3 de mayo 2017    /   ENTRETENIMIENTO
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La etimología te convierte en un Indiana Jones

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¿Por qué a un ladrón le llamamos chorizo? ¿Qué tiene que ver un caco con el delicioso embutido que le da gracia a las lentejas de nuestra madre?

A preguntas como esta viene a responder Juan Romeu en Lo que el español esconde. Todo lo que no sabes que estás diciendo cuando hablas (Vox), una delicia de libro donde nos invita a ser arqueólogos de las palabras y buscar el origen de nuestro léxico.

Romeu, filólogo, poeta y uno de los fundadores de SinFaltas (la «sastrería lingüística» autora de la tabla periódica de la ortografía que se hizo viral), nos invita a jugar a ser los Indiana Jones del léxico. «Puede que no se vaya a encontrar el santo grial», asegura a Yorokobu, «pero uno puede toparse con auténticas maravillas, descubriendo, por ejemplo, las conexiones que en su origen tenían las palabras con determinados conceptos».

Saber el origen de las palabras nos permite, entre otras cosas, saber más de nuestros antepasados y conocer mejor cómo funciona el pensamiento. Pongamos un ejemplo de los muchos que salpican el libro. En griego, para denominar al universo se utilizaba cosmos, palabra cuyo significado estaba relacionado con el orden y la limpieza, que hoy vemos todavía en cosmética. En latín, explica Romeu, copiaron la idea y usaron mundus, que significaba ‘limpio’, de donde vienen nuestros mundo e inmundo (literalmente ‘no limpio’), además de mondar y el mondo de la expresión ‘mondo y lirondo’.

La etimología puede ser divertida pero también tiene un lado práctico más allá del de ser el cuñado sabio que ameniza la velada con su cultura popular en las reuniones familiares. Conocer de dónde vienen los vocablos que usamos nos ayudará, entre otras cosas, a evitar cometer faltas de ortografía, a recordar conceptos e incluso nos echará una mano al escribir en Twitter o WhatsApp (aunque no sea de una forma directa).

«Conocer el origen de algo, sus causas y lo que lo ha llevado a ser lo que es es fundamental para la lengua y para todo. Si tratáramos de comprender por qué las cosas son como son, se resolverían muchos problemas», afirma el fundador de SinFaltas. «En términos más prácticos relacionados con lo lingüístico, la etimología ayuda a saber cómo escribir algunas palabras y a saber elegir el mejor término para una determinada situación, permitiéndonos ser concisos pero informativos, expresivos y contundentes».

Esto lo explica muy bien en el prólogo de Lo que el español esconde: «Si descubres en el Corominas que isósceles viene del griego isoskelēs, formado por iso-, ‘igual’, y skélos, ‘pierna’, te será fácil identificar como isósceles los triángulos que tengan dos patitas iguales». «Y si en el propio Corominas ves que la palabra ‘exuberante’ viene de uber, ‘fértil’, (cuyo superlativo aún usamos: ubérrimo) y eres consciente, por tanto, de que está relacionado con ubre, te lo pensarás dos veces antes de escribir *exhuberante», continúa un poco más adelante.

Pero qué provoca más cambios en la historia de las palabras: ¿el significado o el sonido? Romeu asegura que «hay más cambios de sonidos que de significados». Si bien es cierto que en muchas de ellas es fácil reconocer las formas de las palabras de las que proceden las actuales, en casi todas ha habido algún cambio en la pronunciación o en la grafía. «En cambio, en el significado, al margen de casos conocidos como enervar, lívido y algunos otros, no hay cambios sustanciales. De matices sí, claro».

Un ejemplo de ello puede ser el caso de bizarro. Empezó significando ‘iracundo’ en italiano. De ahí, pasó a querer decir también en esa lengua ‘raro’ o ‘fantástico’, mientras que en español se usaba para expresar el significado de ‘valiente’. Con el sentido de ‘raro’ llegó también al francés y al inglés. Y ahora nos viene de vuelta a nosotros con ese mismo significado pero obligado a convivir con el de ‘valiente’.

Para indagar en el origen de las palabras contamos con bastantes herramientas. Romeu cita una larga lista de fuentes a las que podemos recurrir si queremos conocer la etimología de un término. Una de ellas es la obra de Rafael Lapesa. «De cada página de la Historia de la lengua española de Lapesa se podría sacar al menos un artículo de blog. Es lo que ocurre con los investigadores meticulosos que tratan de llegar al fondo de cualquier cuestión y tienen una cultura vastísima», asegura el autor de Lo que el español esconde.

