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19 de julio 2018    /   IDEAS
por
ilustracion  Rocío Cañero

No quiero jugar en equipo: soy un lobo solitario

19 de julio 2018    /   IDEAS     por        ilustracion  Rocío Cañero
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El hiperindividualismo de alto rendimiento en la oficina está penadísimo a veces con buenas razones y otras veces por culpa del consenso de los necios, los miopes, los pobres diablos y los gregarios crónicos. Entonces se produce la cacería del lobo y su expulsión física y simbólica de la manada. ¿Querías soledad? Pasarás frío y hambre. Volverás a nosotros suplicando ayuda. Te domaremos hasta convertirte en un caniche enrabietado. Volverás.

Las metáforas nunca son neutrales. Los lobos, popularmente, son unos seres traicioneros, ladrones y agresivos que necesitan, normalmente, a su comunidad para poder sobrevivir. Cuando los hombres se convierten en uno de ellos, se matan entre sí, y cuando lo hacen las mujeres, simplemente las acusan de prostituirse.

Por eso, los burdeles se llamaron durante siglos lupanares y Hobbes escribió hace mucho que lo único que podía evitar la violencia animal del hombre era un estado policial, husmeador y autoritario como un perro adiestrado por la Gestapo.

De más actualidad es la imagen del lobo solitario como terrorista. Ahí tenemos a un personaje, con trazas de inútil social, que siega la vida de inocentes, que en ocasiones nos hace el favor de llevarse también por delante la suya y que, en todo caso, revela una crueldad fanática y calculada.

Es el enemigo público número uno y su soledad es un agravante moral. Aquí la única soledad que se perdona es la del místico o el reo en aislamiento. Las demás son sospechosas.

Los solterones y los que cenan solos en público son dignos de pena. Los que atentan solos son dignos de miedo. Da menos pánico una banda criminal de cientos de muertos, con sus encapuchados y sus mensajes grabados, que un francotirador.

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Así las cosas, no sorprende mucho que los profesionales hiperindividualistas de alto rendimiento en la oficina hayan sido rebautizados como lobos solitarios. Despiertan la desconfianza de sus compañeros, generan inseguridad en algunos jefes, miran con sorna o escepticismo la distribución del poder y les preocupa bastante poco marcharse a la competencia. Nada personal, solo negocios.

Los compañeros desconfían de ellos porque envidian su ingenio para resolver problemas y su productividad… y porque no saben exactamente qué esperar. Esta gente viene a la oficina únicamente a trabajar, rinde mucho y coge puerta.

Defienden sus intereses con asertividad, fragmentan los proyectos colectivos en pequeñas áreas individuales donde cada uno es el único y máximo responsable (los vagos, desmotivados e incompetentes no quieren eso) y tienen pocas habilidades sociales.

Suele decirse, casi como chiste antropológico, que los humanos desarrollaron el lenguaje para que los que cazaban mejor pudieran convencer al resto de que les correspondía un pedazo mayor de mamut. Su supervivencia a  largo plazo a muchos les parece inexplicable.

Es verdad que a los lobos solitarios les conmueven bastante más los bonus que las promociones. De hecho, estas últimas pueden llegar a temerlas un poco porque, horror de los horrores, los ascensos suelen obligarlos a gestionar equipos. Eso no se hace con brillantez sin grandes dosis de inteligencia emocional y cierto aprecio por la política, la burocracia y el delicado equilibrio de poder. No son, por decirlo suavemente, sus principales fortalezas. Es como poner a Cristiano Ronaldo a liderar el Real Madrid.

También hay que reconocer que muchos otros, que ni siquiera rinden tanto, carecen de ellas, porque son los pajes del gran jefe, una aristocracia que se chulea en su incompetencia y que, en los casos más extremos, presume hasta de su falta de méritos. No se sabe si da más miedo su petulancia, su necedad o sus preguntas estúpidas en las reuniones. Lo importante es participar.  

