12 de abril 2017    /   DIGITAL
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El mito de que los opuestos se atraen es falso (lo dice nuestra huella digital)

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Hay más mítica en el amor que en cualquier otro frente de la vida. De él depende nuestra vida (y nuestra progenie), y eso nos obliga a teorizar y tratar de aplicar un orden al descontrol y al azar. Refranes sobre amor, leyendas, canciones poetizándolo, dándole un tono de aventura. Luego llega la ciencia y agua la fiesta.

Un caso. La creencia de que los opuestos se atraen garantiza una épica, una interpretación romántica del amor, como de duelo a muerte. Sin embargo, desde hace tiempo, aparecen investigaciones que certifican que nos sentimos atraídos y nos emparejamos con personas muy parecidas a nosotros en aspectos fundamentales de la personalidad.

Una de las últimas indagaciones en el tópico corre de cuenta del rastreo de las huellas digitales de los usuarios. Michal Kosinski, profesor de la Escuela de Negocios de Stanford, ha comprobado a través del análisis de los movimientos en las redes sociales que tendemos a relacionarnos con aquellos que se parecen a nosotros.

Así cree demostrarlo en su estudio Birds of a feather do flock together (algo así como Dios los cría y ellos se juntan): «Los amigos y los esposos tienden a ser similares en una amplia gama de características como edad, nivel educativo, raza, religión, actitudes e inteligencia general».

En declaraciones a la gaceta de Stanford Business, Kosinski explica la situación de partida: «Los psicólogos observaron esta cuestión durante muchos años, pero los resultados fueron bastante claros: los amigos y los compañeros no son similares en términos de personalidad». La intuición y la observación dicen otra cosa, principalmente en el ámbito de la amistad; en este terreno ni siquiera la sabiduría popular habla de conexión entre opuestos.

Kosinski creyó encontrar un sesgo de partida en las investigaciones psicológicas. Estos estudios se ejecutan a través de encuestas, se pide a los individuos que se describan a sí mismos con base en unos parámetros y unas preguntas construidos con rigor para tratar de sustraerse al máximo de los autoengaños u opiniones del encuestado. Sin embargo, la distorsión parece proceder del juego comparativo con que valoramos nuestra propia personalidad.

Las conclusiones de los estudios psicológicos se definen en torno a conceptos absolutos: extrovertido-introvertido, nervioso-tranquilo, serio-gracioso… Sin embargo, que un sujeto se califique como introvertido no implica que lo sea. La culpable, para Kosinski, es la influencia del grupo de referencia.

Decidimos la calificación de nuestra personalidad en función de nuestro marco grupal. Podemos bautizarlo, para comprenderlo, como el efecto Sheldon Cooper. Si todos tus amigos funcionan con la misma parálisis social y con el mismo carácter abrasivo que el protagonista de The Big Bang Theory, inevitablemente, cuando te interroguen sobre tu carácter, te calificarás, en contraste, como una persona abierta al mundo, desprendida, simpática; aunque probablemente seas más tímido y temeroso que la media.

Para subsanarlo, el equipo de Kosinski analizó la huella digital de los usuarios a través de Facebook. Este método podría sortear la pérdida de espontaneidad que sucede cuando un sujeto conoce que le están analizando. Sin embargo, también en la red distribuimos nuestros ‘me gusta’ en función de la imagen que deseamos proyectar.

Sin ir más lejos, la expresión guilty pleasure, muy en boga, se aplica a aquellos placeres por los que deberíamos sentirnos mal en términos de prestigio. Uno, en sí mismo, crea una línea divisoria entre lo que sustenta una imagen propia deseable y lo que resulta nefasto para la misma. Aunque todo forme parte de nosotros, se levanta una frontera que valida una parte y condena otra. A pesar de estas dinámicas, Kosinski cree que la información extraída de rastrear a los usuarios resulta más fiable (casi imposible de adulterar) en comparación con la obtenida con cuestionarios.

