3 de diciembre 2014    /   ENTRETENIMIENTO
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Salvado por el autorretrato 'pinhole'

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Luiz Alberto Guimarães era un tranquilo profesor de física en un instituto de Niterói, ciudad costera cerca de Río de Janeiro, hasta que decidió escribir unos libros de texto que le llevarían a una crisis profunda, la ruptura radical con su vida y la posterior catarsis fotográfica. Esta es una parábola sobre cómo morirse de éxito y resurgir de las cenizas con un éxito incluso mayor, gracias a las cámaras de lata y cartón que él mismo fabrica.
La historia se remonta a 1997, cuando Luiz Alberto viaja por Brasil para dar una serie de conferencias sobre un libro de texto de física que su editorial quiere promocionar. Un día en Recife, ante una platea de más de 300 personas, Luiz Alberto se queda en blanco y no consigue hacer su presentación. Siente un malestar profundo, no sabe dónde se encuentra. Es como si su cerebro estuviese en cortocircuito.
«Era un estado de confusión mental. Comencé a sudar, el corazón se me disparó y apenas podía contener las lágrimas». Es la primera de una serie de crisis de ansiedad que le llevan, en 2003, a jubilarse y a enterrarse vivo en su casa durante dos largos años.
«Yo he dado aula (clase) todo los días de mi vida desde 1969 a alumnos de entre 15 y 18 años. Pero eran grupos pequeños, nada que ver con la presión de un auditorio lleno de personas cualificadas. Nunca me gustó hablar en público y al final colapsé», cuenta Luiz Alberto en la sala de fotografía del Centro de Artes UFF, en Niterói, donde presenta su primera exposición en solitario.
Tras el primer ataque de ansiedad, pide una licencia de dos meses y acude a un neurólogo. Es el principio del fin. Los episodios se repiten hasta que en 2003 tiene su peor crisis de pánico. Se ve obligado a dejar el trabajo. Cae en una depresión profunda, que se lleva por delante un matrimonio de casi tres décadas. De 2003 a 2005 no sale de casa. Acaba postrado en la vivienda de su madre, donde pasó su infancia. Hoy Luiz Alberto cree es agorafobia lo que le llevó a aislarse completamente del mundo exterior.
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En 2006, un encuentro casual cambia su vida. Luiz Alberto conoce a Ivana, una artista visual que hoy es su esposa. «Yo siempre tuve una pasión por la fotografía que nunca había cultivado. Ella me empujó a que la pusiese en práctica», recuerda. Luiz Alberto comienza a estudiar en el Ateliê da Imagem, una conocida escuela de fotografía de Río de Janeiro, al mismo tiempo que se sumerge en la lectura de Vilém Flusser. Su Filosofía de la caja negra se convierte en una fuente de inspiración para el profesor jubilado.
«Flusser dirige sus reflexiones hacia las llamadas imágenes técnicas, producidas de una manera más o menos automática. Cuestiona la relación entre el hombre y la máquina, y desafía al fotógrafo a huir de los automatismos de las cámaras», relata.
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En esta época, empieza a hacer los primeros autorretratos con un escáner. «Era lo único que tenía a mano. Apenas salía de casa y tenía que experimentar con lo que había mi alrededor», explica Luiz Alberto. Su profesora de fotografía le habla del pinhole, una técnica que llegó a Brasil en los años 70 de la mano de Regina Alvarez. Es una artista fallecida en 2007, dejando sacos llenos de fotografías estenoscópicas que terminaron conformando una exposición. Una Vivian Maier a lo brasileño, pero esta es otra historia.
Para el artista y comisario Marco Antonio Portela, «el pinhole está muy presente en Brasil porque la tecnología todavía es muy cara y de difícil acceso para el gran público». De hecho, varios artistas trabajan con esta técnica, desde Dirceu Maues, hasta Paula Trope y el colectivo de Imagens do Povo.