Pero de todos esas fuentes, el autor del libro tiene su favorita: el Breve diccionario etimológico de Corominas. «Es manejable, explica bastante y generalmente regala sorpresas», dice de él.

Otras que considera útiles son la página Etimologías de Chile, «sobre todo las entradas firmadas por Helena», el Online Etymology Dictionary, si el término que buscas es inglés o el Wiktionary, si lo que se pretende es intentar llegar a la raíz primigenia de las palabras; «pero aviso que no siempre se puede tirar del hilo hasta el final a pesar de lo que nos gustaría. ¡Ah!, y, aunque algunos se quejan de ellas, las etimologías del diccionario de la RAE también ayudan mucho».

De hecho, quizá el diccionario debería ser la primera fuente de consulta, pero Romeu asegura que, si no acudimos más a él, es porque no sabemos usarlo. Nos limitamos a buscar palabras en sus páginas sin reparar en las marcas. Esto lleva a pensar a muchos erróneamente que palabras como almóndiga estén aceptadas por el simple hecho de que figuran en el diccionario. Y no es así.

«Que una palabra aparezca en el diccionario no quiere decir que se acepte en el español culto actual si, por ejemplo, tiene la marca de vulgar o de desusada. Y viceversa: el hecho de que una palabra no esté no quiere decir que no se acepte; puede ser un neologismo aún no recogido, un tecnicismo o un derivado de significado fácilmente deducible a partir de los elementos que lo forman», explica Romeu.

9788499742397

«Con estos dos simples principios se sabría que almóndiga no está aceptada a pesar de figurar en el diccionario por las marcas que lleva o que el hecho de que no esté desafortunadamente no quiere decir que haya que usar infortunadamente, que sí está. Todo esto se explica en el libro y tratamos de difundirlo desde SinFaltas en las redes». Y continúa: «También es imprescindible, por cierto, asimilar que los diccionarios se limitan a recoger usos para que las palabras que aparecen en los textos se puedan entender tal como fueron usadas. Eso no quiere decir que el diccionario o la institución que haya detrás defiendan la idea en cuestión. Lo digo por casos como el de sexo débil».

La etimología nos remite al pasado, lejano o no, de un idioma. Pero una lengua es un ente vivo que evoluciona continuamente, que se empapa de lo que le rodea y lo asimila o lo rechaza en función de lo que los hablantes elijamos. En esa evolución, ¿están influyendo las redes sociales o aplicaciones como WhatsApp?

«A mi entender, las redes sociales y el WhatsApp están cambiando bastante poco las reglas del español. Simplemente están aportando nuevas (o no tan nuevas) abreviaturas y están obligándonos a ser más concisos», afirma el filólogo. «Pero el que escribe bien lo hará bien aunque escriba mucho en redes, siempre y cuando, por supuesto, siga utilizando la lengua en otros medios y siga entrenándose con la lectura de obras bien escritas. Y, si la ortografía está a salvo, la gramática más».

Por tanto, la tecnología y el móvil no son una amenaza para el idioma como podría pensarse. «En SinFaltas estamos convencidos de que los nuevos medios, más que perjudicar, pueden ayudar a practicar con la lengua todos los días. Seguramente por eso la ortografía está de moda. Que lo está lo hemos podido constatar, sin ir más lejos, gracias al éxito que está teniendo nuestra tabla periódica de la ortografía».

Queda preguntarse si gracias a esas enormes mejoras en las comunicaciones donde las distancias parecen haberse eliminado, podría llegar un momento en el que el español fuera una lengua unificada por completo. «Más bien parece que tendemos a la falta de unidad», opina Romeu. «Pero, si todo sigue así, precisamente la falta de distancias a la que nos llevan los medios va a ayudar a que nos sigamos entendiendo perfectamente los hablantes de todas partes, de Madrid, de Quito o de donde sea, a pesar de que cada uno tenga sus peculiaridades lingüísticas, lo cual es natural y sano. Para eso, aunque no es imprescindible, ayuda que existan instituciones y fundaciones como la RAE o Fundéu. Permiten orientar con responsabilidad, conocimiento y uniformidad la inevitable evolución de la lengua».

Por cierto, y volviendo al principio de este artículo. Que a un ladrón se le llame chorizo tiene su explicación en el parecido entre las palabras chori, que en caló significa ‘ladrón’, y chorizo. Para saber cómo se llegó hasta ahí tendréis que ejercer de Indiana Jones y escarbar en el libro.