Sin embargo, sí existían estudios previos que negaban el tópico de la atracción entre opuestos, aunque no sustentados por el glamour de huella digital, sino por encuestas a parejas. Según una investigación de la Wellesly College emprendida por Angela Bahns y Chris Crandall, el primer encuentro entre dos potenciales amantes prospera o fracasa en función de las conexiones y los parecidos que se cazan al vuelo en la primera interacción.

«Intentas crear un mundo social donde te sientas cómodo, tengas éxito y personas en las que confiar y con las que cooperar para alcanzar tus metas: para eso la similitud es muy útil, y la gente se siente atraída por ella casi todo el tiempo», cuenta Crandall en la web de la institución.

¿Qué hay de verdad, entonces, en la atracción de los opuestos si ni siquiera desde una perspectiva sexual, como en el caso de los amantes, buscamos personalidades contrarias? ¿Qué pasa con quienes andan quejándose de su pareja, cuestionando sus maneras y sus opiniones?

Existen matrimonios apolillados que no se comprenden, pero ¿son realmente diferentes o con el tiempo han aprendido a sobredimensionar las pequeñas rebabas de su pareja con el fin de realzar lo que consideran virtudes propias? Marge Simpson ofrece una respuesta en la que podría estar el origen de esta exageración de la diferencia entre compañeros: «El matrimonio es algo muy bonito, pero también es una lucha constante por la superioridad moral».

El asunto es difícil de dilucidar. Tal vez, el origen de la idea del magnetismo entre contrarios nazca de la confusión de la pasión y el amor con la neurosis y el tormento. También ocurre que, mientras la mayoría preferimos a nuestros semejantes, existen tipos de personalidad que no pueden enlazarse con sus iguales: juntar a dos personas narcisistas con vocación por dominar suele acarrear resultados nefastos. Puede que radique ahí la génesis del tópico, que a pesar de ser minoritarios, los opuestos emparejados son tremendamente más escandalosos.

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Un caso. La creencia de que los opuestos se atraen garantiza una épica, una interpretación romántica del amor, como de duelo a muerte. Sin embargo, desde hace tiempo, aparecen investigaciones que certifican que nos sentimos atraídos y nos emparejamos con personas muy parecidas a nosotros en aspectos fundamentales de la personalidad.

Una de las últimas indagaciones en el tópico corre de cuenta del rastreo de las huellas digitales de los usuarios. Michal Kosinski, profesor de la Escuela de Negocios de Stanford, ha comprobado a través del análisis de los movimientos en las redes sociales que tendemos a relacionarnos con aquellos que se parecen a nosotros.

Así cree demostrarlo en su estudio Birds of a feather do flock together (algo así como Dios los cría y ellos se juntan): «Los amigos y los esposos tienden a ser similares en una amplia gama de características como edad, nivel educativo, raza, religión, actitudes e inteligencia general».

En declaraciones a la gaceta de Stanford Business, Kosinski explica la situación de partida: «Los psicólogos observaron esta cuestión durante muchos años, pero los resultados fueron bastante claros: los amigos y los compañeros no son similares en términos de personalidad». La intuición y la observación dicen otra cosa, principalmente en el ámbito de la amistad; en este terreno ni siquiera la sabiduría popular habla de conexión entre opuestos.

Kosinski creyó encontrar un sesgo de partida en las investigaciones psicológicas. Estos estudios se ejecutan a través de encuestas, se pide a los individuos que se describan a sí mismos con base en unos parámetros y unas preguntas construidos con rigor para tratar de sustraerse al máximo de los autoengaños u opiniones del encuestado. Sin embargo, la distorsión parece proceder del juego comparativo con que valoramos nuestra propia personalidad.

Las conclusiones de los estudios psicológicos se definen en torno a conceptos absolutos: extrovertido-introvertido, nervioso-tranquilo, serio-gracioso… Sin embargo, que un sujeto se califique como introvertido no implica que lo sea. La culpable, para Kosinski, es la influencia del grupo de referencia.

