10 de octubre 2014    /   CIENCIA
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12 cosas que probablemente no sabías sobre tus ojos

10 de octubre 2014    /   CIENCIA     por          
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Los poetas a menudo han aludido a los ojos desde su vertiente más estética. Y eso está muy bien. Decía Victoria Ocampo en su libro de 1924 De Francesca a Beatrice, «Porque un barco en la líquida ensenada de una pupila es cosa tan menuda que sólo se ve asomándose muy de cerca al mágico iris». Vale, correcto.
Sin embargo, en ocasiones nos perdemos en tantos versos e imágenes bonitas que nos olvidamos de otras cosas que los ojos también dicen de nosotros.
No se trata de que nos convirtamos en robots que, ante la pregunta de qué color son tus ojos, respondamos mecánicamente: blancos, con un círculo marrón que rodea otro círculo negro más pequeño, de afuera hacia adentro. Así pues, sin prescindir del todo de la lírica, vamos a sumergirnos en esa extensa esclerótica cruzada de diminutas retículas rojas para dirigirnos al volcán jaspeado en cuyo centro refulge un redondeado corpúsculo de antracita. Bien, ¿no?
O, si tenéis una mente más científica, quizá prefiráis un prólogo con un poco de lírica más técnica, como la que despliega el novelista Dan Simmons en La caída de Hyperion: «El impacto de las miradas de los jefes de FUERZA parecía una de esas descargas láser de cien millones de julios utilizadas para encender esferas de deuterio-tritio en un antiguo reactor de fusión inercial de confinamiento».
Allá vamos.

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Foto: Shutterstock

1. Sin ojos
Decía el literato del Renacimiento Agnolo Firenzuola que «En los ojos se puede leer lo que está escrito en el corazón». Nuestros ojos transmiten emociones y estados de ánimo, y en consecuencia nuestra única forma de preservarlas es usar gafas oscuras. Gafas que nos hacen casi invisibles y, en parte, nos proporcionan una mirada fría y mecánica, a veces terrorífica, a lo Terminator. Ya decía Pavese en uno de sus versos: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». La muerte anónima del antifaz del Zorro. Tanto es así que basta con una tira negra sobre los ojos para que un rostro sea imposible de identificar.
Las gafas oscuras también son parapetos para tímidos: cuando los demás son como gorgonas o medusas mitológicas capaces de transformarte en piedra, las gafas te protegen de sus miradas petrificadoras, permitiendo mirar sin ser visto.
Miramos enseguida a los ojos de las personas, como puso en evidencia un experimento realizado en la Universidad Libre de Berlín, donde los participantes vieron fotografías en las que los ojos de las personas no estaban en el lugar correspondiente, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

No tardaron sino treinta y dos milésimas de segundo en reconocer el engaño (es decir, mucho antes de que pudiera activarse la consciencia). En esta ocasión se pudo comprobar también que nuestro cerebro procesa el rostro según el orden siguiente: ojos-boca-nariz.

 
2. Ciegos durante 40 minutos
Además de vernos obligados a parpadear continuamente para mantener húmedo el ojo, lo cual provoca que dejemos de ver el mundo en breves lapsos de tiempo, cada vez que los ojos se mueven, la fracción que necesitamos para hacerlo se borra del cerebro y se sustituye por lo siguiente que vemos, en lo que se llama enmascaramiento sacádico. Se estima que, al cabo de un día, sumando todas estas fracciones de segundo, somos ciegos al menos 40 minutos.
El parpadeo del ojo dura, exactamente, 50 milisegundos. Esto significa que, además de lo dicho, nos quedamos ciegos alrededor del 5 % del tiempo.
Además, por mucho que lo intentemos, cuando nos dicen aquello de ‘mírame a los ojos’, en realidad solo miramos a uno u otro alternativamente, no a los dos simultáneamente, tal y como escribe irónicamente Hernán Migoya en Putas es poco:

Es decir, en realidad, ¡nunca miramos a LOS ojos! Qué vulgar factor biológico tan poco romántico, ¿verdad?: «La miró a un ojo y luego imperceptiblemente al otro y le dije: Te quiero». ¡Puagh!