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A preguntas como esta viene a responder Juan Romeu en Lo que el español esconde. Todo lo que no sabes que estás diciendo cuando hablas (Vox), una delicia de libro donde nos invita a ser arqueólogos de las palabras y buscar el origen de nuestro léxico.

Romeu, filólogo, poeta y uno de los fundadores de SinFaltas (la «sastrería lingüística» autora de la tabla periódica de la ortografía que se hizo viral), nos invita a jugar a ser los Indiana Jones del léxico. «Puede que no se vaya a encontrar el santo grial», asegura a Yorokobu, «pero uno puede toparse con auténticas maravillas, descubriendo, por ejemplo, las conexiones que en su origen tenían las palabras con determinados conceptos».

Saber el origen de las palabras nos permite, entre otras cosas, saber más de nuestros antepasados y conocer mejor cómo funciona el pensamiento. Pongamos un ejemplo de los muchos que salpican el libro. En griego, para denominar al universo se utilizaba cosmos, palabra cuyo significado estaba relacionado con el orden y la limpieza, que hoy vemos todavía en cosmética. En latín, explica Romeu, copiaron la idea y usaron mundus, que significaba ‘limpio’, de donde vienen nuestros mundo e inmundo (literalmente ‘no limpio’), además de mondar y el mondo de la expresión ‘mondo y lirondo’.

La etimología puede ser divertida pero también tiene un lado práctico más allá del de ser el cuñado sabio que ameniza la velada con su cultura popular en las reuniones familiares. Conocer de dónde vienen los vocablos que usamos nos ayudará, entre otras cosas, a evitar cometer faltas de ortografía, a recordar conceptos e incluso nos echará una mano al escribir en Twitter o WhatsApp (aunque no sea de una forma directa).

«Conocer el origen de algo, sus causas y lo que lo ha llevado a ser lo que es es fundamental para la lengua y para todo. Si tratáramos de comprender por qué las cosas son como son, se resolverían muchos problemas», afirma el fundador de SinFaltas. «En términos más prácticos relacionados con lo lingüístico, la etimología ayuda a saber cómo escribir algunas palabras y a saber elegir el mejor término para una determinada situación, permitiéndonos ser concisos pero informativos, expresivos y contundentes».

Esto lo explica muy bien en el prólogo de Lo que el español esconde: «Si descubres en el Corominas que isósceles viene del griego isoskelēs, formado por iso-, ‘igual’, y skélos, ‘pierna’, te será fácil identificar como isósceles los triángulos que tengan dos patitas iguales». «Y si en el propio Corominas ves que la palabra ‘exuberante’ viene de uber, ‘fértil’, (cuyo superlativo aún usamos: ubérrimo) y eres consciente, por tanto, de que está relacionado con ubre, te lo pensarás dos veces antes de escribir *exhuberante», continúa un poco más adelante.

Pero qué provoca más cambios en la historia de las palabras: ¿el significado o el sonido? Romeu asegura que «hay más cambios de sonidos que de significados». Si bien es cierto que en muchas de ellas es fácil reconocer las formas de las palabras de las que proceden las actuales, en casi todas ha habido algún cambio en la pronunciación o en la grafía. «En cambio, en el significado, al margen de casos conocidos como enervar, lívido y algunos otros, no hay cambios sustanciales. De matices sí, claro».

Un ejemplo de ello puede ser el caso de bizarro. Empezó significando ‘iracundo’ en italiano. De ahí, pasó a querer decir también en esa lengua ‘raro’ o ‘fantástico’, mientras que en español se usaba para expresar el significado de ‘valiente’. Con el sentido de ‘raro’ llegó también al francés y al inglés. Y ahora nos viene de vuelta a nosotros con ese mismo significado pero obligado a convivir con el de ‘valiente’.

Para indagar en el origen de las palabras contamos con bastantes herramientas. Romeu cita una larga lista de fuentes a las que podemos recurrir si queremos conocer la etimología de un término. Una de ellas es la obra de Rafael Lapesa. «De cada página de la Historia de la lengua española de Lapesa se podría sacar al menos un artículo de blog. Es lo que ocurre con los investigadores meticulosos que tratan de llegar al fondo de cualquier cuestión y tienen una cultura vastísima», asegura el autor de Lo que el español esconde.

Pero de todos esas fuentes, el autor del libro tiene su favorita: el Breve diccionario etimológico de Corominas. «Es manejable, explica bastante y generalmente regala sorpresas», dice de él.