Hamlet sin Shakespeare

Los lobos solitarios pueden sembrar dudas en los jefes de este tipo y también en los que, teniendo méritos, sean inseguros. Les puede dar cierta vergüenza que su subordinado sea mucho más productivo y capaz.

En un mundo ideal, el de las alucinaciones perpetuas que les inyectan como suero mágico sus afines, eso no podría ocurrir. Y como no podría ocurrir, no ocurrirá. Hay que tomar una decisión: o minan al díscolo para que se marche o le ofrecen un destino nuevo e irrechazable lejos de su vista o se convencen de que un personaje que solo sabe trabajar no es competencia para alguien tan valioso y hábil (políticamente) como ellos.    

La mejor alternativa para los jefes lánguidos y comodones hubiera sido delegar en ese héroe del rendimiento individual que es su subordinado, encargarle nuevos retos y desafíos que pueda ejecutar casi en soledad y aprovechar su ingenio y su ambición para apuntalar el prestigio del equipo y el suyo propio como gestor de personas.

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No debería ser tan difícil convencer a los otros subordinados celosos de que el éxito del lobo solitario redunda en el beneficio de la comunidad. Llámalo mano invisible. Llámalo compartir el sudor de su frente. Llámalo un bonus colectivo que apague el incendio de la envidia.  

También esa es la mejor alternativa para los hiperindividualistas brillantes. Maquillar sus éxitos como logros colectivos, persuadir a los demás de que no son una amenaza sino una bendición hasta para los miembros más torpes y torvos de la manada y, por fin, simular un gran aprecio y respeto a la jerarquía y los símbolos nacionales de la empresa.

Habrá tiempo de borrarse los logos del cuerpo como si fueran superficiales y vistosos tatuajes de henna. Podrán hacerlo sin culpa: los directivos se envuelven en la bandera de muchas empresas durante años consecutivos mientras proclaman, como esos futbolistas rutilantes que se mueren por la pasta, que esperan retirarse en el club que ahora les paga. ¡Sois la mejor afición del mundo!

Quizás el rasgo más inquietante de los lobos solitarios sea su mirada.

Perciben con fría claridad, desde la distancia que se toman con la empresa y sus equipos, la frecuente arbitrariedad del reparto del poder y las responsabilidades en las organizaciones, la pobreza intelectual de muchos jefes celebrados, los ridículos ademanes de la jerarquía y la evidente devastación de la autoestima que obliga a tantos compañeros a someterse ante otros mucho menos capaces, a permanecer en la plantilla aunque los maltraten, a fingir que la precariedad es una oportunidad que solo pasa una vez en la vida.

A convencerse, finalmente, de que la comunidad, encarnada por ese leviatán amistoso y brutal que puede ser la empresa, es siempre más sabia e inteligente que el individuo. No seas fascista. O sea.  

El hiperindividualismo de alto rendimiento en la oficina está penadísimo a veces con buenas razones y otras veces por culpa del consenso de los necios, los miopes, los pobres diablos y los gregarios crónicos. Entonces se produce la cacería del lobo y su expulsión física y simbólica de la manada. ¿Querías soledad? Pasarás frío y hambre. Volverás a nosotros suplicando ayuda. Te domaremos hasta convertirte en un caniche enrabietado. Volverás.

Las metáforas nunca son neutrales. Los lobos, popularmente, son unos seres traicioneros, ladrones y agresivos que necesitan, normalmente, a su comunidad para poder sobrevivir. Cuando los hombres se convierten en uno de ellos, se matan entre sí, y cuando lo hacen las mujeres, simplemente las acusan de prostituirse.

Por eso, los burdeles se llamaron durante siglos lupanares y Hobbes escribió hace mucho que lo único que podía evitar la violencia animal del hombre era un estado policial, husmeador y autoritario como un perro adiestrado por la Gestapo.

