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28 de noviembre 2018    /   CREATIVIDAD
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Loreto Prado: la Lina Morgan de principios del XX

28 de noviembre 2018    /   CREATIVIDAD     por          
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El día que murió Loreto Prado acabó una era de la comedia española. El humor de finales del XIX y principios del XX está escrito en las frases y los gestos de esta actriz madrileña tan famosa, tan única y tan imitada como luego fueron Lina Morgan y Chiquito de la Calzada. Lo castizo aprendió mucho de esta mujer nacida en 1863, cuando el reinado de Isabel II hacía aguas, y fallecida en 1943, en plena hambruna de posguerra.

Ese 25 de junio de 1943, Enrique Chicote perdió a su pareja artística en el escenario, a la socia de sus empresas teatrales y a la «compañera» de su vida. No se casaron. No les dio tiempo. Tenían tantas funciones y tanto trajín con los teatros que arrendaban y dejaban de arrendar que no les dio tiempo. Lo tenían planeado, igual que viajar a América, pero se le amontonaban las actuaciones. Hacían llenos día tras día y por la calle se oía cantar:

Pues anda en un simón, vamos al trote,
Pa ver a la Loreto y a Chicote.

Desde que empezaron a actuar juntos, a finales del XIX, se disfrazaron más de un millón de veces y estudiaron más de 2.000 obras. Estas dos cifras están escritas en las memorias de Chicote. El actor y empresario teatral redactó La Loreto y este humilde servidor como una carta a Agapito Regúlez, un señor de su compañía que quería ser actor. A él le adelanta que todo lo que le va a contar es cierto y gran parte de su relato ya es archisabido por todo buen aficionado al teatro: «He tenido el capricho de apuntar en un libro de notas todo lo que ha llamado mi atención durante mi vida, y con estas anotaciones y mi memoria, reconstituyo los recuerdos».

Es en las hojas de este libro de papel rasposo de posguerra, con páginas mal cortadas, y en las hojas de las hemerotecas donde se puede recuperar la figura de estos dos actores cómicos que, según el dramaturgo y Premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente, deberían «descollar siempre entre los más gloriosos de la escena española». Es más: «Si los autores fuéramos agradecidos, Loreto Prado debiera cobrar derechos en todas las obras por ella estrenadas».

Loreto Prado disfraszada

La Loreto

«Es por su risa por lo que Loreto Prado,
con todas las posibilidades para llegar a la cima de la gran tragedia,
es por excelencia la primera actriz cómica»
Carmen de Burgos

La vida de Loreto Prado Medero comenzó con un traspié: casi la matan el día de su bautizo. El ama que la llevaba en brazos, tan devota, tan solemne, dio un tropezón. Ella se abrió la cabeza contra el suelo y la niña salió volando. Pero quiso la fortuna que la madrina, rapídisima, alcanzara a la niña por los aires y no acabara estampada contra la pared.

Esa sería toda su fortuna. Muy pronto la suerte de haber nacido en una familia rica, muy rica, se desvaneció. Del palacete, el coche, los caballos, los criados que tenían… no quedó nada. Al morir su padre pasaron de la opulencia a la miseria. El abogado y rentista había dejado más deudas que herencias y la madre quedó tan solo con una hija agarrada a cada mano.

«Trabajaba cuando podía la desdichada madre. Era una mártir: comida escasa, vestiditos modestísimos, parientes que se hacían los distraídos», cuenta Enrique Chicote. «Acudían a casa de unas amigas que las ayudaban y allí Loreto cantaba y bailaba –gracias propias de la niñez– y todos estaban conformes en que si se dedicaba al teatro tenía un brillante porvenir. Hizo alguna función de aficionados, y al casarse su hermana, Loreto se dedicó definitivamente al teatro como única tabla de salvación».

Tenía 14 años. Trabajaba en la compañía que actuaba en el Teatro Príncipe cuando un día, de pronto, apareció muerta la tiple cómica. Decían que se había envenenado por contrariedades amorosas. Los directores probaron a todas las jóvenes de la compañía para ver si alguna la podía sustituir y… «salió Loreto con las trenzas colgando y levantando dos palmos del suelo, pidiendo a Dios con toda su alma: “¡Que no guste, Señor, que no guste!”. Ella no quería el teatro; no quería más que el sueldo para que su madre no pasara privaciones», relata Chicote. «Empezó a representar la escena con frialdad, pero se fue animando; sentía una cosa muy rara. Ya no decía: “¡Que no guste, Señor, que no guste!”. Pedía: “¡Señor, que guste mucho, que pueda salvarme y salvar a mi madre; que guste, que guste mucho!”. Y… gustó».

Loreto Prado se convirtió en tiple cómica por un sueldo de dos duros diarios. «¡Dos duros!», exclama Chicote en sus memorias. Aquello era un señor sueldazo. Y así empezó la carrera artística de «la Loreto», una mujer a la que, según Azorín, iban a ver para asistir a las travesuras que se le ocurrían. «En la escena tiene Loreto la agilidad, la desenvoltura, el gesto rápido de una niña», escribió en el ABC pocos días después de la muerte de la comediante. «Su arte, aunque llamado popular, estriba en el matiz, en la inflexión de la voz, en la reticencia maliciosa, en el mirar como al descuido y en el cambio inesperado de una situación a otra».

Loreto Prado actuando

El encuentro

«Loreto es la gracia natural y su cuerpo
está todo él amasado con el jugo del chiste,
garbo y garabato españolísimo»
Emilia Pardo Bazán

Loreto Prado y Enrique Chicote habían coincidido varias veces. Pero siempre de refilón. Estuvieron a punto de trabajar juntos; aunque, al final, algo siempre lo impedía. Estuvieron a punto de morir juntos: en 1893, una compañía los contrató para actuar en Santander pero ninguno de los dos cumplió el contrato. No se presentaron y eso los libró de estar en esa ciudad el día en que, en el puerto, el vapor Machichaco, cargado de dinamita, saltó por los aires. «Se hundieron buques, viviendas; volaron hechos pedazos muchos seres humanos…; una espantosa tragedia».

La temporada en la que Loreto arrasaba en el Teatro Romea por la obra Loreto Frégoli y Chicote triunfaba con Chicoleonte en el Teatro Martín, un crítico de El Imparcial se obcecó en que actuaran juntos. A un empresario que leía sus artículos le pareció una buena idea y los contrató para representar una obra en Alcalá. Un tren los llevó a esta ciudad una mañana de mayo. Cada uno en su departamento. Ni un saludo. Ninguno tenía la más mínima curiosidad por intercambiar con el otro ni los buenos días.

