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1 de junio 2018    /   ENTRETENIMIENTO
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Una serie de humor feminista hecha con cacas parlantes

1 de junio 2018    /   ENTRETENIMIENTO     por          
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En decir caca y no mierda puede esconderse el secreto para que un mensaje provoque risas mientras muy sutilmente zarandea a quien lo recibe. El humor puede cambiar el mundo, la artista Lula Gómez apuesta por ello y ha creado una serie de animación feminista hecha con zurullos.

Ha logrado insertar magia transformadora  en decenas de truños pasados por stop motion. Transformadora y viral: en pocos meses y con solo 21 episodios de 40 segundos, su canal de Instagram suma 89.400 seguidores. El atractivo de la invención no está en lo que dicen los mojones parlantes, sino en el juego literario.

Gómez practica una metonimia hedionda: la caca por el todo. Somos lo que comemos; también lo que decimos. ¿Imaginas que todo el mundo se convirtiera en aquello que sale por su boca? Habría personas flor, personas agua, personas semilla y, por descontado, personas caca.

Estos muñequitos de barro representan el machismo orgánico de muchos hombres, desde lo más grave, como los miembros de la manada a lo más sutil, como esas réplicas automáticas y falaces con que muchos tratan de desarbolar el feminismo.

«Lo que tienes que hacer es buscarte un novio formal y tener hijos». «María, anda vete a por el champán y dile a mi madre que se dé prisa que lleva horas en la cocina [en una Nochevieja]». «No, no desconfío de vos, desconfío de los tipos. Por eso te reviso el teléfono». «Hay un montón de mujeres violentas que también pegan y nosotros no hacemos tanto escándalo».

Elegir temas no resulta complicado. La materia prima abunda. «Cada mujer que hay en el mundo tiene material como para hacer siete u ocho temporadas de Eres una caca solo recordando lo que le pasó en el último año. El reto es darle forma de texto y diálogo que funcione. El mérito está en la síntesis: lograr explicar muchas cosas en 30 segundos», cuenta Gómez a Yorokobu.

Las mil formas de una mierda

Pero aún existe un reto mayor: la forma de los mondongos. Capítulo tras capítulo uno siente una conexión entre la horma de la plasta y el espíritu de sus palabras. Parece como si Lula Gómez hubiera dedicado horas a un juego sinestésico para descubrir la morfología fecal de cada mensaje.

Pero esto son fantasías de periodista. La artista niega, entre risas, cualquier vinculación. «No tiene ninguna relación la forma o el tamaño con lo que dicen, al menos, no conscientemente». Sin embargo, Gómez confiesa que lo más difícil de todo su trabajo es encontrar una corporalidad original y no repetirse.

«Es redifícil eso. Fueron fáciles las primeras cinco cacas. Pero vas haciendo cacas y después dices, eh, ¡se parecen todas, ahora qué hago! Ese es el desafío creativo más complicado de la serie: agarrar la plastilina y no hacer una caca igual a las demás», reconoce.

—Al final, por deformación profesional, ¿no has llegado a ver a los machistas por la calle automáticamente con su forma de caca correspondiente?

—Noo, pero me encantaría. Vamos a eso.

Para que exista la serie Eres una caca y que nos riamos todos, Lula Gómez ha tenido que recorrer un largo camino mental: el mismo que han recorrido tantas mujeres de las que hoy reivindican su espacio en el mundo físico y en el consciente colectivo.

«Siempre estuve incómoda con lo que se me exigía por ser mujer. Nos pasa a muchas… ese desacuerdo con el género. No nos identificamos con el mundo de chicas y nos sentimos orgullosas por tener solo amigos hombres o porque ellos te digan que no pareces una chica», recuerda. «Te sientes identificada con las cuestiones masculinas: las de ir para adelante, hablar, no tener miedo, ser gracioso, pensar, tener libertad».

