13 de enero 2016    /   CREATIVIDAD
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Lobotomízame suavemente

13 de enero 2016    /   CREATIVIDAD     por          
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Ronald Reagan tuvo muy claro que la política formaba parte del show business. Y no sería el único en poner en práctica los principios de la sociedad del espectáculo a la hora de gobernar. ¿Alguien recuerda cómo se enfocó esa Guerra del Golfo que, a juicio de Baudrillard, «no había tenido lugar»? Una guerra teletransmitida, parecida a un videojuego o a una película de acción y, sobre todo, «limpia».

Bien, ahora sabemos que todo aquello fue una soberana patraña, pero la gente —un elevado porcentaje de los espectadores y la ciudadanía en general— se lo tragó. ¿Se debía acaso a una supuesta estupidez endémica del pueblo norteamericano? Evidentemente no. La misma fe en lo que aparecía en la pantalla era compartida por telespectadores de todo el mundo (salvo quizá en Irak por razones obvias).

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales con el tema del descenso de las ventas de fondo. ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? 

No vayamos tan lejos. ¿Qué fue de Bin Laden? Diez años de búsqueda del «enemigo público número uno» resueltos en veinticuatro horas tuiterizadas… Y olvidados al instante. En realidad, podemos imaginar otro tema de actualidad —por extremo que sea— sobre el cual todos estemos hablando ahora mismo, pero que no tardará en desaparecer de la pantalla. Como un fantasma. Como si jamás hubiera pasado. Es lícito, entonces, preguntarnos: ¿qué está sucediendo exactamente?

La canción de la saturación y la sobreestimulación informativa no es nueva, tampoco la de la necesidad de novedades constantes. De hecho, podemos considerarlas hits de larga cola. Huxley fue más preciso que Orwell. Guy Debord llevó a cabo un diagnóstico teórico de la sociedad del espectáculo. Neil Postman en su Divertirse hasta morir aportó una lectura sutil del fenómeno y añadió un interesante plot point: el exceso de información ya no confunde, simplemente banaliza la realidad y nos hace inmunes. Lipovetsky, por su parte, sigue examinando la arquitectura ligera y la estética del capitalismo avanzado (porque, no lo olvides, todo este asunto va de eso: de pasta). Y Ryan Holidady, en su imprescindible Confía en mí, estoy mintiendo, firma el acta de defunción de las pretensiones de verdad —e incluso de calidad— de los medios y el sector editorial en especial.

editorial-interior

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales (de libros, revistas, periódicos, blogs y páginas webs, etc., etc.) con el tema del descenso de las ventas de fondo. El segundo track del disco es el elevado IVA cultural; el tercero, la piratería; el cuarto… ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? Nicholas Carr nos puso sobre la pista de cómo internet nos hace superficiales y de qué modo; los nuevos hábitos de consumo cultural están modificando nuestra estructura cerebral y, en consecuencia, nuestro comportamiento. Personalmente, no tengo ni idea de lo que puede estar pasando dentro de nuestra cabeza, pero lo cierto es que somos incapaces de leer más de diez minutos seguidos sin mirar las redes sociales, blogs o, ¿por qué no?, pornografía.

¿A qué se debe esto? La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog, ¿verdad? El problema estriba en que, como el ya mencionado Ryan Holiday aclara, a un blog le importa muy poco si la persona que hace clic en uno de sus posts o enlaces lee la entrada o se larga al instante. El internauta ya ha incrementado el tráfico del blog, lo que se traduce en tráfico de dinero. Objetivo cumplido. ¿Cuántas veces no hemos pinchado un dulce titular que nos llevaba, con suerte, al mismo titular y, como mucho, una foto adornándolo, sin noticia ni otra cosa que no fueran más anuncios? Esta es la razón: una vez que has hecho clic,
el resto no importa.

La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog

La situación del sector editorial es similar a la del blog, ciertamente. En el fondo, no le preocupa si la gente compra un libro de un futbolista, de una presentadora de televisión, de un tuitero o de un bloguero, ¡incluso de Macaco! Convertido en dinero, tiene el mismo valor que un ejemplar de Kafka, de Thomas Pynchon, de David Foster Wallace, de Jonathan Franzen o de Paul Auster.

Los universos del blog y la editorial tradicional vuelven a cruzarse: al blog (aquellos que tienen visitas de verdad, y esto puede incluir nombres tan populares como The Huffington Post o Gawker) no le importa si lo que se publica es incluso un verdadero disparate, ya que a la gente —si llega a leerlo— se le olvidará al instante. Lo mismo sucede con los libros: asumiendo que serán extirpados del «organismo» en breve, lo importante es que se vendan. Nadie va a reclamar por un libro o un artículo malos. Y si alguien lo hiciera, tanto mejor: mayor tráfico, mayor morbo. Mayores números.