«Aquella tarde estábamos citados a las tres en el teatro para dar un repaso a las obras que constituían el cartel de aquella noche. Hay que reconocer que yo iba vestido como un figurín, con un hongo café con leche, una magnífica corbata blanca de plastrón, un chaleco de fantasía de terciopelo verde con flores blancas y un cuello almidonado, de una altura tan desmesurada, que más que cuello parecía cruel cilicio. Hice mi entrada en el escenario y al poco rato llegó Loreto, vestida de última moda, con mangas de las de jamón y falda de las de candil», evoca Chicote.

«Fuimos presentados y, muy circunspectos, entablamos una conversación llena de lugares comunes, pues hay que reconocer que no nos fuimos muy simpáticos mutuamente. Repasamos las obritas y al ver que yo no sabía mis papeles, Loreto me miraba muy escamada, pues seguramente pensaba: “¡Qué mal va a estar este besugo esta noche!; ¡qué bruto!, está pez completamente”. Y era verdad: ni yo había leído las obras, ni a mí me importaba aquello, ni yo creía que iba a volver a ver a Loreto en mi vida. Pero se equivocó y me equivoqué. Llegó la noche y, contagiado por el arte de Loreto, hablé como un papagayo y estuve gracioso –aunque parezca mentira– y tuvimos un éxito muy grande. Pero a pesar de eso no nos tragábamos».

Al acabar la función se despidieron con un hasta la vista que, para su capote, era un hasta nunca. Pero cuánto se equivoca. Aquella fue la primera función de una serie interminable que duró todas sus vidas.

Loreto Prado, en el periódico

Razón social Loreto-Chicote

«Por su fecundo ingenio,
resplandeciente de gracia exquisita y de travesuras sin fin,
es Loreto Prado figura de primera magnitud en nuestra escena»
Benito Pérez Galdós

El éxito de Chicoleonte animó a Enrique Chicote a alquilar el Teatro Martín y formar una compañía destinada a poner en escena dramas y comedias. Llamó a Adulfo de Gumucio para que le diese nombres de artistas eminentes y el agente de cómicos y danzantes le dijo:

—Loreto Prado y Sofía Romero.

—¡Loreto! —exclamó Chicote, sin vacilar.

El actor y empresario se plantó en casa de la comediante. Abrió la puerta su hermana y le dijo que Prado estaba actuando en Valladolid con la compañía del maestro Cereceda. Chicote no quiso esperar y contó su propuesta a Araceli. Había un galápago en el suelo al que este hombre debió caerle simpático porque, una y otra vez, intentaba subir por sus pantalones.

—Yo me opuse tajantemente —aclara el actor.

A la vez, un loro de espléndido plumaje no paraba de llamarle «¡borracho!».

—Y juro con la mano puesta en el galápago que yo no he estado nunca a medios pelos.

Araceli se comprometió a comunicar la propuesta a su hermana y pidió a Chicote que volviera a los cuatro o cinco días para anunciarle la respuesta. Se pusieron en pie y, con un perro negro del tamaño de un elefante soltando gruñidos, salió a la puerta a despedirle.

—Loreto accedió a contratarse conmigo —invoca, feliz, Chicote—. Y al despedirse de Cereceda, este se puso como un energúmeno, hasta el extremo de que una de las venganzas terribles que tomó fue pagarle dos sueldos que le debía a razón de catorce duros en perras chicas.

Juntos estrenaron La tonta de capirote, de Jackson y Quinito. «Tuvimos un éxito, y los autores ganaron buenos duros, pues no hubo tiple, ni imitadora de Loreto, que no representara la zarzuelita por toda España», cuenta. «Quedó constituida la razón social Loreto-Chicote. Fuimos los primeros artistas que nos anunciamos en esta forma».

Loreto Prado, en el escenario

Al entrar el año 1898 alquilaron el Maravillas. Chicote lo recuerda como un teatro construido con tablas, un techo de lona y un calor de horno.

—Había momentos en que, vencidos por la modorra, caíamos sin fuerza, sin ánimos para seguir trabajando; unos buenos vasos de cerveza y limón, mezclados en la clásica ponchera, nos reanimaban y continuábamos.

Pero lo más interesante es que se perdían las más elementales nociones de la cortesía. Ellos se quitaban las americanas, se desabrochaban la camisa y con esa toilette de confianza se hacía el ensayo.

—Había señoras que no vacilaban en enseñarnos unos cuantos dedos de pantorrilla –que entonces casi era un pecado– y algo de escote, y todos agitábamos aquellos abanicos de gran tamaño llamados pericos, que estaban de moda.

Recuerda que, de la chicharrera, había momentos en los que no les salía la palabra del cuerpo y se disputaban la posesión de su majestad el botijo. El éxito de esa temporada fue La chiquita de Nájera, con música de Quinito Valverde y libro de Jackson Veyan. Este autor les proporcionó grandes éxitos durante toda su carrera; era un hombre que conocía muy bien los gustos del público. Escribió sus primeras obras en su despacho de telegrafista en un pueblo: Al agua patos, Chateau Margaux, Los baturros, Los zangolotinos

—Las escribía en dos o tres días, las enviaba a Arregui y Aruej, que le compraban la propiedad, y sin más repaso ni enmienda, se estrenaban. Él necesitaba producir mucho, pues tenía un montón de hijos y el sueldo de telegrafista era corto.

Ese verano tuvieron una idea. Ellos siempre habían hecho farsas, comedias y sainetes, pero se atrevieron con un monólogo. Ahí estaba Loreto, sola en el escenario, cargando con toda la obra. Llegó el estreno, salió rotunda, como siempre, y a los 10 minutos… ¡se quedó muda! No le salía una sola palabra.

—Efecto de la emoción, se había quedado afónica —rememora Chicote—. Yo no sabía qué hacer; el público comprendió el apuro, los espectadores, los críticos le decían desde las butacas: “¡No se esfuerce! Esté usted tranquila, volveremos mañana!”.

