9 de julio 2020    /   IDEAS
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Jorge Carrión: «Si queremos ser relevantes, debemos pensar discursos que sean virales. Hackear el sistema desde dentro»

9 de julio 2020    /   IDEAS     por          
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Cuando el mundo echó el cierre, a mediados de marzo, Jorge Carrión empezó a escribir de forma compulsiva. No sabía qué redactaba. Tenía apariencia de un diario, pero ¡quién sabía! 

Escribía; un día, otro, otro, pronto, al despertar. A sus ojos era un texto amorfo que crecía de un modo desesperado hasta que un día empezó a poner fecha a esas notas. Aquello se convirtió, de pronto, en una reconstrucción histórica de la pandemia que los tenía a él y a medio mundo encerrados en casa. 

Carrión situó la primera fecha a mediados de noviembre para intentar comprender «qué había pasado en Wuhan, en China, en el mundo, desde esa fecha hasta nuestro presente de encierro», cuenta el escritor y ensayista. «También entendí que el futuro libro tendría sentido e interés si iba más allá de lo concreto y particular, y empecé a leer y a releer sobre la viralidad digital. Porque me di cuenta de que el ultravirus era tanto biológico como virtual».

Esos escritos a puerta cerrada se acaban de publicar en un libro pequeñito, exquisito, de tamaño de diario, titulado Lo viral (Galaxia Gutenberg). «Como si de un falso diario se tratara, pero sin ficción». 

Lo viral

¿Es lo viral la cultura de este tiempo?

Estamos en un momento de transición. La lectura y la cultura clásicas siguen siendo muy importantes, en su defensa de la calidad, de la profundidad, de la tradición, de la memoria. Pero se está imponiendo la lectura y la cultura digitales, que son las de lo viral, y que se caracterizan por la cantidad, la superficialidad, la novedad, el instante. Lo viral está en sintonía con una mirada que ya no es humana ni humanista, sino algorítmica. Para YouTube, Netflix o Amazon no hay palabras cargadas de significado, sino código y números, cifras, correlaciones, big data.

Hablas de la cultura en todas sus expresiones y formatos. De stories de Instagram, de listas de reproducción, de podcasts… Los llamas «Objetos Culturales Vagamente Identificados». Pero no es muy común. Hay una resistencia feroz a considerar cultura las expresiones creativas en las redes sociales, ¡incluso las series!, como si la cultura estuviera definida por el formato. ¿Es la historia de siempre: las elites niegan lo que no conocen para no perder su poder?

Sigo el modelo de mis maestros: Charles Baudelaire fue uno de los creadores de la crítica de arte e introdujo la ciudad, las ratas, los borrachos y las prostitutas mutiladas en la poesía. Walter Benjamin trató, en su crítica cultural, la radio o los juguetes, además de inventar un sistema de collage textual que sigue siendo inspirador. Susan Sontag analizó lo camp, el porno, la subcultura gay. Yo intento recordar lo obvio: la cultura va mucho más allá de lo que les gusta a los jefes de las secciones de cultura de los diarios. 

En efecto, también hay una cuestión política y económica que es muy compleja. Porque esas nuevas criaturas digitales, esos podcasts, videojuegos, memes o hilos de Twitter crecen en ecosistemas y plataformas que no se rigen por los valores de lo que entendemos por cultura. Por eso creo que urge tanto una crítica de las propias obras (como vídeos de YouTube o stories de Instagram) como una crítica de los algoritmos y las plataformas. Son muy opacas, debemos iluminarlas y diseccionarlas.

¿Es lo viral una revolución como fue la imprenta?

Internet, sin duda. Pero tal vez sea mucho más potente. Porque en la órbita de internet, están los móviles, el 5G, la realidad virtual, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la datificación del mundo. Y porque se trata de una revolución acelerada. Como la propia pandemia, cuya velocidad no se entiende sin la del 5G. Es decir, se corresponde con la brutal hiperconexión del mundo.

Lo viral es un libro sobre cultura contemporánea. 

Durante su escritura me di cuenta de que mi plan de publicar el año que viene Telefreud, la segunda parte de Teleshakespeare, con ensayos sobre las series de televisión como observatorio del mundo contemporáneo, no tenía sentido, porque ya no me interesan tanto las series y porque no me gusta repetirme. En cambio, cada vez me interesa más internet y nuestra dimensión virtual. 

