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20 de octubre 2016    /   BRANDED CONTENT
 

Todo lo que hizo Hitchcock además del suspense

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Alfred Hitchcock intentaba tocar las teclas más primitivas del cerebro del espectador, en especial la tecla del pánico. Era un juego que se tomaba muy en serio y no limitaba sus esfuerzos sólo al contenido que proyectaba en la pantalla. El día del estreno de Los pájaros, en el cine Odeon de Liecester Square (Londres), preparó una sorpresa.

Cuando acabó la película y se abrieron las puertas, se escucharon ruidos de plumas y gritos de cuervos. Los graznidos se cruzaban en el aire, pero no se veía nada. A pesar de tratarse de algo inverosímil, fue inevitable para la gente sentir cierto terror. Habían colocado altavoces en los árboles. Hitchcock quería saltarse el pacto de la ficción.

A Hitchcock se le encuadra por defecto en el ámbito del cine de intriga, sin embargo, como se plantea mostrar la exposición Hitchcock, más allá del suspense, que se expondrá en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, del próximo 5 de octubre al 5 de febrero, el talento artístico del director trasciende los géneros.

La certeza de que el director británico podía evaluarse más como un artista que como un fabricante de éxitos cinematográficos no llegó por sí misma o por la propia observación de la crítica. En EEUU no lo terminaban de tomar en serio. El cambio sobrevino gracias a una entrevista larguísima (27 horas y 500 preguntas) que le hizo François Truffaut, de la revista Cahiers du Cinéma.

El encuentro dio lugar al libro El cine según Alfred Hitchcock. Un volumen de obligado estudio para cualquier cineasta. En él, Hitchcock demostraba que lo suyo era una pasión más artística que comercial.

Alfred Hitchcock 1
Alfred Hitchcock en el rodaje de Los pájaros (1963) © UNIVERSAL PICTURES

El director de La ventana indiscreta desmenuzó casi fotograma a fotograma su obra, desveló aspectos técnicos, trucos escenográficos, planteamientos más profundos, preocupaciones personales que impregnaban cada cinta. Entre otras cosas, se supo que el peculiar estilo de Hitchcock bebía del cine mudo (en el que trabajó en Gran Bretaña) y del expresionismo alemán.

El director suscribía hasta el extremo la tesis que se imparte en las escuelas de cine, de periodismo y, en general, de toda aquella disciplina que persiga crear buenas narraciones: Don’t tell, show it. Si algo podía mostrarse a través de la imagen, de la música, de las sombras, la palabra y el diálogo se convertían en algo prescindible. Como herramienta para planear el flujo de energía de cada historia, Hitchcock dibujaba diagramas con las subidas y bajadas de acción.

Su estilo de escenificación y de atrezo era fundamental para enganchar al espectador del hígado. Por un lado, trasladaba el contexto cultural a sus películas, el arte, la arquitectura del momento. Como se señala en la presentación de la exposición Hitchcock, más allá del suspense, el director «introdujo el paisaje cotidiano en el horror de Psicosis, importó la elegancia de Europa para crear personajes de clase media triunfadora de Estados Unidos y colaboró con modistos de alta costura como Dior o Balenciaga».

Por otro lado, en su deseo de mover al público a un mundo desconocido, «sus obras están construidas sobre iconografías fastuosas para atrapar la atención del espectador; construía trampantojos con imágenes simbólicas cargadas de apariencias y falsedades».

Alfred Hitchcock 2
Marnie, la ladrona. Cortesiìa de Universal Studios Licensing LLC © 1964 Geoffrey Stanley, Inc

La idea era desubicar, introducir nuestra mente en una realidad paralela donde ocurren cosas que no asociamos con la vida cotidiana, pero a la vez salpicar detalles que no nos desconecten del todo y faciliten la identificación con los protagonistas. Matices que parecían irrelevantes contribuyeron a este fin.

Por ejemplo, Hitchcock fue el primer cineasta que se atrevió a mostrar un retrete con la cisterna descargando en la gran pantalla. Lo hizo en Psicosis y con ese gesto rompió un tabú: el arte servía también para mostrar la intimidad no glamurosa.

Aunque, como suele decirse, el cine es un arte colectivo. El director se rodeó de profesionales de talento. El diseñador gráfico Saul Bass creó escuela con el cartel de Vértigo y siempre reclamó ser el autor del story board de la escena de la ducha de Psicosis, aunque Hitckcock nunca lo reconoció.