La incomodidad persistía, pero la escuela no dotaba de instrumentos para gestionarla. El feminismo era la rueda de engranaje necesaria para que todo encajara y echara a rodar, pero solo se hablaba de él como de algo corrosivo. «Se nos presentaba no como una lucha a la que te puedes sumar, sino como una cuestión de insatisfechas, bigotudas, de gente que no folla».

Vivió con esa disociación, relata, hasta que algo hico clic. Algo: hablar con mujeres, acompañarse o admirar el ejemplo de compañeras como la humorista argentina Malena Pichot.

Observar el trabajo de orfebrería blanda que hay detrás de cada episodio de Eres una caca dice mucho sobre la vocación del mensaje de Lula Gómez, y sobre su manera de estar en el mundo. Hay colgados algunos making of. En ellos habla de la porcelana rusa, un material que todo el mundo odia y que pringa los dedos, pero que ella adora porque le permite esculpir formas precisas.

El stop motion tiene magia. «Tenemos todos un nivel de frikismo inabarcable», define Gómez con orgullo a los adeptos a esta técnica. «No es más que mover objetos e ir haciendo fotografías, pero nos fascina porque nos traslada a nuestra infancia. Son cositas, plastilinas, muñequitos, miniaturas que se mueven y nos cuentan una historia. Es lo que ya hacíamos con cuatro años con los juguetes».

Pese a transformar pensamientos en mierda y acabar destrozándola (todos los capítulos acaban con un pisotón), mantiene cierto respeto hacia sus boñigas y les hace el favor de diseñarles un buen repertorio gestual y una boca para cada fonema. El resultado es más realista que el doblaje de muchas películas.

Tanto esmero en fecalizar a los machistas debería proveerla de montones de trols iracundos y flatulentos, pero no. El secreto, de nuevo, es decir caca y no mierda. «Al llamarse Eres una caca es como simpático, no te dice que eres una mierda; hay una cuestión graciosita que amortigua el enfado de los posibles destinatarios», piensa.

Ocurre que muchas chicas mencionan a amigos, hermanos o a novios: «Mira, eres tú, ja, ja». Las primeras veces, Gómez pensaba que de ahí a que el chaval lo viera y le cayera una denuncia había un paso. Pero ellos lo ven, responden («jajaja, qué cabrona») y pasan de largo. La caca desactiva: limpia y da esplendor, como la RAE.

El humor como estrategia

«El humor permite que el mensaje llegue mejor a ciertas personas a las que de otro modo no llegaría. Muchos hombres que me escriben me lo confirman», opina.

El humor es muy poderoso, «por algo el poder está preocupado con lo que dicen los humoristas y por algo es algo que se nos ha negado siempre. ¿Cuántas humoristas conoces que tengan un programa como han tenido tantos hombres en la tele española?», plantea.

Durante mucho tiempo, el humor de las mujeres, por ejemplo, en los monólogos, se desarrollaba con baja intensidad, siempre rondando los mismos temas: los novios, las relaciones, las bodas.

¿Había un área temática única para ellas? «Tal cual, y es muy difícil salirse de eso. La feminista española Ana de Miguel planteaba cómo para los hombres el amor (en cuanto a pareja, hijos, familia) es algo más, algo complementario a otros aspectos de la vida, pero para las mujeres era lo fundamental, y eso se acababa reflejando en los monólogos».

Pero la historia ha cambiado. La mujer ha fracturado diques, ha entrado en ese terreno de hombres (que no era de hombres, sino humano) y ha empezado a componer un humor sin filtros. Hoy, cada mujer se abastece de referencias a su antojo para diseñar su propio estilo humorístico. A muchos les cabreará, pero saben que hay un ejército de compañeras dispuestas a ampararla.

Lula Gómez es una de ellas, y nos desvela su paleta de colores humorísticos: Monty Pyton, La Hora Chanante, Malena Pichot… «En general humor absurdo e inteligente». Para un segundo: «Bueeeno, pero qué pretenciosa ella», se ríe burlándose de sí misma.