De un modo muy orgánico, surgió esa capa del libro en que pienso en voz alta sobre la viralidad. Creo que representa muy bien el tipo de ensayo que me interesa escribir ahora, que es el de Contra Amazon o Solaris, ensayos sonoros, un ensayo literario, sin lastre académico, sin grandes conceptos teóricos.

Lo viral es también una reflexión sobre el género literario del diario.

Escribo un diario íntimo desde hace más de veinte años, que no pienso publicar. Y de pronto surgió este, una suerte de cuaderno de notas o dietario, una especie de laboratorio en medio del hundimiento, que me obligó a pensar sobre el género. Me di cuenta de que me interesan mucho los diarios raros, que incluyen algún tipo de reconstrucción (como los de Orwell) o que confiesan que mienten (como los de Kafka). Mi diario es consciente de serlo. Y de ser bastante extraño.

Es un diario con flashbacks

Y hasta un flashforward. Se me ocurrió la idea de sorprender al lector con saltos temporales. Y de mantenerlo alerta con la lectura de las fechas, que uno olvida cuando entra en la dinámica de un diario.

Esta forma narrativa de diario es una estrategia excelente para acercar el ensayo al día a día de una persona. Es un yo que hace el ensayo más divulgativo. Estamos volviendo a ese yo empático o yo instrumental después de que, a finales del siglo XX, algunas escuelas periodísticas declararan el yo como un apestoso y nos intentaran hacer creer que escribir en tercera persona garantizaba la objetividad. Como si eso fuera posible.

A mí me interesa el yo como camino a los otros y hacia los temas, que son los auténticos protagonistas. El yo ayuda gracias al storytelling que puede proporcionar. En Librerías o en Barcelona. Libros de los pasajes solamente cuento anécdotas personales si siento que el capítulo las pide, para aterrizar conceptos o para provocar una sonrisa cómplice con el lector. En Lo viral hablo de mis hijos, de mi madre, de mi mujer, Marilena. Es, sin duda, mi libro más personal, pero porque entiendo que es fundamental crear esa empatía que comentas.

Finalmente, la pandemia es la primera gran experiencia global del siglo XXI, y el lector de cualquier país del mundo puede reconocer miedos o situaciones que yo narro o pienso en voz alta.

Ese arranque de Lo viral me parece un acierto. Dices que el atentado del archiduque Francisco Fernando en 1914 marcó el inicio del siglo XX. Desde la visión anglosajona dominante, muchos consideraban el atentado contra las Torres Gemelas el comienzo del XXI, pero tú echas el freno y dices que quizá nos precipitamos y el verdadero paso al XXI ha sido este año en Wuhan.

Fue muy interesante mi relación con el texto porque, además de ser un diario o una reconstrucción, era el lugar donde escribía mis artículos para La Vanguardia y el New York Times. Y de pronto fui creando varias tramas paralelas, como la de la reflexión sobre el género diario o la del panorama de la viralidad digital o la del avance de la pandemia por el mundo. 

Entre ellas, la que mejor articula el libro, creo, es la que tiene que ver con la pregunta: ¿El siglo XXI comenzó en 2001 o en 2019? Esa pregunta me lleva a comparar iconos: la chaqueta ensangrentada del archiduque, el vídeo en bucle de la caída de las torres, la división de la pantalla en Zoom…

Hablas de la siliconización del mundo. ¿En qué consiste?

El concepto es de Éric Sadin. La visión que surgió en Silicon Valley en el siglo XX se ha vuelto hegemónica en el siglo XXI. El mundo entero se ha digitalizado. La economía, la cultura, la comunicación, las relaciones sociales, el amor y el sexo. Todo está condicionado por protocolos algorítmicos e interfaces. Todo es archivado en la nube.

Haces una observación muy interesante. En la cultura de Netflix y HBO, la marca de la plataforma que emite una serie o un documental tiene más relevancia que el guionista, a no ser que sea un figurón. Importa más la plataforma que el creador.