Inspirado por trabajo de Regina Alvarez, Luiz Alberto construye sus primeras cámaras con latas de galletas y pastillas, trozos de cartón reciclado y hasta un tubo de PVC. «Yo vengo de una familia humilde. Soy de una generación en la que los niños teníamos que fabricar nuestros propios juguetes. Este proceso era casi más divertido que jugar», cuenta.
Entre abril de 2007 y abril de 2008, Luiz Alberto realiza una serie de autorretratos con una cámara que requiere largos periodos de exposición, de hasta ocho minutos. «Son más de 300, trabajaba de forma compulsiva», revela. En muchas fotos aparece duplicado, como si el tiempo y el espacio hubiesen adquirido una dimensión diferente. Todo en esta primera etapa es pura experimentación. «Y no solo eso. Era una forma de atacar mi propia fobia: exponiéndome», asegura el fotógrafo.
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En su búsqueda personal, el exprofesor se da cuenta de que siempre había trabajado para los demás y nunca había dirigido su mirada hacia sí mismo. La fotografía y al autorretrato se convierten en una terapia intuitiva, autodidacta, empírica. La lectura de Flusser empieza a tener sus efectos. Luiz Alberto huye de lo clásico y construye sus cámaras artesanales intentando subvertir la perspectiva renacentista. «Muchas personas usan el pinhhole como si fuese una cámara tradicional, solo que con papel fotográfico en vez de película. Yo creo que es un uso muy limitado. Esta técnica precisamente permite hacer muchas cosas: potenciar la visión panorámica, alterar las proporciones, subvertir las distancias. Allí está el camino y allí es donde el fotógrafo tiene que lanzarse a experimentar», afirma.
Después de un año haciendo autorretratos, Luiz Alberto comienza a sentirse mejor y se atreve a salir al exterior para retratar paisajes. Realiza las primeras fotos en la misma calle en la que vive, todavía no se siente con ánimo de ir muy lejos. Trabaja en días nublados y con largos periodos de exposición para potenciar los grises en sus imágenes. «Captaba el paisaje de Niterói de forma compulsiva, otra vez. Es una ciudad muy interesante para un fotógrafo, porque es una mezcla de litoral bucólico y edificios horribles», indica.
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Los autorretratos quedan guardados en un cajón. Ni siquiera los enseña a su psicólogo. Entre 2009 y 2013 abandona el pinhole para dedicarse a hacer fotos con su primera cámara digital. Experimenta con el color, tras hacer un curso con el famoso fotógrafo brasileño Walter Firmo. Retrata un pueblo en el Estado de Minas Gerais y hace tres foto-libros sobre cocina, tradición y fiestas religiosas.
En 2013 vuelve al pinhole. Decide hacer una posgraduación en fotografía en la universidad. El primer día de clase, mientras espera su vez para presentarse, se le ocurre contar su historia para explicar su relación con la fotografía. «Era la primera vez que hablaba de mis autorretratos. Hasta este momento, nadie los había visto. Seguían escondidos en mi cajón», cuenta Luiz Alberto.
Una casualidad está a punto de cambiar la vida del fotógrafo. En la aula hay una reportera del diario O Globo que se interesa por su historia. Le propone hacer un reportaje para contar cómo consiguió superar la ansiedad gracias a la fotografía. El fotógrafo que acude con la reportera el día de la entrevista es Fábio Seixo, un exalumno del profesor de física, que se interesa por su historia. Otra casualidad.
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Luiz Alberto retoma el pinhole para su trabajo de fin de curso. «Flusser estaba cada vez más presente. Construí una cámara en la que el papel fotográfico estaba alrededor de la lata de tomate y no enfrente del agujero del que entra la luz. Quería revolucionar la perspectiva, jugar con la geometría y acabar con la visión renacentista de la realidad», asegura.