De más actualidad es la imagen del lobo solitario como terrorista. Ahí tenemos a un personaje, con trazas de inútil social, que siega la vida de inocentes, que en ocasiones nos hace el favor de llevarse también por delante la suya y que, en todo caso, revela una crueldad fanática y calculada.

Es el enemigo público número uno y su soledad es un agravante moral. Aquí la única soledad que se perdona es la del místico o el reo en aislamiento. Las demás son sospechosas.

Los solterones y los que cenan solos en público son dignos de pena. Los que atentan solos son dignos de miedo. Da menos pánico una banda criminal de cientos de muertos, con sus encapuchados y sus mensajes grabados, que un francotirador.

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Así las cosas, no sorprende mucho que los profesionales hiperindividualistas de alto rendimiento en la oficina hayan sido rebautizados como lobos solitarios. Despiertan la desconfianza de sus compañeros, generan inseguridad en algunos jefes, miran con sorna o escepticismo la distribución del poder y les preocupa bastante poco marcharse a la competencia. Nada personal, solo negocios.

Los compañeros desconfían de ellos porque envidian su ingenio para resolver problemas y su productividad… y porque no saben exactamente qué esperar. Esta gente viene a la oficina únicamente a trabajar, rinde mucho y coge puerta.

Defienden sus intereses con asertividad, fragmentan los proyectos colectivos en pequeñas áreas individuales donde cada uno es el único y máximo responsable (los vagos, desmotivados e incompetentes no quieren eso) y tienen pocas habilidades sociales.

Suele decirse, casi como chiste antropológico, que los humanos desarrollaron el lenguaje para que los que cazaban mejor pudieran convencer al resto de que les correspondía un pedazo mayor de mamut. Su supervivencia a  largo plazo a muchos les parece inexplicable.

Es verdad que a los lobos solitarios les conmueven bastante más los bonus que las promociones. De hecho, estas últimas pueden llegar a temerlas un poco porque, horror de los horrores, los ascensos suelen obligarlos a gestionar equipos. Eso no se hace con brillantez sin grandes dosis de inteligencia emocional y cierto aprecio por la política, la burocracia y el delicado equilibrio de poder. No son, por decirlo suavemente, sus principales fortalezas. Es como poner a Cristiano Ronaldo a liderar el Real Madrid.

También hay que reconocer que muchos otros, que ni siquiera rinden tanto, carecen de ellas, porque son los pajes del gran jefe, una aristocracia que se chulea en su incompetencia y que, en los casos más extremos, presume hasta de su falta de méritos. No se sabe si da más miedo su petulancia, su necedad o sus preguntas estúpidas en las reuniones. Lo importante es participar.  

Hamlet sin Shakespeare

Los lobos solitarios pueden sembrar dudas en los jefes de este tipo y también en los que, teniendo méritos, sean inseguros. Les puede dar cierta vergüenza que su subordinado sea mucho más productivo y capaz.

En un mundo ideal, el de las alucinaciones perpetuas que les inyectan como suero mágico sus afines, eso no podría ocurrir. Y como no podría ocurrir, no ocurrirá. Hay que tomar una decisión: o minan al díscolo para que se marche o le ofrecen un destino nuevo e irrechazable lejos de su vista o se convencen de que un personaje que solo sabe trabajar no es competencia para alguien tan valioso y hábil (políticamente) como ellos.    

La mejor alternativa para los jefes lánguidos y comodones hubiera sido delegar en ese héroe del rendimiento individual que es su subordinado, encargarle nuevos retos y desafíos que pueda ejecutar casi en soledad y aprovechar su ingenio y su ambición para apuntalar el prestigio del equipo y el suyo propio como gestor de personas.

lobo-solitario_02b

No debería ser tan difícil convencer a los otros subordinados celosos de que el éxito del lobo solitario redunda en el beneficio de la comunidad. Llámalo mano invisible. Llámalo compartir el sudor de su frente. Llámalo un bonus colectivo que apague el incendio de la envidia.  

