10 de septiembre 2015    /   CINE/TV
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El clan: la historia de los hijos de Puccio

10 de septiembre 2015    /   CINE/TV     por          
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Desde su estreno hace apenas unas semanas, El clan, la más reciente película de Pablo Trapero, está batiendo récords de taquilla en Argentina. Un éxito local que puede convertirse en internacional gracias a la gran acogida que ha recibido en la presente edición del Festival de Venecia en el que compite por el León de Oro.
Producida por El Deseo y Hugo Sigman, responsables también de Relatos salvajes, la película cuenta la historia de los Puccio, una familia argentina de clase media alta que, a principios de los ochenta, secuestraba a sus exitosos vecinos para asesinarlos, no sin antes pedir un rescate por ellos y cobrarlo.

¿Cuándo comenzó el siglo XXI? ¿En enero del año 2000? ¿En enero de 2001? ¿O fue el 11 de septiembre de 2001, con el atentado a las Torres Gemelas? Dudas semejantes surgen cuando se intenta determinar el inicio de la democracia en Argentina tras la dictadura de 1976.
¿Fue en 1983 con la convocatoria de elecciones presidenciales? ¿En 1984, con el juicio a los miembros de las diferentes juntas militares? ¿En 2001, cuando se anularon las leyes de Obediencia y Punto Final y se juzgó a los responsables de la dictadura por crímenes de lesa humanidad? Si es este último caso, mejor no preguntemos cuándo llegará la democracia a España. Pero ese es otro tema.
Sea como fuere, lo cierto es que a principios de la década de los ochenta, en la Argentina aún se mantenían ciertas lacras heredadas de la dictadura. Miembros de los Grupos de Tareas y las patotas de la Triple A, que habían participado en la represión y se habían enriquecido apropiándose de los bienes y de los hijos de los desaparecidos, vieron su negocio desmantelado con el fin de la dictadura.
Muchos de ellos ni siquiera habían sido procesados por esos delitos y disfrutaban de una vida acomodada, hasta el punto de contar con cierto prestigio entre sus amigos y vecinos.
Es el caso de Arquímedes Puccio. Hombre de éxito, padre de familia numerosa, esposo ejemplar, católico practicante, empresario, diplomático acreditado en España con apenas 19 años, subsecretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires, miembro del servicio secreto argentino (SIDE)… Y miembro de la Alianza Anticomunista Argentina de José López Rega, conocida popularmente como Triple A.

Autoproclamado peronista, su militancia política comenzó en el Movimiento Nacional Tacuara. Una organización de raíces católicas cuyos miembros tomarían diferentes sendas dentro del justicialismo: unos se decantarían hacia la izquierda peronista. Los otros, Puccio y sus amigos, como Aníbal Gordon y Jorge Osinde, optarían por la ultraderecha y el terrorismo de Estado.

El 20 de junio de 1973, cuando Juan Domingo Perón regresó definitivamente a la Argentina, Arquímedes Puccio se encontraba en el palco de autoridades. Desde allí, la ultraderecha peronista disparó con armas largas a la población que se acercaba al aeropuerto de Ezeiza para recibir al General. El balance fue de trece muertos y más de trescientos heridos.
Durante la dictadura, colaboraría con los militares y estrecharía lazos de amistad con varios de ellos, lo que le resultaría muy útil a lo largo de toda su carrera delictiva. Especialmente cuando se decidió a montar lo que el periodista Rodolfo Palacios, autor de El clan Puccio. La historia definitivadefine como «una pyme familiar de la industria del secuestro».

En 1980, la familia Puccio se afincó en San Isidro, un barrio acomodado de Buenos Aires donde el patriarca compró un chalé. A los ojos de todos, eran el prototipo de «familia normal». Con el tiempo, acabarían pareciéndose más a la de Mr. Jones, la conocida canción de Sui Generis.