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3. Indicador de energía mental
Las pupilas de nuestros ojos también son algo así como indicadores de la batería de nuestro cerebro o, más concretamente, de la energía cognitiva que estamos usando. Es al menos lo que sugiere un estudio del psicólogo Eckhard Hess que publicó en la revista Scientific American. Daniel Kahneman, que también llevó a cabo un experimento similar obteniendo idénticos resultados, resume la conclusión del estudio de Hess en Pensar rápido, pensar despacio: «se dilatan notablemente cuando multiplicamos números de dos dígitos, y si las operaciones son difíciles, se dilatan más que si son fáciles».
En una pupila dilatada entra 30 veces más cantidad de luz que en una contraída.
4. Cosmética pupilar
Irónicamente, en la Italia medieval se usaba una sustancia para dilatar las pupilas, el extracto de belladona, a fin de lucir una mirada más bonita. No por azar, la planta de belladona tiene nombre de origen italiano que significa ‘mujer hermosa’. En las descripciones medievales de la belleza, el splendor oculorum o brillo de los ojos era un elemento fundamental del canon estético. Las pupilas, además, tienen una curiosidad etimológica nada desdeñable: casi una tercera parte de las lenguas del mundo designan la pupila del ojo con palabras que tienen que ver con el significado de «personas pequeñas» (en castellano, pupila y niña), como explica José Antonio Marina en Diccionario de los sentimientos:

Tiene que haber una justificación para esta coincidencia tan poco probable. La hay, por supuesto. Todo lo que pasa en el lenguaje tiene un razón de ser, aunque a veces sea una razón muy poco racional. Quien escruta desde cerca un ojo percibe una personita que le mira: su propio reflejo.

Los trucos cosméticos relacionados con los ojos son interminables, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

Al fin y al cabo, las señales más importantes para nuestros congéneres (la dirección de la mirada y las emociones) proceden de la zona de los ojos. Tampoco resulta extraño que durante miles de años se haya tratado de acentuar estos contrastes de manera artificial con la ayuda del lápiz de ojos y del maquillaje. Debido a los numerosos contrastes que presenta, el adorno en forma de ojo se ha convertido en ornamento casi arquetípico del reino animal. Tanto es así que es utilizado incluso por especies animales que no tienen el diseño de ojos de los mamíferos, como el pavo real, la mariposa de pavo real y otras especies de mariposas.

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5. Viendo la vida como Los Simpson
Si algún día empezáis a ver las cosas de color amarillento, como los personajes de Los Simpson, no os habréis teletransportado a la serie: probablemente estaréis sufriendo xanatopsia, que también puede ser síntoma de ictericia, de resultas de una enfermedad hepática. Tal y como abunda Joan-Liebmann Smith en Escucha tu cuerpo:

Si ves los objetos amarillentos o rodeados por un halo y estás tomando digital (medicamento que se utiliza mucho para tratar determinados tipos de enfermedades cardíacas), puedes estar ante una señal de alarma de que tienes una intoxicación digitálica (…) Se cree que el gran uso que hizo Van Gogh del color amarillo en algunas de sus pinturas, como Noche y Los girasoles, era consecuencia del digital que tomaba para tratar la manía y la epilepsia.

 
6. Ojos chapuceros
Uno de los ejemplos preferidos de los defensores del diseño inteligente frente a los defensores de la teoría la evolución es que tal teoría, por sí sola, nunca hubiera podido concebir un órgano tan exquisitamente complejo como es el ojo. El equivalente sería encontrar un reloj tirado en mitad del bosque: ¿acaso no deduciríamos que ese reloj tiene un creador?
Sin embargo, este ejemplo parte de una comprensión deficiente de la evolución darwiniana. El ojo no pasó a existir tal y como es ahora, sino que se produjeron diversos prototipos de ojos más o menos funcionales que se fueron mejorando a través de la presión evolutiva de los siglos, y además se han producido en muchas especies animales, como explica Richard Dawkins en El cuento del antepasado: «Se calcula que, en el reino animal, “el ojo” ha evolucionado de forma independiente entre 40 y 60 veces».
Además, el diseño de los ojos es inepto y torpe, lo cual subraya su naturaleza azarosa, como explica Michael Shermer:

En realidad, la anatomía del ojo humano nos ofrece evidencia de cualquier cosa menos de un diseño «inteligente». Está construido del revés y hacia atrás, lo cual exige que los fotones de la luz atraviesen la córnea, el cristalino, el humor acuoso, los vasos sanguíneos, las células ganglionares, las células amacrinas, las células horizontales y las células bipolares antes de rebotar hacia los conos y los bastones fotosensibles que traducen la señal luminosa en impulsos neuronales.