Incluso si hablamos de Aaron Sorkin [guionista de La red social] o J.J. Abrams [director de Lost], las plataformas ya eclipsan sus nombres. La autoría es cada vez más algorítmica. En Netflix o Amazon ya es común que los directivos o guionistas o arquitectos de soluciones se vean a sí mismos como acompañantes del algoritmo. El continente se ha vuelto más importante que la obra, que llaman «contenidos».

Hace bastante que sabemos que estamos creando un mundo de hipervigilancia. En Lo viral hablas de una app que pone los pelos de punta, Ding Talk, y cuentas que los usuarios se rebelaron y se negaron a usarla.

Cuanto más leemos sobre China, más datos inquietantes acumulamos. En Lo viral hablo del diario de Fang Fang, que leí parcialmente en inglés. Ahora lo estoy leyendo entero en español, publicado por Seix Barral, y me ha sorprendido ver que el gran tema es internet, y plataformas como Weiboo, junto con la censura normalizada. En fin.

Recoges unas palabras de Alessandro Baricco: hoy hace falta un «storytelling diseñado con una ingeniería aerodinámica» para captar la atención. ¿En qué consiste ese tipo de narrativa?

En The Game habla de cómo el storytelling, para ser efectivo en nuestra época, debe tener baja densidad y estar diseñado para surfear por internet. Así se propagan los memes y las fake news. Si queremos ser relevantes, debemos pensar en esos términos para nuestros discursos. Para que sean virales. Para hackear el sistema desde dentro.

Acabas de publicar el podcast Solaris sobre estos «tiempos algorítmicos, acelerados, de inteligencia artificial, con su propia lógica, con su propia locura». ¡Qué ensayo tan bien llevado al audio!

Solaris es un proyecto que he hecho con María Jesús Espinosa de los Monteros, que es una profesional extraordinaria, sabia y generosa, y su equipo de Podium (Ana Alonso, Andreu Quesada…). La idea inicial era ensayar en audio, ver cómo el podcast o el audiolibro nos podían ayudar a reinventar el género del ensayo, cómo ser tataranietos dignos de Montaigne. 

Yo hacía mucho tiempo que fabulaba con la idea de escribir un libro que fuera una suerte de repertorio de los temas clave del siglo XXI (como el transmedia, la cultura de la terapia o la inteligencia no humana) y vi que ese formato era perfecto para hacer realidad el proyecto. Estamos muy contentos con su recepción.

Cuando el mundo echó el cierre, a mediados de marzo, Jorge Carrión empezó a escribir de forma compulsiva. No sabía qué redactaba. Tenía apariencia de un diario, pero ¡quién sabía! 

Escribía; un día, otro, otro, pronto, al despertar. A sus ojos era un texto amorfo que crecía de un modo desesperado hasta que un día empezó a poner fecha a esas notas. Aquello se convirtió, de pronto, en una reconstrucción histórica de la pandemia que los tenía a él y a medio mundo encerrados en casa. 

Carrión situó la primera fecha a mediados de noviembre para intentar comprender «qué había pasado en Wuhan, en China, en el mundo, desde esa fecha hasta nuestro presente de encierro», cuenta el escritor y ensayista. «También entendí que el futuro libro tendría sentido e interés si iba más allá de lo concreto y particular, y empecé a leer y a releer sobre la viralidad digital. Porque me di cuenta de que el ultravirus era tanto biológico como virtual».

Esos escritos a puerta cerrada se acaban de publicar en un libro pequeñito, exquisito, de tamaño de diario, titulado Lo viral (Galaxia Gutenberg). «Como si de un falso diario se tratara, pero sin ficción». 

Lo viral

¿Es lo viral la cultura de este tiempo?

Estamos en un momento de transición. La lectura y la cultura clásicas siguen siendo muy importantes, en su defensa de la calidad, de la profundidad, de la tradición, de la memoria. Pero se está imponiendo la lectura y la cultura digitales, que son las de lo viral, y que se caracterizan por la cantidad, la superficialidad, la novedad, el instante. Lo viral está en sintonía con una mirada que ya no es humana ni humanista, sino algorítmica. Para YouTube, Netflix o Amazon no hay palabras cargadas de significado, sino código y números, cifras, correlaciones, big data.