Decidimos la calificación de nuestra personalidad en función de nuestro marco grupal. Podemos bautizarlo, para comprenderlo, como el efecto Sheldon Cooper. Si todos tus amigos funcionan con la misma parálisis social y con el mismo carácter abrasivo que el protagonista de The Big Bang Theory, inevitablemente, cuando te interroguen sobre tu carácter, te calificarás, en contraste, como una persona abierta al mundo, desprendida, simpática; aunque probablemente seas más tímido y temeroso que la media.

Para subsanarlo, el equipo de Kosinski analizó la huella digital de los usuarios a través de Facebook. Este método podría sortear la pérdida de espontaneidad que sucede cuando un sujeto conoce que le están analizando. Sin embargo, también en la red distribuimos nuestros ‘me gusta’ en función de la imagen que deseamos proyectar.

Sin ir más lejos, la expresión guilty pleasure, muy en boga, se aplica a aquellos placeres por los que deberíamos sentirnos mal en términos de prestigio. Uno, en sí mismo, crea una línea divisoria entre lo que sustenta una imagen propia deseable y lo que resulta nefasto para la misma. Aunque todo forme parte de nosotros, se levanta una frontera que valida una parte y condena otra. A pesar de estas dinámicas, Kosinski cree que la información extraída de rastrear a los usuarios resulta más fiable (casi imposible de adulterar) en comparación con la obtenida con cuestionarios.

Sin embargo, sí existían estudios previos que negaban el tópico de la atracción entre opuestos, aunque no sustentados por el glamour de huella digital, sino por encuestas a parejas. Según una investigación de la Wellesly College emprendida por Angela Bahns y Chris Crandall, el primer encuentro entre dos potenciales amantes prospera o fracasa en función de las conexiones y los parecidos que se cazan al vuelo en la primera interacción.

«Intentas crear un mundo social donde te sientas cómodo, tengas éxito y personas en las que confiar y con las que cooperar para alcanzar tus metas: para eso la similitud es muy útil, y la gente se siente atraída por ella casi todo el tiempo», cuenta Crandall en la web de la institución.

¿Qué hay de verdad, entonces, en la atracción de los opuestos si ni siquiera desde una perspectiva sexual, como en el caso de los amantes, buscamos personalidades contrarias? ¿Qué pasa con quienes andan quejándose de su pareja, cuestionando sus maneras y sus opiniones?

Existen matrimonios apolillados que no se comprenden, pero ¿son realmente diferentes o con el tiempo han aprendido a sobredimensionar las pequeñas rebabas de su pareja con el fin de realzar lo que consideran virtudes propias? Marge Simpson ofrece una respuesta en la que podría estar el origen de esta exageración de la diferencia entre compañeros: «El matrimonio es algo muy bonito, pero también es una lucha constante por la superioridad moral».

El asunto es difícil de dilucidar. Tal vez, el origen de la idea del magnetismo entre contrarios nazca de la confusión de la pasión y el amor con la neurosis y el tormento. También ocurre que, mientras la mayoría preferimos a nuestros semejantes, existen tipos de personalidad que no pueden enlazarse con sus iguales: juntar a dos personas narcisistas con vocación por dominar suele acarrear resultados nefastos. Puede que radique ahí la génesis del tópico, que a pesar de ser minoritarios, los opuestos emparejados son tremendamente más escandalosos.

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Opiniones 2
  • Este aspecto se aborda en el estudio evolutivo a lo largo de décadas de familias de pinzones de Darwin. Las conclusiones en los pájaros son que; condiciones estables fomentan la especiación al impulsar la unión entre semejantes. Sin embargo, en tiempos de cambio y crisis (el ‘niño’ en el pacífico sur) es la hibridación la que se ve favorecida. Una vuelta atrás de la anterior evolución especializada por la vía de la homogeneización de las características morfológicas, que son las que aseguran la supervivencia. Los humanos reproducimos seguramente este comportamiento natural, con la evidente complejidad que introduce nuestra condición de ser social.

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