En decir caca y no mierda puede esconderse el secreto para que un mensaje provoque risas mientras muy sutilmente zarandea a quien lo recibe. El humor puede cambiar el mundo, la artista Lula Gómez apuesta por ello y ha creado una serie de animación feminista hecha con zurullos.

Ha logrado insertar magia transformadora  en decenas de truños pasados por stop motion. Transformadora y viral: en pocos meses y con solo 21 episodios de 40 segundos, su canal de Instagram suma 89.400 seguidores. El atractivo de la invención no está en lo que dicen los mojones parlantes, sino en el juego literario.

Gómez practica una metonimia hedionda: la caca por el todo. Somos lo que comemos; también lo que decimos. ¿Imaginas que todo el mundo se convirtiera en aquello que sale por su boca? Habría personas flor, personas agua, personas semilla y, por descontado, personas caca.

Estos muñequitos de barro representan el machismo orgánico de muchos hombres, desde lo más grave, como los miembros de la manada a lo más sutil, como esas réplicas automáticas y falaces con que muchos tratan de desarbolar el feminismo.

«Lo que tienes que hacer es buscarte un novio formal y tener hijos». «María, anda vete a por el champán y dile a mi madre que se dé prisa que lleva horas en la cocina [en una Nochevieja]». «No, no desconfío de vos, desconfío de los tipos. Por eso te reviso el teléfono». «Hay un montón de mujeres violentas que también pegan y nosotros no hacemos tanto escándalo».

Elegir temas no resulta complicado. La materia prima abunda. «Cada mujer que hay en el mundo tiene material como para hacer siete u ocho temporadas de Eres una caca solo recordando lo que le pasó en el último año. El reto es darle forma de texto y diálogo que funcione. El mérito está en la síntesis: lograr explicar muchas cosas en 30 segundos», cuenta Gómez a Yorokobu.

Las mil formas de una mierda

Pero aún existe un reto mayor: la forma de los mondongos. Capítulo tras capítulo uno siente una conexión entre la horma de la plasta y el espíritu de sus palabras. Parece como si Lula Gómez hubiera dedicado horas a un juego sinestésico para descubrir la morfología fecal de cada mensaje.

Pero esto son fantasías de periodista. La artista niega, entre risas, cualquier vinculación. «No tiene ninguna relación la forma o el tamaño con lo que dicen, al menos, no conscientemente». Sin embargo, Gómez confiesa que lo más difícil de todo su trabajo es encontrar una corporalidad original y no repetirse.

«Es redifícil eso. Fueron fáciles las primeras cinco cacas. Pero vas haciendo cacas y después dices, eh, ¡se parecen todas, ahora qué hago! Ese es el desafío creativo más complicado de la serie: agarrar la plastilina y no hacer una caca igual a las demás», reconoce.

—Al final, por deformación profesional, ¿no has llegado a ver a los machistas por la calle automáticamente con su forma de caca correspondiente?

—Noo, pero me encantaría. Vamos a eso.

Para que exista la serie Eres una caca y que nos riamos todos, Lula Gómez ha tenido que recorrer un largo camino mental: el mismo que han recorrido tantas mujeres de las que hoy reivindican su espacio en el mundo físico y en el consciente colectivo.

«Siempre estuve incómoda con lo que se me exigía por ser mujer. Nos pasa a muchas… ese desacuerdo con el género. No nos identificamos con el mundo de chicas y nos sentimos orgullosas por tener solo amigos hombres o porque ellos te digan que no pareces una chica», recuerda. «Te sientes identificada con las cuestiones masculinas: las de ir para adelante, hablar, no tener miedo, ser gracioso, pensar, tener libertad».