Tanto libros como artículos, posts, entradas en redes sociales y demás solo cumplen una función en la actualidad: ser un pretexto, algo de lo que hablar durante un fugaz intervalo de tiempo. Su verdad o falsedad, su calidad o infamia pasan a un segundo plano. A fin de cuentas, no son asuntos que interesen a nadie. (Me pregunto si no es justamente dicha fugacidad la que hace que la indignación mediática acabe no en hoguera sino en fuego fatuo). En este momento es cuando el show business acude al rescate en una jungla donde todos luchan por destacar; como el ingrediente secreto que todo objeto cultural debe presentar si quiere sobrevivir (incluso si quiere nacer). Se exige llamar la atención a toda costa, sin importar si el aspirante tiene que arrojarse desde un trampolín de diez metros de altura mientras hace un elevator pitch de su novela o pasar calamidades en una isla deshabitada salvo por los otros concursantes procedentes del mundo de la farándula, de la prensa rosa o de tiempos ignotos.

Este es el momento en el que el aspirante a escritor reconocido tendrá que incorporar a sus intereses el personal branding, el marketing, el storytelling. Precisamente porque será él o ella (y su historia, su leyenda) lo que esté en venta y no solo su libro. Es más: su libro no será sino un complemento más; otro elemento de una narración mucho más amplia, mucho más transmedia.

Por todas estas razones, deseo exculpar a editores (que lejos de la broma fácil, sí editan de vez en cuando libros de altísima calidad), medios (que a veces dicen la verdad), autores (algunos de los cuales se esfuerzan por escribir buenos libros) y lectores (que en ocasiones se adentran en el camino menos transitado). Todos surfean (surfeamos) las mismas olas agitadas. La única opción válida es confiar en ellos, en nosotros. Después de todo, sabemos que están, y estamos, mintiendo.

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Bien, ahora sabemos que todo aquello fue una soberana patraña, pero la gente —un elevado porcentaje de los espectadores y la ciudadanía en general— se lo tragó. ¿Se debía acaso a una supuesta estupidez endémica del pueblo norteamericano? Evidentemente no. La misma fe en lo que aparecía en la pantalla era compartida por telespectadores de todo el mundo (salvo quizá en Irak por razones obvias).

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales con el tema del descenso de las ventas de fondo. ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? 

No vayamos tan lejos. ¿Qué fue de Bin Laden? Diez años de búsqueda del «enemigo público número uno» resueltos en veinticuatro horas tuiterizadas… Y olvidados al instante. En realidad, podemos imaginar otro tema de actualidad —por extremo que sea— sobre el cual todos estemos hablando ahora mismo, pero que no tardará en desaparecer de la pantalla. Como un fantasma. Como si jamás hubiera pasado. Es lícito, entonces, preguntarnos: ¿qué está sucediendo exactamente?

La canción de la saturación y la sobreestimulación informativa no es nueva, tampoco la de la necesidad de novedades constantes. De hecho, podemos considerarlas hits de larga cola. Huxley fue más preciso que Orwell. Guy Debord llevó a cabo un diagnóstico teórico de la sociedad del espectáculo. Neil Postman en su Divertirse hasta morir aportó una lectura sutil del fenómeno y añadió un interesante plot point: el exceso de información ya no confunde, simplemente banaliza la realidad y nos hace inmunes. Lipovetsky, por su parte, sigue examinando la arquitectura ligera y la estética del capitalismo avanzado (porque, no lo olvides, todo este asunto va de eso: de pasta). Y Ryan Holidady, en su imprescindible Confía en mí, estoy mintiendo, firma el acta de defunción de las pretensiones de verdad —e incluso de calidad— de los medios y el sector editorial en especial.

editorial-interior

Todos hemos escuchado el lamento de las editoriales (de libros, revistas, periódicos, blogs y páginas webs, etc., etc.) con el tema del descenso de las ventas de fondo. El segundo track del disco es el elevado IVA cultural; el tercero, la piratería; el cuarto… ¿Qué tal si empezamos a asumir que la gente lee menos y peor? Nicholas Carr nos puso sobre la pista de cómo internet nos hace superficiales y de qué modo; los nuevos hábitos de consumo cultural están modificando nuestra estructura cerebral y, en consecuencia, nuestro comportamiento. Personalmente, no tengo ni idea de lo que puede estar pasando dentro de nuestra cabeza, pero lo cierto es que somos incapaces de leer más de diez minutos seguidos sin mirar las redes sociales, blogs o, ¿por qué no?, pornografía.

¿A qué se debe esto? La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog, ¿verdad? El problema estriba en que, como el ya mencionado Ryan Holiday aclara, a un blog le importa muy poco si la persona que hace clic en uno de sus posts o enlaces lee la entrada o se larga al instante. El internauta ya ha incrementado el tráfico del blog, lo que se traduce en tráfico de dinero. Objetivo cumplido. ¿Cuántas veces no hemos pinchado un dulce titular que nos llevaba, con suerte, al mismo titular y, como mucho, una foto adornándolo, sin noticia ni otra cosa que no fueran más anuncios? Esta es la razón: una vez que has hecho clic,
el resto no importa.