La madre, profesora de matemáticas y contable, había dado a luz a cinco hijos. Alejandro, el mayor, era jugador de rugby en el Club Atlético San Isidro y en Los Pumas. Sus compañeros lo describían como un deportista ejemplar que se caracterizaba por su respeto hacia árbitros y rivales. Sin embargo, fue esa actividad la que serviría de cebo para cometer el primero de los secuestros, cuyo modus operandi no se diferenciaba mucho del que se había empleado para secuestrar a los militantes de izquierdas durante la dictadura.

El 22 de julio de 1982, Ricardo Manoukian, de 22 años, aficionado también al rugby y amigo de Alejandro Puccio [el señalado con un círculo en la foto superior es Alejandro], fue sorprendido cuando salía de un almacén de los supermercados Tanti de los que su familia era propietaria. Tras ser introducido en el maletero de un automóvil, fue trasladado hasta la casa de los Puccio, donde fue recluido y amordazado en un baño del piso superior de la casa.
Manoukian permaneció en la vivienda varias semanas, mientras la familia hacía vida normal en el resto del chalé. Pidieron por él un rescate de un cuarto de millón de dólares y, aunque fue abonado por la familia del chico, los Puccio lo asesinaron. No cabía otra solución para un secuestro en el que la víctima conocía perfectamente a sus captores. Lo mismo sucedería con las demás.
Casi un año después, el 5 de mayo de 1983, le tocó el turno a Eduardo Arlet, también conocido de Alejandro Puccio. El método fue el mismo. El lugar de reclusión y el resultado, también. La familia Arlet pagó un rescate de cien mil dólares. Su cadáver aparecería años después en un descampado.
El 22 de junio de 1984 se produjo una tercera tentativa de secuestro. En esta ocasión la víctima elegida fue Emilio Naum, un exitoso empresario al que Arquímedes Puccio y sus cómplices interceptaron en medio de una calle. La inesperada resistencia de Naum a ser secuestrado provocó que le disparasen en el pecho y falleciera.
El último secuestro se produjo en 1985. La víctima fue Nélida Bollini de Prado, cuya familia era propietaria de un concesionario de automóviles. Antes de ser rescatada por la policía, permaneció treinta y dos días atada en el sótano de la casa, un cubículo forrado con páginas de periódico en el que había también un camastro, un rudimentario retrete y una mesa.

La detención de Arquímedes Puccio se produjo cuando negociaba con la familia de Prado los detalles del rescate de Nélida. La investigación posterior puso de nuevo sobre la mesa la relación de Puccio y los militares de la dictadura de Videla. En un primer momento, no había ninguna pista que apuntase hacia él, lo que indicaba que el secuestrador estuvo protegido y a salvo de la policía mientras resultó útil a esos poderosos cómplices. Cuando se convirtió en un estorbo, o cuando se hartaron de que se quedase con dinero de los rescates, lo dejaron caer.

Tras el correspondiente proceso judicial, el patriarca y su hijo Alejandro fueron condenados a cadena perpetua. Otro de los hijos, Daniel, alias Maguila por su corpulencia, fue condenado a una pena menor, pero pudo escapar del país aprovechando un error judicial. Aún hoy se encuentra en paradero desconocido.
El resto de la familia, la esposa, otro hijo y dos hijas fueron eximidos de toda responsabilidad penal. Las autoridades judiciales consideraron que, a pesar de convivir en el mismo domicilio con los secuestrados, a pesar de cocinar más comida y lavar más platos de los que consumían y utilizaban los siete miembros de la familia, ninguno de ellos tuvo noticias de su existencia. Sin embargo, peritos psiquiatras llegaron a afirmar que Adriana, la más pequeña, sí que llegó a ser consciente de esas presencias extrañas en la vivienda.

Incluso los vecinos notaron cosas raras en el comportamiento de Arquímedes Puccio. Varios de ellos relataron posteriormente que, coincidiendo con las fechas de los secuestros, salía frecuentemente a la vereda de la casa para barrerla durante horas. Era su particular manera de vigilar posibles incursiones de la policía. Lo apodaban «el loquito de la escoba».