La incomodidad persistía, pero la escuela no dotaba de instrumentos para gestionarla. El feminismo era la rueda de engranaje necesaria para que todo encajara y echara a rodar, pero solo se hablaba de él como de algo corrosivo. «Se nos presentaba no como una lucha a la que te puedes sumar, sino como una cuestión de insatisfechas, bigotudas, de gente que no folla».

Vivió con esa disociación, relata, hasta que algo hico clic. Algo: hablar con mujeres, acompañarse o admirar el ejemplo de compañeras como la humorista argentina Malena Pichot.

Observar el trabajo de orfebrería blanda que hay detrás de cada episodio de Eres una caca dice mucho sobre la vocación del mensaje de Lula Gómez, y sobre su manera de estar en el mundo. Hay colgados algunos making of. En ellos habla de la porcelana rusa, un material que todo el mundo odia y que pringa los dedos, pero que ella adora porque le permite esculpir formas precisas.

El stop motion tiene magia. «Tenemos todos un nivel de frikismo inabarcable», define Gómez con orgullo a los adeptos a esta técnica. «No es más que mover objetos e ir haciendo fotografías, pero nos fascina porque nos traslada a nuestra infancia. Son cositas, plastilinas, muñequitos, miniaturas que se mueven y nos cuentan una historia. Es lo que ya hacíamos con cuatro años con los juguetes».

Pese a transformar pensamientos en mierda y acabar destrozándola (todos los capítulos acaban con un pisotón), mantiene cierto respeto hacia sus boñigas y les hace el favor de diseñarles un buen repertorio gestual y una boca para cada fonema. El resultado es más realista que el doblaje de muchas películas.

Tanto esmero en fecalizar a los machistas debería proveerla de montones de trols iracundos y flatulentos, pero no. El secreto, de nuevo, es decir caca y no mierda. «Al llamarse Eres una caca es como simpático, no te dice que eres una mierda; hay una cuestión graciosita que amortigua el enfado de los posibles destinatarios», piensa.

Ocurre que muchas chicas mencionan a amigos, hermanos o a novios: «Mira, eres tú, ja, ja». Las primeras veces, Gómez pensaba que de ahí a que el chaval lo viera y le cayera una denuncia había un paso. Pero ellos lo ven, responden («jajaja, qué cabrona») y pasan de largo. La caca desactiva: limpia y da esplendor, como la RAE.

El humor como estrategia

«El humor permite que el mensaje llegue mejor a ciertas personas a las que de otro modo no llegaría. Muchos hombres que me escriben me lo confirman», opina.

El humor es muy poderoso, «por algo el poder está preocupado con lo que dicen los humoristas y por algo es algo que se nos ha negado siempre. ¿Cuántas humoristas conoces que tengan un programa como han tenido tantos hombres en la tele española?», plantea.

Durante mucho tiempo, el humor de las mujeres, por ejemplo, en los monólogos, se desarrollaba con baja intensidad, siempre rondando los mismos temas: los novios, las relaciones, las bodas.

¿Había un área temática única para ellas? «Tal cual, y es muy difícil salirse de eso. La feminista española Ana de Miguel planteaba cómo para los hombres el amor (en cuanto a pareja, hijos, familia) es algo más, algo complementario a otros aspectos de la vida, pero para las mujeres era lo fundamental, y eso se acababa reflejando en los monólogos».

Pero la historia ha cambiado. La mujer ha fracturado diques, ha entrado en ese terreno de hombres (que no era de hombres, sino humano) y ha empezado a componer un humor sin filtros. Hoy, cada mujer se abastece de referencias a su antojo para diseñar su propio estilo humorístico. A muchos les cabreará, pero saben que hay un ejército de compañeras dispuestas a ampararla.

Lula Gómez es una de ellas, y nos desvela su paleta de colores humorísticos: Monty Pyton, La Hora Chanante, Malena Pichot… «En general humor absurdo e inteligente». Para un segundo: «Bueeeno, pero qué pretenciosa ella», se ríe burlándose de sí misma.

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