24 de mayo 2021    /   IDEAS
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Los sinónimos no existen

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El periodista y escritor argentino Martín Caparrós dice que cada palabra importa, contribuye a conseguir ese efecto que llamamos, desorientados, tono. No hay palabras iguales, no hay sinónimos, cada palabra dice lo que dice. Según la RAE, sinónimo  «dicho de una palabra o de una expresión: Que, respecto de otra, tiene el mismo significado o muy parecido». Aferrado a esa definición, dudo de si me dispongo a empezar o a comenzar (dos verbos semejantes, que no idénticos) este texto sobre la inexistencia de los sinónimos.

Digo que no me gustan los cruceros sin haber hecho ninguno. Tampoco he vivido ninguna guerra y me parecen incluso más terribles que los cruceros. Cruceros y guerras se pueden comparar desde la distancia, lo que no se puede hacer es equiparar uno con otro.

Comparar y equiparar no son palabras iguales, no comparten esa característica semántica que se conoce como sinonimia. No son palabras sinónimas. Comparar, según la RAE, es «analizar con atención una cosa o a una persona para establecer sus semejanzas o diferencias con otra». Equiparar, según la misma institución, es «considerar a alguien o algo igual o equivalente a otra persona o cosa».

Los sinónimos son más un deseo que una realidad. Los sinónimos ni existen ni están admitidos en la aviación civil; esto último me lo dice Enrique Alonso, director del departamento de Lingüística, Lenguas Modernas, Lógica y Filosofía de la Ciencia (Teoría de la Literatura y Literatura comparada) de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, centro en el que también es profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

Imagínate a un controlador aéreo que en vez de decir al piloto del avión que la pista está lista para despegar lo está para desprender o apartar o desasir. Esto viene a demostrar que el significado de las palabras es multidimensional, como me cuenta  M. Victoria Escandell Vidal (doctora en Lingüística Hispánica), catedrática de Lingüística General de la Universidad Complutense de Madrid. La misma que me explica que cuando dos palabras se refieren al mismo tipo de entidad, normalmente lo hacen desde perspectivas diferentes, que tienen que ver con el ámbito de uso, las connotaciones, los aspectos valorativos y emotivos, la variación geográfica, etc.

 

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Es por eso, por ejemplo, que a bordo de una embarcación se diga estribor y no el lado derecho (mirando de popa a proa, de atrás hacia delante para los que no estamos familiarizados ni con el mundo marinero ni con su terminología).

Más que una herramienta de precesión, los sinónimos permiten enfocar una misma realidad desde prismas diferentes. Una solución, no rigurosa, que evita la repetición de palabras que tanto nos chirría cuando, sobre todo, leemos dos o más veces el mismo vocablo. Es lo que los clásicos llamaban variatio retorica, me cuenta M. Victoria Escandell Vidal. La idea es dar color a un texto evitando en lo posible las repeticiones, sin dejar de ser cauto para no mezclar palabras muy coloquiales con términos formales, o palabras de variedades diferentes, además de estar atento para que la variación no induzca a error.

El director del departamento de Lingüística Enrique Alonso me dice que ojo con los falsos sinónimos; árabe y musulmán se usan de manera inadecuada. Es como si nuestra mente hubiera conectado sus significados y nos transmitiese que son lo mismo, cuando el diccionario nos dice que no lo son. M. Victoria Escandell Vidal me da un par más de ejemplos de términos que no son sinónimos, pero que muchas veces empleamos como si lo fueran: robo/hurto y homicidio/asesinato.

La reiteración de palabras, a veces, es lo mejor que podemos hacer para no equivocarnos. En ciertos casos se hace con premeditación. En los discursos es un recurso retórico. Enrique Alonso me pone de ejemplo Lucharemos en las playas, un discurso que pronunció Winston Churchill el 4 de junio de 1940 en Londres. Un fragmento del mismo dice así:

«Lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos, lucharemos en los campos y en las ciudades; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos»*

Este estadista e historiador británico también era un orador con la capacidad de encontrar la palabra que le permitía expresar el concepto que quería y en función del público al que se dirigía.

