12 de julio 2021    /   CREATIVIDAD
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Los ‘Episodios Nacionales’ del XXI: cada siglo debería tener su propio Galdós 

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El siglo XIX en España lleva la firma de Benito Pérez Galdós.  A través de las novelas que componen sus Episodios Nacionales, el canario hilvanó una crónica rigurosa y vital de la época. Para el periodista Eduardo Gómez de Baquero, más conocido como Andreino, el mérito del escritor fue «hablar a la historia con confianza», tutearla y presentarla «en traje de casa». 

Galdós contó la Historia con mayúscula sirviéndose de historias en minúsculas. No tuvo reparos en mezclar realidad y ficción, personajes que existieron con otros que solo tuvieron sitio en su imaginación, hechos históricos con instrahistóricos. Su relato es EL RELATO del XIX. Y por eso a algunos les basta y les sobra con los Episodios Nacionales para conocer lo ocurrido durante aquel periodo. Quizás fue Max Aub quien mejor expresó esta idea cuando dijo aquello de: 

«Perdiérase todo el material histórico de esos años, salvándose la obra de Galdós, no importaría. Ahí está completa, viva, real, la vida de la nación durante los cien años que abarcó la garra del autor»

 

 

La corta presencia del canario en el XX dejó pronto huérfana a la crónica de España en aquel siglo y también a la del actual. ¿Cómo hubiera sido una proclamación de la II República contada por Galdós? ¿O su crónica de la Guerra Civil? ¿O la de la muerte de Franco? ¿O cómo hubiera sido la pandemia del covid bajo la visión galdosiana? 

Todos los siglos tendrían que contar con su propio Galdós. Algo así pensaron en Lengua de Trapo cuando decidieron crear unos Episodios Nacionales del XXI.

«Creíamos que era necesario un retrato coral de lo que nos ha pasado estos últimos 40 años. Quizás en momentos de crisis (y atravesamos una ya prolongada) necesitamos rastrear lo que nos ha conformado, comprender cómo y por qué hemos llegado a ser lo que somos y, más importante todavía, lo que nos ha impedido llegar a ser otra cosa», explica Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo, junto a Manu Guedán

Su colección Episodios Nacionales reúne a un grupo plural de creadores para que den su propia versión de la España contemporánea. «Se trata de mezclar estilos, géneros  y formatos. Que cada episodio tenga los suyos, y que cada autor y autora proponga su particular lectura de un momento reciente de nuestra historia sentimental, cultural y política como Galdós lo hiciera hace ya más de un siglo». 

Los atentados del 11M, las Olimpiadas de 1992, el 15M o los ataques terroristas en las Ramblas son algunos de los episodios del pasado que aún siguen muy presentes y que autores como Sabina Urraca, Juan Bonilla, Isaac Rosa, Elizabeth Duval, Vicente Monroy o Rocío Lanchares relatan a su manera. 

«Son autores que nos interesan […], que buscan en la realidad lo que ya opera como ficción, y en las ficciones los elementos, relatos y discursos que construyen realidad. Y que, en definitiva, permiten abordar nuestra historia reciente buscando las ficciones y relatos que la han conformado», explica Lago sobre el criterio de selección de los escritores que forman parte del proyecto. 

Desbordados de información como estamos hoy, hacen falta, dice Lago, relatos «que nos contamos o nos cuentan, que nos decimos o nos dicen y que acaban conformando nuestros afectos, nuestras identidades y nuestras formas de pertenencia». 

Soñó con la chica que robaba un caballo. Sabina Urraca, sobre el 11M

Sobre el relato de Sabina Urraca podría escribirse otro relato aparte: «En este primer libro de la colección —cuenta Jorge Lago— , nos pasó una cosa bien curiosa. Escribimos a varios autores y autoras contándoles el proyecto de la colección, y lo hicimos poniéndoles de ejemplo una idea que nos rondaba la cabeza desde hace tiempo: la de que el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha, había programado un concierto de Belle and Sebastian y no se canceló. Nos parecía clave encontrar ese tipo de acontecimientos aparentemente menores desde los que abordar la historia, digamos, mayor. Sabina nos contestó rotunda: “Estuve en ese concierto, dejadme hacer ese episodio”. Y, claro, quedó inmediatamente adjudicado».

