18 de abril 2017    /   CREATIVIDAD
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¿Quieres componer como Dylan? Sigue sus consejos creativos

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«El mundo no necesita más canciones. Nadie va a sufrir si la gente deja de componer desde este mismo instante. Ya hay demasiadas canciones para que escuche la gente». Así de contundente se mostraba Bob Dylan ente el escritor Paul Zollo.

A pesar de declaraciones tan severas, el flamante premio Nobel de Literatura mostraba que también tiene su corazoncito y añadía: «Salvo que aparezca alguien con un corazón puro y algo que decir. Esa ya es otra historia».

Una historia que Dylan conoce bien y que compartió con el periodista estadounidense para que escribiera un libro, Songwriters on Songwriting, en el que diferentes artistas compartían sus métodos y fórmulas de trabajo para componer.

En el caso del músico de Minnesota, la tradición es un elemento clave. Ejemplo de ello son sus últimos discos, en los que, en lugar de composiciones propias, incluye temas clásicos del folk, el blues o los crooners estadounidenses.

«Es natural que te fijes en otras personas, pero no puedes limitarte a copiar», escribe. «Si admiras el trabajo de un artista, tienes que investigar y empaparte de las mismas influencias a las que estuvo expuesto. Si quieres ser cantautor, deberás escuchar toda la música folk que puedas, estudiar su forma, su estructura y todo lo que ha sucedido en los últimos cien años».

No es una tarea fácil, eso está claro. Pero como afirma Dylan, «acéptalo. Puedes tomarte una cosa en serio o no, pero no puedes mezclar las dos situaciones». Para crear hay que esforzarse, sacrificarse, aprender. Una vez hecho eso, el proceso fluirá con cierta espontaneidad y sencillez.

«La creatividad es como un tren de mercancías rodando por las vías. Hay que tratarlo con cuidado, con respeto, pero debes programar tu cerebro para que no piense demasiado». De hecho, el propio Dylan afirma que sus mejores canciones fueron aquellas que escribió en menos tiempo, «apenas el necesario para transcribirlas».

Un proceso en el que es preciso que lo inconsciente fluya sin dificultad y en el que hay que dejar a un lado los pensamientos negativos. «Existen dos tipos de pensamientos: los buenos y los malos. Los dos conviven en la mente de las personas aunque en diferente proporción. Unos tienen mas de los buenos y otros más de los malos. Hay que ser capaz de trabajar con ambos, intentando eliminar aquellos que no son útiles».

En esa tarea creativa también es muy importante el entorno. Para el cantautor, «es necesario encontrar el lugar adecuado para escribir una canción. Debe ser un sitio que me ayude a sacar fuera aquello que precisa ser sacado y que, al mismo tiempo, me permita aislar todo lo demás y controlarlo».

Una actividad muy semejante a la contemplación, a la meditación y a la reflexión. «Para mí esta labor nunca ha sido realmente una profesión… Ha sido algo más parecido a lo confesional que a lo profesional», afirmaba Dylan, que, igual que no tiene claro que la música sea una profesión, tampoco acaba de entender a los que lo califican como «el poeta vivo más importante». Ni siquiera después de ganar el Nobel.

«Los poetas no conducen automóviles. No van al supermercado. No tiran la basura… Los poetas no hablan por teléfono, ni siquiera hablan con la gente. Los poetas se comportan como caballeros. Viven según su propio código de caballerosidad… y mueren arruinados. O ahogados en lagos. Los poetas suelen tener finales trágicos».

No es este el caso de Dylan, afortunadamente.

«El mundo no necesita más canciones. Nadie va a sufrir si la gente deja de componer desde este mismo instante. Ya hay demasiadas canciones para que escuche la gente». Así de contundente se mostraba Bob Dylan ente el escritor Paul Zollo.

A pesar de declaraciones tan severas, el flamante premio Nobel de Literatura mostraba que también tiene su corazoncito y añadía: «Salvo que aparezca alguien con un corazón puro y algo que decir. Esa ya es otra historia».

Una historia que Dylan conoce bien y que compartió con el periodista estadounidense para que escribiera un libro, Songwriters on Songwriting, en el que diferentes artistas compartían sus métodos y fórmulas de trabajo para componer.

En el caso del músico de Minnesota, la tradición es un elemento clave. Ejemplo de ello son sus últimos discos, en los que, en lugar de composiciones propias, incluye temas clásicos del folk, el blues o los crooners estadounidenses.

«Es natural que te fijes en otras personas, pero no puedes limitarte a copiar», escribe. «Si admiras el trabajo de un artista, tienes que investigar y empaparte de las mismas influencias a las que estuvo expuesto. Si quieres ser cantautor, deberás escuchar toda la música folk que puedas, estudiar su forma, su estructura y todo lo que ha sucedido en los últimos cien años».

No es una tarea fácil, eso está claro. Pero como afirma Dylan, «acéptalo. Puedes tomarte una cosa en serio o no, pero no puedes mezclar las dos situaciones». Para crear hay que esforzarse, sacrificarse, aprender. Una vez hecho eso, el proceso fluirá con cierta espontaneidad y sencillez.

«La creatividad es como un tren de mercancías rodando por las vías. Hay que tratarlo con cuidado, con respeto, pero debes programar tu cerebro para que no piense demasiado». De hecho, el propio Dylan afirma que sus mejores canciones fueron aquellas que escribió en menos tiempo, «apenas el necesario para transcribirlas».

Un proceso en el que es preciso que lo inconsciente fluya sin dificultad y en el que hay que dejar a un lado los pensamientos negativos. «Existen dos tipos de pensamientos: los buenos y los malos. Los dos conviven en la mente de las personas aunque en diferente proporción. Unos tienen mas de los buenos y otros más de los malos. Hay que ser capaz de trabajar con ambos, intentando eliminar aquellos que no son útiles».

En esa tarea creativa también es muy importante el entorno. Para el cantautor, «es necesario encontrar el lugar adecuado para escribir una canción. Debe ser un sitio que me ayude a sacar fuera aquello que precisa ser sacado y que, al mismo tiempo, me permita aislar todo lo demás y controlarlo».

Una actividad muy semejante a la contemplación, a la meditación y a la reflexión. «Para mí esta labor nunca ha sido realmente una profesión… Ha sido algo más parecido a lo confesional que a lo profesional», afirmaba Dylan, que, igual que no tiene claro que la música sea una profesión, tampoco acaba de entender a los que lo califican como «el poeta vivo más importante». Ni siquiera después de ganar el Nobel.

«Los poetas no conducen automóviles. No van al supermercado. No tiran la basura… Los poetas no hablan por teléfono, ni siquiera hablan con la gente. Los poetas se comportan como caballeros. Viven según su propio código de caballerosidad… y mueren arruinados. O ahogados en lagos. Los poetas suelen tener finales trágicos».

No es este el caso de Dylan, afortunadamente.

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