También esa es la mejor alternativa para los hiperindividualistas brillantes. Maquillar sus éxitos como logros colectivos, persuadir a los demás de que no son una amenaza sino una bendición hasta para los miembros más torpes y torvos de la manada y, por fin, simular un gran aprecio y respeto a la jerarquía y los símbolos nacionales de la empresa.

Habrá tiempo de borrarse los logos del cuerpo como si fueran superficiales y vistosos tatuajes de henna. Podrán hacerlo sin culpa: los directivos se envuelven en la bandera de muchas empresas durante años consecutivos mientras proclaman, como esos futbolistas rutilantes que se mueren por la pasta, que esperan retirarse en el club que ahora les paga. ¡Sois la mejor afición del mundo!

Quizás el rasgo más inquietante de los lobos solitarios sea su mirada.

Perciben con fría claridad, desde la distancia que se toman con la empresa y sus equipos, la frecuente arbitrariedad del reparto del poder y las responsabilidades en las organizaciones, la pobreza intelectual de muchos jefes celebrados, los ridículos ademanes de la jerarquía y la evidente devastación de la autoestima que obliga a tantos compañeros a someterse ante otros mucho menos capaces, a permanecer en la plantilla aunque los maltraten, a fingir que la precariedad es una oportunidad que solo pasa una vez en la vida.

A convencerse, finalmente, de que la comunidad, encarnada por ese leviatán amistoso y brutal que puede ser la empresa, es siempre más sabia e inteligente que el individuo. No seas fascista. O sea.  

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Opiniones 10
  • Pues yo no conozco a ninguno, más allá de los que aparecen en las pelis de tiburones de Wall Street. Sí, este artículo describe algunos de los tópicos que suelen atribuirse a personajes como el interpretado por Michael Douglas.

    • No hablan de tiburones. Hablan de personas altamente productivas, centradas en la tarea, capaces de tomar decisiones eficientes valorando costes y resultados. Que les gusta pasar desapercibidos socialmente, no quieren formar parte de las cervezas afterwork, ni de los grupos de whatsapp para organizar la cena de navidad. No tienen miedo de decir lo q piensan cuando reciben criticas de sus jefes inseguros, pq saben q su trabajo lo hacen bien. Tienen argumentos lógicos y de peso (basados en hechos). No hacen la pelota. No buscan caer bien.
      Son lobos solitarios. Dejalos hacer. Confia en ellos. Y la manada será fuerte.

  • Yo estuve en una oficina. Enviaba sonetos por el fax, redactaba correos con mis rimas que recitaba muy formal a todos los demás, hacía horas extras ante la triste inmensidad, la enorme soledad, de una oficina en calma. Cegadora y blanca luz. Yo no era para nada un lobo solitario entre mis compañeros, era divertido, oportuno y sobretodo camarada. Pero un día me tocó una entrevista con «El Jefe». Una pequeña reorganización y sermones en consecuencia. Decliné su oferta de permanecer en la empresa y desde entonces sí que cambió algo. Ya no sabría decir. Pero bueno, muchos culebrones empezaron a destaparse y se enrareció el ambiente. Yo tampoco llegué a conocer a ninguno de esos que se mencionan en el artículo.

  • muy interesante articulo, yo conoci a alguien con esa imagen de lobo solitario, cuando trabajaba en una empresa de comunicaciones contrataron a un sujeto que era totalmente ajeno a relacionarse socialmente con la oficina, llegaba y se iba en punto, pero no era flojo ni nada, era tan bueno que domino sus tareas en una semana, practicamente el sujeto era el que a la largar mantenia los sistemas funcionando.

  • Una excursión a pie de fin de semana con acampada nocturna y en la que participan un grupo de personas relativamente numeroso.

