28 de noviembre 2016    /   IDEAS
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Los dos cuerpos de Alma Mahler

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El antropólogo belga Lévy-Strauss contaba una leyenda que escuchó durante sus estudios sobre los indios Bororos.  En ella, una madre le aconsejaba a su hijo que se casara con una mujer buena, obediente y callada.  Entonces el hijo, para obedecerla, se casó con una mujer muerta.

La fantasía masculina de la mujer buena, obediente y callada se ha visto representada varias veces en el cine con películas como Tamaño natural, de Berlanga, o No es bueno que el hombre esté solo, de Pedro Olea. En ambos casos, los protagonistas se compran una muñeca con la que establecen una relación afectiva de carácter enfermizo y con consecuencias fácilmente predecibles.

Ahora esas muñecas son digitales. Her y Ex Machina, precedidas por la Raechel de Blade Runner, son los mejores ejemplos de esa fantasía que se mantiene con el paso del tiempo.

Pero existe un caso real, menos conocido, que antecedió a todas estas ficciones: la muñeca que Kokoschka encargó a un fabricante de Múnich pidiéndole que realizara una réplica exacta de Alma Mahler.

Alma, esposa del compositor del que tomó el apellido, era una mujer inteligente, hermosa y excepcionalmente brillante como pianista. Su vida sentimental fue bastante intensa, vinculada a personajes tan famosos como Walter Gropius, Franz Werfel, Gustav Klimt, Max Burckhard y Rodrigo Prior.

Sin embargo, fue con Kokoschka con quien mantuvo la relación más atormentada hasta su ruptura definitiva. Es entonces, tras la separación, cuando el pintor utilizó a su doble inanimada a modo de consuelo. La muñeca, de tamaño real, le acompañaba en el salón de su casa vestida con las mejores ropas. Incluso en alguna ocasión llegó a ir con ella a la ópera, si creemos a la prensa de la época. Aunque este es un punto que el artista jamás corroboró.

La historia terminó, según cuenta el propio Kokoschka en su libro Mi vida, en una fiesta en su casa en la que él decapitó a «la silenciosa» (así llamaban todos a la muñeca) empapándola después en vino tinto para simular la sangre. El espectáculo resultó tan morbosamente realista que al día siguiente la policía se personó en su casa alertada por el asesinato cometido. El asunto se resolvió, finalmente, con una multa por escándalo público.

Kokoschka quiso dominar eternamente el cuerpo de Alma. Por eso, cuando ella le abandonó, lo único que supo hacer en su delirio fue reproducir su imagen en aquella muñeca a la que finalmente mataría para convertirla simbólicamente en esa mujer buena, obediente y callada de la leyenda de los Bororos.

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El antropólogo belga Lévy-Strauss contaba una leyenda que escuchó durante sus estudios sobre los indios Bororos.  En ella, una madre le aconsejaba a su hijo que se casara con una mujer buena, obediente y callada.  Entonces el hijo, para obedecerla, se casó con una mujer muerta.

La fantasía masculina de la mujer buena, obediente y callada se ha visto representada varias veces en el cine con películas como Tamaño natural, de Berlanga, o No es bueno que el hombre esté solo, de Pedro Olea. En ambos casos, los protagonistas se compran una muñeca con la que establecen una relación afectiva de carácter enfermizo y con consecuencias fácilmente predecibles.

Ahora esas muñecas son digitales. Her y Ex Machina, precedidas por la Raechel de Blade Runner, son los mejores ejemplos de esa fantasía que se mantiene con el paso del tiempo.

Pero existe un caso real, menos conocido, que antecedió a todas estas ficciones: la muñeca que Kokoschka encargó a un fabricante de Múnich pidiéndole que realizara una réplica exacta de Alma Mahler.

Alma, esposa del compositor del que tomó el apellido, era una mujer inteligente, hermosa y excepcionalmente brillante como pianista. Su vida sentimental fue bastante intensa, vinculada a personajes tan famosos como Walter Gropius, Franz Werfel, Gustav Klimt, Max Burckhard y Rodrigo Prior.

Sin embargo, fue con Kokoschka con quien mantuvo la relación más atormentada hasta su ruptura definitiva. Es entonces, tras la separación, cuando el pintor utilizó a su doble inanimada a modo de consuelo. La muñeca, de tamaño real, le acompañaba en el salón de su casa vestida con las mejores ropas. Incluso en alguna ocasión llegó a ir con ella a la ópera, si creemos a la prensa de la época. Aunque este es un punto que el artista jamás corroboró.

La historia terminó, según cuenta el propio Kokoschka en su libro Mi vida, en una fiesta en su casa en la que él decapitó a «la silenciosa» (así llamaban todos a la muñeca) empapándola después en vino tinto para simular la sangre. El espectáculo resultó tan morbosamente realista que al día siguiente la policía se personó en su casa alertada por el asesinato cometido. El asunto se resolvió, finalmente, con una multa por escándalo público.

Kokoschka quiso dominar eternamente el cuerpo de Alma. Por eso, cuando ella le abandonó, lo único que supo hacer en su delirio fue reproducir su imagen en aquella muñeca a la que finalmente mataría para convertirla simbólicamente en esa mujer buena, obediente y callada de la leyenda de los Bororos.

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Opiniones 1
  • Menos mal que Kokoscha se conformó con matar a la muñeca, y no como ocurre casi día con la violencia de género, que las matan de verdad. A lo mejor debían tomar ejemplo los maltratadores y agenciarse muñecas para descargar su ira…

  • Comentarios cerrados.

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