Loreto Prado, vestida de rojo

La censura

«Todo el mundo se pregunta si no es cosa milagrosa
que una mujer tan chiquita llene la escena española»
Villaespesa

En la temporada de 1898-1899 se trasladaron al Teatro Romea. Arrendaron el local y contrataron una compañía nueva. En la dirección de orquesta estaba el maestro Catalá. «Era lo que se llama un real mozo; llevando admirablemente la orquesta». Al frente de la Administración estaba un tal Fanosa. Este hombre tenía un empleado en contaduría que, según Chicote, a veces presentaba un aspecto raro. «Padecía el pobre señor de hemorroides y al no poder resistir las ropas, trabajaba en su mesa con las piernas cubiertas por una falda de su señora; el que entraba allí no se explicaba aquella indumentaria». Y al frente del ambigú [el bufé] estaba doña Julia, «una andaluza muy simpática, buena mujer, tal vez demasiado buena, pues se enternecía con frecuencia y fiaba más de la cuenta a cuenta de su bolsillo».

En esta compañía había «un coro de hombres de muy buen humor que, como se vestían juntos, se hacían toda clase de diabluras: tirarse la ropa al aire, coserse la boca de los pantalones para que cuando tuvieran que ponérselos de prisa no pudieran, clavar las botas en el suelo, ensuciar la boquilla de una gaita para cuando tenía uno de ellos que tocarla en escena; en fin, bromitas de salón».

Loreto Prado, en la prensa

Ahí representaron varias obras y Loreto dejó a todos perplejos por su capacidad de improvisación. Una noche estrenaban La nieta de su abuelo, una obra escrita por el Barquero, y la actriz, desde el escenario, sentía el aburrimiento del público. De pronto cambió el papel de cabo a rabo. Desatendió el libro y lo interpretó como ella lo sentía. El éxito fue inmenso. El público despertó, aplaudió y la pieza de cuatro personajes hizo lleno muchas noches.

—La temporada fue muy bien y ya lo necesitábamos, porque Loreto y yo, como empresarios, no disponíamos en caja más que de unas cuantas pesetas, muy pocas. Hemos estado muchos años trabajando con aquellos precios de tres reales y una peseta butaca (precio de todas las compañías de género chico: Apolo, Zarzuela…). Hemos seguido trabajando a estos precios lo mejor de nuestra vida. Aquellos éxitos ahora hubieran proporcionado a los autores y a nosotros miles de duros —reflexiona 40 años después, en estos años 40 del siglo XX en los que redacta sus memorias.

Loreto Prado, en el teatro

En la temporada del cambio de centuria, Madrid se inundó de saloncitos consagrados a las variedades: eran el Music-Hal, Actualidades, Moulin Rouge, Salón Bleu… El público se aficionó a este tipo de espectáculo. Fue el año en que el maestro Vives, un compositor de canciones de óperas y zarzuelas, puso en escena la primera opereta vienesa, El conde Luxemburgo, e inició el camino de este género: La viuda alegre, La princesa del dólar… Loreto y Chicote se animaron a representar una: Venus Salón.

Estaban a punto de estrenarla cuando, de repente, les llegó una comunicación. A los censores no les había gustado ni un pelo y la prohibían porque contenía alusiones políticas… Aunque había un remedio. El propio censor les dijo cómo podían esquivar el veto: debían sustituir a los personajes políticos que caricaturizaban en la obra por otros de la oposición.

«La encerrona»

«Loreto Prado: musa manola,
la comedianta más española»
Emilio Carrere

Ese año estrenaron un tipo de espectáculo que todos copiaron de Gutiérrez de Alba: la revista. El andaluz la había descubierto en París y la trajo hasta aquí. Era una función basada en glosar con gracia los sucesos de actualidad e intercalarlos con una serie de actuaciones musicales. La primera de Prado y Chicote fue ¡Aprieta, constipado! por la epidemia de trancazos que se produjo en el fin de siglo. Tenían que estrenarla pronto porque, a estas alturas, habían aprendido que el día que el teatro no abría, no entraba una perra.

—Urgía y tuve la feliz idea de acudir al procedimiento llamado «la encerrona» —rememora—. Consistía en encerrar en un cuarto a varios autores poniendo a su disposición comida y bebida, y no recobraban la libertad hasta que habían terminado una obra. Este medio, en ocasiones, fallaba, bien porque no se les ocurría nada, bien porque se dormían o bien porque fabricaban un «churro» que se gritaba horrorosamente en la noche de su estreno.

Ese año Jacinto Benavente escribió una comedia para Loreto y Chicote: Despedida cruel. El aplauso fue unánime. Después, el famoso comediógrafo Carlos Arniches les escribió El tío de Alcalá, la primera de decenas de obras que a partir de entonces haría para la pareja cómica. El éxito fue inmenso y Loreto fue aplaudida como nunca.

—En la primera escena, que figuraba en una guardilla, Loreto se lavaba y se peinaba, y al soltarse la mata de pelo, que le llegaba a los pies, se escuchaba un murmullo de asombro del público, y ella replicaba: «¡Pues todo es mío!», frase a la que seguía un aplauso cerrado.

Ese verano se trasladaron al Teatro Moderno. Una tarde representaban Los pobres de Madrid y, como fin de fiestas, otra pieza más corta: Enseñanza libre. En la primera aparecía un traidor llamado Mendilueta, que despertaba las más terribles iras del público. Después del descanso, en la siguiente obra, salió un cómico y el respetable, en vez de reír, enfureció. Se armó un griterío espantoso.

—No acertábamos a explicarnos la causa, hasta que, por fin, dimos con ella: algunos espectadores se acordaban aún de que era Mendilueta y, aunque hacía otra obra, no le perdonaron por traidor.

El público se agarraba bien a los sentimientos de las obras. Decía Chicote que eran de una vehemencia simpática.

Otra noche representaban un drama en el que un niño era víctima de las infamias y las crueldades de un traidor. En los asientos lloraban por las desdichas del chiquillo… Los espectadores estaban acongojados… El desconsuelo pesaba sobre el patio de butacas hasta que de pronto…. «a un pequeño mamoncillo que estaba en la entrada se le ocurrió armar una llorera espantosa. ¡Allí fue Troya! Varios espectadores, indignados, protestaban, mandando callar al pequeño. La madre oyó frases gruesas y una voz que atronó el teatro salió del paraíso: “¡Que lo maten!”. Aquel espectador, conmovido con las amarguras del niño en escena, no vacilaba en desear la muerte del pequeño espectador, que no cometió otro delito que el de pedir la teta de modo tan expresivo».