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7. Cíclopes
Los ojos no solo pueden funcionar mal, sino también aparecer en lugares no apropiados de forma deficitaria, como en el caso de los cíclopes u holoprosencefálicos. Gracias a, por ejemplo, una gigantesca colección de humanos deformes reunida entre los siglos XVIII y XIX por Willem Vrolik, tenemos acceso a algunos de estos casos, tal y como explica Marie Leroi en el libro Mutantes:

Contenía 5.103 especímenes, entre ellos rarezas como el cráneo de un príncipe de Sumatra llamado Depati-toetoephoera, que se había rebelado, al parecer con poco éxito, contra sus amos coloniales. Había también un cráneo de narval con dos cuernos que había pertenecido a la familia real danesa, una colección etnográfica de cráneos humanos y los restos de 360 personas que exhibían diversas afecciones congénitas.

La colección cuenta con varias láminas ilustradas con fetos, de humanos y animales, que tienen un solo ojo, como los cíclopes mitológicos. Con todo, la primera imagen que tenemos de un niño ciclópico que no se refiera a la mitología y se presente como médicamente verificable pertenece a Fortunio Liceti, incluida en la edición de 1634 de su De monstrorum.
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8. Los ojos rojos revelan tu edad
En muchas ocasiones, en las fotografías tiradas con flash aparecemos con los ojos rojos. Incluso existen programas de edición de fotografías para eliminarlos y dejar de parecernos a un poseído por el diablo. No obstante, este color rojo que aparece solo en las fotografías puede revelar nuestra edad.
Es lo que ha conseguido un investigador de Kodak llamado Andrew Gallager a través de un software diseñado para tal efecto. Al parecer, a medida que cumplimos años nuestros músculos oculares se debilitan, lo que dificulta que la pupila se dilate en respuesta a los cambios en las condiciones de iluminación, como el súbito cambio de luz que provoca el flash de la cámara de fotos.
9. Lágrimas de cocodrilo
El llanto revela nuestro estado emocional, pero podemos fingir el llanto para una película o para manipular emocionalmente a nuestro interlocutor. Sin embargo, no es lo mismo llorar por pena que simplemente nos lloren los ojos, como explica Tom Lutz en un fascinante libro dedicado íntegramente a las lágrimas: El llanto: historia cultural de las lágrimas:

Los fisiólogos han estudiado el contenido químico de las lágrimas emocionales y mostrado que difieren de las lágrimas llamadas basales o continuas, cuya función es lubricar los ojos.

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10. En una película en blanco y negro
En buenas condiciones de visión e iluminación, el ojo humano distingue 10 millones de colores diferentes. Pero ahora imaginad que, como Woody Allen, podéis vivir eternamente en una película en blanco y negro. Eso es lo que les sucede a las personas que sufren acromatopsia, una enfermedad genética que altera las células fotorreceptoras de la retina sensibles al color. Se estima que padecen esta enfermedad una de cada 30.000 personas.
En dos pequeñas islas de Micronesia, Pingelap y Pohnpei, existe una anormalmente elevada proporción de personas que ven las cosas en blanco y negro, tal y como explica el neurólogo Oliver Sacks en su libro La isla de los ciegos al color.
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11. Ciegos completos
Los invidentes desarrollan un modo de relacionarse con el mundo que puede resultar igualmente rico y diverso que los videntes. El caso más célebre al respecto probablemente sea el llamado Viajero Ciego, James Holman. Recorrió medio mundo en pleno siglo XIX: solo en su primer viaje, recorrió Europa y, entre otras cosas, se paseó por el cráter del Vesubio o escalo la cúpula de San Pedro en Roma. Escribió diversos libros de viajes sobre sus aventuras, y al parecer captaba de una forma tan interesante los lugares (a través de los olores, los ruidos, las sensaciones táctiles), que sus libros inspiraron incluso a Charles Darwin.
Diderot también, aunque en tono irónico, afirmaba que los invidentes pueden construir un mundo suficientemente completo y a su manera en Carta sobre los ciegos: para uso de los que pueden ver (1749).
En El país de los ciegos, un cuento de H. G. Wells, un montañero encuentra un valle aislado y desconocido en los Andes peruanos donde todos sus habitantes son ciegos. Tales individuos no tienen una palabra para «ciego», y el montañero explica estérilmente lo que significa ver:

Durante catorce generaciones estas personas han estado ciegas y apartadas del mundo de la visión; los nombres de todas las cosas de la vista han desaparecido y cambiado… Parte de su imaginación se ha consumido con sus ojos, y han construido para sí nuevas imaginaciones aprovechando la mayor sensibilidad de sus oídos y puntas de los dedos.

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12. Maneras de mirar
Existen tantas formas de mirar a los demás, transmitiendo mensajes específicos, que todos los idiomas han desarrollado centenares de expresiones para describir las miradas. Adam Jacot de Boinod localiza varias de ellas en su libro El significado de Tingo:
Makahakahaka (hawaino): ojos muy hundidos.
Mata ego (rapa nui): Ojos con huellas de llanto.
Ablaq-chashm (farsi): ojos intensamente negros y blancos.
Jegil (malayo): escrutar con ojos saltones.
Melotot (indonesio): abrir mucho los ojos para mirar con fastidio.
Aunque todas estas expresiones tienen sentido si englobamos con la palabra «mirada» no solo al ojo, sino a todo lo que le envuelve, como describe José Saramago en Ensayo sobre la ceguera:

porque los ojos, los ojos propiamente dichos, no tienen expresión, ni siquiera cuando han sido arrancados, son dos canicas que están allí inertes, los párpados, las pestañas, y también las cejas, son los que se encargan de las diversas elocuencias y retóricas visuales, pero la fama la tienen los ojos.

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Sin embargo, en ocasiones nos perdemos en tantos versos e imágenes bonitas que nos olvidamos de otras cosas que los ojos también dicen de nosotros.
No se trata de que nos convirtamos en robots que, ante la pregunta de qué color son tus ojos, respondamos mecánicamente: blancos, con un círculo marrón que rodea otro círculo negro más pequeño, de afuera hacia adentro. Así pues, sin prescindir del todo de la lírica, vamos a sumergirnos en esa extensa esclerótica cruzada de diminutas retículas rojas para dirigirnos al volcán jaspeado en cuyo centro refulge un redondeado corpúsculo de antracita. Bien, ¿no?
O, si tenéis una mente más científica, quizá prefiráis un prólogo con un poco de lírica más técnica, como la que despliega el novelista Dan Simmons en La caída de Hyperion: «El impacto de las miradas de los jefes de FUERZA parecía una de esas descargas láser de cien millones de julios utilizadas para encender esferas de deuterio-tritio en un antiguo reactor de fusión inercial de confinamiento».
Allá vamos.

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Foto: Shutterstock

1. Sin ojos
Decía el literato del Renacimiento Agnolo Firenzuola que «En los ojos se puede leer lo que está escrito en el corazón». Nuestros ojos transmiten emociones y estados de ánimo, y en consecuencia nuestra única forma de preservarlas es usar gafas oscuras. Gafas que nos hacen casi invisibles y, en parte, nos proporcionan una mirada fría y mecánica, a veces terrorífica, a lo Terminator. Ya decía Pavese en uno de sus versos: «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos». La muerte anónima del antifaz del Zorro. Tanto es así que basta con una tira negra sobre los ojos para que un rostro sea imposible de identificar.
Las gafas oscuras también son parapetos para tímidos: cuando los demás son como gorgonas o medusas mitológicas capaces de transformarte en piedra, las gafas te protegen de sus miradas petrificadoras, permitiendo mirar sin ser visto.
Miramos enseguida a los ojos de las personas, como puso en evidencia un experimento realizado en la Universidad Libre de Berlín, donde los participantes vieron fotografías en las que los ojos de las personas no estaban en el lugar correspondiente, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

