y sus acompañantes. Pero no consigue llorar.
—La cebolla ¿dónde está la cebolla?— reclama impaciente a un adlátere, que presto le ofrece cortada en dos la blanca y lacrimógena hortaliza, que provoca el sollozo del único césar que hizo cónsul a un caballo.
Este cronista ha llorado en momentos en los que no debía o en los que no cabía explicación alguna para justificar sus lágrimas; y en otros en los que hubiera dado un brazo por sentir el salado y cálido flujo del llanto, se mantuvo impertérrito.
A Angela Merkel se le escapó una lagrimita hace poco, ante una niña que acababa de escapar del infierno sirio. El impacto mediático fue brutal, pero ¿se imaginan ustedes una lágrima de Putin, de Rajoy o del rocoso Benjamin Netanyahu? A este último le quitaría votos para seguir agitando el avispero de Oriente Medio, aunque ese es otro debate.
giphy
Prueben a pedir con lágrimas en los ojos a su casero que necesitan rebajar cien euros la renta mensual. Que se note que no fingen. O finjan para que no se note.
Díganle a su camarero favorito, con los ojos húmedos:
—Nadie tira las cañas como tú.
Para que les invite a otra ronda.
O a la dependienta de Carrefour:
—Me encanta la manera en que me das el cambio, aunque sea incorrecto y siempre me falten unos céntimos.
Para que le regale la bolsa.
Nada de esto funcionará si usted es una mujer, pues toda esa propaganda de que «los hombres no lloran» es, como todas las propagandas, tendenciosa y orientada a obtener de nosotros un comportamiento determinado.
También sollocé de emoción viendo Independence Day, (Roland Emmerich, 1996) en el discurso que se marca Bill Pullman para enardecer el sentido patriótico de los americanos. Soy de Moratalaz, y apátrida, como Fernando Trueba, y sin embargo lloré. En junio de 2016 se estrena la segunda parte, ya les contaré si lloro o no lloro.
Otras veces mi llanto estaba más justificado, como cuando encendieron las luces en el cine tras la proyección de Bailar en la oscuridad (Lars Von Trier, 2000). Nadie se atrevía a levantarse, porque todos estábamos anegados en lágrimas. El personal de los cines Renoir tuvo que intervenir para que abandonáramos nuestras butacas, pues una nueva tanda de espectadores esperaba su sesión de lloro inconsolable, kleenex en mano.
Y ¿quién no ha llorado viendo a E.T. a punto de morir, pálido y agonizante en la corriente de aquel arroyo? Spielberg siempre sabe encontrar la lágrima fácil, cosa que ya logró Mozart hace más de doscientos años cuando compuso el Lacrimosa de su Réquiem… Si usted no llora escuchando esa pieza no es que no tenga corazón, es que carece de oídos.
giphy (1)
Lo preocupante es que el otro día sollocé de manera desconsolada viendo un anuncio de seguros.
En una ocasión que nunca olvidaré, yacía con mi amante en el lecho, por la mañana. Bostecé con inesperada intensidad, y algo se me metió en el ojo. Las lágrimas no tardaron en surcar mis mejillas. Y ella me vio y me dijo:
—Cariño ¿por qué lloras?
Yo improvisé, mientras la miraba con infinita ternura.
—Es que… me siento tan feliz…
Hicimos el amor como si no hubiera un mañana, fui premiado por mis lágrimas, pues aquella chica me lo dio todo. He intentado repetir el efecto con otras mujeres, recurriendo al truco que utilizó Calígula para fingir el llanto por la muerte de Tiberio, pero entonces no se fijaban en mis lágrimas, y lo que me decían era:
—Cariño ¿por qué hueles a cebolla?
 
 