Los sombreros

«Cincuenta y tres años, día por día,
con un amor intenso por el trabajo y el arte.
¡Cuántas generaciones de artistas les acompañaron
y ganaron su pan y el de los suyos en el ambiente de paz y trabajo,
modelo de personas y ejemplo permanente de artistas!»
Benlliure

Estrenaron El pilluelo de París y tan grande fue el éxito que lo representaron más de 500 veces. Estrenaron La trapera y otros cientos de veces lo llevaron al escenario. Más grande fue aún la fama del sainete Alma de Dios (1907): «Fue un éxito como no se ha conocido otro. Más de 700 llenos consecutivos; cerca de 2.000 representaciones en Madrid y otras ciudades», anota Chicote. «Lo tenía todo: interés, emoción y gracia».

De esa obra saltó una canción que se escuchaba hasta fuera de España. «El Canta, vagabundo se cantaba en todas partes: en los salones, en las calles… La cantaban las criadas, los golfos, la gente acomodada… Fue una verdadera fiebre».

Ya entonces sorprendía la capacidad de los actores de confundirse con sus personajes. A Loreto le ocurría. Una vez, haciendo el papel de una señorita que se iba a casar, vestida de novia, moría en la escena. De camino a la iglesia sufría una angina de pecho. Al llegar al trágico momento, Loreto empezó a palidecer y cayó al suelo. Parecía tan real… ¡porque había sido real! Había desfallecido. Al correr el telón, sonaban los aplausos y ella seguía en el suelo, sin sentido, rodeada del resto de actores, nerviosos, tratando de devolverla a la vida.

—Afortunadamente, no era más que un fenómeno nervioso. Había estudiado con tanto afán los síntomas de la enfermedad, que al llegar el momento, los sintió en su organismo.

Eran tiempos en que la moda plantó unos sombrerazos de impresión en las cabezas de las mujeres. Los espectadores se quejaban. Decían que «quedaban sepultados detrás de aquella muralla de flores, plumas y pájaros, y la autoridad ordenó que las señoras no tuviesen puestos los sombreros en las butacas».

Muchas protestaron. Incluso intentaron una cruzada contra aquella orden. A menudo interrumpían las representaciones por las discusiones entre algunas señoras y los acomodadores. Hasta que un día, un empresario avispado encontró la solución. Puso un anuncio que decía: «Se suplica a las mujeres bonitas que dejen el sombrero en el guardarropa. Solo las viejas y feas quedan exceptuadas de esta medida».

El cinematógrafo

«Campeones de la escena española:
Loreto Prado y Enrique Chicote.
Adalides son del más glorioso teatro del mundo»
Azorín

A principios del XX llegó el cinematógrafo. Dice Chicote que el primero estaba en una modesta tienda de la Carrera de San Jerónimo de Madrid. «En aquella época se exhibía en barracones de madera y era solamente espectáculo de chicos». Pero Crouselles y Paco Torres tuvieron la idea de usar un cinematógrafo, por primera vez, en una obra de teatro: «En vez de que los actores contaran un suceso, el público lo veían en escena gracias al cine».

La obra contaba la historia de un zapatero que iba con su aprendiz a una sesión de cine. Ellos eran los dos actores que estaban en el escenario. Ambos se sentaban a ver una cinta que mostraba la playa de San Sebastián; era una sucesión de escenas de mirones y bañistas. De pronto, cuando más divertidos estaban, aparecieron en la pantalla una dama y un caballero, haciéndose carantoñas, muy amartelados, en un paseo desde la caseta hacia el agua. ¡Horror! La dama era la mujer del zapatero y el amante, un íntimo amigo de la casa. «El zapatero y el aprendiz armaron terrible escándalo, entre el jolgorio del público».

Loreto Prado y Enrique Chicote siguieron representando sainetes, revistas, melodramas, operetas… Alquilaron varios teatro más en Madrid… Triunfaron con Charlestón (tuvo más de 400 funciones), con Los lagarteranos (más de 300). Con Seis pesetas, Mi abuelita la pobre, La marimandona, La casa de los Pingos, La atropellaplatos, Las pobrecitas mujeres, Que trabaje Rita y El sofá, la radio, el peque y la hija de Palomeque (más de 200). Hasta las ganancias les dieron para remozar el Teatro Cómico con butacas nuevas, pintura y algunos detalles decorativos.

Más de 50 años dedicados al teatro les dejó dos enseñanzas: «Una, que en el teatro todo es circunstancial para el empresario. No puede tener planes, ni asegurar nada. Empieza una temporada con brillantez y no se sabe cómo acabará; cualquier incidente cambia su ruta. Dos, en el negocio del teatro todo influye: el tiempo, que las obras sean buenas o no, que estén a tiempo para estrenarlas cuando hacen falta, los trastornos políticos, la salud de los actores; una una palabra, ¡todo!».

Fueron tiempos en los que la gente no decía «vamos a ver tal obra», sino, sencillamente, «me voy esta noche al teatro de Loreto y Chicote». Fueron dos vidas, la de Loreto y Chicote, dedicadas a «servir al público el plato que más le agradaba». En aquellos años 40, cuando ella murió y él escribía estas memorias, los teatros populares que tanto habían servido a la cultura de los barrios iban cerrando, uno a uno, poco a poco.

—En estos sitios de honesto espectáculo van prescindiendo de las compañías de teatro. Las sustituyen por el cine y arte dramático va perdiendo baluartes que durante algún tiempo han tenido verdadera importancia. La Latina, Pavón, Chueca, Pardiñas, se dedican hoy a la exhibición de cintas exclusivamente. Como teatro queda solo Fuencarral. Uno de los más importantes, Novedades, fue destruido por un terrible incendio.

Pero Chicote guardaba un gran recuerdo de esa última época en la que se fueron a los teatros de barrio. Alquilaron La Latina y el público los acogió muy bien.

—Los amigos nos auguraban un gran éxito y puedo decir que acertaron por completo. Ese público, que cuando se entrega lo hace con toda el alma, a nosotros se nos entregó desde el primer momento. No se sabía quién aplaudía con más entusiasmo, si ellos o ellas. He de advertir que Loreto ha tenido siempre un público femenino que la idolatra. El arte nivela las clases sociales; desde la más empingorotada aristócrata hasta la más humilde artesana son partidarias decididas de Loreto.

