11 de septiembre 2017    /   IDEAS
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Lo que las palabras tienen que hacer para sobrevivir

11 de septiembre 2017    /   IDEAS     por          
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Las palabras llegan deprisa pero se van despacio. Suelen aparecer a borbotones, fruto de una gran convulsión. En la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, los ingleses aprendieron con rapidez el nombre de aviones alemanes como Messerschmitt, Focke, Junkers… Más que nada porque les tiraban bombas. Esas palabras permanecieron fuertemente ancladas en la mente de tres generaciones hasta que lentamente se fueron diluyendo.

Lo mismo sucede ante una ocupación militar. En esos casos, el idioma de los invadidos incorpora de inmediato, por razones obvias, palabras de los invasores. O durante los comienzos de una revolución tecnológica, en la que hay que ponerle nombre a cantidad de nuevos objetos para no liarse.

Algunas palabras sobreviven gracias a que se convierten en alegoría de otra cosa. Puede que el tigre, como especie, pronto desaparezca de la faz de la tierra. Pero su designación permanecerá, al hablar de los retretes, en el argot de las prisiones. Un final poco digno para tan hermoso animal, pero que al menos nos permitirá mantener su nombre.

Las palabras, como si se tratara de seres vivos, intentan subsistir. Por eso se agarran a la ironía, al seudónimo, al argot, a la parodia…. Son formas de reciclaje que las mantiene activas en el hablar cotidiano.

Su contenedor es la metáfora. Ahí se depositan las más gastadas para que alguien les encuentre una nueva utilidad. O simplemente, para que multiplique su polisemia con el fin de prolongar su existencia.

Cuando hablamos de subir algo a Facebook, por ejemplo, no estamos proponiendo realizar un ejercicio físico que vaya más allá de teclear algunas letras. Pero como las escaleras siguen coexistiendo con las redes sociales, subir una botella de butano puede resultar algo mucho más perjudicial para la espalda. Porque hay muchas subidas, dependiendo del significado que pretendamos darle: el ascenso profesional, la escalada alpinista, la sobredosis, el aumento salarial, el tono, la apuesta…

Esa es la razón por la que la palabra subir tiene muchas más posibilidades de seguir adelante que la de galeno, pongamos por caso. Pues esta última, al contar con un solo significado inicial, ha sido ampliamente rebasada por médico, doctor, facultativo, matasanos…

Porque, al igual que en la selección de las especies, las palabras que se especializan en exceso tienden a desaparecer en cuanto surge otra más adaptada al pasaje en el que se desenvuelve.

Es una lucha despiadada que responde a su propia lógica. Cualquier palabra, para seguir existiendo, debe de contar con un  amplio grupo de sinónimos que la defiendan. Siempre y cuando ella se mantenga como reina de la manada.

Pongamos por caso la palabra canto. Si buscamos en Word los sinónimos de esa palabra, encontramos nada menos que diez alternativas: copla, trova, balada, letrilla, himno, coro, cantilena, cantinela, tonadilla y estrofa. Pero sin duda, de todas ellas, canto es la primera que nos vendrá a la mente. Es una palabra poderosa, sustentada por un amplio grupo de acepciones mucho menos relevantes.

Pero Word se ha olvidado de que canto también es piedra. Y si no lo menciona es porque esa palabra carece ya de los apoyos suficientes para sobrevivir. En cambio, si buscamos al revés, es decir, la palabra piedra, aparecerán de inmediato otros diez sinónimos que la sustentan. Incluida, por supuesto, la palabra canto.

Así es la dura vida de las palabras. Algunas consiguen sobrevivir y otras no. Y lo peor es que tanto sus creadores como sus verdugos somos siempre los mismos. Es decir, nosotros. Jugamos con su destino como si fuéramos dioses. Unos dioses despiadados, olvidadizos y, sobre todo, desagradecidos. Pues las enterramos cuando nos place sin tan siquiera guardar, al menos por un tiempo, su recuerdo en la memoria.

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Lo mismo sucede ante una ocupación militar. En esos casos, el idioma de los invadidos incorpora de inmediato, por razones obvias, palabras de los invasores. O durante los comienzos de una revolución tecnológica, en la que hay que ponerle nombre a cantidad de nuevos objetos para no liarse.

Algunas palabras sobreviven gracias a que se convierten en alegoría de otra cosa. Puede que el tigre, como especie, pronto desaparezca de la faz de la tierra. Pero su designación permanecerá, al hablar de los retretes, en el argot de las prisiones. Un final poco digno para tan hermoso animal, pero que al menos nos permitirá mantener su nombre.

Las palabras, como si se tratara de seres vivos, intentan subsistir. Por eso se agarran a la ironía, al seudónimo, al argot, a la parodia…. Son formas de reciclaje que las mantiene activas en el hablar cotidiano.

Su contenedor es la metáfora. Ahí se depositan las más gastadas para que alguien les encuentre una nueva utilidad. O simplemente, para que multiplique su polisemia con el fin de prolongar su existencia.

Cuando hablamos de subir algo a Facebook, por ejemplo, no estamos proponiendo realizar un ejercicio físico que vaya más allá de teclear algunas letras. Pero como las escaleras siguen coexistiendo con las redes sociales, subir una botella de butano puede resultar algo mucho más perjudicial para la espalda. Porque hay muchas subidas, dependiendo del significado que pretendamos darle: el ascenso profesional, la escalada alpinista, la sobredosis, el aumento salarial, el tono, la apuesta…

Esa es la razón por la que la palabra subir tiene muchas más posibilidades de seguir adelante que la de galeno, pongamos por caso. Pues esta última, al contar con un solo significado inicial, ha sido ampliamente rebasada por médico, doctor, facultativo, matasanos…

Porque, al igual que en la selección de las especies, las palabras que se especializan en exceso tienden a desaparecer en cuanto surge otra más adaptada al pasaje en el que se desenvuelve.

Es una lucha despiadada que responde a su propia lógica. Cualquier palabra, para seguir existiendo, debe de contar con un  amplio grupo de sinónimos que la defiendan. Siempre y cuando ella se mantenga como reina de la manada.

Pongamos por caso la palabra canto. Si buscamos en Word los sinónimos de esa palabra, encontramos nada menos que diez alternativas: copla, trova, balada, letrilla, himno, coro, cantilena, cantinela, tonadilla y estrofa. Pero sin duda, de todas ellas, canto es la primera que nos vendrá a la mente. Es una palabra poderosa, sustentada por un amplio grupo de acepciones mucho menos relevantes.

Pero Word se ha olvidado de que canto también es piedra. Y si no lo menciona es porque esa palabra carece ya de los apoyos suficientes para sobrevivir. En cambio, si buscamos al revés, es decir, la palabra piedra, aparecerán de inmediato otros diez sinónimos que la sustentan. Incluida, por supuesto, la palabra canto.

Así es la dura vida de las palabras. Algunas consiguen sobrevivir y otras no. Y lo peor es que tanto sus creadores como sus verdugos somos siempre los mismos. Es decir, nosotros. Jugamos con su destino como si fuéramos dioses. Unos dioses despiadados, olvidadizos y, sobre todo, desagradecidos. Pues las enterramos cuando nos place sin tan siquiera guardar, al menos por un tiempo, su recuerdo en la memoria.

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Opiniones 1
  • perdemos muchas palabras, sí, pero muchas las conservamos en los diccionarios. Y menos mal. Luego cuando por azar las encontramos nos devuelven buenos recuerdos:

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