La misma reiteración, en cambio, en esos debates que cada vez vemos menos en España, los debatientes la emplean para ganar tiempo. En ese contexto uno se conciencia del valor que tiene contar con un nutrido almacén de palabras sinónimas para que el discurso sea ágil. Agilidad que parece no importarnos al hablar ni al comunicarnos vía guasap o cualquier otra aplicación de mensajería similar.

Echa un ojo a tus chats y verás que no te importa lo más mínimo repetir palabras. Echa un ojo a tu buscador de internet y verás que es la red lo que está regulando o no el uso de la sinonimia. Una sinonimia, explica Enrique Alonso, que no está dirigida a la redacción o composición de textos, sino a la búsqueda de información. Prueba y escribe en tu buscador la palabra traviesa.

El mismo profesor dice que delante de un texto escrito se tiene mucha más retentiva. Al conversar con otra persona en tiempo real, en cambio, ninguno de los dos son capaces de retener durante demasiado tiempo una expresión en su memoria operativa. Para M. Victoria Escandell Vidal, es la planificación la que nos hace plantearnos la sustitución en discursos y textos, independientemente de que sean orales o escritos. La espontaneidad, por otro lado, hace que nos relajemos y repitamos palabras, omitamos signos de puntuación y cometamos faltas de ortografía sin culpa alguna.

Por motivos interiorizados una veces y por falta de almacenaje léxico otras, decimos sobaco o axila, banco o escaño, señal o cicatriz, muerte o defunción, deseo o apetencia, pelo o cabello, lujo o boato, beso u ósculo, agujero u orificio, verano o estío, perro o can, etc.**

Victoria Escandell Vidal dice al respecto que hay que optar por la palabra que mejor se ajuste a las circunstancias, teniendo en cuenta el ámbito de uso, el registro y sin olvidarse de la necesidad que tenemos de adaptarnos al interlocutor. Esa adaptación del mensaje al foro en el que se pronuncia está derivando en la vulgarización del mensaje.

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Quizá esa sea la razón por la que algunos políticos españoles consideran que no hace falta debatir nada en público delante de las cámaras y ante la sociedad que les vota. Hay políticas que ganan los debates sin asistir a los mismos. No es plan exhibir ni la incapacidad ni la ignorancia supina propia ante millones de personas. Es una estrategia tan inteligente como peligrosa para los que votamos, que al final tenemos que decantarnos por consignas y no por programas políticos. Políticos que han hecho que sus partidos sean sinónimos de marcas publicitarias o equipos de fútbol.

A diferencia de los políticos, que cada vez se expresan peor, que cada vez manejan un vocabulario más pobre e incendiario, otros profesionales ejercen el poder, marcan distancias y se hacen respetar a partir del léxico que emplean. Solo hay que pensar cómo salimos del despacho de un abogado o de la consulta de un médico. Sin enterarnos de casi nada la mayoría de las veces, pero con la sensación de que estamos en buenas manos. Cuanto menos entendemos lo que nos dicen, más seguros nos sentimos. Justo lo contrario que le pedimos a nuestra pareja, a nuestro compañero, a nuestra novia. Mensajes cortos y al pie, por favor.

Los sinónimos, esa ilusión óptica de la que habla M. Victoria Escandell Vidal para referirse a la sinonimia absoluta, no existen. Lo que existe y condiciona el uso de las palabras es el contexto y el interlocutor. Por uno y otro ni tomamos aceite de aceituna ni nos ponemos unos pantalones cigarrillo.

 

*Este fragmento del discurso lo he copiado del libro50 discursos que cambiaron el mundo, publicado por Turner, editado por Andrew Burnet y traducido por Pablo Sauras Rodríguez-Olleros.

**Ejemplos extraídos de un trabajo realizado por J.A. Pérez Gutiérrez, G. Ordiales, J. Gutiérrez Galmés, F. García, M. Muñoz y J. Pons, sobre la sinonimia para un curso de Lexicología impartido por Emma Martinell Gifre en la Universidad de Barcelona en el año académico 1985-86.