Por su parte, Robert Burks se encargó de la dirección fotográfica en doce de sus películas. También, a la sombra del genio panzón, Bernard Herrmann, compositor que trabajó para Orson Welles, logró sus mayores reconocimientos. Herrmann fue el culpable de hacer que los violines sonaran como filos de acero en la famosa escena de la ducha. Del mismo modo, Salvador Dalí construyó un paisaje onírico a la medida de la película Recuerdo.

El autor del guion de La ventana indiscreta o El hombre que sabía demasiado, John Michael Hayes, desveló varios de los motivos por los que trabajaba a gusto con Hitchcock: «Por la brillante técnica y el conocimiento de lo visual que poseía; y el ego y la convicción».

Alfred Hitchcock 4
Psicosis. Cortesiìa de Universal Studios Licensing LLC © 1960 Shamley Productions, Inc.

La elección de las actrices ha levantado mucho debate y mucho morbo. Hitchcock tenía una fijación, debían poseer una apariencia nórdica. Si no eran rubias, se teñían como Madeleine Carroll, Ingrid Bergman o Joan Fontaine.

El tratamiento de los personajes femeninos admitía pocos matices. Ofrecían una imagen de mujer ideal que unas veces se mostraba con fascinación. En cambio, en otras ocasiones el personaje sufría la humillación. Es el caso de Tippi Hedren en Los pájaros. Para la escena en que Hedren recibe el ataque de una horda de aves se requirió una semana entera de rodaje. Hitchcock se rebanó los sesos para lograr el efecto que buscaba: ató con hilos algunos pájaros a la ropa de la actriz para que no se alejaran. Para Hedren, según confesó, fueron los peores siete días de su vida.

La obra del director inglés se caracteriza por giros de guion, por el manejo de las expectativas, por unos encuadres obsesivos, por el ritmo, por una intuición para la explotación comercial y por una habilidad visionaria en el uso de los efectos especiales. Al contrario de lo que ocurría hasta la publicación de la conversación con Truffaut, hoy nadie niega el impacto artístico de Hitchock en la historia del cine.

Alfred Hitchcock intentaba tocar las teclas más primitivas del cerebro del espectador, en especial la tecla del pánico. Era un juego que se tomaba muy en serio y no limitaba sus esfuerzos sólo al contenido que proyectaba en la pantalla. El día del estreno de Los pájaros, en el cine Odeon de Liecester Square (Londres), preparó una sorpresa.

Cuando acabó la película y se abrieron las puertas, se escucharon ruidos de plumas y gritos de cuervos. Los graznidos se cruzaban en el aire, pero no se veía nada. A pesar de tratarse de algo inverosímil, fue inevitable para la gente sentir cierto terror. Habían colocado altavoces en los árboles. Hitchcock quería saltarse el pacto de la ficción.

A Hitchcock se le encuadra por defecto en el ámbito del cine de intriga, sin embargo, como se plantea mostrar la exposición Hitchcock, más allá del suspense, que se expondrá en el Espacio Fundación Telefónica de Madrid, del próximo 5 de octubre al 5 de febrero, el talento artístico del director trasciende los géneros.

La certeza de que el director británico podía evaluarse más como un artista que como un fabricante de éxitos cinematográficos no llegó por sí misma o por la propia observación de la crítica. En EEUU no lo terminaban de tomar en serio. El cambio sobrevino gracias a una entrevista larguísima (27 horas y 500 preguntas) que le hizo François Truffaut, de la revista Cahiers du Cinéma.

El encuentro dio lugar al libro El cine según Alfred Hitchcock. Un volumen de obligado estudio para cualquier cineasta. En él, Hitchcock demostraba que lo suyo era una pasión más artística que comercial.

Alfred Hitchcock 1
Alfred Hitchcock en el rodaje de Los pájaros (1963) © UNIVERSAL PICTURES

El director de La ventana indiscreta desmenuzó casi fotograma a fotograma su obra, desveló aspectos técnicos, trucos escenográficos, planteamientos más profundos, preocupaciones personales que impregnaban cada cinta. Entre otras cosas, se supo que el peculiar estilo de Hitchcock bebía del cine mudo (en el que trabajó en Gran Bretaña) y del expresionismo alemán.