El mayor atentado de la historia de nuestro país supuso un antes y un después en muchos aspectos, empezando por el político. «El 11 de marzo de 2004 yo tenía 19 años, era el inicio de mi segundo año en Madrid y significó mucho para mí en términos de toma de conciencia política. Supongo que hasta entonces vivía igualmente rodeada de cuestiones políticas, pero a veces no nos damos cuenta de estas cosas hasta que sucede algo que altera de forma palpable nuestra realidad», explica la propia Sabina.

La escritora decidió narrar este episodio a partir de la historia de unos personajes «atravesados de forma tangencial por los atentados en sí, pero completamente atravesados por el momento y la época».

A su memoria llegaron recuerdos de aquellos años en el colegio mayor, donde  coincidió con gente que, como ella, entraba por primera vez en contacto con el mundo real

«Esas primeras depresiones y, en algunos casos, crisis de identidad o primeros brotes de enfermedad mental, que surgían al salir del entorno protegido del hogar familiar. Recuerdo habitaciones vacías de la noche a la mañana, personas de las que nunca más se volvía a saber. Era una época en la que aún no se hablaba abiertamente de psicólogos y ansiedades, todo eso se mantenía oculto. Meterme a escribir sobre esa época era entrar en ese tema de forma inevitable». 

Los atentados, dice Sabina, supusieron un «vuelco» a aquella generación, que ya se había vuelto contestona con manifestaciones y protestas contra la Guerra de  Irak o el naufragio del Prestige. «Lo de Irak, en nuestras almas adolescentes, era algo que nos incumbía, pero que no dejaba de ser una guerra que sucedía lejos. Sin embargo, el atentado y todo el mareo y el juego político posterior fueron ineludibles; no había quien pudiese no toparse de frente con aquello».

Las quedadas masivas vía sms marcaron también un antes y un después en la sociedad civil. «Los móviles, que por aquel entonces se estaban popularizando, pero que no dejaban de ser considerados una herramienta más del capitalismo, se revelaron como un arma de comunicación entre individuos aislados». 

Sabina Urraca encuentra algún paralelismo entre unos de los personajes de su novela con Gabriel, uno de los protagonistas de la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós: «Ambos siguen un recorrido similar, partiendo del nihilismo y la desorientación más absoluta a una cierta toma de conciencia y un apego por la ciudad en la que vive».

Urraca, añade, huyó deliberadamente de cualquier moralina final. «Estos que vivimos son otros tiempos en los que creo que cuesta encontrar un sitio para las grandes enseñanzas morales. Podemos, en cambio, reflexionar sobre nosotros mismos como sociedad y como individuos con una complejidad cada vez mayor». 

La comuna de Madrid. Elisabeth Duval, sobre los desalojos 

A Elisabeth Duval no le interesaba narrar un acontecimiento histórico ni realizar una reconstrucción fidedigna de un hecho pasado. Por eso, cuando buscó el tema de su relato, lo hizo «como quien busca una anécdota en el periódico, en la sección de sucesos».

Aunque el desalojo de la Casa Roja de Lavapiés y la del Hogar Social de Madrid le tocó, en realidad, muy de cerca. Sobre todo la primera al ser casi vecina. A su modo de ver, «las dos grandes okupaciones organizadas esos años ejemplifican los límites de los gobiernos municipales y hacen ver todo lo que vendría después: hay una conexión directa entre la desilusión con la izquierda alternativa y el auge de una izquierda reaccionaria como el Frente Obrero»

«Una okupación marxista-leninista que dura un verano y luego es desalojada puede parecer un suceso menor, pero para mí explica el ciclo político que vendrá después», añade. 

Duval reconoce que, frente a la labor de documentación que tuvo que realizar en su día Galdós, ella y el resto de autores de estos Episodios lo han tenido más fácil. «Y no creo que tengamos más inconvenientes, más allá del hecho de que se publican muchos más libros y es más difícil tener un hueco, pero eso tampoco lo veo como un inconveniente»

Aunque confiesa que ella es más de Balzac que de Galdós:«Me inspiro mucho más para mi novela en algunos episodios de la Comedia humana que en los Episodios Nacionales, aunque tengo pendiente, para preparar mi novela, leerme algunos episodios de la quinta serie».