No tardaron sino treinta y dos milésimas de segundo en reconocer el engaño (es decir, mucho antes de que pudiera activarse la consciencia). En esta ocasión se pudo comprobar también que nuestro cerebro procesa el rostro según el orden siguiente: ojos-boca-nariz.

 
2. Ciegos durante 40 minutos
Además de vernos obligados a parpadear continuamente para mantener húmedo el ojo, lo cual provoca que dejemos de ver el mundo en breves lapsos de tiempo, cada vez que los ojos se mueven, la fracción que necesitamos para hacerlo se borra del cerebro y se sustituye por lo siguiente que vemos, en lo que se llama enmascaramiento sacádico. Se estima que, al cabo de un día, sumando todas estas fracciones de segundo, somos ciegos al menos 40 minutos.
El parpadeo del ojo dura, exactamente, 50 milisegundos. Esto significa que, además de lo dicho, nos quedamos ciegos alrededor del 5 % del tiempo.
Además, por mucho que lo intentemos, cuando nos dicen aquello de ‘mírame a los ojos’, en realidad solo miramos a uno u otro alternativamente, no a los dos simultáneamente, tal y como escribe irónicamente Hernán Migoya en Putas es poco:

Es decir, en realidad, ¡nunca miramos a LOS ojos! Qué vulgar factor biológico tan poco romántico, ¿verdad?: «La miró a un ojo y luego imperceptiblemente al otro y le dije: Te quiero». ¡Puagh!

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3. Indicador de energía mental
Las pupilas de nuestros ojos también son algo así como indicadores de la batería de nuestro cerebro o, más concretamente, de la energía cognitiva que estamos usando. Es al menos lo que sugiere un estudio del psicólogo Eckhard Hess que publicó en la revista Scientific American. Daniel Kahneman, que también llevó a cabo un experimento similar obteniendo idénticos resultados, resume la conclusión del estudio de Hess en Pensar rápido, pensar despacio: «se dilatan notablemente cuando multiplicamos números de dos dígitos, y si las operaciones son difíciles, se dilatan más que si son fáciles».
En una pupila dilatada entra 30 veces más cantidad de luz que en una contraída.
4. Cosmética pupilar
Irónicamente, en la Italia medieval se usaba una sustancia para dilatar las pupilas, el extracto de belladona, a fin de lucir una mirada más bonita. No por azar, la planta de belladona tiene nombre de origen italiano que significa ‘mujer hermosa’. En las descripciones medievales de la belleza, el splendor oculorum o brillo de los ojos era un elemento fundamental del canon estético. Las pupilas, además, tienen una curiosidad etimológica nada desdeñable: casi una tercera parte de las lenguas del mundo designan la pupila del ojo con palabras que tienen que ver con el significado de «personas pequeñas» (en castellano, pupila y niña), como explica José Antonio Marina en Diccionario de los sentimientos:

Tiene que haber una justificación para esta coincidencia tan poco probable. La hay, por supuesto. Todo lo que pasa en el lenguaje tiene un razón de ser, aunque a veces sea una razón muy poco racional. Quien escruta desde cerca un ojo percibe una personita que le mira: su propio reflejo.

Los trucos cosméticos relacionados con los ojos son interminables, tal y como explica Ulrich Renz en La ciencia de la belleza:

Al fin y al cabo, las señales más importantes para nuestros congéneres (la dirección de la mirada y las emociones) proceden de la zona de los ojos. Tampoco resulta extraño que durante miles de años se haya tratado de acentuar estos contrastes de manera artificial con la ayuda del lápiz de ojos y del maquillaje. Debido a los numerosos contrastes que presenta, el adorno en forma de ojo se ha convertido en ornamento casi arquetípico del reino animal. Tanto es así que es utilizado incluso por especies animales que no tienen el diseño de ojos de los mamíferos, como el pavo real, la mariposa de pavo real y otras especies de mariposas.