Ese carácter obsesivo y el férreo control que Arquímedes ejercía sobre sus hijos fueron dos de las claves más inquietantes del caso Puccio. «Si Hitler convenció a millones ¿cómo no voy a poder convencer a mis dos hijos?», declararía el patriarca. Hasta tal punto era así, que peritos forenses demostraron que los cuerpos de los secuestrados mostraban múltiples impactos de bala. Tantos como implicados en el secuestro. Los muertos, según Puccio, debían ser de todos y, a consecuencia de ese pacto, todos estaban obligados a disparar a sangre fría contra los cuerpos.

Transcurridos unos años de condena, las autoridades penitenciarias aplicaron a Alejandro y Arquímedes Puccio una reducción de pena que les permitió salir en libertad en 1997 y 2008, respectivamente.
Alejandro siempre se consideró inocente y una víctima de su padre. «Tuve un padre que no tuve la opción de elegir», diría y, tras protagonizar varias tentativas de suicidio, una de ellas lanzándose desde una ventana del palacio de Tribunales en Buenos Aires, falleció en 2008.
Arquímedes, por su parte, acabó su carrera de abogado y se trasladó a la Pampa donde ejerció y estuvo viviendo en la casa de un pastor protestante. Antes de morir en 2013 a la edad de 81 años, relataría al periodista Rodolfo Palacios «Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. (…) Ando por la calle y los encaro. (…) Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? (…) Cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo».

En contra de lo que suele suceder con productos audiovisuales de este tipo, El Clan de Pablo Trapero e Historia de un clan, miniserie de televisión que ha comenzado a emitirse en máxima audiencia el pasado miércoles por Telefé, han sido vistas por las familias de las víctimas como una forma de recuerdo y de reparación moral a sus familiares. Guillermo Manoukian, hermano de Ricardo, y Rogelia Pozzi, viuda de Eduardo Aulet, incluso han mantenido contactos con las respectivas productoras para asegurarse de que abordarían el tema con seriedad y respeto. Para Manoukian, después de tres décadas, estas producciones son «un homenaje y la mejor forma de cerrar esta historia».

Desde su estreno hace apenas unas semanas, El clan, la más reciente película de Pablo Trapero, está batiendo récords de taquilla en Argentina. Un éxito local que puede convertirse en internacional gracias a la gran acogida que ha recibido en la presente edición del Festival de Venecia en el que compite por el León de Oro.
Producida por El Deseo y Hugo Sigman, responsables también de Relatos salvajes, la película cuenta la historia de los Puccio, una familia argentina de clase media alta que, a principios de los ochenta, secuestraba a sus exitosos vecinos para asesinarlos, no sin antes pedir un rescate por ellos y cobrarlo.

¿Cuándo comenzó el siglo XXI? ¿En enero del año 2000? ¿En enero de 2001? ¿O fue el 11 de septiembre de 2001, con el atentado a las Torres Gemelas? Dudas semejantes surgen cuando se intenta determinar el inicio de la democracia en Argentina tras la dictadura de 1976.
¿Fue en 1983 con la convocatoria de elecciones presidenciales? ¿En 1984, con el juicio a los miembros de las diferentes juntas militares? ¿En 2001, cuando se anularon las leyes de Obediencia y Punto Final y se juzgó a los responsables de la dictadura por crímenes de lesa humanidad? Si es este último caso, mejor no preguntemos cuándo llegará la democracia a España. Pero ese es otro tema.
Sea como fuere, lo cierto es que a principios de la década de los ochenta, en la Argentina aún se mantenían ciertas lacras heredadas de la dictadura. Miembros de los Grupos de Tareas y las patotas de la Triple A, que habían participado en la represión y se habían enriquecido apropiándose de los bienes y de los hijos de los desaparecidos, vieron su negocio desmantelado con el fin de la dictadura.
Muchos de ellos ni siquiera habían sido procesados por esos delitos y disfrutaban de una vida acomodada, hasta el punto de contar con cierto prestigio entre sus amigos y vecinos.
Es el caso de Arquímedes Puccio. Hombre de éxito, padre de familia numerosa, esposo ejemplar, católico practicante, empresario, diplomático acreditado en España con apenas 19 años, subsecretario de Deportes de la Municipalidad de Buenos Aires, miembro del servicio secreto argentino (SIDE)… Y miembro de la Alianza Anticomunista Argentina de José López Rega, conocida popularmente como Triple A.