 

Vistas olímpicas. Natalia Carrero, sobre BCN ’92.

¿Por qué elegiste este episodio, Natalia? «Viví la adjudicación de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos del 92 como si se tratara de un antes y un después. Ya entonces se nos vendió como un hito histórico, la ciudadanía como protagonista de la novela deportiva, ociosa, gastronómica… De ahí que no he puesto el foco en el evento deportivo, sino que he partido de la etapa preolímpica, cuando todo era proyecto de futuro enriquecedor hacia la modernidad, en teoría, para todas las personas…».

Para Carrero, las Olimpiadas del 92, junto a la Expo de Sevilla «y la creación de esa Marca España que se trató exportar a toda costa y desde todos los ámbitos, a cambio de la importación de cuanto más turismo mejor»,  forman una tríada indisociable de nuestra historia. «¿Podríamos imaginarnos sin esos episodios? Seguramente esa sería otra historia»

En cuanto a cómo cree Natalia que Galdós hubiese abordado este episodio de la historia de España, contesta así: «Con su admirable, reconocible y característico filtro galdosiano seguramente hubiera bordado mi episodio de manera más ejemplar, puede que más alegremente costumbrista y novelesca».

Hotel Madrid, historia triste. Rocío Lanchares Bardají, sobre el 15M

«Desde aquella época llevo preguntándome cómo poner en palabras esa locura de la insurrección. Tanto en las plazas como en el Hotel Madrid se suspende la lógica y se amplían los límites de lo posible. Fue un momento muy creativo y pocas veces tenemos la oportunidad de ver esa imaginación colectiva en acción»

Dice Rocío Lanchares que lo interesante de aquel acontecimiento es que se trató de una «construcción colectiva» y no de un hecho fortuito en el que la mayoría permanecía como espectadora más que como agente. «No se trata de la gesta de un solo héroe o de unos pocos (por ejemplo, una victoria deportiva, un atentado o una epidemia). Elijo este episodio porque es fruto de esa acción entre muchas, y porque creo que tenemos que reapropiarnos del relato sobre lo que pasó: una insurrección no violenta que fue duramente reprimida».

A Rocío no le interesan tanto las lecturas políticas del acontecimiento como lo que supuso aquel en la historia de mucha gente y en las formas de pensar el mundo. «Me enfoco, sobre todo, en la naturaleza catártica del momento, como si hubiéramos vivido un exorcismo de las formas de vida capitalistas, de la herencia sociológica franquista, de la dureza de las ciudades… Todo a través de los foros y las iniciativas a escala micro, aunque interconectadas». 

Como buen anticlerical, [a Galdós] le habríamos visto en algún sarao cuando vinieron las Juventudes del papa a Madrid. Y más tarde habría tenido que sumar tres o cuatro tomos a sus Episodios. Creo que habría sido un gran yayoflauta

Lo que en un principio se intentó devaluar considerándolo un movimiento rollo new age acabó criminalizado con el mítico «todo es ETA»: «Gente levantando las manos y cantando canciones era ETA. Parar un desahucio: cosa de etarras. Grabar a la poli sin número de placa: atentado terrorista. Un pasacalles de pensionistas: la kale borroka. Por no hablar de la cantidad de multas, agresiones y detenciones que se dieron durante años. Creo que esa reacción tan desproporcionada por parte del Estado da la medida del potencial del momento que quiero recuperar en el libro. Para mi fue el inicio de un cambio de conciencia que aún no está maduro, que sigue avanzando».

Y si a Galdós le hubiera tocado narrar ese episodio, ¿cómo lo habría hecho?  «Creo que se hubiera sumado a la asamblea de su barrio y probablemente a la Comisión de Novelistas de alguna acampada. Como buen anticlerical, le habríamos visto en algún sarao cuando vinieron las Juventudes del papa a Madrid. Y más tarde habría tenido que sumar tres o cuatro tomos a sus Episodios. Creo que habría sido un gran yayoflauta».