2014 es el año en el que se consagra como artista. A sus 65 años, realiza dos exposiciones colectivas y una individual. Hasta la prensa se hace eco de su trabajo. «Todavía me tengo que convencer de ello. Ya sé que no soy profesor, pero artista… me lo tengo que pensar», bromea. Incluso ha vuelto a dar charlas en público. «El otro día me sentí de nuevo muy nervioso, pero lo conseguí», concluye.
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La historia se remonta a 1997, cuando Luiz Alberto viaja por Brasil para dar una serie de conferencias sobre un libro de texto de física que su editorial quiere promocionar. Un día en Recife, ante una platea de más de 300 personas, Luiz Alberto se queda en blanco y no consigue hacer su presentación. Siente un malestar profundo, no sabe dónde se encuentra. Es como si su cerebro estuviese en cortocircuito.
«Era un estado de confusión mental. Comencé a sudar, el corazón se me disparó y apenas podía contener las lágrimas». Es la primera de una serie de crisis de ansiedad que le llevan, en 2003, a jubilarse y a enterrarse vivo en su casa durante dos largos años.
«Yo he dado aula (clase) todo los días de mi vida desde 1969 a alumnos de entre 15 y 18 años. Pero eran grupos pequeños, nada que ver con la presión de un auditorio lleno de personas cualificadas. Nunca me gustó hablar en público y al final colapsé», cuenta Luiz Alberto en la sala de fotografía del Centro de Artes UFF, en Niterói, donde presenta su primera exposición en solitario.
Tras el primer ataque de ansiedad, pide una licencia de dos meses y acude a un neurólogo. Es el principio del fin. Los episodios se repiten hasta que en 2003 tiene su peor crisis de pánico. Se ve obligado a dejar el trabajo. Cae en una depresión profunda, que se lleva por delante un matrimonio de casi tres décadas. De 2003 a 2005 no sale de casa. Acaba postrado en la vivienda de su madre, donde pasó su infancia. Hoy Luiz Alberto cree es agorafobia lo que le llevó a aislarse completamente del mundo exterior.
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En 2006, un encuentro casual cambia su vida. Luiz Alberto conoce a Ivana, una artista visual que hoy es su esposa. «Yo siempre tuve una pasión por la fotografía que nunca había cultivado. Ella me empujó a que la pusiese en práctica», recuerda. Luiz Alberto comienza a estudiar en el Ateliê da Imagem, una conocida escuela de fotografía de Río de Janeiro, al mismo tiempo que se sumerge en la lectura de Vilém Flusser. Su Filosofía de la caja negra se convierte en una fuente de inspiración para el profesor jubilado.
«Flusser dirige sus reflexiones hacia las llamadas imágenes técnicas, producidas de una manera más o menos automática. Cuestiona la relación entre el hombre y la máquina, y desafía al fotógrafo a huir de los automatismos de las cámaras», relata.
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En esta época, empieza a hacer los primeros autorretratos con un escáner. «Era lo único que tenía a mano. Apenas salía de casa y tenía que experimentar con lo que había mi alrededor», explica Luiz Alberto. Su profesora de fotografía le habla del pinhole, una técnica que llegó a Brasil en los años 70 de la mano de Regina Alvarez. Es una artista fallecida en 2007, dejando sacos llenos de fotografías estenoscópicas que terminaron conformando una exposición. Una Vivian Maier a lo brasileño, pero esta es otra historia.
Para el artista y comisario Marco Antonio Portela, «el pinhole está muy presente en Brasil porque la tecnología todavía es muy cara y de difícil acceso para el gran público». De hecho, varios artistas trabajan con esta técnica, desde Dirceu Maues, hasta Paula Trope y el colectivo de Imagens do Povo.
Inspirado por trabajo de Regina Alvarez, Luiz Alberto construye sus primeras cámaras con latas de galletas y pastillas, trozos de cartón reciclado y hasta un tubo de PVC. «Yo vengo de una familia humilde. Soy de una generación en la que los niños teníamos que fabricar nuestros propios juguetes. Este proceso era casi más divertido que jugar», cuenta.