Autoproclamado peronista, su militancia política comenzó en el Movimiento Nacional Tacuara. Una organización de raíces católicas cuyos miembros tomarían diferentes sendas dentro del justicialismo: unos se decantarían hacia la izquierda peronista. Los otros, Puccio y sus amigos, como Aníbal Gordon y Jorge Osinde, optarían por la ultraderecha y el terrorismo de Estado.

El 20 de junio de 1973, cuando Juan Domingo Perón regresó definitivamente a la Argentina, Arquímedes Puccio se encontraba en el palco de autoridades. Desde allí, la ultraderecha peronista disparó con armas largas a la población que se acercaba al aeropuerto de Ezeiza para recibir al General. El balance fue de trece muertos y más de trescientos heridos.
Durante la dictadura, colaboraría con los militares y estrecharía lazos de amistad con varios de ellos, lo que le resultaría muy útil a lo largo de toda su carrera delictiva. Especialmente cuando se decidió a montar lo que el periodista Rodolfo Palacios, autor de El clan Puccio. La historia definitivadefine como «una pyme familiar de la industria del secuestro».

En 1980, la familia Puccio se afincó en San Isidro, un barrio acomodado de Buenos Aires donde el patriarca compró un chalé. A los ojos de todos, eran el prototipo de «familia normal». Con el tiempo, acabarían pareciéndose más a la de Mr. Jones, la conocida canción de Sui Generis.

La madre, profesora de matemáticas y contable, había dado a luz a cinco hijos. Alejandro, el mayor, era jugador de rugby en el Club Atlético San Isidro y en Los Pumas. Sus compañeros lo describían como un deportista ejemplar que se caracterizaba por su respeto hacia árbitros y rivales. Sin embargo, fue esa actividad la que serviría de cebo para cometer el primero de los secuestros, cuyo modus operandi no se diferenciaba mucho del que se había empleado para secuestrar a los militantes de izquierdas durante la dictadura.

El 22 de julio de 1982, Ricardo Manoukian, de 22 años, aficionado también al rugby y amigo de Alejandro Puccio [el señalado con un círculo en la foto superior es Alejandro], fue sorprendido cuando salía de un almacén de los supermercados Tanti de los que su familia era propietaria. Tras ser introducido en el maletero de un automóvil, fue trasladado hasta la casa de los Puccio, donde fue recluido y amordazado en un baño del piso superior de la casa.
Manoukian permaneció en la vivienda varias semanas, mientras la familia hacía vida normal en el resto del chalé. Pidieron por él un rescate de un cuarto de millón de dólares y, aunque fue abonado por la familia del chico, los Puccio lo asesinaron. No cabía otra solución para un secuestro en el que la víctima conocía perfectamente a sus captores. Lo mismo sucedería con las demás.
Casi un año después, el 5 de mayo de 1983, le tocó el turno a Eduardo Arlet, también conocido de Alejandro Puccio. El método fue el mismo. El lugar de reclusión y el resultado, también. La familia Arlet pagó un rescate de cien mil dólares. Su cadáver aparecería años después en un descampado.
El 22 de junio de 1984 se produjo una tercera tentativa de secuestro. En esta ocasión la víctima elegida fue Emilio Naum, un exitoso empresario al que Arquímedes Puccio y sus cómplices interceptaron en medio de una calle. La inesperada resistencia de Naum a ser secuestrado provocó que le disparasen en el pecho y falleciera.
El último secuestro se produjo en 1985. La víctima fue Nélida Bollini de Prado, cuya familia era propietaria de un concesionario de automóviles. Antes de ser rescatada por la policía, permaneció treinta y dos días atada en el sótano de la casa, un cubículo forrado con páginas de periódico en el que había también un camastro, un rudimentario retrete y una mesa.