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El siglo XIX en España lleva la firma de Benito Pérez Galdós.  A través de las novelas que componen sus Episodios Nacionales, el canario hilvanó una crónica rigurosa y vital de la época. Para el periodista Eduardo Gómez de Baquero, más conocido como Andreino, el mérito del escritor fue «hablar a la historia con confianza», tutearla y presentarla «en traje de casa». 

Galdós contó la Historia con mayúscula sirviéndose de historias en minúsculas. No tuvo reparos en mezclar realidad y ficción, personajes que existieron con otros que solo tuvieron sitio en su imaginación, hechos históricos con instrahistóricos. Su relato es EL RELATO del XIX. Y por eso a algunos les basta y les sobra con los Episodios Nacionales para conocer lo ocurrido durante aquel periodo. Quizás fue Max Aub quien mejor expresó esta idea cuando dijo aquello de: 

«Perdiérase todo el material histórico de esos años, salvándose la obra de Galdós, no importaría. Ahí está completa, viva, real, la vida de la nación durante los cien años que abarcó la garra del autor»

 

 

La corta presencia del canario en el XX dejó pronto huérfana a la crónica de España en aquel siglo y también a la del actual. ¿Cómo hubiera sido una proclamación de la II República contada por Galdós? ¿O su crónica de la Guerra Civil? ¿O la de la muerte de Franco? ¿O cómo hubiera sido la pandemia del covid bajo la visión galdosiana? 

Todos los siglos tendrían que contar con su propio Galdós. Algo así pensaron en Lengua de Trapo cuando decidieron crear unos Episodios Nacionales del XXI.

«Creíamos que era necesario un retrato coral de lo que nos ha pasado estos últimos 40 años. Quizás en momentos de crisis (y atravesamos una ya prolongada) necesitamos rastrear lo que nos ha conformado, comprender cómo y por qué hemos llegado a ser lo que somos y, más importante todavía, lo que nos ha impedido llegar a ser otra cosa», explica Jorge Lago, editor de Lengua de Trapo, junto a Manu Guedán

Su colección Episodios Nacionales reúne a un grupo plural de creadores para que den su propia versión de la España contemporánea. «Se trata de mezclar estilos, géneros  y formatos. Que cada episodio tenga los suyos, y que cada autor y autora proponga su particular lectura de un momento reciente de nuestra historia sentimental, cultural y política como Galdós lo hiciera hace ya más de un siglo». 

Los atentados del 11M, las Olimpiadas de 1992, el 15M o los ataques terroristas en las Ramblas son algunos de los episodios del pasado que aún siguen muy presentes y que autores como Sabina Urraca, Juan Bonilla, Isaac Rosa, Elizabeth Duval, Vicente Monroy o Rocío Lanchares relatan a su manera. 

«Son autores que nos interesan […], que buscan en la realidad lo que ya opera como ficción, y en las ficciones los elementos, relatos y discursos que construyen realidad. Y que, en definitiva, permiten abordar nuestra historia reciente buscando las ficciones y relatos que la han conformado», explica Lago sobre el criterio de selección de los escritores que forman parte del proyecto. 

Desbordados de información como estamos hoy, hacen falta, dice Lago, relatos «que nos contamos o nos cuentan, que nos decimos o nos dicen y que acaban conformando nuestros afectos, nuestras identidades y nuestras formas de pertenencia». 

Soñó con la chica que robaba un caballo. Sabina Urraca, sobre el 11M

Sobre el relato de Sabina Urraca podría escribirse otro relato aparte: «En este primer libro de la colección —cuenta Jorge Lago— , nos pasó una cosa bien curiosa. Escribimos a varios autores y autoras contándoles el proyecto de la colección, y lo hicimos poniéndoles de ejemplo una idea que nos rondaba la cabeza desde hace tiempo: la de que el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Atocha, había programado un concierto de Belle and Sebastian y no se canceló. Nos parecía clave encontrar ese tipo de acontecimientos aparentemente menores desde los que abordar la historia, digamos, mayor. Sabina nos contestó rotunda: “Estuve en ese concierto, dejadme hacer ese episodio”. Y, claro, quedó inmediatamente adjudicado».