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5. Viendo la vida como Los Simpson
Si algún día empezáis a ver las cosas de color amarillento, como los personajes de Los Simpson, no os habréis teletransportado a la serie: probablemente estaréis sufriendo xanatopsia, que también puede ser síntoma de ictericia, de resultas de una enfermedad hepática. Tal y como abunda Joan-Liebmann Smith en Escucha tu cuerpo:

Si ves los objetos amarillentos o rodeados por un halo y estás tomando digital (medicamento que se utiliza mucho para tratar determinados tipos de enfermedades cardíacas), puedes estar ante una señal de alarma de que tienes una intoxicación digitálica (…) Se cree que el gran uso que hizo Van Gogh del color amarillo en algunas de sus pinturas, como Noche y Los girasoles, era consecuencia del digital que tomaba para tratar la manía y la epilepsia.

 
6. Ojos chapuceros
Uno de los ejemplos preferidos de los defensores del diseño inteligente frente a los defensores de la teoría la evolución es que tal teoría, por sí sola, nunca hubiera podido concebir un órgano tan exquisitamente complejo como es el ojo. El equivalente sería encontrar un reloj tirado en mitad del bosque: ¿acaso no deduciríamos que ese reloj tiene un creador?
Sin embargo, este ejemplo parte de una comprensión deficiente de la evolución darwiniana. El ojo no pasó a existir tal y como es ahora, sino que se produjeron diversos prototipos de ojos más o menos funcionales que se fueron mejorando a través de la presión evolutiva de los siglos, y además se han producido en muchas especies animales, como explica Richard Dawkins en El cuento del antepasado: «Se calcula que, en el reino animal, “el ojo” ha evolucionado de forma independiente entre 40 y 60 veces».
Además, el diseño de los ojos es inepto y torpe, lo cual subraya su naturaleza azarosa, como explica Michael Shermer:

En realidad, la anatomía del ojo humano nos ofrece evidencia de cualquier cosa menos de un diseño «inteligente». Está construido del revés y hacia atrás, lo cual exige que los fotones de la luz atraviesen la córnea, el cristalino, el humor acuoso, los vasos sanguíneos, las células ganglionares, las células amacrinas, las células horizontales y las células bipolares antes de rebotar hacia los conos y los bastones fotosensibles que traducen la señal luminosa en impulsos neuronales.

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7. Cíclopes
Los ojos no solo pueden funcionar mal, sino también aparecer en lugares no apropiados de forma deficitaria, como en el caso de los cíclopes u holoprosencefálicos. Gracias a, por ejemplo, una gigantesca colección de humanos deformes reunida entre los siglos XVIII y XIX por Willem Vrolik, tenemos acceso a algunos de estos casos, tal y como explica Marie Leroi en el libro Mutantes:

Contenía 5.103 especímenes, entre ellos rarezas como el cráneo de un príncipe de Sumatra llamado Depati-toetoephoera, que se había rebelado, al parecer con poco éxito, contra sus amos coloniales. Había también un cráneo de narval con dos cuernos que había pertenecido a la familia real danesa, una colección etnográfica de cráneos humanos y los restos de 360 personas que exhibían diversas afecciones congénitas.

La colección cuenta con varias láminas ilustradas con fetos, de humanos y animales, que tienen un solo ojo, como los cíclopes mitológicos. Con todo, la primera imagen que tenemos de un niño ciclópico que no se refiera a la mitología y se presente como médicamente verificable pertenece a Fortunio Liceti, incluida en la edición de 1634 de su De monstrorum.
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8. Los ojos rojos revelan tu edad
En muchas ocasiones, en las fotografías tiradas con flash aparecemos con los ojos rojos. Incluso existen programas de edición de fotografías para eliminarlos y dejar de parecernos a un poseído por el diablo. No obstante, este color rojo que aparece solo en las fotografías puede revelar nuestra edad.
Es lo que ha conseguido un investigador de Kodak llamado Andrew Gallager a través de un software diseñado para tal efecto. Al parecer, a medida que cumplimos años nuestros músculos oculares se debilitan, lo que dificulta que la pupila se dilate en respuesta a los cambios en las condiciones de iluminación, como el súbito cambio de luz que provoca el flash de la cámara de fotos.
9. Lágrimas de cocodrilo
El llanto revela nuestro estado emocional, pero podemos fingir el llanto para una película o para manipular emocionalmente a nuestro interlocutor. Sin embargo, no es lo mismo llorar por pena que simplemente nos lloren los ojos, como explica Tom Lutz en un fascinante libro dedicado íntegramente a las lágrimas: El llanto: historia cultural de las lágrimas:

Los fisiólogos han estudiado el contenido químico de las lágrimas emocionales y mostrado que difieren de las lágrimas llamadas basales o continuas, cuya función es lubricar los ojos.

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10. En una película en blanco y negro
En buenas condiciones de visión e iluminación, el ojo humano distingue 10 millones de colores diferentes. Pero ahora imaginad que, como Woody Allen, podéis vivir eternamente en una película en blanco y negro. Eso es lo que les sucede a las personas que sufren acromatopsia, una enfermedad genética que altera las células fotorreceptoras de la retina sensibles al color. Se estima que padecen esta enfermedad una de cada 30.000 personas.
En dos pequeñas islas de Micronesia, Pingelap y Pohnpei, existe una anormalmente elevada proporción de personas que ven las cosas en blanco y negro, tal y como explica el neurólogo Oliver Sacks en su libro La isla de los ciegos al color.
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11. Ciegos completos
Los invidentes desarrollan un modo de relacionarse con el mundo que puede resultar igualmente rico y diverso que los videntes. El caso más célebre al respecto probablemente sea el llamado Viajero Ciego, James Holman. Recorrió medio mundo en pleno siglo XIX: solo en su primer viaje, recorrió Europa y, entre otras cosas, se paseó por el cráter del Vesubio o escalo la cúpula de San Pedro en Roma. Escribió diversos libros de viajes sobre sus aventuras, y al parecer captaba de una forma tan interesante los lugares (a través de los olores, los ruidos, las sensaciones táctiles), que sus libros inspiraron incluso a Charles Darwin.
Diderot también, aunque en tono irónico, afirmaba que los invidentes pueden construir un mundo suficientemente completo y a su manera en Carta sobre los ciegos: para uso de los que pueden ver (1749).
En El país de los ciegos, un cuento de H. G. Wells, un montañero encuentra un valle aislado y desconocido en los Andes peruanos donde todos sus habitantes son ciegos. Tales individuos no tienen una palabra para «ciego», y el montañero explica estérilmente lo que significa ver:

Durante catorce generaciones estas personas han estado ciegas y apartadas del mundo de la visión; los nombres de todas las cosas de la vista han desaparecido y cambiado… Parte de su imaginación se ha consumido con sus ojos, y han construido para sí nuevas imaginaciones aprovechando la mayor sensibilidad de sus oídos y puntas de los dedos.

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12. Maneras de mirar
Existen tantas formas de mirar a los demás, transmitiendo mensajes específicos, que todos los idiomas han desarrollado centenares de expresiones para describir las miradas. Adam Jacot de Boinod localiza varias de ellas en su libro El significado de Tingo:
Makahakahaka (hawaino): ojos muy hundidos.
Mata ego (rapa nui): Ojos con huellas de llanto.
Ablaq-chashm (farsi): ojos intensamente negros y blancos.
Jegil (malayo): escrutar con ojos saltones.
Melotot (indonesio): abrir mucho los ojos para mirar con fastidio.
Aunque todas estas expresiones tienen sentido si englobamos con la palabra «mirada» no solo al ojo, sino a todo lo que le envuelve, como describe José Saramago en Ensayo sobre la ceguera:

porque los ojos, los ojos propiamente dichos, no tienen expresión, ni siquiera cuando han sido arrancados, son dos canicas que están allí inertes, los párpados, las pestañas, y también las cejas, son los que se encargan de las diversas elocuencias y retóricas visuales, pero la fama la tienen los ojos.

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