El día que murió Loreto Prado acabó una era de la comedia española. El humor de finales del XIX y principios del XX está escrito en las frases y los gestos de esta actriz madrileña tan famosa, tan única y tan imitada como luego fueron Lina Morgan y Chiquito de la Calzada. Lo castizo aprendió mucho de esta mujer nacida en 1863, cuando el reinado de Isabel II hacía aguas, y fallecida en 1943, en plena hambruna de posguerra.

Ese 25 de junio de 1943, Enrique Chicote perdió a su pareja artística en el escenario, a la socia de sus empresas teatrales y a la «compañera» de su vida. No se casaron. No les dio tiempo. Tenían tantas funciones y tanto trajín con los teatros que arrendaban y dejaban de arrendar que no les dio tiempo. Lo tenían planeado, igual que viajar a América, pero se le amontonaban las actuaciones. Hacían llenos día tras día y por la calle se oía cantar:

Pues anda en un simón, vamos al trote,
Pa ver a la Loreto y a Chicote.

Desde que empezaron a actuar juntos, a finales del XIX, se disfrazaron más de un millón de veces y estudiaron más de 2.000 obras. Estas dos cifras están escritas en las memorias de Chicote. El actor y empresario teatral redactó La Loreto y este humilde servidor como una carta a Agapito Regúlez, un señor de su compañía que quería ser actor. A él le adelanta que todo lo que le va a contar es cierto y gran parte de su relato ya es archisabido por todo buen aficionado al teatro: «He tenido el capricho de apuntar en un libro de notas todo lo que ha llamado mi atención durante mi vida, y con estas anotaciones y mi memoria, reconstituyo los recuerdos».

Es en las hojas de este libro de papel rasposo de posguerra, con páginas mal cortadas, y en las hojas de las hemerotecas donde se puede recuperar la figura de estos dos actores cómicos que, según el dramaturgo y Premio Nobel de Literatura Jacinto Benavente, deberían «descollar siempre entre los más gloriosos de la escena española». Es más: «Si los autores fuéramos agradecidos, Loreto Prado debiera cobrar derechos en todas las obras por ella estrenadas».

Loreto Prado disfraszada

La Loreto

«Es por su risa por lo que Loreto Prado,
con todas las posibilidades para llegar a la cima de la gran tragedia,
es por excelencia la primera actriz cómica»
Carmen de Burgos

La vida de Loreto Prado Medero comenzó con un traspié: casi la matan el día de su bautizo. El ama que la llevaba en brazos, tan devota, tan solemne, dio un tropezón. Ella se abrió la cabeza contra el suelo y la niña salió volando. Pero quiso la fortuna que la madrina, rapídisima, alcanzara a la niña por los aires y no acabara estampada contra la pared.

Esa sería toda su fortuna. Muy pronto la suerte de haber nacido en una familia rica, muy rica, se desvaneció. Del palacete, el coche, los caballos, los criados que tenían… no quedó nada. Al morir su padre pasaron de la opulencia a la miseria. El abogado y rentista había dejado más deudas que herencias y la madre quedó tan solo con una hija agarrada a cada mano.

«Trabajaba cuando podía la desdichada madre. Era una mártir: comida escasa, vestiditos modestísimos, parientes que se hacían los distraídos», cuenta Enrique Chicote. «Acudían a casa de unas amigas que las ayudaban y allí Loreto cantaba y bailaba –gracias propias de la niñez– y todos estaban conformes en que si se dedicaba al teatro tenía un brillante porvenir. Hizo alguna función de aficionados, y al casarse su hermana, Loreto se dedicó definitivamente al teatro como única tabla de salvación».

Tenía 14 años. Trabajaba en la compañía que actuaba en el Teatro Príncipe cuando un día, de pronto, apareció muerta la tiple cómica. Decían que se había envenenado por contrariedades amorosas. Los directores probaron a todas las jóvenes de la compañía para ver si alguna la podía sustituir y… «salió Loreto con las trenzas colgando y levantando dos palmos del suelo, pidiendo a Dios con toda su alma: “¡Que no guste, Señor, que no guste!”. Ella no quería el teatro; no quería más que el sueldo para que su madre no pasara privaciones», relata Chicote. «Empezó a representar la escena con frialdad, pero se fue animando; sentía una cosa muy rara. Ya no decía: “¡Que no guste, Señor, que no guste!”. Pedía: “¡Señor, que guste mucho, que pueda salvarme y salvar a mi madre; que guste, que guste mucho!”. Y… gustó».

Loreto Prado se convirtió en tiple cómica por un sueldo de dos duros diarios. «¡Dos duros!», exclama Chicote en sus memorias. Aquello era un señor sueldazo. Y así empezó la carrera artística de «la Loreto», una mujer a la que, según Azorín, iban a ver para asistir a las travesuras que se le ocurrían. «En la escena tiene Loreto la agilidad, la desenvoltura, el gesto rápido de una niña», escribió en el ABC pocos días después de la muerte de la comediante. «Su arte, aunque llamado popular, estriba en el matiz, en la inflexión de la voz, en la reticencia maliciosa, en el mirar como al descuido y en el cambio inesperado de una situación a otra».

Loreto Prado actuando

El encuentro

«Loreto es la gracia natural y su cuerpo
está todo él amasado con el jugo del chiste,
garbo y garabato españolísimo»
Emilia Pardo Bazán

Loreto Prado y Enrique Chicote habían coincidido varias veces. Pero siempre de refilón. Estuvieron a punto de trabajar juntos; aunque, al final, algo siempre lo impedía. Estuvieron a punto de morir juntos: en 1893, una compañía los contrató para actuar en Santander pero ninguno de los dos cumplió el contrato. No se presentaron y eso los libró de estar en esa ciudad el día en que, en el puerto, el vapor Machichaco, cargado de dinamita, saltó por los aires. «Se hundieron buques, viviendas; volaron hechos pedazos muchos seres humanos…; una espantosa tragedia».

La temporada en la que Loreto arrasaba en el Teatro Romea por la obra Loreto Frégoli y Chicote triunfaba con Chicoleonte en el Teatro Martín, un crítico de El Imparcial se obcecó en que actuaran juntos. A un empresario que leía sus artículos le pareció una buena idea y los contrató para representar una obra en Alcalá. Un tren los llevó a esta ciudad una mañana de mayo. Cada uno en su departamento. Ni un saludo. Ninguno tenía la más mínima curiosidad por intercambiar con el otro ni los buenos días.