El mayor atentado de la historia de nuestro país supuso un antes y un después en muchos aspectos, empezando por el político. «El 11 de marzo de 2004 yo tenía 19 años, era el inicio de mi segundo año en Madrid y significó mucho para mí en términos de toma de conciencia política. Supongo que hasta entonces vivía igualmente rodeada de cuestiones políticas, pero a veces no nos damos cuenta de estas cosas hasta que sucede algo que altera de forma palpable nuestra realidad», explica la propia Sabina.

La escritora decidió narrar este episodio a partir de la historia de unos personajes «atravesados de forma tangencial por los atentados en sí, pero completamente atravesados por el momento y la época».

A su memoria llegaron recuerdos de aquellos años en el colegio mayor, donde  coincidió con gente que, como ella, entraba por primera vez en contacto con el mundo real

«Esas primeras depresiones y, en algunos casos, crisis de identidad o primeros brotes de enfermedad mental, que surgían al salir del entorno protegido del hogar familiar. Recuerdo habitaciones vacías de la noche a la mañana, personas de las que nunca más se volvía a saber. Era una época en la que aún no se hablaba abiertamente de psicólogos y ansiedades, todo eso se mantenía oculto. Meterme a escribir sobre esa época era entrar en ese tema de forma inevitable». 

Los atentados, dice Sabina, supusieron un «vuelco» a aquella generación, que ya se había vuelto contestona con manifestaciones y protestas contra la Guerra de  Irak o el naufragio del Prestige. «Lo de Irak, en nuestras almas adolescentes, era algo que nos incumbía, pero que no dejaba de ser una guerra que sucedía lejos. Sin embargo, el atentado y todo el mareo y el juego político posterior fueron ineludibles; no había quien pudiese no toparse de frente con aquello».

Las quedadas masivas vía sms marcaron también un antes y un después en la sociedad civil. «Los móviles, que por aquel entonces se estaban popularizando, pero que no dejaban de ser considerados una herramienta más del capitalismo, se revelaron como un arma de comunicación entre individuos aislados». 

Sabina Urraca encuentra algún paralelismo entre unos de los personajes de su novela con Gabriel, uno de los protagonistas de la primera serie de los Episodios Nacionales de Galdós: «Ambos siguen un recorrido similar, partiendo del nihilismo y la desorientación más absoluta a una cierta toma de conciencia y un apego por la ciudad en la que vive».

Urraca, añade, huyó deliberadamente de cualquier moralina final. «Estos que vivimos son otros tiempos en los que creo que cuesta encontrar un sitio para las grandes enseñanzas morales. Podemos, en cambio, reflexionar sobre nosotros mismos como sociedad y como individuos con una complejidad cada vez mayor». 

La comuna de Madrid. Elisabeth Duval, sobre los desalojos 

A Elisabeth Duval no le interesaba narrar un acontecimiento histórico ni realizar una reconstrucción fidedigna de un hecho pasado. Por eso, cuando buscó el tema de su relato, lo hizo «como quien busca una anécdota en el periódico, en la sección de sucesos».

Aunque el desalojo de la Casa Roja de Lavapiés y la del Hogar Social de Madrid le tocó, en realidad, muy de cerca. Sobre todo la primera al ser casi vecina. A su modo de ver, «las dos grandes okupaciones organizadas esos años ejemplifican los límites de los gobiernos municipales y hacen ver todo lo que vendría después: hay una conexión directa entre la desilusión con la izquierda alternativa y el auge de una izquierda reaccionaria como el Frente Obrero»

«Una okupación marxista-leninista que dura un verano y luego es desalojada puede parecer un suceso menor, pero para mí explica el ciclo político que vendrá después», añade. 

Duval reconoce que, frente a la labor de documentación que tuvo que realizar en su día Galdós, ella y el resto de autores de estos Episodios lo han tenido más fácil. «Y no creo que tengamos más inconvenientes, más allá del hecho de que se publican muchos más libros y es más difícil tener un hueco, pero eso tampoco lo veo como un inconveniente»

Aunque confiesa que ella es más de Balzac que de Galdós:«Me inspiro mucho más para mi novela en algunos episodios de la Comedia humana que en los Episodios Nacionales, aunque tengo pendiente, para preparar mi novela, leerme algunos episodios de la quinta serie».