La detención de Arquímedes Puccio se produjo cuando negociaba con la familia de Prado los detalles del rescate de Nélida. La investigación posterior puso de nuevo sobre la mesa la relación de Puccio y los militares de la dictadura de Videla. En un primer momento, no había ninguna pista que apuntase hacia él, lo que indicaba que el secuestrador estuvo protegido y a salvo de la policía mientras resultó útil a esos poderosos cómplices. Cuando se convirtió en un estorbo, o cuando se hartaron de que se quedase con dinero de los rescates, lo dejaron caer.

Tras el correspondiente proceso judicial, el patriarca y su hijo Alejandro fueron condenados a cadena perpetua. Otro de los hijos, Daniel, alias Maguila por su corpulencia, fue condenado a una pena menor, pero pudo escapar del país aprovechando un error judicial. Aún hoy se encuentra en paradero desconocido.
El resto de la familia, la esposa, otro hijo y dos hijas fueron eximidos de toda responsabilidad penal. Las autoridades judiciales consideraron que, a pesar de convivir en el mismo domicilio con los secuestrados, a pesar de cocinar más comida y lavar más platos de los que consumían y utilizaban los siete miembros de la familia, ninguno de ellos tuvo noticias de su existencia. Sin embargo, peritos psiquiatras llegaron a afirmar que Adriana, la más pequeña, sí que llegó a ser consciente de esas presencias extrañas en la vivienda.

Incluso los vecinos notaron cosas raras en el comportamiento de Arquímedes Puccio. Varios de ellos relataron posteriormente que, coincidiendo con las fechas de los secuestros, salía frecuentemente a la vereda de la casa para barrerla durante horas. Era su particular manera de vigilar posibles incursiones de la policía. Lo apodaban «el loquito de la escoba».

Ese carácter obsesivo y el férreo control que Arquímedes ejercía sobre sus hijos fueron dos de las claves más inquietantes del caso Puccio. «Si Hitler convenció a millones ¿cómo no voy a poder convencer a mis dos hijos?», declararía el patriarca. Hasta tal punto era así, que peritos forenses demostraron que los cuerpos de los secuestrados mostraban múltiples impactos de bala. Tantos como implicados en el secuestro. Los muertos, según Puccio, debían ser de todos y, a consecuencia de ese pacto, todos estaban obligados a disparar a sangre fría contra los cuerpos.

Transcurridos unos años de condena, las autoridades penitenciarias aplicaron a Alejandro y Arquímedes Puccio una reducción de pena que les permitió salir en libertad en 1997 y 2008, respectivamente.
Alejandro siempre se consideró inocente y una víctima de su padre. «Tuve un padre que no tuve la opción de elegir», diría y, tras protagonizar varias tentativas de suicidio, una de ellas lanzándose desde una ventana del palacio de Tribunales en Buenos Aires, falleció en 2008.
Arquímedes, por su parte, acabó su carrera de abogado y se trasladó a la Pampa donde ejerció y estuvo viviendo en la casa de un pastor protestante. Antes de morir en 2013 a la edad de 81 años, relataría al periodista Rodolfo Palacios «Me gusta preguntarle a la gente si me tiene miedo. (…) Ando por la calle y los encaro. (…) Señora, ¿sabe quién soy? Pibito, sabe quién soy? Carnicero, ¿me tiene visto de algún lado? (…) Cuando les digo quién soy, muchos se caen de culo. Otros ni me conocen. Pero todos ven algo: soy inofensivo».

En contra de lo que suele suceder con productos audiovisuales de este tipo, El Clan de Pablo Trapero e Historia de un clan, miniserie de televisión que ha comenzado a emitirse en máxima audiencia el pasado miércoles por Telefé, han sido vistas por las familias de las víctimas como una forma de recuerdo y de reparación moral a sus familiares. Guillermo Manoukian, hermano de Ricardo, y Rogelia Pozzi, viuda de Eduardo Aulet, incluso han mantenido contactos con las respectivas productoras para asegurarse de que abordarían el tema con seriedad y respeto. Para Manoukian, después de tres décadas, estas producciones son «un homenaje y la mejor forma de cerrar esta historia».

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