Publicado: 11 de enero 2024 10:11  /   CREATIVIDAD
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Lola Flores y la doble vara de medir a los gitanos

Noelia Cortés, escritora y activista por los derechos del pueblo gitano, habla de Lola Flores como un ejemplo de empatía que debería inspirarnos a todos.

Publicado: 11 de enero 2024 10:11  /   CREATIVIDAD     por          
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lola flores gitanos

Cuando se habla de la relación de Lola Flores con el pueblo gitano, quizá lo que más sorprende al público en general que no es experto en la Faraona es que la artista no tuviera un legado genético, digamos, 100% gitano. Este hecho, que a priori no debería tener mucha importancia, es origen en muchas ocasiones de una extraña dualidad al tratar a su personaje: cuando interesa, en los medios de comunicación especialmente, Lola es la más gitana del mundo, pero no lo es cuando no conviene.

Porque, a pesar de su fama, Lola fue sujeto de muchas actitudes antigitanas por parte de, incluso, sus propios admiradores. No fue en sí una representante de la lucha por los derechos del pueblo gitano, pero siempre aprovechó sus espacios para defender a la gente que el sistema se empeñaba en apartar y deshumanizar. 

La escritora Noelia Cortés ha puesto todo esto de relieve en su ensayo Nana, nanita de los gitanos, que se incluye en el libro colectivo Flores para Lola, editado por la editorial Dos Bigotes, y que ofrece una mirada queer y feminista sobre la artista jerezana en el centenario de su nacimiento.

«Cuando la gente está orgullosa de su legado, es Lola de España —explica—, pero cuando quieren hacer reír con la absurda leyenda de que ella maldijo a Isabel Pantoja, entonces es gitana. Lo mismo ocurre con el flamenco, muchos no pueden tolerar la idea de que la intelectualidad de algo que les fascina venga del imaginario gitano y pertenezca a aquellos que quisieran despojar de todo.

Con Lola ocurre de forma más obvia porque es muy reconocida, lo hacen incluso en sus homenajes televisados». La autora recuerda en este sentido un episodio del programa Hormigas blancas dedicado a Lola, en el que el periodista Marc Giró tuvo que acabar pidiendo a otros comentaristas que parasen de decir cosas tan racistas sobre la artista y los suyos.

Esta contradicción ha estado presente en la sociedad española desde siempre. Solemos ensalzar a artistas gitanos, nos encantan, nos fascinan, pero luego al pueblo gitano, a los gitanos de a pie, se les expulsa, se les agrede y se les repudia.

Para Cortés, muchas personas «tienen concebido que el espacio que la sociedad guarda para los gitanos es el de la marginalidad inescapable, y cuando ven que un artista gitano llega con su obra a la televisión, las librerías o los museos, piensan que tiene que tener algo verdaderamente especial para no haberse quedado donde los demás. Le perdonan el estigma porque ha llegado a un lugar que sí respetan. Muchos admiten la joya que es el cantaor Israel Fernández porque lo ven en A Colors Show o en La Resistencia, pero no habrían ido a verlo hace pocos años, aunque cantase igual que hoy y tuviera el mismo buen corazón». 

A pesar de todo, algo sí que se ha avanzado en los últimos años, según Noelia Cortés, para acabar con el antigitanismo, pero el camino que queda todavía es largo. «La gente sigue diciendo que va hecha una gitana para explicar que va sucia o mal vestida; se sigue expulsando a todos los gitanos de un pueblo por algo que hace solo uno, se usan palabras distintas (clan, reyerta) en las noticias que protagonizamos… Me gusta pensar que al llegar historiadores como Rafael Buhigas o periodistas como María García Mayo, la desmemoria va a ir perdiendo fuerza. Moldeamos la mirada que se tiene sobre nosotros como si fuera la arcilla en una alfarería, poquito a poco».

Resulta llamativo, además, que los avances que se han dado en la aceptación de otros colectivos tradicionalmente marginados en nuestra sociedad no ha ocurrido con los gitanos. «El racismo es una nota a pie de página incluso para los colectivos con más discurso social», explica Cortés. «Conocen conceptos rebuscadísimos para explicar otras realidades, y a veces añaden al final: “Y el racismo también, claro”. Pero como señales que ellos han dicho/hecho algo racista, se van a reír de ti. A ver si nos explican por qué la interseccionalidad no funciona cuando les toca revisarse a ellos, yo sigo intentando descifrarlo».

El personaje de Lola Flores, su trayectoria y su vida, pueden contribuir mucho, en opinión de Cortés, a aumentar la compresión y el respeto hacia el pueblo gitano. «Lola conocía al pueblo gitano desde adentro, lo veía con ojos humanos. No hacía un retrato aséptico desde la teoría, no se basaba en prejuicios ni pecaba de romantizar desde la caricatura para mostrar cariño. Hablaba desde la parte humana y natural que ella conocía y con la que había crecido, y eso es muy raro de encontrar en la historia de este país. Para mí su mensaje es la mirada humana de las cosas», afirma la escritora.

Lola Flores es, en definitiva, un ejemplo para los no gitanos de cómo entender y reconciliarse con este pueblo en nuestro país. «Lola, para haberse ido hace casi 30 años, dejó testimonio de apoyo a las personas trans, a los artistas transformistas, a “los mariquitas, que a mí me quieren mucho”, al pueblo gitano, a las tierras empobrecidas de España, a las mujeres maltratadas, a las personas en situación de drogadicción, a Federico García Lorca… Si una mujer tan sencilla y espontánea albergaba tanta empatía, qué menos que escucharla con el corazón abierto», concluye Cortés.