Otras que considera útiles son la página Etimologías de Chile, «sobre todo las entradas firmadas por Helena», el Online Etymology Dictionary, si el término que buscas es inglés o el Wiktionary, si lo que se pretende es intentar llegar a la raíz primigenia de las palabras; «pero aviso que no siempre se puede tirar del hilo hasta el final a pesar de lo que nos gustaría. ¡Ah!, y, aunque algunos se quejan de ellas, las etimologías del diccionario de la RAE también ayudan mucho».

De hecho, quizá el diccionario debería ser la primera fuente de consulta, pero Romeu asegura que, si no acudimos más a él, es porque no sabemos usarlo. Nos limitamos a buscar palabras en sus páginas sin reparar en las marcas. Esto lleva a pensar a muchos erróneamente que palabras como almóndiga estén aceptadas por el simple hecho de que figuran en el diccionario. Y no es así.

«Que una palabra aparezca en el diccionario no quiere decir que se acepte en el español culto actual si, por ejemplo, tiene la marca de vulgar o de desusada. Y viceversa: el hecho de que una palabra no esté no quiere decir que no se acepte; puede ser un neologismo aún no recogido, un tecnicismo o un derivado de significado fácilmente deducible a partir de los elementos que lo forman», explica Romeu.

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«Con estos dos simples principios se sabría que almóndiga no está aceptada a pesar de figurar en el diccionario por las marcas que lleva o que el hecho de que no esté desafortunadamente no quiere decir que haya que usar infortunadamente, que sí está. Todo esto se explica en el libro y tratamos de difundirlo desde SinFaltas en las redes». Y continúa: «También es imprescindible, por cierto, asimilar que los diccionarios se limitan a recoger usos para que las palabras que aparecen en los textos se puedan entender tal como fueron usadas. Eso no quiere decir que el diccionario o la institución que haya detrás defiendan la idea en cuestión. Lo digo por casos como el de sexo débil».

La etimología nos remite al pasado, lejano o no, de un idioma. Pero una lengua es un ente vivo que evoluciona continuamente, que se empapa de lo que le rodea y lo asimila o lo rechaza en función de lo que los hablantes elijamos. En esa evolución, ¿están influyendo las redes sociales o aplicaciones como WhatsApp?

«A mi entender, las redes sociales y el WhatsApp están cambiando bastante poco las reglas del español. Simplemente están aportando nuevas (o no tan nuevas) abreviaturas y están obligándonos a ser más concisos», afirma el filólogo. «Pero el que escribe bien lo hará bien aunque escriba mucho en redes, siempre y cuando, por supuesto, siga utilizando la lengua en otros medios y siga entrenándose con la lectura de obras bien escritas. Y, si la ortografía está a salvo, la gramática más».

Por tanto, la tecnología y el móvil no son una amenaza para el idioma como podría pensarse. «En SinFaltas estamos convencidos de que los nuevos medios, más que perjudicar, pueden ayudar a practicar con la lengua todos los días. Seguramente por eso la ortografía está de moda. Que lo está lo hemos podido constatar, sin ir más lejos, gracias al éxito que está teniendo nuestra tabla periódica de la ortografía».

Queda preguntarse si gracias a esas enormes mejoras en las comunicaciones donde las distancias parecen haberse eliminado, podría llegar un momento en el que el español fuera una lengua unificada por completo. «Más bien parece que tendemos a la falta de unidad», opina Romeu. «Pero, si todo sigue así, precisamente la falta de distancias a la que nos llevan los medios va a ayudar a que nos sigamos entendiendo perfectamente los hablantes de todas partes, de Madrid, de Quito o de donde sea, a pesar de que cada uno tenga sus peculiaridades lingüísticas, lo cual es natural y sano. Para eso, aunque no es imprescindible, ayuda que existan instituciones y fundaciones como la RAE o Fundéu. Permiten orientar con responsabilidad, conocimiento y uniformidad la inevitable evolución de la lengua».

Por cierto, y volviendo al principio de este artículo. Que a un ladrón se le llame chorizo tiene su explicación en el parecido entre las palabras chori, que en caló significa ‘ladrón’, y chorizo. Para saber cómo se llegó hasta ahí tendréis que ejercer de Indiana Jones y escarbar en el libro.

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Opiniones 6
  • «Helena». Llevo buscando a la persona tras el nombre años; el significado oculto de la luz más brillante del diccionario de etimologías de Chile. Me ha encantado ver que no me afecta a mí solo. Excelente post Mari Ángeles. Mucahs gracias

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