La industria editorial, e insisto en lo de «industria», tiene por finalidad, además de la publicación de un material de calidad, la legítima búsqueda del beneficio económico. Igual que un blog

La situación del sector editorial es similar a la del blog, ciertamente. En el fondo, no le preocupa si la gente compra un libro de un futbolista, de una presentadora de televisión, de un tuitero o de un bloguero, ¡incluso de Macaco! Convertido en dinero, tiene el mismo valor que un ejemplar de Kafka, de Thomas Pynchon, de David Foster Wallace, de Jonathan Franzen o de Paul Auster.

Los universos del blog y la editorial tradicional vuelven a cruzarse: al blog (aquellos que tienen visitas de verdad, y esto puede incluir nombres tan populares como The Huffington Post o Gawker) no le importa si lo que se publica es incluso un verdadero disparate, ya que a la gente —si llega a leerlo— se le olvidará al instante. Lo mismo sucede con los libros: asumiendo que serán extirpados del «organismo» en breve, lo importante es que se vendan. Nadie va a reclamar por un libro o un artículo malos. Y si alguien lo hiciera, tanto mejor: mayor tráfico, mayor morbo. Mayores números.

Tanto libros como artículos, posts, entradas en redes sociales y demás solo cumplen una función en la actualidad: ser un pretexto, algo de lo que hablar durante un fugaz intervalo de tiempo. Su verdad o falsedad, su calidad o infamia pasan a un segundo plano. A fin de cuentas, no son asuntos que interesen a nadie. (Me pregunto si no es justamente dicha fugacidad la que hace que la indignación mediática acabe no en hoguera sino en fuego fatuo). En este momento es cuando el show business acude al rescate en una jungla donde todos luchan por destacar; como el ingrediente secreto que todo objeto cultural debe presentar si quiere sobrevivir (incluso si quiere nacer). Se exige llamar la atención a toda costa, sin importar si el aspirante tiene que arrojarse desde un trampolín de diez metros de altura mientras hace un elevator pitch de su novela o pasar calamidades en una isla deshabitada salvo por los otros concursantes procedentes del mundo de la farándula, de la prensa rosa o de tiempos ignotos.

Este es el momento en el que el aspirante a escritor reconocido tendrá que incorporar a sus intereses el personal branding, el marketing, el storytelling. Precisamente porque será él o ella (y su historia, su leyenda) lo que esté en venta y no solo su libro. Es más: su libro no será sino un complemento más; otro elemento de una narración mucho más amplia, mucho más transmedia.

Por todas estas razones, deseo exculpar a editores (que lejos de la broma fácil, sí editan de vez en cuando libros de altísima calidad), medios (que a veces dicen la verdad), autores (algunos de los cuales se esfuerzan por escribir buenos libros) y lectores (que en ocasiones se adentran en el camino menos transitado). Todos surfean (surfeamos) las mismas olas agitadas. La única opción válida es confiar en ellos, en nosotros. Después de todo, sabemos que están, y estamos, mintiendo.

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Opiniones 4
  • Me parece muy interesante el artículo Gabri.

    Aunque no llego a tener una opinión cerrada respecto a lo que hablas… es decir, el sector editorial tiene verdaderas basuras publicadas. Entiendo, por un lado, que no todos los días se pueden descubrir a varios Paul Auster o Thomas Pynchon. Pero también es cierto que al ser un negocio, el sector también publica lo que reclama la demanda.

    Estas navidades me sorprendió muchísimo la cantidad de padres que compraban libros de youtubers en tiendas como Fnac. Ellos no se preocupaban si sus hijos iban a enfrentarse a una lectura de calidad, simplemente estaban concediéndoles el regalo que pedían.

    Creo, en efecto, que si la gente lee «menos y peor» es porque quieren leer menos y peor. En la misma tienda puedes encontrar un texto de Kafka y otro de Rubius o 50 Sombras de Grey. Pero nosotros somos los que elegimos y pagamos, al fin y al cabo.

    También entiendo que las editoriales se acomoden y no arriesguen. ¿Por qué van a vender menos ejemplares de un buen libro pudiendo vender muchísimos más de el libro de Belén Estaban? Es triste pero es un negocio. Si buscas en el catálogo de un sello editorial seguramente encuentres títulos más comerciales (o menos buenos) y no tan cuidados como en el catálogo de una editorial independiente.

  • No es tan complicado de entender. Para comer hay que producir, y al igual que proliferan miles de negocios de parados que «emprenden», hay miles de editoriales que intentan sobrevivir y tiran por el camino fácil o el único que saben. El hambre es una cosa muy mala.

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