Advertencia: este es un artículo de opinión escrito para hombres. Osos, hipsters, vigoréxicos, gais, contables, ministros, padres de familia o todo lo anterior junto. Por supuesto, las lectoras que tengan curiosidad acerca de cómo funciona un cerebro (o un corazón) masculino son bienvenidas.
Lo cierto es que ninguna mujer necesita directriz alguna acerca de cómo administrar y manejar sus lágrimas. Pero a nosotros nos falta ese entrenamiento y desconocemos los efectos del llanto, sus ventajas y sus increíbles propiedades terapéuticas.
Llorar abre muchas más puertas de las que cierra.
Cuando Peter Ustinov decía en la tele aquello de «Hola, vamos hacia el año 2000», en mi memoria perduraba el momento mágico en el que en Quo Vadis (Mervyn LeRoy, 1951) decía esta memorable línea de diálogo, mientras Roma ardía más allá del amplio balcón;
—Tigelino, acércame el vaso de las lágrimas.
Y el diligente ayuda de cámara ofrecía a Nerón una pequeña vasija de vidrio con la que Ustinov se enjugaba lo que parecía fruto del remordimiento mientras la ciudad eterna ardía ante sus ojos.
Seguimos con Roma, aunque este momento se sitúa justo cuando nace Nerón, casi veinte años antes de ese famoso incendio. En la película Calígula (Tinto Brass, 1979) aparece el sanguinario césar obligado a pronunciar un improvisado discurso por la muerte de Tiberio, en la que ha tenido participación directa, y debe mostrarse compungido ante la élite de senadores y sus acompañantes. Pero no consigue llorar.
—La cebolla ¿dónde está la cebolla?— reclama impaciente a un adlátere, que presto le ofrece cortada en dos la blanca y lacrimógena hortaliza, que provoca el sollozo del único césar que hizo cónsul a un caballo.
Este cronista ha llorado en momentos en los que no debía o en los que no cabía explicación alguna para justificar sus lágrimas; y en otros en los que hubiera dado un brazo por sentir el salado y cálido flujo del llanto, se mantuvo impertérrito.
A Angela Merkel se le escapó una lagrimita hace poco, ante una niña que acababa de escapar del infierno sirio. El impacto mediático fue brutal, pero ¿se imaginan ustedes una lágrima de Putin, de Rajoy o del rocoso Benjamin Netanyahu? A este último le quitaría votos para seguir agitando el avispero de Oriente Medio, aunque ese es otro debate.
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Prueben a pedir con lágrimas en los ojos a su casero que necesitan rebajar cien euros la renta mensual. Que se note que no fingen. O finjan para que no se note.
Díganle a su camarero favorito, con los ojos húmedos:
—Nadie tira las cañas como tú.
Para que les invite a otra ronda.
O a la dependienta de Carrefour:
—Me encanta la manera en que me das el cambio, aunque sea incorrecto y siempre me falten unos céntimos.
Para que le regale la bolsa.
Nada de esto funcionará si usted es una mujer, pues toda esa propaganda de que «los hombres no lloran» es, como todas las propagandas, tendenciosa y orientada a obtener de nosotros un comportamiento determinado.
También sollocé de emoción viendo Independence Day, (Roland Emmerich, 1996) en el discurso que se marca Bill Pullman para enardecer el sentido patriótico de los americanos. Soy de Moratalaz, y apátrida, como Fernando Trueba, y sin embargo lloré. En junio de 2016 se estrena la segunda parte, ya les contaré si lloro o no lloro.
Otras veces mi llanto estaba más justificado, como cuando encendieron las luces en el cine tras la proyección de Bailar en la oscuridad (Lars Von Trier, 2000). Nadie se atrevía a levantarse, porque todos estábamos anegados en lágrimas. El personal de los cines Renoir tuvo que intervenir para que abandonáramos nuestras butacas, pues una nueva tanda de espectadores esperaba su sesión de lloro inconsolable, kleenex en mano.
Y ¿quién no ha llorado viendo a E.T. a punto de morir, pálido y agonizante en la corriente de aquel arroyo? Spielberg siempre sabe encontrar la lágrima fácil, cosa que ya logró Mozart hace más de doscientos años cuando compuso el Lacrimosa de su Réquiem… Si usted no llora escuchando esa pieza no es que no tenga corazón, es que carece de oídos.
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Lo preocupante es que el otro día sollocé de manera desconsolada viendo un anuncio de seguros.
En una ocasión que nunca olvidaré, yacía con mi amante en el lecho, por la mañana. Bostecé con inesperada intensidad, y algo se me metió en el ojo. Las lágrimas no tardaron en surcar mis mejillas. Y ella me vio y me dijo:
—Cariño ¿por qué lloras?
Yo improvisé, mientras la miraba con infinita ternura.
—Es que… me siento tan feliz…
Hicimos el amor como si no hubiera un mañana, fui premiado por mis lágrimas, pues aquella chica me lo dio todo. He intentado repetir el efecto con otras mujeres, recurriendo al truco que utilizó Calígula para fingir el llanto por la muerte de Tiberio, pero entonces no se fijaban en mis lágrimas, y lo que me decían era:
—Cariño ¿por qué hueles a cebolla?
 
 

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