29 de mayo 2019    /   CREATIVIDAD
por
Ilustración  Buba Viedma

Luigi Russolo, el inventor de la música noise

Abran su mente antes de abrir sus oídos… En este 'Folletín ilustrado', vamos a escuchar al gran músico del ruido

29 de mayo 2019    /   CREATIVIDAD     por        Ilustración  Buba Viedma
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Fiiiiihhh…
Laaahhh…

Del estudio del italiano Luigi Russolo (1885-1947) escapan acordes clásicos. El pintor y músico futurista siente estar cayendo por un agujero en el tiempo: ¿por qué ha de componer piezas que suenan a los siglos XVIII y XIX si hoy él vive a principios del XX?

A Luigi Russolo la música que siguen copiando de Bach, Wagner y Beethoven le parece obsoleta. Le falta los sonidos de esta era industrial atormentada por el chirriar de las máquinas.

Folletín de Luigi Russolo

Al músico no le basta con un piano o un violín (sus sonidos no representan esta década de 1910). Necesita dispositivos que muestren el mundo tecnológico y, como no los encuentra, inventa él mismo los Intonarumori: entonadores de ruidos.

Tampoco es suficiente con el do, re, mi, fa, sol. Por eso, entre sus Intonarumori, hay:

Aulladores
Silbadores
Graznadores
Crujidores
Rasgadores
Gorjeadores
Tronadores
Susurradores
Zumbadores

En 1913 Luigi Russolo publica el manifiesto que explica el nuevo paso que ha de dar la música. En ‘El arte de los ruidos’ dice:

«La vida antigua fue toda silencio. En el XIX, al inventarse las máquinas, nació el ruido. Hoy, el ruido triunfa y domina, soberano, sobre la sensibilidad de las personas. Durante muchos siglos, la vida se desarrolló en silencio o, a lo sumo, en sordina.

Los ruidos más fuertes que interrumpían este silencio no eran ni intensos, ni prolongados, ni variados. Pues, exceptuando los movimientos telúricos, los huracanes, las tempestades, los aludes y las cascadas, la naturaleza es silenciosa.

Esta evolución hacia el ‘sonido ruido’, el noise, no ha sido posible hasta ahora. El oído de un hombre del XVIII no hubiera podido soportar la intensidad inarmónica de ciertos acordes producidos por nuestras orquestas (triplicadas en el número de intérpretes respecto a las de entonces). En cambio, nuestro oído se complace con ellos, porque ya está educado por la vida moderna, tan pródiga en ruidos dispares. Nuestro oído no se da por satisfecho y reclama emociones acústicas cada vez más amplias».

Fiiiiihhh…
Laaahhh…

Del estudio del italiano Luigi Russolo (1885-1947) escapan acordes clásicos. El pintor y músico futurista siente estar cayendo por un agujero en el tiempo: ¿por qué ha de componer piezas que suenan a los siglos XVIII y XIX si hoy él vive a principios del XX?

A Luigi Russolo la música que siguen copiando de Bach, Wagner y Beethoven le parece obsoleta. Le falta los sonidos de esta era industrial atormentada por el chirriar de las máquinas.

Folletín de Luigi Russolo

Al músico no le basta con un piano o un violín (sus sonidos no representan esta década de 1910). Necesita dispositivos que muestren el mundo tecnológico y, como no los encuentra, inventa él mismo los Intonarumori: entonadores de ruidos.

Tampoco es suficiente con el do, re, mi, fa, sol. Por eso, entre sus Intonarumori, hay:

Aulladores
Silbadores
Graznadores
Crujidores
Rasgadores
Gorjeadores
Tronadores
Susurradores
Zumbadores

En 1913 Luigi Russolo publica el manifiesto que explica el nuevo paso que ha de dar la música. En ‘El arte de los ruidos’ dice:

«La vida antigua fue toda silencio. En el XIX, al inventarse las máquinas, nació el ruido. Hoy, el ruido triunfa y domina, soberano, sobre la sensibilidad de las personas. Durante muchos siglos, la vida se desarrolló en silencio o, a lo sumo, en sordina.

Los ruidos más fuertes que interrumpían este silencio no eran ni intensos, ni prolongados, ni variados. Pues, exceptuando los movimientos telúricos, los huracanes, las tempestades, los aludes y las cascadas, la naturaleza es silenciosa.

Esta evolución hacia el ‘sonido ruido’, el noise, no ha sido posible hasta ahora. El oído de un hombre del XVIII no hubiera podido soportar la intensidad inarmónica de ciertos acordes producidos por nuestras orquestas (triplicadas en el número de intérpretes respecto a las de entonces). En cambio, nuestro oído se complace con ellos, porque ya está educado por la vida moderna, tan pródiga en ruidos dispares. Nuestro oído no se da por satisfecho y reclama emociones acústicas cada vez más amplias».

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