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El periodista y escritor argentino Martín Caparrós dice que cada palabra importa, contribuye a conseguir ese efecto que llamamos, desorientados, tono. No hay palabras iguales, no hay sinónimos, cada palabra dice lo que dice. Según la RAE, sinónimo  «dicho de una palabra o de una expresión: Que, respecto de otra, tiene el mismo significado o muy parecido». Aferrado a esa definición, dudo de si me dispongo a empezar o a comenzar (dos verbos semejantes, que no idénticos) este texto sobre la inexistencia de los sinónimos.

Digo que no me gustan los cruceros sin haber hecho ninguno. Tampoco he vivido ninguna guerra y me parecen incluso más terribles que los cruceros. Cruceros y guerras se pueden comparar desde la distancia, lo que no se puede hacer es equiparar uno con otro.

Comparar y equiparar no son palabras iguales, no comparten esa característica semántica que se conoce como sinonimia. No son palabras sinónimas. Comparar, según la RAE, es «analizar con atención una cosa o a una persona para establecer sus semejanzas o diferencias con otra». Equiparar, según la misma institución, es «considerar a alguien o algo igual o equivalente a otra persona o cosa».

Los sinónimos son más un deseo que una realidad. Los sinónimos ni existen ni están admitidos en la aviación civil; esto último me lo dice Enrique Alonso, director del departamento de Lingüística, Lenguas Modernas, Lógica y Filosofía de la Ciencia (Teoría de la Literatura y Literatura comparada) de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Madrid, centro en el que también es profesor de Lógica y Filosofía de la Ciencia.

Imagínate a un controlador aéreo que en vez de decir al piloto del avión que la pista está lista para despegar lo está para desprender o apartar o desasir. Esto viene a demostrar que el significado de las palabras es multidimensional, como me cuenta  M. Victoria Escandell Vidal (doctora en Lingüística Hispánica), catedrática de Lingüística General de la Universidad Complutense de Madrid. La misma que me explica que cuando dos palabras se refieren al mismo tipo de entidad, normalmente lo hacen desde perspectivas diferentes, que tienen que ver con el ámbito de uso, las connotaciones, los aspectos valorativos y emotivos, la variación geográfica, etc.

 

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Es por eso, por ejemplo, que a bordo de una embarcación se diga estribor y no el lado derecho (mirando de popa a proa, de atrás hacia delante para los que no estamos familiarizados ni con el mundo marinero ni con su terminología).

Más que una herramienta de precesión, los sinónimos permiten enfocar una misma realidad desde prismas diferentes. Una solución, no rigurosa, que evita la repetición de palabras que tanto nos chirría cuando, sobre todo, leemos dos o más veces el mismo vocablo. Es lo que los clásicos llamaban variatio retorica, me cuenta M. Victoria Escandell Vidal. La idea es dar color a un texto evitando en lo posible las repeticiones, sin dejar de ser cauto para no mezclar palabras muy coloquiales con términos formales, o palabras de variedades diferentes, además de estar atento para que la variación no induzca a error.

El director del departamento de Lingüística Enrique Alonso me dice que ojo con los falsos sinónimos; árabe y musulmán se usan de manera inadecuada. Es como si nuestra mente hubiera conectado sus significados y nos transmitiese que son lo mismo, cuando el diccionario nos dice que no lo son. M. Victoria Escandell Vidal me da un par más de ejemplos de términos que no son sinónimos, pero que muchas veces empleamos como si lo fueran: robo/hurto y homicidio/asesinato.

La reiteración de palabras, a veces, es lo mejor que podemos hacer para no equivocarnos. En ciertos casos se hace con premeditación. En los discursos es un recurso retórico. Enrique Alonso me pone de ejemplo Lucharemos en las playas, un discurso que pronunció Winston Churchill el 4 de junio de 1940 en Londres. Un fragmento del mismo dice así:

«Lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos, lucharemos en los campos y en las ciudades; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos»*

Este estadista e historiador británico también era un orador con la capacidad de encontrar la palabra que le permitía expresar el concepto que quería y en función del público al que se dirigía.