 

Vistas olímpicas. Natalia Carrero, sobre BCN ’92.

¿Por qué elegiste este episodio, Natalia? «Viví la adjudicación de la ciudad como sede de los Juegos Olímpicos del 92 como si se tratara de un antes y un después. Ya entonces se nos vendió como un hito histórico, la ciudadanía como protagonista de la novela deportiva, ociosa, gastronómica… De ahí que no he puesto el foco en el evento deportivo, sino que he partido de la etapa preolímpica, cuando todo era proyecto de futuro enriquecedor hacia la modernidad, en teoría, para todas las personas…».

Para Carrero, las Olimpiadas del 92, junto a la Expo de Sevilla «y la creación de esa Marca España que se trató exportar a toda costa y desde todos los ámbitos, a cambio de la importación de cuanto más turismo mejor»,  forman una tríada indisociable de nuestra historia. «¿Podríamos imaginarnos sin esos episodios? Seguramente esa sería otra historia»

En cuanto a cómo cree Natalia que Galdós hubiese abordado este episodio de la historia de España, contesta así: «Con su admirable, reconocible y característico filtro galdosiano seguramente hubiera bordado mi episodio de manera más ejemplar, puede que más alegremente costumbrista y novelesca».

Hotel Madrid, historia triste. Rocío Lanchares Bardají, sobre el 15M

«Desde aquella época llevo preguntándome cómo poner en palabras esa locura de la insurrección. Tanto en las plazas como en el Hotel Madrid se suspende la lógica y se amplían los límites de lo posible. Fue un momento muy creativo y pocas veces tenemos la oportunidad de ver esa imaginación colectiva en acción»

Dice Rocío Lanchares que lo interesante de aquel acontecimiento es que se trató de una «construcción colectiva» y no de un hecho fortuito en el que la mayoría permanecía como espectadora más que como agente. «No se trata de la gesta de un solo héroe o de unos pocos (por ejemplo, una victoria deportiva, un atentado o una epidemia). Elijo este episodio porque es fruto de esa acción entre muchas, y porque creo que tenemos que reapropiarnos del relato sobre lo que pasó: una insurrección no violenta que fue duramente reprimida».

A Rocío no le interesan tanto las lecturas políticas del acontecimiento como lo que supuso aquel en la historia de mucha gente y en las formas de pensar el mundo. «Me enfoco, sobre todo, en la naturaleza catártica del momento, como si hubiéramos vivido un exorcismo de las formas de vida capitalistas, de la herencia sociológica franquista, de la dureza de las ciudades… Todo a través de los foros y las iniciativas a escala micro, aunque interconectadas». 

Como buen anticlerical, [a Galdós] le habríamos visto en algún sarao cuando vinieron las Juventudes del papa a Madrid. Y más tarde habría tenido que sumar tres o cuatro tomos a sus Episodios. Creo que habría sido un gran yayoflauta

Lo que en un principio se intentó devaluar considerándolo un movimiento rollo new age acabó criminalizado con el mítico «todo es ETA»: «Gente levantando las manos y cantando canciones era ETA. Parar un desahucio: cosa de etarras. Grabar a la poli sin número de placa: atentado terrorista. Un pasacalles de pensionistas: la kale borroka. Por no hablar de la cantidad de multas, agresiones y detenciones que se dieron durante años. Creo que esa reacción tan desproporcionada por parte del Estado da la medida del potencial del momento que quiero recuperar en el libro. Para mi fue el inicio de un cambio de conciencia que aún no está maduro, que sigue avanzando».

Y si a Galdós le hubiera tocado narrar ese episodio, ¿cómo lo habría hecho?  «Creo que se hubiera sumado a la asamblea de su barrio y probablemente a la Comisión de Novelistas de alguna acampada. Como buen anticlerical, le habríamos visto en algún sarao cuando vinieron las Juventudes del papa a Madrid. Y más tarde habría tenido que sumar tres o cuatro tomos a sus Episodios. Creo que habría sido un gran yayoflauta».

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