«Aquella tarde estábamos citados a las tres en el teatro para dar un repaso a las obras que constituían el cartel de aquella noche. Hay que reconocer que yo iba vestido como un figurín, con un hongo café con leche, una magnífica corbata blanca de plastrón, un chaleco de fantasía de terciopelo verde con flores blancas y un cuello almidonado, de una altura tan desmesurada, que más que cuello parecía cruel cilicio. Hice mi entrada en el escenario y al poco rato llegó Loreto, vestida de última moda, con mangas de las de jamón y falda de las de candil», evoca Chicote.

«Fuimos presentados y, muy circunspectos, entablamos una conversación llena de lugares comunes, pues hay que reconocer que no nos fuimos muy simpáticos mutuamente. Repasamos las obritas y al ver que yo no sabía mis papeles, Loreto me miraba muy escamada, pues seguramente pensaba: “¡Qué mal va a estar este besugo esta noche!; ¡qué bruto!, está pez completamente”. Y era verdad: ni yo había leído las obras, ni a mí me importaba aquello, ni yo creía que iba a volver a ver a Loreto en mi vida. Pero se equivocó y me equivoqué. Llegó la noche y, contagiado por el arte de Loreto, hablé como un papagayo y estuve gracioso –aunque parezca mentira– y tuvimos un éxito muy grande. Pero a pesar de eso no nos tragábamos».

Al acabar la función se despidieron con un hasta la vista que, para su capote, era un hasta nunca. Pero cuánto se equivoca. Aquella fue la primera función de una serie interminable que duró todas sus vidas.

Loreto Prado, en el periódico

Razón social Loreto-Chicote

«Por su fecundo ingenio,
resplandeciente de gracia exquisita y de travesuras sin fin,
es Loreto Prado figura de primera magnitud en nuestra escena»
Benito Pérez Galdós

El éxito de Chicoleonte animó a Enrique Chicote a alquilar el Teatro Martín y formar una compañía destinada a poner en escena dramas y comedias. Llamó a Adulfo de Gumucio para que le diese nombres de artistas eminentes y el agente de cómicos y danzantes le dijo:

—Loreto Prado y Sofía Romero.

—¡Loreto! —exclamó Chicote, sin vacilar.

El actor y empresario se plantó en casa de la comediante. Abrió la puerta su hermana y le dijo que Prado estaba actuando en Valladolid con la compañía del maestro Cereceda. Chicote no quiso esperar y contó su propuesta a Araceli. Había un galápago en el suelo al que este hombre debió caerle simpático porque, una y otra vez, intentaba subir por sus pantalones.

—Yo me opuse tajantemente —aclara el actor.

A la vez, un loro de espléndido plumaje no paraba de llamarle «¡borracho!».

—Y juro con la mano puesta en el galápago que yo no he estado nunca a medios pelos.

Araceli se comprometió a comunicar la propuesta a su hermana y pidió a Chicote que volviera a los cuatro o cinco días para anunciarle la respuesta. Se pusieron en pie y, con un perro negro del tamaño de un elefante soltando gruñidos, salió a la puerta a despedirle.

—Loreto accedió a contratarse conmigo —invoca, feliz, Chicote—. Y al despedirse de Cereceda, este se puso como un energúmeno, hasta el extremo de que una de las venganzas terribles que tomó fue pagarle dos sueldos que le debía a razón de catorce duros en perras chicas.

Juntos estrenaron La tonta de capirote, de Jackson y Quinito. «Tuvimos un éxito, y los autores ganaron buenos duros, pues no hubo tiple, ni imitadora de Loreto, que no representara la zarzuelita por toda España», cuenta. «Quedó constituida la razón social Loreto-Chicote. Fuimos los primeros artistas que nos anunciamos en esta forma».

Loreto Prado, en el escenario

Al entrar el año 1898 alquilaron el Maravillas. Chicote lo recuerda como un teatro construido con tablas, un techo de lona y un calor de horno.

—Había momentos en que, vencidos por la modorra, caíamos sin fuerza, sin ánimos para seguir trabajando; unos buenos vasos de cerveza y limón, mezclados en la clásica ponchera, nos reanimaban y continuábamos.

Pero lo más interesante es que se perdían las más elementales nociones de la cortesía. Ellos se quitaban las americanas, se desabrochaban la camisa y con esa toilette de confianza se hacía el ensayo.

—Había señoras que no vacilaban en enseñarnos unos cuantos dedos de pantorrilla –que entonces casi era un pecado– y algo de escote, y todos agitábamos aquellos abanicos de gran tamaño llamados pericos, que estaban de moda.

Recuerda que, de la chicharrera, había momentos en los que no les salía la palabra del cuerpo y se disputaban la posesión de su majestad el botijo. El éxito de esa temporada fue La chiquita de Nájera, con música de Quinito Valverde y libro de Jackson Veyan. Este autor les proporcionó grandes éxitos durante toda su carrera; era un hombre que conocía muy bien los gustos del público. Escribió sus primeras obras en su despacho de telegrafista en un pueblo: Al agua patos, Chateau Margaux, Los baturros, Los zangolotinos

—Las escribía en dos o tres días, las enviaba a Arregui y Aruej, que le compraban la propiedad, y sin más repaso ni enmienda, se estrenaban. Él necesitaba producir mucho, pues tenía un montón de hijos y el sueldo de telegrafista era corto.

Ese verano tuvieron una idea. Ellos siempre habían hecho farsas, comedias y sainetes, pero se atrevieron con un monólogo. Ahí estaba Loreto, sola en el escenario, cargando con toda la obra. Llegó el estreno, salió rotunda, como siempre, y a los 10 minutos… ¡se quedó muda! No le salía una sola palabra.

—Efecto de la emoción, se había quedado afónica —rememora Chicote—. Yo no sabía qué hacer; el público comprendió el apuro, los espectadores, los críticos le decían desde las butacas: “¡No se esfuerce! Esté usted tranquila, volveremos mañana!”.