La misma reiteración, en cambio, en esos debates que cada vez vemos menos en España, los debatientes la emplean para ganar tiempo. En ese contexto uno se conciencia del valor que tiene contar con un nutrido almacén de palabras sinónimas para que el discurso sea ágil. Agilidad que parece no importarnos al hablar ni al comunicarnos vía guasap o cualquier otra aplicación de mensajería similar.

Echa un ojo a tus chats y verás que no te importa lo más mínimo repetir palabras. Echa un ojo a tu buscador de internet y verás que es la red lo que está regulando o no el uso de la sinonimia. Una sinonimia, explica Enrique Alonso, que no está dirigida a la redacción o composición de textos, sino a la búsqueda de información. Prueba y escribe en tu buscador la palabra traviesa.

El mismo profesor dice que delante de un texto escrito se tiene mucha más retentiva. Al conversar con otra persona en tiempo real, en cambio, ninguno de los dos son capaces de retener durante demasiado tiempo una expresión en su memoria operativa. Para M. Victoria Escandell Vidal, es la planificación la que nos hace plantearnos la sustitución en discursos y textos, independientemente de que sean orales o escritos. La espontaneidad, por otro lado, hace que nos relajemos y repitamos palabras, omitamos signos de puntuación y cometamos faltas de ortografía sin culpa alguna.

Por motivos interiorizados una veces y por falta de almacenaje léxico otras, decimos sobaco o axila, banco o escaño, señal o cicatriz, muerte o defunción, deseo o apetencia, pelo o cabello, lujo o boato, beso u ósculo, agujero u orificio, verano o estío, perro o can, etc.**

Victoria Escandell Vidal dice al respecto que hay que optar por la palabra que mejor se ajuste a las circunstancias, teniendo en cuenta el ámbito de uso, el registro y sin olvidarse de la necesidad que tenemos de adaptarnos al interlocutor. Esa adaptación del mensaje al foro en el que se pronuncia está derivando en la vulgarización del mensaje.

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Quizá esa sea la razón por la que algunos políticos españoles consideran que no hace falta debatir nada en público delante de las cámaras y ante la sociedad que les vota. Hay políticas que ganan los debates sin asistir a los mismos. No es plan exhibir ni la incapacidad ni la ignorancia supina propia ante millones de personas. Es una estrategia tan inteligente como peligrosa para los que votamos, que al final tenemos que decantarnos por consignas y no por programas políticos. Políticos que han hecho que sus partidos sean sinónimos de marcas publicitarias o equipos de fútbol.

A diferencia de los políticos, que cada vez se expresan peor, que cada vez manejan un vocabulario más pobre e incendiario, otros profesionales ejercen el poder, marcan distancias y se hacen respetar a partir del léxico que emplean. Solo hay que pensar cómo salimos del despacho de un abogado o de la consulta de un médico. Sin enterarnos de casi nada la mayoría de las veces, pero con la sensación de que estamos en buenas manos. Cuanto menos entendemos lo que nos dicen, más seguros nos sentimos. Justo lo contrario que le pedimos a nuestra pareja, a nuestro compañero, a nuestra novia. Mensajes cortos y al pie, por favor.

Los sinónimos, esa ilusión óptica de la que habla M. Victoria Escandell Vidal para referirse a la sinonimia absoluta, no existen. Lo que existe y condiciona el uso de las palabras es el contexto y el interlocutor. Por uno y otro ni tomamos aceite de aceituna ni nos ponemos unos pantalones cigarrillo.

 

*Este fragmento del discurso lo he copiado del libro50 discursos que cambiaron el mundo, publicado por Turner, editado por Andrew Burnet y traducido por Pablo Sauras Rodríguez-Olleros.

**Ejemplos extraídos de un trabajo realizado por J.A. Pérez Gutiérrez, G. Ordiales, J. Gutiérrez Galmés, F. García, M. Muñoz y J. Pons, sobre la sinonimia para un curso de Lexicología impartido por Emma Martinell Gifre en la Universidad de Barcelona en el año académico 1985-86.

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