Hablas de la cultura en todas sus expresiones y formatos. De stories de Instagram, de listas de reproducción, de podcasts… Los llamas «Objetos Culturales Vagamente Identificados». Pero no es muy común. Hay una resistencia feroz a considerar cultura las expresiones creativas en las redes sociales, ¡incluso las series!, como si la cultura estuviera definida por el formato. ¿Es la historia de siempre: las elites niegan lo que no conocen para no perder su poder?

Sigo el modelo de mis maestros: Charles Baudelaire fue uno de los creadores de la crítica de arte e introdujo la ciudad, las ratas, los borrachos y las prostitutas mutiladas en la poesía. Walter Benjamin trató, en su crítica cultural, la radio o los juguetes, además de inventar un sistema de collage textual que sigue siendo inspirador. Susan Sontag analizó lo camp, el porno, la subcultura gay. Yo intento recordar lo obvio: la cultura va mucho más allá de lo que les gusta a los jefes de las secciones de cultura de los diarios. 

En efecto, también hay una cuestión política y económica que es muy compleja. Porque esas nuevas criaturas digitales, esos podcasts, videojuegos, memes o hilos de Twitter crecen en ecosistemas y plataformas que no se rigen por los valores de lo que entendemos por cultura. Por eso creo que urge tanto una crítica de las propias obras (como vídeos de YouTube o stories de Instagram) como una crítica de los algoritmos y las plataformas. Son muy opacas, debemos iluminarlas y diseccionarlas.

¿Es lo viral una revolución como fue la imprenta?

Internet, sin duda. Pero tal vez sea mucho más potente. Porque en la órbita de internet, están los móviles, el 5G, la realidad virtual, la inteligencia artificial, el internet de las cosas, la datificación del mundo. Y porque se trata de una revolución acelerada. Como la propia pandemia, cuya velocidad no se entiende sin la del 5G. Es decir, se corresponde con la brutal hiperconexión del mundo.

Lo viral es un libro sobre cultura contemporánea. 

Durante su escritura me di cuenta de que mi plan de publicar el año que viene Telefreud, la segunda parte de Teleshakespeare, con ensayos sobre las series de televisión como observatorio del mundo contemporáneo, no tenía sentido, porque ya no me interesan tanto las series y porque no me gusta repetirme. En cambio, cada vez me interesa más internet y nuestra dimensión virtual. 

De un modo muy orgánico, surgió esa capa del libro en que pienso en voz alta sobre la viralidad. Creo que representa muy bien el tipo de ensayo que me interesa escribir ahora, que es el de Contra Amazon o Solaris, ensayos sonoros, un ensayo literario, sin lastre académico, sin grandes conceptos teóricos.

Lo viral es también una reflexión sobre el género literario del diario.

Escribo un diario íntimo desde hace más de veinte años, que no pienso publicar. Y de pronto surgió este, una suerte de cuaderno de notas o dietario, una especie de laboratorio en medio del hundimiento, que me obligó a pensar sobre el género. Me di cuenta de que me interesan mucho los diarios raros, que incluyen algún tipo de reconstrucción (como los de Orwell) o que confiesan que mienten (como los de Kafka). Mi diario es consciente de serlo. Y de ser bastante extraño.

Es un diario con flashbacks

Y hasta un flashforward. Se me ocurrió la idea de sorprender al lector con saltos temporales. Y de mantenerlo alerta con la lectura de las fechas, que uno olvida cuando entra en la dinámica de un diario.

Esta forma narrativa de diario es una estrategia excelente para acercar el ensayo al día a día de una persona. Es un yo que hace el ensayo más divulgativo. Estamos volviendo a ese yo empático o yo instrumental después de que, a finales del siglo XX, algunas escuelas periodísticas declararan el yo como un apestoso y nos intentaran hacer creer que escribir en tercera persona garantizaba la objetividad. Como si eso fuera posible.

A mí me interesa el yo como camino a los otros y hacia los temas, que son los auténticos protagonistas. El yo ayuda gracias al storytelling que puede proporcionar. En Librerías o en Barcelona. Libros de los pasajes solamente cuento anécdotas personales si siento que el capítulo las pide, para aterrizar conceptos o para provocar una sonrisa cómplice con el lector. En Lo viral hablo de mis hijos, de mi madre, de mi mujer, Marilena. Es, sin duda, mi libro más personal, pero porque entiendo que es fundamental crear esa empatía que comentas.

