20 de abril 2016    /   CREATIVIDAD
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Los «negativos asesinados» de la Gran Depresión

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Cuando se habla de la Gran Depresión, las imágenes que se suelen evocar son las de las largas colas de gente esperando en comedores populares, las de las manifestaciones de obreros, los banqueros cayendo desde los rascacielos de Manhattan…

Incluso se podrían añadir las matanzas entre bandas de gánsters, los speakeasy de la Ley Seca y las películas de Busby Berkeley.

Sin embargo, todas esas imágenes pertenecen a escenarios urbanos, como si se quisiera olvidar que la Gran Depresión también se sintió, y tal vez más que en ningún otro lugar, en el campo.

A pesar de ello, las imágenes de lo que sucedía en la Norteamérica más profunda tardarían en llegar. No era un lugar en el que abundaran las cámaras de fotos, tampoco los medios de comunicación impresos; y las pocas cosas que sucedían en lugares tan distantes de los centros urbanos solían estar relacionadas con unas hambrunas y situaciones de pobreza, impropias de un país industrializado y aparentemente próspero como los Estados Unidos.

En 1935, cuando la crisis ya estaba muy avanzada y se habían puesto en marcha programas de recuperación como el New Deal de Roosevelt, el fotógrafo Walker Evans fue contratado por la Resettlement Administration (a partir de 1937 denominada Farm Security Administration) para documentar lo que sucedía en las poblaciones más recónditas y deprimidas del país.

El departamento de fotografía de la FSA estaba dirigido por Roy Stryker, un economista con conocimientos de fotografía quien, además de a Walker, tenía en plantilla a otros muchos fotógrafos como Dorothea Lange, Gordon Parks, Margaret Bourke-White o Willard Van Dyke.

Las fotografías de la FSA debían registrar la realidad de esas poblaciones para, además de informar a la Administración de las carencias de dichos lugares, servir de instrumento de propaganda destinado a concienciar a la población de los logros del New Deal.

Por lo tanto, no todas las imágenes valían. Roy Stryker debía dejar a un lado sus dotes como fotógrafo, incluso como economista, y sacar el hombre político que llevaba dentro, lo que le obligaba a destruir todos aquellos negativos que no se ajustaban a la finalidad de su departamento o que, sirviendo, no se deseaba que trascendieran a la opinión pública.

Lo curioso del caso fue que, en lugar de destruir por completo el negativo, la FSA lo mantenía en sus archivos limitándose a inutilizarlo, haciendo un agujero en su superficie y convirtiéndolo así en lo que se conoce como killed negative. El objetivo, por tanto, no era hacer desaparecer el material definitivamente, sino impedir que fuera publicado en periódicos y revistas.

El objetivo de Stryker solo fue conseguido a medias. Tras finalizar su trabajo en la FSA, Walker Evans, Dorotea Lange y otros fotógrafos regresaron a esos lugares por su cuenta para realizar nuevos reportajes que publicaron en revistas de gran tirada con imágenes muy semejantes a las que habían tomado durante su trabajo con el Gobierno, pero sin su control.

Hoy, más de 70 años después, esos negativos agujereados que nunca debieron ver la luz vuelven a estar de actualidad.

El estudioso de la fotografía Bill McDowell acaba de publicar un buen número de ellos en un libro titulado In Ground editado por Daylight Books y que, además de todo lo anterior, pone sobre la mesa un nuevo tema: la evolución experimentada por el espectador a la hora de leer la obra fotográfica y cómo en la actualidad la interferencia del punto negro, que en el pasado era algo insalvable, es hoy inapreciable e incluso estéticamente atractivo a la hora de analizar el valor artístico de la imagen.

El volumen, de casi 200 páginas, incluye tan solo una pequeña parte de los 145.000 negativos que McDowell obtuvo de forma gratuita y libre, descargándoselos del archivo de la Biblioteca del Congreso. Después del tiempo transcurrido, el Gobierno de los Estados Unidos ya no los considera una amenaza.

Aunque el proyecto de McDowell es mucho menos poético, también tiene cierto paralelismo con el de Lisa Oppenheim. Esta artista norteamericana también ha rescatado algunos de los negativos de Walker Evans realizados para la FSA y que habían sido mutilados pero, en su caso, su aportación es imaginar cómo sería la parte perdida.

Para ello, Oppenheim fotografía en color solo la imagen que debería estar contenida en el círculo, dejando el resto de la superficie en negro. En ocasiones, incluso realiza dos o tres versiones de la imagen faltante según lo que le sugiere.

Un proyecto que lleva por título Killed Negatives, After Walker Evans y que, según explica, está inspirado en el trabajo del mismo nombre de la fotógrafa Sherrie Levine quien, a principios de los años 80 del siglo pasado, emprendió un proyecto que consistía en la recreación de algunas de las imágenes que Walker Evans había tomado durante el tiempo que estuvo empleado en la Farm Security Administration.