    Se reparten los utensilios entre varias personas porteadoras y los líderes deciden hacer el trayecto en grupo, esperándose los unos a los otros por tramos de manera que el grupo no se disperse. Obviamente para los mas experimentados el trayecto es tan lento como soporífero, para los menos habituados realizar el recorrido en las condiciones propuestas les es estresante e interminable. Es casi de noche cuando deciden acampar. Para entonces la desmotivación y el cansancio ya han calado en la mayoría.

    Fase siguiente. Reparto de tareas para montar la acampada y la intendencia. Se da paso al lanzamiento de dardos verbales varios que derivan en conflictos y malestar en el grupo. Solo una pequeña porción de los participantes conserva el optimismo suficiente para reconducir la situación y pasar la velada con un mínimo clima de convivencia, porque las cosas funcionan así, ¿o no?.

    Amanece y se emprende el siguiente tramo. Algo ha cambiado. Se decide no forzar al grupo a ir al mismo ritmo, se comparte el plan de trayecto con todos y se da libertad de movimiento a los participantes acordando el punto de encuentro para la acampada. A los pocos metros el grupo empieza a disgregarse.

    Un primer grupo avanza a paso rápido y no tarda en desaparecer de la vista. Los siguientes son unos cuantos que caminan a paso ligero solos, a su aire, huyendo de las conversaciones grupales; más atrás le sigue el grupo dicharachero que entre bromas, comentarios del día anterior y paradas para compartir algo de agua, o fruta, o recoger alguna hierba aromática van haciendo el recorrido; retrocediendo un poco más a vista de dron hay unos cuantos que no pueden evitar hacer de lanzadera entre estos y los mas rezagados, para irse esperando en bifurcaciones y aquellos tramos con dificultad; y por último los rezagados, repartidos entre quien le pone ganas pero no da para más, quien nunca quiso venir a la excursión pero se sintió obligado y quien no ha estado de acuerdo con la nueva forma de abordar el trayecto.

    A media tarde el primer grupo ha llegado ya, complacidos de no haber tenido que esperar al resto comienzan a montar el campamento codo con codo sabedores de que pueden lucir sus habilidades entre los mejores.

    A medida que van llegando los solitarios van acoplándose a las tareas en ejecución, saben con precisión donde hacen falta sin necesidad de que les organicen.

    El campamento está prácticamente montado. Llega el grupo dicharachero, va despojándose poco a poco de las mochilas asentándolas en el suelo a la vez que sudorosos y cansados contemplan (brazos en jarra) el campamento ya montado. Que alivio, solo hay que preparar la cena.

    Llega la primera persona del grupo lanzadera, para volverse de nuevo con botella de agua llena, el último no puede más. Aparecen los que ya pasan del grupo del final y desorientados se mimetizan entre los llegados en un intento de localizar donde ubicarse. Uno de los solitarios se acerca refresco en mano, allí el alojamiento, ahí la comida, toma y empieza por la bebida.

    Finalmente, quien no da para más remonta las fuerzas y llega bien erguido pues no podrán con su orgullo. El de la botella de agua es recogido entre vítores y palmadas en la espalda. Para entonces el primer grupo ya está abriendo los sacos de dormir.

    Quien nunca quiso venir descubrió que realmente no tenia obligación de hacerlo, a los pocos minutos de empezar el trayecto había comunicado que se volvía para pasar el dia en un brunch. Quizás a la próxima se apunte por decisión propia.

    Y quien no estaba de acuerdo con el nuevo plan de trayecto todavía está procesando como encajar en su mentalidad lo experimentado.

  • Me siento 100% identificado, finalmente te conviertes en “Un arma” si quien está arriba, te otorga la libertad de hacer a tu gusto dentro o al borde de lo permitido. Porque a cambio tendrá éxito en la tarea que te asigne en mínimo tiempo y total seguridad. Ahora bien “El jefe” debe saber cuando tirar y soltar la cuerda y generar confianza sino efectivamente lo matarías mientras duerme. En caso los jefes que he tenido han sido “Mega Lobos Solitarios” con lo cual las relaciones han sido excelentes.

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