Finalmente, la pandemia es la primera gran experiencia global del siglo XXI, y el lector de cualquier país del mundo puede reconocer miedos o situaciones que yo narro o pienso en voz alta.

Ese arranque de Lo viral me parece un acierto. Dices que el atentado del archiduque Francisco Fernando en 1914 marcó el inicio del siglo XX. Desde la visión anglosajona dominante, muchos consideraban el atentado contra las Torres Gemelas el comienzo del XXI, pero tú echas el freno y dices que quizá nos precipitamos y el verdadero paso al XXI ha sido este año en Wuhan.

Fue muy interesante mi relación con el texto porque, además de ser un diario o una reconstrucción, era el lugar donde escribía mis artículos para La Vanguardia y el New York Times. Y de pronto fui creando varias tramas paralelas, como la de la reflexión sobre el género diario o la del panorama de la viralidad digital o la del avance de la pandemia por el mundo. 

Entre ellas, la que mejor articula el libro, creo, es la que tiene que ver con la pregunta: ¿El siglo XXI comenzó en 2001 o en 2019? Esa pregunta me lleva a comparar iconos: la chaqueta ensangrentada del archiduque, el vídeo en bucle de la caída de las torres, la división de la pantalla en Zoom…

Hablas de la siliconización del mundo. ¿En qué consiste?

El concepto es de Éric Sadin. La visión que surgió en Silicon Valley en el siglo XX se ha vuelto hegemónica en el siglo XXI. El mundo entero se ha digitalizado. La economía, la cultura, la comunicación, las relaciones sociales, el amor y el sexo. Todo está condicionado por protocolos algorítmicos e interfaces. Todo es archivado en la nube.

Haces una observación muy interesante. En la cultura de Netflix y HBO, la marca de la plataforma que emite una serie o un documental tiene más relevancia que el guionista, a no ser que sea un figurón. Importa más la plataforma que el creador.

Incluso si hablamos de Aaron Sorkin [guionista de La red social] o J.J. Abrams [director de Lost], las plataformas ya eclipsan sus nombres. La autoría es cada vez más algorítmica. En Netflix o Amazon ya es común que los directivos o guionistas o arquitectos de soluciones se vean a sí mismos como acompañantes del algoritmo. El continente se ha vuelto más importante que la obra, que llaman «contenidos».

Hace bastante que sabemos que estamos creando un mundo de hipervigilancia. En Lo viral hablas de una app que pone los pelos de punta, Ding Talk, y cuentas que los usuarios se rebelaron y se negaron a usarla.

Cuanto más leemos sobre China, más datos inquietantes acumulamos. En Lo viral hablo del diario de Fang Fang, que leí parcialmente en inglés. Ahora lo estoy leyendo entero en español, publicado por Seix Barral, y me ha sorprendido ver que el gran tema es internet, y plataformas como Weiboo, junto con la censura normalizada. En fin.

Recoges unas palabras de Alessandro Baricco: hoy hace falta un «storytelling diseñado con una ingeniería aerodinámica» para captar la atención. ¿En qué consiste ese tipo de narrativa?

En The Game habla de cómo el storytelling, para ser efectivo en nuestra época, debe tener baja densidad y estar diseñado para surfear por internet. Así se propagan los memes y las fake news. Si queremos ser relevantes, debemos pensar en esos términos para nuestros discursos. Para que sean virales. Para hackear el sistema desde dentro.

Acabas de publicar el podcast Solaris sobre estos «tiempos algorítmicos, acelerados, de inteligencia artificial, con su propia lógica, con su propia locura». ¡Qué ensayo tan bien llevado al audio!

Solaris es un proyecto que he hecho con María Jesús Espinosa de los Monteros, que es una profesional extraordinaria, sabia y generosa, y su equipo de Podium (Ana Alonso, Andreu Quesada…). La idea inicial era ensayar en audio, ver cómo el podcast o el audiolibro nos podían ayudar a reinventar el género del ensayo, cómo ser tataranietos dignos de Montaigne. 

Yo hacía mucho tiempo que fabulaba con la idea de escribir un libro que fuera una suerte de repertorio de los temas clave del siglo XXI (como el transmedia, la cultura de la terapia o la inteligencia no humana) y vi que ese formato era perfecto para hacer realidad el proyecto. Estamos muy contentos con su recepción.

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