El director suscribía hasta el extremo la tesis que se imparte en las escuelas de cine, de periodismo y, en general, de toda aquella disciplina que persiga crear buenas narraciones: Don’t tell, show it. Si algo podía mostrarse a través de la imagen, de la música, de las sombras, la palabra y el diálogo se convertían en algo prescindible. Como herramienta para planear el flujo de energía de cada historia, Hitchcock dibujaba diagramas con las subidas y bajadas de acción.

Su estilo de escenificación y de atrezo era fundamental para enganchar al espectador del hígado. Por un lado, trasladaba el contexto cultural a sus películas, el arte, la arquitectura del momento. Como se señala en la presentación de la exposición Hitchcock, más allá del suspense, el director «introdujo el paisaje cotidiano en el horror de Psicosis, importó la elegancia de Europa para crear personajes de clase media triunfadora de Estados Unidos y colaboró con modistos de alta costura como Dior o Balenciaga».

Por otro lado, en su deseo de mover al público a un mundo desconocido, «sus obras están construidas sobre iconografías fastuosas para atrapar la atención del espectador; construía trampantojos con imágenes simbólicas cargadas de apariencias y falsedades».

Alfred Hitchcock 2
Marnie, la ladrona. Cortesiìa de Universal Studios Licensing LLC © 1964 Geoffrey Stanley, Inc

La idea era desubicar, introducir nuestra mente en una realidad paralela donde ocurren cosas que no asociamos con la vida cotidiana, pero a la vez salpicar detalles que no nos desconecten del todo y faciliten la identificación con los protagonistas. Matices que parecían irrelevantes contribuyeron a este fin.

Por ejemplo, Hitchcock fue el primer cineasta que se atrevió a mostrar un retrete con la cisterna descargando en la gran pantalla. Lo hizo en Psicosis y con ese gesto rompió un tabú: el arte servía también para mostrar la intimidad no glamurosa.

Aunque, como suele decirse, el cine es un arte colectivo. El director se rodeó de profesionales de talento. El diseñador gráfico Saul Bass creó escuela con el cartel de Vértigo y siempre reclamó ser el autor del story board de la escena de la ducha de Psicosis, aunque Hitckcock nunca lo reconoció.

Por su parte, Robert Burks se encargó de la dirección fotográfica en doce de sus películas. También, a la sombra del genio panzón, Bernard Herrmann, compositor que trabajó para Orson Welles, logró sus mayores reconocimientos. Herrmann fue el culpable de hacer que los violines sonaran como filos de acero en la famosa escena de la ducha. Del mismo modo, Salvador Dalí construyó un paisaje onírico a la medida de la película Recuerdo.

El autor del guion de La ventana indiscreta o El hombre que sabía demasiado, John Michael Hayes, desveló varios de los motivos por los que trabajaba a gusto con Hitchcock: «Por la brillante técnica y el conocimiento de lo visual que poseía; y el ego y la convicción».

Alfred Hitchcock 4
Psicosis. Cortesiìa de Universal Studios Licensing LLC © 1960 Shamley Productions, Inc.

La elección de las actrices ha levantado mucho debate y mucho morbo. Hitchcock tenía una fijación, debían poseer una apariencia nórdica. Si no eran rubias, se teñían como Madeleine Carroll, Ingrid Bergman o Joan Fontaine.

El tratamiento de los personajes femeninos admitía pocos matices. Ofrecían una imagen de mujer ideal que unas veces se mostraba con fascinación. En cambio, en otras ocasiones el personaje sufría la humillación. Es el caso de Tippi Hedren en Los pájaros. Para la escena en que Hedren recibe el ataque de una horda de aves se requirió una semana entera de rodaje. Hitchcock se rebanó los sesos para lograr el efecto que buscaba: ató con hilos algunos pájaros a la ropa de la actriz para que no se alejaran. Para Hedren, según confesó, fueron los peores siete días de su vida.

La obra del director inglés se caracteriza por giros de guion, por el manejo de las expectativas, por unos encuadres obsesivos, por el ritmo, por una intuición para la explotación comercial y por una habilidad visionaria en el uso de los efectos especiales. Al contrario de lo que ocurría hasta la publicación de la conversación con Truffaut, hoy nadie niega el impacto artístico de Hitchock en la historia del cine.

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