Entre abril de 2007 y abril de 2008, Luiz Alberto realiza una serie de autorretratos con una cámara que requiere largos periodos de exposición, de hasta ocho minutos. «Son más de 300, trabajaba de forma compulsiva», revela. En muchas fotos aparece duplicado, como si el tiempo y el espacio hubiesen adquirido una dimensión diferente. Todo en esta primera etapa es pura experimentación. «Y no solo eso. Era una forma de atacar mi propia fobia: exponiéndome», asegura el fotógrafo.
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En su búsqueda personal, el exprofesor se da cuenta de que siempre había trabajado para los demás y nunca había dirigido su mirada hacia sí mismo. La fotografía y al autorretrato se convierten en una terapia intuitiva, autodidacta, empírica. La lectura de Flusser empieza a tener sus efectos. Luiz Alberto huye de lo clásico y construye sus cámaras artesanales intentando subvertir la perspectiva renacentista. «Muchas personas usan el pinhhole como si fuese una cámara tradicional, solo que con papel fotográfico en vez de película. Yo creo que es un uso muy limitado. Esta técnica precisamente permite hacer muchas cosas: potenciar la visión panorámica, alterar las proporciones, subvertir las distancias. Allí está el camino y allí es donde el fotógrafo tiene que lanzarse a experimentar», afirma.
Después de un año haciendo autorretratos, Luiz Alberto comienza a sentirse mejor y se atreve a salir al exterior para retratar paisajes. Realiza las primeras fotos en la misma calle en la que vive, todavía no se siente con ánimo de ir muy lejos. Trabaja en días nublados y con largos periodos de exposición para potenciar los grises en sus imágenes. «Captaba el paisaje de Niterói de forma compulsiva, otra vez. Es una ciudad muy interesante para un fotógrafo, porque es una mezcla de litoral bucólico y edificios horribles», indica.
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Los autorretratos quedan guardados en un cajón. Ni siquiera los enseña a su psicólogo. Entre 2009 y 2013 abandona el pinhole para dedicarse a hacer fotos con su primera cámara digital. Experimenta con el color, tras hacer un curso con el famoso fotógrafo brasileño Walter Firmo. Retrata un pueblo en el Estado de Minas Gerais y hace tres foto-libros sobre cocina, tradición y fiestas religiosas.
En 2013 vuelve al pinhole. Decide hacer una posgraduación en fotografía en la universidad. El primer día de clase, mientras espera su vez para presentarse, se le ocurre contar su historia para explicar su relación con la fotografía. «Era la primera vez que hablaba de mis autorretratos. Hasta este momento, nadie los había visto. Seguían escondidos en mi cajón», cuenta Luiz Alberto.
Una casualidad está a punto de cambiar la vida del fotógrafo. En la aula hay una reportera del diario O Globo que se interesa por su historia. Le propone hacer un reportaje para contar cómo consiguió superar la ansiedad gracias a la fotografía. El fotógrafo que acude con la reportera el día de la entrevista es Fábio Seixo, un exalumno del profesor de física, que se interesa por su historia. Otra casualidad.
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Luiz Alberto retoma el pinhole para su trabajo de fin de curso. «Flusser estaba cada vez más presente. Construí una cámara en la que el papel fotográfico estaba alrededor de la lata de tomate y no enfrente del agujero del que entra la luz. Quería revolucionar la perspectiva, jugar con la geometría y acabar con la visión renacentista de la realidad», asegura.
2014 es el año en el que se consagra como artista. A sus 65 años, realiza dos exposiciones colectivas y una individual. Hasta la prensa se hace eco de su trabajo. «Todavía me tengo que convencer de ello. Ya sé que no soy profesor, pero artista… me lo tengo que pensar», bromea. Incluso ha vuelto a dar charlas en público. «El otro día me sentí de nuevo muy nervioso, pero lo conseguí», concluye.
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