Loreto Prado, vestida de rojo

La censura

«Todo el mundo se pregunta si no es cosa milagrosa
que una mujer tan chiquita llene la escena española»
Villaespesa

En la temporada de 1898-1899 se trasladaron al Teatro Romea. Arrendaron el local y contrataron una compañía nueva. En la dirección de orquesta estaba el maestro Catalá. «Era lo que se llama un real mozo; llevando admirablemente la orquesta». Al frente de la Administración estaba un tal Fanosa. Este hombre tenía un empleado en contaduría que, según Chicote, a veces presentaba un aspecto raro. «Padecía el pobre señor de hemorroides y al no poder resistir las ropas, trabajaba en su mesa con las piernas cubiertas por una falda de su señora; el que entraba allí no se explicaba aquella indumentaria». Y al frente del ambigú [el bufé] estaba doña Julia, «una andaluza muy simpática, buena mujer, tal vez demasiado buena, pues se enternecía con frecuencia y fiaba más de la cuenta a cuenta de su bolsillo».

En esta compañía había «un coro de hombres de muy buen humor que, como se vestían juntos, se hacían toda clase de diabluras: tirarse la ropa al aire, coserse la boca de los pantalones para que cuando tuvieran que ponérselos de prisa no pudieran, clavar las botas en el suelo, ensuciar la boquilla de una gaita para cuando tenía uno de ellos que tocarla en escena; en fin, bromitas de salón».

Loreto Prado, en la prensa

Ahí representaron varias obras y Loreto dejó a todos perplejos por su capacidad de improvisación. Una noche estrenaban La nieta de su abuelo, una obra escrita por el Barquero, y la actriz, desde el escenario, sentía el aburrimiento del público. De pronto cambió el papel de cabo a rabo. Desatendió el libro y lo interpretó como ella lo sentía. El éxito fue inmenso. El público despertó, aplaudió y la pieza de cuatro personajes hizo lleno muchas noches.

—La temporada fue muy bien y ya lo necesitábamos, porque Loreto y yo, como empresarios, no disponíamos en caja más que de unas cuantas pesetas, muy pocas. Hemos estado muchos años trabajando con aquellos precios de tres reales y una peseta butaca (precio de todas las compañías de género chico: Apolo, Zarzuela…). Hemos seguido trabajando a estos precios lo mejor de nuestra vida. Aquellos éxitos ahora hubieran proporcionado a los autores y a nosotros miles de duros —reflexiona 40 años después, en estos años 40 del siglo XX en los que redacta sus memorias.

Loreto Prado, en el teatro

En la temporada del cambio de centuria, Madrid se inundó de saloncitos consagrados a las variedades: eran el Music-Hal, Actualidades, Moulin Rouge, Salón Bleu… El público se aficionó a este tipo de espectáculo. Fue el año en que el maestro Vives, un compositor de canciones de óperas y zarzuelas, puso en escena la primera opereta vienesa, El conde Luxemburgo, e inició el camino de este género: La viuda alegre, La princesa del dólar… Loreto y Chicote se animaron a representar una: Venus Salón.

Estaban a punto de estrenarla cuando, de repente, les llegó una comunicación. A los censores no les había gustado ni un pelo y la prohibían porque contenía alusiones políticas… Aunque había un remedio. El propio censor les dijo cómo podían esquivar el veto: debían sustituir a los personajes políticos que caricaturizaban en la obra por otros de la oposición.

«La encerrona»

«Loreto Prado: musa manola,
la comedianta más española»
Emilio Carrere

Ese año estrenaron un tipo de espectáculo que todos copiaron de Gutiérrez de Alba: la revista. El andaluz la había descubierto en París y la trajo hasta aquí. Era una función basada en glosar con gracia los sucesos de actualidad e intercalarlos con una serie de actuaciones musicales. La primera de Prado y Chicote fue ¡Aprieta, constipado! por la epidemia de trancazos que se produjo en el fin de siglo. Tenían que estrenarla pronto porque, a estas alturas, habían aprendido que el día que el teatro no abría, no entraba una perra.

—Urgía y tuve la feliz idea de acudir al procedimiento llamado «la encerrona» —rememora—. Consistía en encerrar en un cuarto a varios autores poniendo a su disposición comida y bebida, y no recobraban la libertad hasta que habían terminado una obra. Este medio, en ocasiones, fallaba, bien porque no se les ocurría nada, bien porque se dormían o bien porque fabricaban un «churro» que se gritaba horrorosamente en la noche de su estreno.

Ese año Jacinto Benavente escribió una comedia para Loreto y Chicote: Despedida cruel. El aplauso fue unánime. Después, el famoso comediógrafo Carlos Arniches les escribió El tío de Alcalá, la primera de decenas de obras que a partir de entonces haría para la pareja cómica. El éxito fue inmenso y Loreto fue aplaudida como nunca.

—En la primera escena, que figuraba en una guardilla, Loreto se lavaba y se peinaba, y al soltarse la mata de pelo, que le llegaba a los pies, se escuchaba un murmullo de asombro del público, y ella replicaba: «¡Pues todo es mío!», frase a la que seguía un aplauso cerrado.

Ese verano se trasladaron al Teatro Moderno. Una tarde representaban Los pobres de Madrid y, como fin de fiestas, otra pieza más corta: Enseñanza libre. En la primera aparecía un traidor llamado Mendilueta, que despertaba las más terribles iras del público. Después del descanso, en la siguiente obra, salió un cómico y el respetable, en vez de reír, enfureció. Se armó un griterío espantoso.

—No acertábamos a explicarnos la causa, hasta que, por fin, dimos con ella: algunos espectadores se acordaban aún de que era Mendilueta y, aunque hacía otra obra, no le perdonaron por traidor.

El público se agarraba bien a los sentimientos de las obras. Decía Chicote que eran de una vehemencia simpática.

Otra noche representaban un drama en el que un niño era víctima de las infamias y las crueldades de un traidor. En los asientos lloraban por las desdichas del chiquillo… Los espectadores estaban acongojados… El desconsuelo pesaba sobre el patio de butacas hasta que de pronto…. «a un pequeño mamoncillo que estaba en la entrada se le ocurrió armar una llorera espantosa. ¡Allí fue Troya! Varios espectadores, indignados, protestaban, mandando callar al pequeño. La madre oyó frases gruesas y una voz que atronó el teatro salió del paraíso: “¡Que lo maten!”. Aquel espectador, conmovido con las amarguras del niño en escena, no vacilaba en desear la muerte del pequeño espectador, que no cometió otro delito que el de pedir la teta de modo tan expresivo».