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Incluso se podrían añadir las matanzas entre bandas de gánsters, los speakeasy de la Ley Seca y las películas de Busby Berkeley.

Sin embargo, todas esas imágenes pertenecen a escenarios urbanos, como si se quisiera olvidar que la Gran Depresión también se sintió, y tal vez más que en ningún otro lugar, en el campo.

A pesar de ello, las imágenes de lo que sucedía en la Norteamérica más profunda tardarían en llegar. No era un lugar en el que abundaran las cámaras de fotos, tampoco los medios de comunicación impresos; y las pocas cosas que sucedían en lugares tan distantes de los centros urbanos solían estar relacionadas con unas hambrunas y situaciones de pobreza, impropias de un país industrializado y aparentemente próspero como los Estados Unidos.

En 1935, cuando la crisis ya estaba muy avanzada y se habían puesto en marcha programas de recuperación como el New Deal de Roosevelt, el fotógrafo Walker Evans fue contratado por la Resettlement Administration (a partir de 1937 denominada Farm Security Administration) para documentar lo que sucedía en las poblaciones más recónditas y deprimidas del país.

El departamento de fotografía de la FSA estaba dirigido por Roy Stryker, un economista con conocimientos de fotografía quien, además de a Walker, tenía en plantilla a otros muchos fotógrafos como Dorothea Lange, Gordon Parks, Margaret Bourke-White o Willard Van Dyke.

Las fotografías de la FSA debían registrar la realidad de esas poblaciones para, además de informar a la Administración de las carencias de dichos lugares, servir de instrumento de propaganda destinado a concienciar a la población de los logros del New Deal.

Por lo tanto, no todas las imágenes valían. Roy Stryker debía dejar a un lado sus dotes como fotógrafo, incluso como economista, y sacar el hombre político que llevaba dentro, lo que le obligaba a destruir todos aquellos negativos que no se ajustaban a la finalidad de su departamento o que, sirviendo, no se deseaba que trascendieran a la opinión pública.

Lo curioso del caso fue que, en lugar de destruir por completo el negativo, la FSA lo mantenía en sus archivos limitándose a inutilizarlo, haciendo un agujero en su superficie y convirtiéndolo así en lo que se conoce como killed negative. El objetivo, por tanto, no era hacer desaparecer el material definitivamente, sino impedir que fuera publicado en periódicos y revistas.

El objetivo de Stryker solo fue conseguido a medias. Tras finalizar su trabajo en la FSA, Walker Evans, Dorotea Lange y otros fotógrafos regresaron a esos lugares por su cuenta para realizar nuevos reportajes que publicaron en revistas de gran tirada con imágenes muy semejantes a las que habían tomado durante su trabajo con el Gobierno, pero sin su control.

Hoy, más de 70 años después, esos negativos agujereados que nunca debieron ver la luz vuelven a estar de actualidad.

El estudioso de la fotografía Bill McDowell acaba de publicar un buen número de ellos en un libro titulado In Ground editado por Daylight Books y que, además de todo lo anterior, pone sobre la mesa un nuevo tema: la evolución experimentada por el espectador a la hora de leer la obra fotográfica y cómo en la actualidad la interferencia del punto negro, que en el pasado era algo insalvable, es hoy inapreciable e incluso estéticamente atractivo a la hora de analizar el valor artístico de la imagen.

El volumen, de casi 200 páginas, incluye tan solo una pequeña parte de los 145.000 negativos que McDowell obtuvo de forma gratuita y libre, descargándoselos del archivo de la Biblioteca del Congreso. Después del tiempo transcurrido, el Gobierno de los Estados Unidos ya no los considera una amenaza.

Aunque el proyecto de McDowell es mucho menos poético, también tiene cierto paralelismo con el de Lisa Oppenheim. Esta artista norteamericana también ha rescatado algunos de los negativos de Walker Evans realizados para la FSA y que habían sido mutilados pero, en su caso, su aportación es imaginar cómo sería la parte perdida.

Para ello, Oppenheim fotografía en color solo la imagen que debería estar contenida en el círculo, dejando el resto de la superficie en negro. En ocasiones, incluso realiza dos o tres versiones de la imagen faltante según lo que le sugiere.

Un proyecto que lleva por título Killed Negatives, After Walker Evans y que, según explica, está inspirado en el trabajo del mismo nombre de la fotógrafa Sherrie Levine quien, a principios de los años 80 del siglo pasado, emprendió un proyecto que consistía en la recreación de algunas de las imágenes que Walker Evans había tomado durante el tiempo que estuvo empleado en la Farm Security Administration.

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