Cuando se habla de la relación de Lola Flores con el pueblo gitano, quizá lo que más sorprende al público en general que no es experto en la Faraona es que la artista no tuviera un legado genético, digamos, 100% gitano. Este hecho, que a priori no debería tener mucha importancia, es origen en muchas ocasiones de una extraña dualidad al tratar a su personaje: cuando interesa, en los medios de comunicación especialmente, Lola es la más gitana del mundo, pero no lo es cuando no conviene.

Porque, a pesar de su fama, Lola fue sujeto de muchas actitudes antigitanas por parte de, incluso, sus propios admiradores. No fue en sí una representante de la lucha por los derechos del pueblo gitano, pero siempre aprovechó sus espacios para defender a la gente que el sistema se empeñaba en apartar y deshumanizar. 

La escritora Noelia Cortés ha puesto todo esto de relieve en su ensayo Nana, nanita de los gitanos, que se incluye en el libro colectivo Flores para Lola, editado por la editorial Dos Bigotes, y que ofrece una mirada queer y feminista sobre la artista jerezana en el centenario de su nacimiento.

«Cuando la gente está orgullosa de su legado, es Lola de España —explica—, pero cuando quieren hacer reír con la absurda leyenda de que ella maldijo a Isabel Pantoja, entonces es gitana. Lo mismo ocurre con el flamenco, muchos no pueden tolerar la idea de que la intelectualidad de algo que les fascina venga del imaginario gitano y pertenezca a aquellos que quisieran despojar de todo.

Con Lola ocurre de forma más obvia porque es muy reconocida, lo hacen incluso en sus homenajes televisados». La autora recuerda en este sentido un episodio del programa Hormigas blancas dedicado a Lola, en el que el periodista Marc Giró tuvo que acabar pidiendo a otros comentaristas que parasen de decir cosas tan racistas sobre la artista y los suyos.

Esta contradicción ha estado presente en la sociedad española desde siempre. Solemos ensalzar a artistas gitanos, nos encantan, nos fascinan, pero luego al pueblo gitano, a los gitanos de a pie, se les expulsa, se les agrede y se les repudia.

Para Cortés, muchas personas «tienen concebido que el espacio que la sociedad guarda para los gitanos es el de la marginalidad inescapable, y cuando ven que un artista gitano llega con su obra a la televisión, las librerías o los museos, piensan que tiene que tener algo verdaderamente especial para no haberse quedado donde los demás. Le perdonan el estigma porque ha llegado a un lugar que sí respetan. Muchos admiten la joya que es el cantaor Israel Fernández porque lo ven en A Colors Show o en La Resistencia, pero no habrían ido a verlo hace pocos años, aunque cantase igual que hoy y tuviera el mismo buen corazón». 

A pesar de todo, algo sí que se ha avanzado en los últimos años, según Noelia Cortés, para acabar con el antigitanismo, pero el camino que queda todavía es largo. «La gente sigue diciendo que va hecha una gitana para explicar que va sucia o mal vestida; se sigue expulsando a todos los gitanos de un pueblo por algo que hace solo uno, se usan palabras distintas (clan, reyerta) en las noticias que protagonizamos… Me gusta pensar que al llegar historiadores como Rafael Buhigas o periodistas como María García Mayo, la desmemoria va a ir perdiendo fuerza. Moldeamos la mirada que se tiene sobre nosotros como si fuera la arcilla en una alfarería, poquito a poco».

Resulta llamativo, además, que los avances que se han dado en la aceptación de otros colectivos tradicionalmente marginados en nuestra sociedad no ha ocurrido con los gitanos. «El racismo es una nota a pie de página incluso para los colectivos con más discurso social», explica Cortés. «Conocen conceptos rebuscadísimos para explicar otras realidades, y a veces añaden al final: “Y el racismo también, claro”. Pero como señales que ellos han dicho/hecho algo racista, se van a reír de ti. A ver si nos explican por qué la interseccionalidad no funciona cuando les toca revisarse a ellos, yo sigo intentando descifrarlo».

El personaje de Lola Flores, su trayectoria y su vida, pueden contribuir mucho, en opinión de Cortés, a aumentar la compresión y el respeto hacia el pueblo gitano. «Lola conocía al pueblo gitano desde adentro, lo veía con ojos humanos. No hacía un retrato aséptico desde la teoría, no se basaba en prejuicios ni pecaba de romantizar desde la caricatura para mostrar cariño. Hablaba desde la parte humana y natural que ella conocía y con la que había crecido, y eso es muy raro de encontrar en la historia de este país. Para mí su mensaje es la mirada humana de las cosas», afirma la escritora.

Lola Flores es, en definitiva, un ejemplo para los no gitanos de cómo entender y reconciliarse con este pueblo en nuestro país. «Lola, para haberse ido hace casi 30 años, dejó testimonio de apoyo a las personas trans, a los artistas transformistas, a “los mariquitas, que a mí me quieren mucho”, al pueblo gitano, a las tierras empobrecidas de España, a las mujeres maltratadas, a las personas en situación de drogadicción, a Federico García Lorca… Si una mujer tan sencilla y espontánea albergaba tanta empatía, qué menos que escucharla con el corazón abierto», concluye Cortés.

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Opiniones 1
  • hola. no sé juzgar si la sociedad española es racista o no, y si lo es mas con los gitanos, lo que si puedo decir es que la sociedad gitana es realmente racista, machista y misógina y si es verdad que echan a alguien de un sitio por haber hecho algo cuya consecuencia sea esta expulsión que dices ( que ya lo dudo) es porque siempre van en grupo , no porque se les eche a todos. ellos, se van.. igualmente cuando alguien de su comunidad se ve importunado por algo, y te estoy hablando de dar un paso atrás y pisar a alguno, la paliza se la dan a la persona que se ha despistado y se la dan entre todos. habrá mucho trabajo por hacer, lo habrá, pero por parte de todos

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