Los sombreros

«Cincuenta y tres años, día por día,
con un amor intenso por el trabajo y el arte.
¡Cuántas generaciones de artistas les acompañaron
y ganaron su pan y el de los suyos en el ambiente de paz y trabajo,
modelo de personas y ejemplo permanente de artistas!»
Benlliure

Estrenaron El pilluelo de París y tan grande fue el éxito que lo representaron más de 500 veces. Estrenaron La trapera y otros cientos de veces lo llevaron al escenario. Más grande fue aún la fama del sainete Alma de Dios (1907): «Fue un éxito como no se ha conocido otro. Más de 700 llenos consecutivos; cerca de 2.000 representaciones en Madrid y otras ciudades», anota Chicote. «Lo tenía todo: interés, emoción y gracia».

De esa obra saltó una canción que se escuchaba hasta fuera de España. «El Canta, vagabundo se cantaba en todas partes: en los salones, en las calles… La cantaban las criadas, los golfos, la gente acomodada… Fue una verdadera fiebre».

Ya entonces sorprendía la capacidad de los actores de confundirse con sus personajes. A Loreto le ocurría. Una vez, haciendo el papel de una señorita que se iba a casar, vestida de novia, moría en la escena. De camino a la iglesia sufría una angina de pecho. Al llegar al trágico momento, Loreto empezó a palidecer y cayó al suelo. Parecía tan real… ¡porque había sido real! Había desfallecido. Al correr el telón, sonaban los aplausos y ella seguía en el suelo, sin sentido, rodeada del resto de actores, nerviosos, tratando de devolverla a la vida.

—Afortunadamente, no era más que un fenómeno nervioso. Había estudiado con tanto afán los síntomas de la enfermedad, que al llegar el momento, los sintió en su organismo.

Eran tiempos en que la moda plantó unos sombrerazos de impresión en las cabezas de las mujeres. Los espectadores se quejaban. Decían que «quedaban sepultados detrás de aquella muralla de flores, plumas y pájaros, y la autoridad ordenó que las señoras no tuviesen puestos los sombreros en las butacas».

Muchas protestaron. Incluso intentaron una cruzada contra aquella orden. A menudo interrumpían las representaciones por las discusiones entre algunas señoras y los acomodadores. Hasta que un día, un empresario avispado encontró la solución. Puso un anuncio que decía: «Se suplica a las mujeres bonitas que dejen el sombrero en el guardarropa. Solo las viejas y feas quedan exceptuadas de esta medida».

El cinematógrafo

«Campeones de la escena española:
Loreto Prado y Enrique Chicote.
Adalides son del más glorioso teatro del mundo»
Azorín

A principios del XX llegó el cinematógrafo. Dice Chicote que el primero estaba en una modesta tienda de la Carrera de San Jerónimo de Madrid. «En aquella época se exhibía en barracones de madera y era solamente espectáculo de chicos». Pero Crouselles y Paco Torres tuvieron la idea de usar un cinematógrafo, por primera vez, en una obra de teatro: «En vez de que los actores contaran un suceso, el público lo veían en escena gracias al cine».

La obra contaba la historia de un zapatero que iba con su aprendiz a una sesión de cine. Ellos eran los dos actores que estaban en el escenario. Ambos se sentaban a ver una cinta que mostraba la playa de San Sebastián; era una sucesión de escenas de mirones y bañistas. De pronto, cuando más divertidos estaban, aparecieron en la pantalla una dama y un caballero, haciéndose carantoñas, muy amartelados, en un paseo desde la caseta hacia el agua. ¡Horror! La dama era la mujer del zapatero y el amante, un íntimo amigo de la casa. «El zapatero y el aprendiz armaron terrible escándalo, entre el jolgorio del público».

Loreto Prado y Enrique Chicote siguieron representando sainetes, revistas, melodramas, operetas… Alquilaron varios teatro más en Madrid… Triunfaron con Charlestón (tuvo más de 400 funciones), con Los lagarteranos (más de 300). Con Seis pesetas, Mi abuelita la pobre, La marimandona, La casa de los Pingos, La atropellaplatos, Las pobrecitas mujeres, Que trabaje Rita y El sofá, la radio, el peque y la hija de Palomeque (más de 200). Hasta las ganancias les dieron para remozar el Teatro Cómico con butacas nuevas, pintura y algunos detalles decorativos.

Más de 50 años dedicados al teatro les dejó dos enseñanzas: «Una, que en el teatro todo es circunstancial para el empresario. No puede tener planes, ni asegurar nada. Empieza una temporada con brillantez y no se sabe cómo acabará; cualquier incidente cambia su ruta. Dos, en el negocio del teatro todo influye: el tiempo, que las obras sean buenas o no, que estén a tiempo para estrenarlas cuando hacen falta, los trastornos políticos, la salud de los actores; una una palabra, ¡todo!».

Fueron tiempos en los que la gente no decía «vamos a ver tal obra», sino, sencillamente, «me voy esta noche al teatro de Loreto y Chicote». Fueron dos vidas, la de Loreto y Chicote, dedicadas a «servir al público el plato que más le agradaba». En aquellos años 40, cuando ella murió y él escribía estas memorias, los teatros populares que tanto habían servido a la cultura de los barrios iban cerrando, uno a uno, poco a poco.

—En estos sitios de honesto espectáculo van prescindiendo de las compañías de teatro. Las sustituyen por el cine y arte dramático va perdiendo baluartes que durante algún tiempo han tenido verdadera importancia. La Latina, Pavón, Chueca, Pardiñas, se dedican hoy a la exhibición de cintas exclusivamente. Como teatro queda solo Fuencarral. Uno de los más importantes, Novedades, fue destruido por un terrible incendio.

Pero Chicote guardaba un gran recuerdo de esa última época en la que se fueron a los teatros de barrio. Alquilaron La Latina y el público los acogió muy bien.

—Los amigos nos auguraban un gran éxito y puedo decir que acertaron por completo. Ese público, que cuando se entrega lo hace con toda el alma, a nosotros se nos entregó desde el primer momento. No se sabía quién aplaudía con más entusiasmo, si ellos o ellas. He de advertir que Loreto ha tenido siempre un público femenino que la idolatra. El arte nivela las clases sociales; desde la más empingorotada aristócrata hasta la más humilde artesana son partidarias decididas de Loreto.

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